Málaga, España.- Día de semana en la playa mediterránea que no mueve ni los pensamientos. En un rincón, entre un grupo de hamacas vacías, un hombre mira fijamente al mar. Llama la atención porque su vestimenta nada tiene que ver con los modelitos made in China que lucen los veraneantes ingleses.

Lleva cuello duro y blanco como la gaviota más limpia y una corbatilla negra elegante. Habla o trata de hablar en francés con el camarero por lo que me acerco para sacarle del atolladero.

Cuando empezamos a charlar se nota que está enfadado. Empieza a beber un Ricard con agua fresca y señalándome algunos papeles que cubren su mesa no se aguanta más:

-Mire, caballero, cuando filmamos la Salida de la Fábrica el 22 de marzo de 1895 sabíamos que éramos los primeros que dábamos forma al cine. Habíamos creado una película, con movimiento y emociones. Pero ahora hay quien discute si el gran artífice del proyecto fue Auguste Lumiere o yo, Louis Lumiere.

-¿Su hermano Auguste no era el que tenía unos vistosos mostachos y unos ojos sonrientes?

-Exactamente, era risueño, nuestro comercial podríamos decir. Pero fui yo quien decidió que íbamos a sorprender al mundo entero con aquella filmación, aunque ya llevábamos meses produciendo otros cortos que nunca dimos a conocer. Éramos conscientes de que entrábamos de cabeza en la historia.

Pedimos a los cientos de obreras de nuestras fábricas que vistieran sus mejores galas para filmarlas aquel día. Así, la cámara las atrapó lindas, perfectamente maquilladas con los productos que les habíamos distribuido el día anterior. Fue un éxito, monsieur. Fue no solamente la primera película pero también casi el primer filme erótico que se producía en el mundo.

Aquellas francesitas desconocidas se convirtieron en adelantadas del sex symbol. M. Lumiere no olvidará aquellos cientos de botines pequeños y negras que salieron de los talleres como podrían haberlo hecho en el escenario del Folies Berg‘re. Botines que años después darían felicidad de fetichismo a uno de los personajes de Luis Buñuel en los pies de Jeanne Moreau.

Así empezó el cine, sigue M. Louis Lumiere. Luego le tocó el turno a Melias, el mago, el hombre capaz de convertir todos los sueños en realidades cinematográficas.

A él se le deben los primeros efectos especiales que aparecieron en pantalla, por supuesto infinitos años antes de que aparecieran los especialistas y luego las máquinas de informática capaces de transformar cualquier idea en realidad. Así empezó a cuajar el invento más revolucionario de todos los tiempos, el arma con la que Estados Unidos, por culpa de los europeos, demasiado indolentes, ganó poco a poco el mercado mundial. Para ellos, el cine se transformó en una pieza de trueque que hacían valer en todas sus negociaciones comerciales.

M. Louis deja el resto del Ricard en la mesa, se limpia la boca con un amplio pañuelo de batista y prosigue:

-Ah, mon ami, la última vez que lo vi en París, Melias andaba detrás de un proyecto que le entusiasmaba. Aquí tengo una carta suya en la que me consignaba los primeros resultados. Juzgue usted mismo.

Empecé a leer los papeles, mecanografiados limpiamente y leí de sorpresa en sorpresa:

“La experiencia fue la siguiente. Me acurruqué en un rincón del sofá de mi casa porque quería ser un ovillo para perderme debajo de la manta. Busqué la posición ideal, la posición fetal, último refugio antes de que tengas que salir a enfrentarte con toda la fealdad de la vida.

“Te gustaría no existir y hasta haces como si fueras un adorno del salón, No pides más que te dejen en paz y le suplicas a tu cabeza que no piense. La pastillita milagrosa que el médico amigo me ha recetado pensando que así estaría mejor ha decidido que yo no le gusto y que por lo tanto no tiene que quererme para nada y, sobre todo, se niega a quererme.

“Te has convertido en una cosa más del salón barroco y a tu alrededor la vida sigue sin que una de las decenas de estatuillas te dirija la menos sincera sonrisa de conmiseración. Estás solo, como tantas veces, ya deberías estar acostumbrado pero cada vez caes en el pecado de creer que ahora las cosas van a cambiar, que van a ser diferentes.

“Nada cambia para bien, salvo en las homilías dominicales de los curas en las tardes aburridas y durmientes de los veranos africanos. Todos cambiamos para peor, y tú deberías haberte hecho ya a la idea. ¿Cuándo te entrará en la cabeza que no eres más que una mercancía del mundo globalizado? Que no tienes derecho a quejarte. Y si te quejas peor para ti. Que ya fuiste bastante feliz durante bastante tiempo, que no vas a tener la felicidad en régimen vitalicio.

“Y a nadie va a importarle que tu quieras ser un ovillo perdido debajo de una manta. Ya no hay manicomios de los de antes, qué pena. Te has alimentado toda la vida de boleros y canciones dulces de amor y te has convertido en una pegajosa piltrafa que ya no da ni pena. Llora, llora, imitador de Boabdil. Él por lo menos había perdido el paraíso de la Alhambra. Tú no eres más que un muerto de deseo, un feyadin del pensamiento venido a menos que no sabe s ni cuántos lunes le quedan a la semana de los domingos. Puto gato, ha cogido el ovillo del sofá y el ovillo soy yo. Maldito bastardo, me ha dado una tarascada… ¡Me ha tirado por la ventana!”… El documento acababa ahí.

Había empezado a llover sin que me diese cuenta. La playa había quedado vacía y hasta los camareros corrían en busca de un buen toldo. M. Lumiere había desaparecido. Tampoco quedaba en la mesa rastro del vaso largo en el que minutos antes degustaba su Ricard.

* Escritor y periodista francés radicado en España. Colaborador de Prensa Latina.