(CEPRID).- En artículos anteriores me he ocupado extensamente del proceso que ha supuesto el hundimiento de la socialdemocracia en Europa a lo largo de estos tres años de crisis aguda. También me he referido a los insuficientes avances cosechados por las organizaciones a la izquierda de la socialdemocracia.

Al tratarse de una crisis económica en fase de agravamiento, con las consiguientes repercusiones sociales, todas las conclusiones continúan siendo hipotéticas, pudiéndose a lo sumo hablar de tendencias que deberán verificarse en el futuro. Recientemente se han producido dos elecciones que aparentemente pueden dar la impresión de que la tendencia mostrada hasta ahora por la socialdemocracia se ha rectificado. Nos referimos a las elecciones en Dinamarca y en Berlín, muy próximas en el tiempo. Efectivamente, en ambas los partidos conservadores han perdido o pueden perder el poder, pero eso no significa a priori que haya ganado la izquierda.

En primer lugar, y antes de nada, está claro que las políticas llevadas a cabo por la socialdemocracia en el poder en Europa durante estos tres años se ha situado en posiciones neoliberales. Y si en Portugal han sido más duras, en el sentido de antisociales, las políticas de los conservadores, tras la derrota de los socialdemócratas, y en España se pronostica otro tanto cuando los conservadores ganen previsiblemente en noviembre, sin embargo el campeón de las medidas antisociales en Europa sigue siendo el gobierno socialdemócrata griego. Por lo tanto, es previsible que cualquier victoria socialdemócrata en Europa continuará, con los matices propios de la situación concreta de cada país, la misma tendencia que la de los tres países sud-europeos que acabamos de mencionar. Y las tres principales posibilidades de cambio político con derrota conservadora están planteadas en los próximos meses en Francia (2012), Italia y Alemania, estos dos últimos en 2013, pero con posibilidades de adelanto electoral por motivos políticos y económicos.

Dado que tampoco es previsible, en caso de victorias socialdemócratas, que éstas sean por mayorías absolutas, las opción se les va a presentar entre una política de “unión nacional” con los conservadores o apoyarse en fuerzas de izquierda. En este sentido es necesario aclarar que, pese a la derrota conservadora, tanto en Dinamarca como en Berlín, en realidad la socialdemocracia ha retrocedido, en ambos casos, en votos respecto a su situación anterior, pudiéndose plantearse la posibilidad de gobernar solo gracias al apoyo de las fuerzas que han crecido a su izquierda.

La política de “unión nacional” no tiene porque expresarse necesariamente como un gobierno de coalición entre socialdemócratas y conservadores. Éste modelo ha sido el propuesto por Papandreu en Grecia, sin que los conservadores, por el momento, hayan aceptado. Puede ser un modelo más sutil, como el acaecido en España, dónde el PSOE, después de su giro neoliberal en mayo de 2010 ha puesto en marcha medidas que en la práctica han supuesto gobernar con el programa económico de las derechas. La escenificación de la “unión nacional”, en este caso, ha sido el apoyo conservador a la reforma de la Constitución para recoger el techo del déficit y a la segunda reforma laboral de este mes de septiembre. El mismo sentido puede señalarse en la política de Obama, escenificado en los acuerdos de agosto para impedir la suspensión de pagos del gobierno federal.

Por tanto, ese puede ser el modelo a seguir en el resto de Europa si la socialdemocracia accede al gobierno. La aplicación de una política socio-económica de derechas apoyada por los conservadores, a la vez que éstos continúan presionando desde la oposición por endurecerla cada vez más. Pero, apuntábamos que también cabía otra hipótesis, que la socialdemocracia se apoye en la izquierda para gobernar. En este sentido no hay ninguna evidencia hasta el momento de que esto pueda ocurrir. En los tres países sud-europeos mencionados la socialdemocracia se ha enfrentado claramente con la izquierda dadas sus opciones de políticas de carácter neoliberal. En Berlín, parece que van a abandonar a sus aliados, hasta ahora, de La Izquierda por una alianza con Los Verdes; y en Dinamarca, es sumamente difícil que funcione mucho tiempo la alianza entre la socialdemocracia y los partidos a su izquierda (Partido Socialista Popular y La Lista Única).

El problema, en este sentido, no lo tiene planteado la socialdemocracia, que no siente ningún complejo por llevar a cabo políticas de “unión nacional”, el problema lo tienen las distintas organizaciones a su izquierda que ven como, por un lado, tienen un crecimiento insuficiente a pesar de la dureza de la crisis con las clases populares, y por otro, se encuentran sin aliados políticos con los que poder incidir de manera eficaz en los acontecimientos diarios. Sus únicos posibles aliados son las fuerzas sociales, como los sindicatos o los indignados, con su posibilidad de movilizaciones en la calle. Pero esta arista, con ser importante, es a todas luces insuficiente sin fuerza política en las instituciones del Estado capaz de impulsar o bloquear leyes o/y influir sobre la acción del gobierno.

La izquierda no tiene un terreno fácil para avanzar, pero la impresión es que ella misma aporta obstáculos a la ya de por sí difícil tarea. Una estrategia que posiblemente hubiese dado resultados, de haberse puesto en marcha desde el inicio de la crisis, tendría que haber consistido en articular alianzas entre las diferentes fuerzas de izquierdas a nivel nacional primero y europeo después, para ofrecer a las clases populares una alternativa de confianza a la que votar frente al dilema conservadores-socialdemócratas, para poder actuar conjuntamente en las organizaciones de masas y movilizaciones, y para condicionar las políticas de los actuales o futuros gobiernos socialdemócratas a través de su peso en las instituciones. La ausencia de esas alianzas y programas comunes, que ayuden a superar la desconfianza de amplios sectores populares en dichas fuerzas de izquierda, es una parte importante en la explicación de su rendimiento político en una ocasión tan especial como la que representa la crisis actual.

Es cierto que crece en la sociedad la opinión que señala al capitalismo como el responsable de la crisis actual, y no solo al gobierno de turno o incluso a los bancos, pero ese cambio de conciencias no se traduce, a su vez, en un cambio importante en la correlación de fuerzas. El escenario está abierto, lo único que puede darse por seguro en estos momentos es un agravamiento de la situación socio-económica y el estallido de nuevas protestas, con una intensidad seguramente proporcional a la dureza de las medidas.