La Habana, (PL).- Le costaba trabajo poner en movimiento la mole de su cuerpo. Era de frente arrugada. Ojos achinados. El timbre de su voz, nasal. Y el hablar de un lado de la boca lo caracterizaba. En realidad, la imagen que dejó sería monótona si después de más de 250 filmes no fuese fascinante.

John Wayne (1907-1979) fue el arquetipo del héroe del Oeste en las películas de Hollywood. Encarnó también otros personajes. Como militar en el frente de guerra. Piloto de aviación. Marino que recorre la soledad de los mares. O boxeador retirado.

Pero lo suyo era lo otro. Oficial de caballería. Propietario de ganado. Veterano de la Guerra de Secesión. Pistolero con corazón de oro. Explorador en tierra de indios. O sheriff que hace cumplir la ley. Y es que creía que las películas del Oeste eran el mejor vehículo para retratar al país, pues el vaquero pertenece al folclore norteamericano y todos los pueblos comprenden el folclore de los demás pueblos. En el cowboy, el público de ultramar veía y sigue viendo a uno de los símbolos más identificables de la nación.

Como actor, en cada papel que interpretó no fue otra cosa que John Wayne, al margen del personaje que le tocaba. Cuando lo elegían para protagonizar un filme, se sabía de antemano cómo iba a quedar aquello. Aunque la crítica señaló una vez que su obra representaba cierto tipo de excelencia sin pretensiones dentro de una actividad muy especial, pues no es posible perdurar, como él lo hizo, sin inteligencia y cierta sutileza en el conocimiento propio.

De esta manera y bajo la dirección, sobre todo, de dos legendarios realizadores, John Ford y Howard Hawks, tejió una urdimbre de filmes que sirvió de fondo para el renacer del Oeste y perpetuar su epopeya. En el cine comenzó interpretando papeles de poca importancia en las últimas películas silentes. Entre éstas, Legado trágico, donde trabajó por primera vez con John Ford en un pequeño rol.

Y así se pasa la década del 30, haciendo cintas del Oeste de menor relieve que le dan limitadas oportunidades. Hasta que, en 1939, el cineasta irlandés contacta con el productor Walter Wanger y le comunica que proyecta rodar un filme de cowboys titulado La diligencia.

Wanger lee el relato que le envía Ford, publicado en una revista donde había apareció por primera vez dos años antes. Lo encuentra muy bueno y propone a Gary Cooper y a Marlene Dietrich como protagonistas.

Ford no está de acuerdo. Le responde que no cree que Gary Cooper sea el actor indicado para el papel. Además, duda que pueda conseguir figuras tan bien cotizadas para la película que deberá rodarse con un presupuesto irrisorio.

Y entonces propone a John Wayne y a Claire Trevor. Le dice: “Hay una joven que solía ayudar en el departamento de utilería y hacer papelitos en mis filmes. Su nombre es Marion Michael Morrison. Actualmente interviene en westerns de cinco días y se hace llamar John Wayne. Creo que es bueno. Y ella es estupenda”.

La diligencia dio nueva vida al género. Recuperó la emoción, verdad y poesía que parecía haber perdido mucho antes. Y dio a Wayne, con su personaje de Ringo Kid, la posibilidad de convertirse en un actor de primera línea.

Y también la posibilidad de colocarse en la historia del cine sobre un contraluz ideado por Ford, uno sus dos directores predilectos, que entre tantas obras lo conduciría en la irregular trilogía Sangre de héroes, La legión invencible y Río Grande.

Y que en manos del otro maestro, Howard Hawks, protagonizaría Río Rojo, Río Bravo, El Dorado y Río Lobo. Filme, este último, con que el cineasta cierra su filmografía y que parece una comedia, cuando en realidad se trata de una obra fiel a los códigos morales de las dos precedentes.

Como realizador, rodó dos filmes: El Álamo y Las boinas verdes. El primero, una ambiciosa reconstrucción de la acción militar donde las tropas mexicanas del general Santa Ana derrotaron a los tejanos y en la que apareeió el célebre pionero Davy Crockett, interpretado por Wayne (una de sus nueve muertes cinematográficas).

Un filme desmesurado. Todo el tiempo perjudicado por la ideología ultraconservadora de su director que, al parecer, recibió ayuda de Ford en algunas secuencias de aliento épico.

Y el segundo, una lamentable apología de la intervención norteamericana en Viet Nam. Una declaración política que iba en contra de la opinión pública, la sensatez y la decencia. Y solo recibió repudio.

Su película final fue El último pistolero, de Don Siegel. Historia de los días postreros de un viejo hombre de acción que está muriendo en un Oeste en proceso de cambio y que pretende marcharse a su manera.

Aunque era la adaptación de una novela, la película cobra vida por sí misma, llena como estaba de actores del western de antaño -James Stewart, Richard Boone, John Carradine, Hugo O`Brien y otros- y con una historia que, en cierto sentido, era la del propio Wayne.

Un actor que permanece en el recuerdo como el cowboy del andar cansado. El jinete corpulento que con el viejo sombrero aludo enarbolaba un Winchester o un Colt que parecía pequeño en sus manos. El jinete que montaba el caballo ideológico por la derecha.

* Historiador y critico cubano de cine. Colaborador de Prensa Latina.