Escenario 1. Perdida en la geografía del fin del mundo se transmite una llamada: Señor Presidente lo tienen obligado a ir delante de la marcha al Canciller. Es nuestra gran oportunidad de intervenir la marcha, nos han dado la excusa.

La tumultuosa marcha avanza con mujeres enardecidas y el Canciller por delante, después los dirigentes alcanzan la cabecera; uno de ellos le presta un sombrero para que el Canciller se cubra la cabeza ante un sol y calor sofocante. El canciller asustado recibe agradecido este obsequio, dado de una manera espontánea, regalo necesario comprendiendo las circunstancias apremiantes.

A ambos lados de la marcha que avanza desordenadamente, dos columnas de policías tratan de proteger al Canciller obligado a caminar por delante. Enfrente espera el bloqueo de los colonizadores, quienes habían amenazado con reventar a los que llegaran a apoyar a la marcha, dispuestos a acudir a todo, a toda clase de acciones violentas, confiscación de vituallas, alimentos, víveres y medicinas destinadas a los marchistas, con el objeto de impedir el avance de la marcha hacia la ciudad de La Concordia.

El Canciller cada vez más nervioso vislumbra el peligro de un enfrentamiento de consecuencias dramáticas sin precedentes, entonces amenaza con tirarse al suelo y evitar desesperadamente lo que aparentemente se ve venir como fatalidad. Ya muy cerca del bloqueo de los colonizadores, ante la insistencia, el Canciller y los dirigentes de la marcha acuerdan que el Canciller vaya a dialogar con los colonizadores para pedirles que dejen pasar a la marcha, cuyo destino es la ciudad de La Concordia. Ciudad enclavada en las alturas, escondida en una gran cabecera de valle y rodeada por la monumental cordillera y el inmenso altiplano que la vigila silenciosamente como meditación sabia de un colectivo de amautas.

El Canciller es soltado para ir a dialogar con los colonizadores. Una vez allí se desconoce lo conversado con los dirigentes colonizadores; los dirigentes indígenas de la marcha esperan el retorno del Canciller para evaluar lo resuelto con los bloqueadores. El Canciller no retorna, deja a los marchistas indígenas del otro lado en una espera tormentosa.

Mientras tanto, los dos acompañantes del Canciller, que habían estado perdidos en el tumultuoso avance, hacen su aparición ante los medios de comunicación, denunciando el secuestro del Canciller. Una vez librados de la marcha, del otro lado del bloqueo de los colonizadores, pudieron decir lo que querían a los medios decomunicación, quizás como una forma de desprenderse de sus miedos anteriores.

Escenario 2

En el Palacio Incendiado, en la sala de reuniones de la presidencia, el último jacobino deambula expresando cierta crispación, su cara pálida refleja a la vez una inmovilidad congelada de sentimientos y, paradójicamente, una extraña y profunda turbación controlada. En su interior piensa que es el momento para demostrar la irremediable existencia del Estado, de enrostrarles a los rebeldes que el Estado es la única realidad, lo demás son apariencias. Es el gran momento de la verificación de la hipótesis suprema del poder. Todos sus músculos, toda la concentración de la conducta, se encamina a hacer la demostración y la argumentación en ese sentido.

El Presidente escucha al último jacobino, se nota su respeto, presta atención al discurso, que parece contundente. Acepta que es el momento para dar una gran lección, el país va estar agradecido, aunque por ahora no comprenda el irremediable camino a la modernidad. Comprende también que son los sacrificios que hay que hacer por el desarrollo tan necesario para el país y sobre todo para las comunidades indígenas, tan pobres y desamparadas, sin medios de comunicación, sin carreteras. Entonces acepta la determinación.

El Ministro de Gobierno parece complacido ante el desencadenamiento de los acontecimientos; el ministro había azuzado desde un principio en contra los dirigentes indígenas y unas “oscuras” organizaciones no gubernamentales. Una vez que se supo lo ocurrido en el escenario del diálogo encabezado por el Canciller con los marchistas, cuando se percibió que lo obligaron a marchar por delante al Canciller, y se introdujo subrepticiamente la versión de rapto y la condición de rehén del Canciller, el ministro se muestra ostensiblemente dispuesto a llevar adelante una ejemplar medida, con toda la desmesura del Estado. Entonces se da la orden sin antes consultar.

Escenario 3

Una vez desencadenados los acontecimientos, evidenciada la violencia descomunal de la policía contra mujeres, niños ancianos y hombres de la marcha, quienes acampaban, en espera del retorno del Canciller. Una atmósfera de batalla se levantaba furiosa por los aires, los policías descargaban todo su enojo, toda su rabia acumulada, pues a ellos no les habían dado viáticos, tampoco habían comido bien, ni bebido agua, estaban desposeídos. Descargaban su rencor sobre los cuerpos indemnes y vulnerables de sus víctimas.

Los niños se encontraban aterrorizados como si estuvieran ante los jinetes del apocalipsis. Las mujeres fueron maniatadas y arrastradas con fuerza, los heridos arrastrados hasta camionetas donde se los tiraba y acumulaba como si fuesen cadáveres. La batalla de los policías contra todos sus fantasmas parecía interminable, una historia de nunca acabar, una pesadilla permanente. Sin embargo acabó, los policías se fueron con los detenidos en buses y camionetas. La noche parecía un inmenso océano de ternura y congoja, las estrellas parecían lágrimas titilantes que trataban de lavar las heridas de los que habían logrado huir al monte. Había niños desaparecidos sin madres, madres escondidas sin hijos, era un drama.

Escenario 4

Las reacciones ante el galope desenfrenado de la violencia desbocada no se hizo esperar; los medios de comunicación, las organizaciones sociales, los derechos humanos, las organizaciones internacionales, la gente, el pueblo, los sindicatos, todos protestaron e hicieron escuchar su voz de repudio ante la sañuda represión. Salieron a las calles, marcharon, se abrieron nuevas vigilias, en una ciudad perdida en los inmensos llanos se abrió una huelga de hambre. Estas reacciones multitudinarias mostraban nuevamente la vitalidad de la que están constituidos los pueblos. Una profunda dignidad los empujaba a solidarizarse con las innumerables víctimas, las innombrables mártires, los inmolados de siempre, los desamparados, los condenados de la tierra, los excluidos, los explotados y discriminados.

Escenario 5

Un gabinete de asustados ministros no sabe qué hacer ante un nuevo levantamiento popular. La gente, la opinión pública, las organizaciones sociales, los defensores y las organizaciones de derechos humanos, piden justicia, otros piden la renuncia de los ministros, los más radicales piden revocatoria de mandato del Presidente y del Vicepresidente. La situación parece complicarse aún más, parece interpelar desde adentro la complicidad del gabinete cuando se conoce la renuncia de una ministra, precisamente a cargo de la defensa del país, quien manifiesta abiertamente su desacuerdo con la intervención de la marcha indígena y le recuerda al presidente que eso no era lo acordado, que las cosas deberían hacerse de otra manera, dialogando.

Nadie más quiere renunciar, empero se dan renuncias de subalternos, un viceministro de gobierno renuncia, pues no está conforme en ser el chivo expiatorio, no está de acuerdo en aparecer como que él dio la orden; también tiene su versión, dice, la orden se la tomó operativamente en el lugar de los hechos. El Ministro de Gobierno declara que la orden no vino del Presidente, tampoco de él, del ministro a cargo de la policía nacional, sino de un subalterno. Indica que se va individualizar a los ejecutores de la violencia, a los propios policías que son los directos responsables en desencadenar los excesos de violencia.

Los policías reaccionan, retornan secretamente a la ciudad de La Concordia donde se reúnen evitando hacerse visibles. Nadie sabe para qué exactamente se reúnen, empero se conoce el malestar por ciertas declaraciones, en las cuales se confirma que la orden vino de arriba, que ellos tenían una orden clara de detener la marcha, de no afectar al bloqueo de los colonizadores y que, cuando ocurrieron los hechos vinculados al quiebre del bloqueo de policías con el Canciller por delante de la marcha, la orden fue de intervenir. Intervención que se preparó cuidadosamente.

Se convocó a los periodistas a una reunión para garantizar que nadie grabara, filmara y fuera testigo de la intervención y represión al campamento de la marcha indígena. Se compraron citas adhesivas para tapar la boca a las mujeres y a los niños, que eran los que más gritaban. Sin embargo, a pesar de la preparación sigilosa, no todo salió bien, los periodistas sospechando que algo pasaba, se escaparon de la reunión, fueron corriendo al lugar de los hechos y pudieron grabar y filmar imágenes y ser testigos de la violación múltiple de derechos.

Escenario 6

Como dicen en el pueblo, ya una vez el burro fuera de la tranca, el gobierno se encontró arrinconado ante el desenlace de los hechos, convertido en un gobierno de verdugos. Los ministros parecían encontrarse perdidos en los inmensos salones del Palacio Incendiado, peor aun cuando se reunían en el salón de los espejos, pues los espejos los mostraban tal como eran; no aparecían como soberbios gavilanes, sino como asustados ratoncitos desamparados.

Atónitos ante lo que ocurría fuera del palacio, en los bordes de la plaza de armas, rodeada, bordeada, presionada por las multitudes que se desbordaron para protestar. Sólo una convicción tenían todos, salvar al Presidente, para hacerlo había que transferir la culpabilidad. No había funcionado la tesis de que los policías mismos se habían dado la orden, entonces qué se hace. Habría que sacrificar un cordero. Sin embargo nadie se prestaría voluntariamente al sacrificio.

La Asamblea Legislativa, que también se sentía cuestionada comenzó tibia, lentamente a reaccionar, sobre todo por la participación del grupo de diputados indígenas. En una sesión se pidió tratar el tema de lo acontecido, empero todavía la mayoría oficialista y fiel al gobierno decidió no cambiar la agenda, a pesar de los alarmantes acontecimientos. Sin embargo, a pesar de esta desatención, los asambleístas pedían la interpelación a los ministros responsables.

El Presidente del Congreso desesperadamente trataba de impedir la interpelación al ministro de gobierno que, con seguridad, resultaría en una renuncia. No pudo convencer a los asambleístas, en contra de lo acostumbrado, de no hacer la interpelación. Desconsolado se retiró y fue a reunirse con el Ministro de Gobierno en un salón. Compungido el Ministro se retiró y después se conoció su renuncia. Era el cordero sacrificado.

Escenario 7

En las calles, en la ciudad de La Concordia, en las otras ciudades de esta geografía del fin del mundo se vivía un ambiente de agitación. Convocados nuevamente por las organizaciones indígenas los marchistas se reagrupaban poco a poco, curándose de la heridas y del recuerdo de la irrupción violenta de los policías, después de haber sido liberados por las poblaciones alzadas contra la violencia, impidiendo el paso de los buses y su embarcación en aviones con rumbo desconocido. La consigna se hizo clara, el Presidente tiene que renunciar a su caro proyecto de desarrollo, nadie está de acuerdo con destrozar uno de los territorios y parques más encantadores, más ricos en biodiversidad, de mayor precipitación, nadie quiere renunciar al paraíso del ciclo del agua y de los bosques por el espejo del desarrollo, habiendo sobre todo alternativas al trazo de la carretera.

La gente de las calles culpa al último jacobino por quererle dar existencia descomunal al Estado, por haber querido demostrar su realidad utilizando los cuerpos de los y las indígenas movilizados, usados como inscripción de la historia política. La hipótesis del último jacobino fue contrastada por el apego y la inclinación de los pueblos por los seres de la Madre Tierra.

Derrotado el último jacobino declara ante la opinión pública que ya el gobierno sabe quién fue el que dio la orden pero que por el momento no puede dar a conocer ese nombre. Es un secreto de Estado. El Presidente, visiblemente afligido, en un discurso en el salón de recepciones del Palacio Incendiado, estando presentes los medios de comunicación, dice que está en desacuerdo con la violencia desatada contra los marchistas, que tampoco él, el Capitán General de las Fueras Armadas y la Policía, dio la orden.

Un periódico oficialista, camuflado de independiente, emite la noticia de que la Ministra de Justicia dio la orden. Esa misteriosa orden queda suspendida en la atmósfera de la geografía del fin del mundo. La orden apareció de repente, sin dueño, sin nacimiento, sin creación, es una orden que se encontraba suspendida por los aíres, desde los tiempos inmemoriales, y cayó de repente como rayo en cielo despejado, movilizando a los pacíficos y nobles policías que evitaban que la marcha indígena se enfrente al bloqueo de los colonizadores.

Escenario 8

El cielo se entintó de rojo, las nubes parecían condensar el color como despedida, el sol agonizaba al fondo remarcando en el horizonte la diferencia abismal entre el cielo y la tierra. Un director de la empresa constructora OLAS miraba la ventana asombrado, volvió la cabeza y le dijo al director de la empresa pública DEF: es el crepúsculo. El director de la empresa estatal no parecía entenderlo, le respondió: ¿tú crees? El director de OLAS le dice: si, mira el cielo, está bañado de sangre. El director de la empresa estatal le pregunta: ¿eres poeta? El director de OLAS le contesta: no, soy ingeniero civil, aunque de adolescente me gustaba leer poesía. El director de la empresa pública reconoció su error, miró también a través de la ventana y dijo: si, tienes razón, es el crepúsculo.

Ambos habían llegado a un acuerdo sobre técnico sobre los temas operativos de una carretera que pasaría por un bosque tropical, bordeado por dos inmensos ríos, un territorio declarado patrimonio y consolidado como propiedad colectiva de las comunidades indígenas que habitaban el bosque, el patrimonio y el territorio indígena. Se notaba cierto malestar en el director de la empresa estatal, parecía no estar conforme consigo mismo, como si hiciera algo con lo que no estaba de acuerdo.

Empero tranquilizó su conciencia acordándose de las palabras del Presidente, que dijo: todo esto tiene que ver con la integración del país y la integración del continente. Pensó que el desarrollo era costoso, demandaba sacrificios, que las comunidades indígenas algún día entenderían. Alzó sus ojos claros, miró nuevamente a la ventana, el cielo ya había oscurecido, las nubes ya estaban negras, condensando la noche inmensa en las figuras vaporosas que parecían querer retener en su memoria los últimos tenues rayos de sol como si fuesen los últimos hálitos de vida.