Francia posee una historia de explotación contra pueblos africanos. Sus primeros contactos con los sistemas tradicionales de autosuficiencia derivaron hacia el establecimiento de un pacto colonial, cuyo desequilibrio es elocuente y cada vez más nocivo para la parte africana. Hoy esa situación se observa en toda su amplitud en la esfera económica con el saqueo trasnacional.

Argelia contra Francia

Argelia es la mayor de las tres naciones que forman la región mediterránea y norafricana conocida como Magreb; las otras son Túnez y Marruecos, y similar a los demás países del área, una parte de su territorio está sumergida en el desierto del Sahara. Por su privilegiada posición geográfica, conoció invasiones y agudos conflictos entre distintas potencias hasta los siglos VII y VIII en que se sitúa el surgimiento de la nacionalidad argelina.

En esas centurias, los árabes avanzaron por el norte del continente africano y llevaron consigo una nueva civilización mercantil, una cultura más desarrollada y el Islam, que hasta el presente es la religión oficial. La influencia cultural y económica árabe representó un notable avance para el país. A principios del siglo XIX disminuyó la población de las ciudades costeras, asiento de corsarios europeos.

En el interior, los turcos presentes en el país desde hacía décadas no pudieron someter completamente a su control a las poblaciones. Los pobladores, dirigidos por jefes tribales, se enfrentaron siempre a la conquista extranjera, y bajo la dirección y la extensión de la autoridad comunitaria se observaba un período de relativa prosperidad económica.

En medio de las disputas europeas por el control del mar Mediterráneo, la flota británica cañoneó Argel en 1816. La excusa para la posterior intervención francesa fue un insulto proferido por el dey turco al cónsul galo en 1827.

Aunque no hubiera existido la referida ofensa, Argelia figuraba ya en los planes de dominación de Francia, que comenzaba a implantar su sistema de explotación colonial en el continente.

En 1830 Argelia fue invadida por los franceses, y el dey y la mayoría de los oficiales turcos enviados al exilio. Cuatro años más tarde se decidió la conquista y anexión de Argelia, y se nombró a un gobernador general que debía poner en marcha tales planes.

Una larga lucha se produjo por parte de los argelinos. Constantina, la ciudad más fuertemente oprimida por los turcos, fue capturada en 1837, y en 1841 el dominio francés se había consolidado en la mayoría de los puertos y sus alrededores. Comenzaba para el pueblo argelino una etapa de grandes sufrimientos, vejaciones, humillaciones y crímenes por parte de los colonialistas franceses, que se prolongarían por más de un siglo.

En 1844 la mayoría del este argelino estaba bajo control francés, pero en el oeste los conquistadores tuvieron que enfrentarse arduamente al líder berebere emir Abdel-Khader, quien en 1839 declaró la guerra a Francia, concluyendo la unión entre bereberes y árabes contra los invasores.

Ante la superioridad de las armas coloniales, Abdel-Khader cayó finalmente en 1847, y es hoy considerado héroe nacional de Argelia. A pesar de su muerte, en años posteriores tuvieron lugar continuas rebeliones populares contra la ocupación europea.

Los argelinos rehusaban el hecho consumado de la conquista del país y se negaban a renunciar a su nacionalidad, sus derechos, su lengua y sus costumbres autóctonas. En 1848 la metrópoli resolvió por decreto que “Argelia forma parte del territorio francés”.

La decisión era a todas luces una incongruencia. Francia estaba en Europa y Argelia en África, separadas además por el mar Mediterráneo. Pero en la práctica la ley tuvo vigencia en cuanto a la tierra y no a los habitantes nativos, quienes fueron ignorados políticamente, a pesar de sumar dos millones de personas.

El gobierno sólo les permitía trabajar en condiciones próximas a la esclavitud, pagar onerosos impuestos y combatir bajo la bandera de los opresores. Después comenzó el incremento de la inmigración francesa: pronto unos 50 mil colonos poseían las mejores tierras y los negocios más lucrativos. Posteriormente una ley otorgó la ciudadanía a todos los extranjeros nacidos en suelo argelino si accedían a pasar el servicio militar en el ejército de ocupación.

Mientras, los propios nativos quedaron relegados a la condición de extranjeros en su tierra de origen, incluso en las escuelas se prohibió el estudio de la lengua árabe y se enseñó el francés.

La deformación llegó a extremos increíbles en materia histórica. Se llegaba a afirmar que la historia del país había comenzado en 1830 (año de la llegada de los franceses), y a los niños se les obligaba a recitar versos en francés: “Nuestros antepasados, los galos, usaban cabellos largos”.

El campesino era explotado y la economía permanecía en manos francesas, que no se limitaron al predominio económico, sino que suplantaron toda forma de gobierno anterior.

Los europeos disfrutaban las riquezas y acaparaban todos los derechos, mientras los argelinos no eran considerados ciudadanos, sólo súbditos de Francia; tratados como miembros de una raza inferior, no podían viajar libremente por el país, y estaban sujetos a castigos corporales y sin derecho a apelar a los fallos judiciales.

El pueblo argelino nunca se resignó a vivir en la esclavitud colonial francesa. La nación que en la revolución de 1789 había proclamado la libertad, fraternidad e igualdad entre los hombres, pisoteaba esos principios en África. Las rebeliones que en ocasiones llegaron a convertirse en insurrección popular, reconocida así por las autoridades coloniales, respondían a un espíritu de nacionalidad e independencia.

Francia enviaba cuantiosos recursos en hombres y armas para vencer la resistencia, que era seguida de bárbara represión contra la población.

Finalizada la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), en que alrededor de 300 mil argelinos combatieron bajo la bandera del ejército francés, el pueblo reclamó el cese del dominio colonial. Las autoridades de París ordenaron reprimir las demostraciones populares.

El primero de noviembre de 1954 se inició un levantamiento popular que marcó el comienzo de la revolución argelina. La gesta, finalizada en 1962, dejó un saldo de un millón de muertos; legó además, una de las historias de lucha más hermosas de un pueblo africano por su emancipación.

Mauritania en la mira colonial

Por su ubicación geográfica en el noroeste del continente africano, el pueblo de Mauritania no fue víctima de la esclavitud que conocieron otras naciones ubicadas más al sur, aunque padeció como casi todas la pesadilla de la explotación colonial europea.

Con la mayor extensión de su territorio dentro del desierto del Sahara, el país se sitúa entre los más grandes de África. Su clima es tropical, aunque muy seco y cálido, y alcanza en muchas regiones temperaturas desérticas.

Sólo la parte continental, en contacto con el océano Atlántico, recibe algunas precipitaciones, mientras en el resto del territorio predomina el desierto. El único río importante es el Senegal, que baña la parte occidental y señala la frontera con la República del mismo nombre.

Los principales grupos étnicos son los moros, en un 80 por ciento, y en menor grado están toucoleur, fulani, soninke y wolof. Se habla el francés, además del árabe.

El Sahara, un Vergel

Entre el VI y I milenio a.n.e., el Sahara sufrió el desencadenamiento progresivo que le hizo cambiar su fisonomía de vergel en la aridez actual. La abundante población negra que allí moraba se retiró hacia el sur, quedando una tierra despoblada entre los bereberes de Marruecos, Argelia y Túnez, y las poblaciones del Sudán.

Sudán se denominaba a la región situada al sur desde Senegal en el oeste, hasta la actual República de Sudán del Norte en el este. Esa zona sufrió múltiples invasiones e influencias y sirvió de laboratorio por el encuentro y mezcla de ambos grupos mediante el comercio y la guerra, y raramente por la convivencia pacífica.

Mientras la población negra adoptó el tipo de vida del agricultor sedentario en las riberas de Senegal, los árabes y los bereberes (tribus procedentes de Argelia, Marruecos y Túnez), se adaptaron mejor a la dura vida nómada.

Esos grupos provenientes del norte penetraron más profundamente en el desierto con sus camellos y cabras, siguiendo los escasos pastos que la gran extensión arenosa podía proporcionarles.

Algunos se establecieron de forma permanente en los oasis alimentándose de dátiles, trigo y cebada, y leche de cabra o camella. Por medio de ellos la religión islámica penetró lentamente hasta alcanzar la población negra del sur.

La aparición en el siglo XI de los guerreros almorávides dio un vuelco a la situación. Esta dinastía, de origen bereber, nació en un convento en las cercanías de Nouakchott, la capital actual, y extendió su poder hacia el norte conquistando Marruecos y pasando por España.

Abou Beker, uno de los más brillantes jefes, pacificó la región y atacó el poderoso y rico imperio negro Ghana, el que subyugó en 1076. Pero el esplendor terminó pronto, los almorávides fueron destronados por los almohades en Marruecos, y Mauritania volvió a la lucha de tribus y a la desmembración.

Las rivalidades entre árabes y bereberes están presentes en la historia de la región hasta que en el siglo XVII se establecieron los primeros contactos con Europa para el comercio de goma, esclavos y marfil.

Franceses en ese territorio

Los portugueses fueron los primeros en tomar posiciones a lo largo de la costa en la zona de Cabo Verde, en el actual Senegal, pero los franceses acabaron dominando la desembocadura del río y establecieron en 1683, en San Luis, un activo centro comercial que a la vez constituía una base para la penetración hacia el interior.

Los galos fueron expulsados dos veces por los británicos, aunque la instalación y dominio de estos resultaron definitivos a partir de 1817, constituyendo la base de lo que más tarde se conoció como el África Ecuatorial Francesa.

Mauritania quedó siempre más al norte de las líneas de penetración francesa. País pobre y de escasa población, no mereció la atención de la potencia colonizadora que envió solamente algunas expediciones militares para reprimir las sublevaciones de los moros.

La zona en que operaban las compañías comerciales apenas comprendía una franja de 100 kilómetros y a la derecha del río Senegal. Más al norte, las tribus moras vivían aisladas en su nomadismo y libertad.

En 1854 Faidhere, gobernante francés, logró pacificar la zona del río Senegal expulsando a los moros de su orilla izquierda; firmó varios tratados con ellos y envió algunos grupos a explorar la actual Mauritania.

A este período de relativa calma siguieron nuevos conflictos. Los ataques no se dirigieron sólo contra los europeos; las luchas entre moros nómadas y negros sedentarios fueron constantes.

Francia emprendió en los primeros años del siglo XX una acción de ocupación militar y pacificación que terminó con éxito. El coronel Gouraud, al frente de una fuerte columna, ocupó Adrar en 1908 y dispersó las tribus rebeldes que operaban en el centro de Mauritania.

Nuevos ataques procedentes del sur de Marruecos prolongaron la campaña militar hasta 1934. Es posible que el colonialismo no pudiera obtener cuantiosos recursos naturales en un país que era (y es) un inmenso arenal. De todas formas, la posesión de Mauritania ensanchaba el imperio de Francia en el continente.

En 1956, al concederle París la independencia a Marruecos, una de las primeras gestiones del nuevo gobierno fue proclamar la soberanía sobre Mauritania, reivindicándola como provincia de ese país. En ese año, en el marco de la Ley Cuadro, una norma aplicada a las colonias, Francia concedió la autonomía interna a Mauritania.

Durante los dos años siguientes, Marruecos lanzó incursiones sobre el norte y el centro de Mauritania, provocando la intervención francesa para solucionar el conflicto. Entretanto, el movimiento nacionalista contaba ya con un partido que demandaba la independencia. Sin embargo, Mauritania debió esperar hasta 1960 para liberarse del yugo colonial de Francia.

París revive el trato colonial con África

El reacomodo internacional que sucedió al fin de la guerra fría, mantuvo inalterables un conjunto de relaciones Norte-Sur, inamovilidad que hoy permite identificar con toda claridad lo esencial y lo secundario de tales vínculos. En poco tiempo, África fue testigo de acontecimientos que fundamentan el criterio de los lazos del continente con sus ex metrópolis, en especial con Francia, que apoyada por Naciones Unidas tomó parte activa en el conflicto interno de Costa de Marfil.

Tras concluir sus operaciones en el escenario marfileño, París participa como miembro de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en la guerra contra Muamar el Gadafi, enfrentado a un opositor Consejo Nacional de Transición (CNT) apoyado por potencias occidentales interesadas en apropiarse de la riqueza petrolera de Trípoli.

La Alianza Atlántica suministra abiertamente tecnología bélica a los opositores, bombardea objetivos militares y civiles para allanar su avance, y les extiende alfombra roja para su reconocimiento internacional. Para estudiosos, Francia trata, mediante acciones de fuerza, de recuperar el espacio de influencia perdido desde la independencia de sus excolonias africanas.

Al mismo tiempo, donde Estados fuertes o sólidos rechazan sus presiones, optan por la subversión en nombre del “buen gobierno”, “la democracia” y “la gobernabilidad”.

La insistencia en remarcar su presencia en África conduce a París a dar una respuesta más feroz a los cambios sufridos en sus conexiones con el continente.

En algunos países, como Costa de Marfil, aún mantiene su presencia militar, la misma que respaldó al actual mandatario Alassane Ouattara frente al expresidente Laurent Gbagbo.

“El fin del bipolarismo Este-Oeste con la subsiguiente emergencia de un mundo unipolar no significa para África el fin de la dependencia, sino su fortalecimiento”, opina el politólogo y académico congoleño Mbuyi Kabunda Badi.

Para el también presidente de la organización no gubernamental Sodepaz, “ese reforzamiento se hace por medio de una nueva división de tareas en el bloque triunfante, en la lógica de la internacionalización de un pensamiento único, con sus componentes económicos, políticos y culturales”.

Esa reflexión de Kabunda trata de explicar que las intenciones neocolonizadoras de Europa (y en especial de Francia) persisten en un novedoso contexto, donde se aparenta la superación de viejos ideales de emancipación y son válidas las formas de sujeción cada vez más fuertes, de espaldas a la contemporaneidad.

Larga cadena

Francia posee una historia de explotación contra pueblos africanos que no se puede soslayar en cualquier análisis sobre su papel como Estado imperialista, dispuesto a satisfacer sus intereses en la competencia con otras potencias como Reino Unido y Estados Unidos. Sus primeros contactos con los sistemas tradicionales de autosuficiencia derivaron hacia el establecimiento de un pacto colonial, cuyo desequilibrio es elocuente y cada vez más nocivo para la parte africana. Hoy esa situación se observa en toda su amplitud en la esfera económica con el saqueo trasnacional.

París no duda en poner en práctica sus mecanismos coercitivos más allá de sus fronteras en caso de que falle la garra oculta en el guante de seda. Por ejemplo, su presencia militar en Costa de Marfil determinó su comportamiento hacia el presidente Gbagbo, negado a abandonar el poder después de perder las elecciones de 2010.

Una fuerza de paz de la ONU, encabezada por franceses, vigiló desde 2002 la división en dos del país y poco a poco esa formación se fue parcializando hasta enemistarse con el gobernante.

Aunque la escena militar era confusa, por desconocerse en aquel tiempo la posición de los antigubernamentales comandados por el hoy primer ministro, Guillaume Soro, a quien los extranjeros dieron su apoyo, con lo cual le facilitaron los planes a Ouattara.

Francia tiene cuatro grandes bases militares en el continente: Yibutí, en el Cuerno Africano; la Isla de Reunión, en el Indico; Senegal y Gabón. También tiene desplegadas tropas en Costa de Marfil, Chad y República Centroafricana. Por ello los analistas consideran a Paris uno de los principales actores de la injerencia militar occidental en la región.

Según el sitio web larazon.es -que reproduce datos del Ministerio francés de Defensa- París tiene desplegados o acantonados soldados en Senegal, Chad, Libia, Costa de Marfil, Yibuti, República Centroafricana, Gabón y Somalia (donde participa en la Operación Atalanta).

Esos efectivos constituyen la garra de hierro en sus relaciones con África. La otra vertiente o guante de seda, son las firmas. Unas 700 compañías francesas controlan la economía marfileña, desde la lucrativa explotación de los campos de cacao y las exportaciones, a la infraestructura y las telecomunicaciones. Esas empresas pagan alrededor de 50 por ciento del total de impuestos al país, según cifras oficiales.

Leyenda marfileña

Laurent Gbagbo asumió la presidencia tras unas elecciones cuyos resultados no fueron validados por todos los elementos institucionales, lo cual generó una pugna por el liderazgo en ese país de África occidental.

Desde 2002, Costa de Marfil estaba dividida en dos. El centro económico (Abiyán) lo controlaba Gbagbo, pero un grupo armado de exmilitares ocupaba el norte y suroeste del país, donde se halla la capital, Yamoussoukro.

Otro aspecto decisivo en ese contexto fue el opositor Ouattara, que en medio de la lucha por el poder contaba con el respaldo francés, de las tropas de la ONU y de los insurgentes.

La fuerza de Naciones Unidas vigilaba la división del país y debía monitorear una reconciliación nacional, algo que olvidó al priorizar los objetivos estratégicos de las compañías francesas que invirtieron más de 370 mil millones de dólares en Costa de Marfil.

Gbagbo entró en una crisis irreversible y cayó. París tomó las riendas del asunto y sus militares y compañías hicieron el resto para completar el puzzle. Ouattara ratificó su connivencia con la exmetropolis y el pacto colonial sigue funcionando.

Ante la injerencia extranjera, hoy se perfila como una necesidad impostergable cumplir la máxima de ilustres pensadores africanos que aconseja resolver los problemas propios entre los mismos habitantes del continente.

* Roberto Correa Wilson es periodista cubano especializado en política internacional, ha sido corresponsal en varios países africanos y es colaborador de Prensa Latina. Julio Morejón es periodista de la Redacción Africa y Medio Oriente de Prensa Latina.