La Habana, (PL).- La actriz italiana Sofia Loren estrenó el 20 de septiembre sus 77 años con una madurez altiva y una belleza apenas tocada por el tiempo, que atribuye a un sueño sin sobresaltos y una alimentación basada en pastas aderezadas sólo con aceite de oliva.

No hay más secretos, aseguró en una reciente entrevista, aunque tampoco lo es que cuida con celo su apariencia física y nada la complace tanto como levantar a su paso un rumor de admiración cada vez que entra en un sitio público o la acecha la prensa cámara en mano, como un cazador furtivo.

Para poner a prueba su poderío posó desnuda, a los 71 años, para el famoso calendario Pirelli, y en 1994 no dudó en repetir en Pret a porter, la escena en la que se desviste en Ayer, hoy y mañana, frente a un Marcelo Mastroianni obnubilado. Entonces se ufanó de conservar las mismas medidas que 29 años atrás, en aquel lejano 1963 cuando ambos estaban en la flor de sus vidas.

Hace algún tiempo dijo: todavía soy joven, no necesito demostrar nada.

Tuvo una infancia difícil como hija ilegítima de un ingeniero y de una pianista que ganó un concurso por ser la italiana que más se parecía a Greta Garbo, y a quien le quedó para siempre el resquemor de parecerse y no serlo, como el rescoldo que deja el café en el fondo de una taza vacía.

Desde los 15 años, su madre la empujó a participar en concursos de belleza y abrirse camino, a toda costa, en el cine. Empezó con papeles minúsculos. En 1950 fue una esclava fugaz en Quo vadis, suficiente para no dejar casi nada a la imaginación ante la audacia de escotes que apenas podían contener su busto exuberante.

Otro ascendiente a su favor fueron sus ojos enormes de un verde fosforescente. Ojos realzados por el maquillaje, gatunos, como los calificaron alguna vez para hacer más gráfica la imagen. Y un aura de misterio y ferocidad natural que encandilaba a los fotógrafos.

Cuando sustituyó en 1955 a Gina Lollobrígida, en la tercera cinta de lo que parecía una saga interminable Pan, amor y… , de Dino Risi, se le subieron los humos y se encendió una rivalidad entre las dos que, a ojos de un crítico sagaz, fue un golpe maestro de publicidad: la guerra de las medidas.

Afortundamente, dos años antes había conocido a un productor 22 años mayor que ella, Carlo Ponti, en quien seguramente buscó al sustituto del padre ausente. El fue su Pigmalion, la moldeó, la despojó de sus excesos. Lo demás lo aportó la inteligencia y constancia de Loren.

Paso a paso fue avanzando como actriz. En 1958 ganó la Copa Volpi en el festival de Venecia, por La Ciociara, traducida al español como Dos mujeres, que le mereció también un Oscar a la mejor actuación femenina.

Durante su estancia en Hollywood, donde explotaron una vez más su físico y su rostro exótico, ligeramente felino, tuvo como coestrellas a Clark Gable, Peter Selles y Marlon Brando, entre otros, y protagonizó La condesa en Hong Kong, a las órdenes de Charles Chaplin.

Ponti la rescató una vez más. Su carrera enrumbó entonces hacia un cauce definitivo. Con Vittorio De Sica rodó Boccaccio 70 (1962), Los secuestrados de Altona (1962) y Matrimonio a la italiana (1964), filmada en su natal Nápoles con Marcelo Mastroianni.

Los dos formaron un dúo que dejó huella permanente en el cine. Hicieron 12 películas juntos, entre ellas Una jornada particular, con Ettore Scola. Como señaló Mastroianni, fueron la última gran pareja de la cinematografía internacional. Recorrieron juntos toda una vida en el celuloide.

En sus memorias, Mastroianni recuerda la escena de Una jornada particular, en la que enseña a Sofía los pasos de un baile con una canción de sus recuerdos de adolescencia. Para mi esa película, escribió, sigue siendo un ejemplo de cine verdaderamente puro, una obra maestra. Los dos forman parte de ella.

Sofía Loren abrió las puertas a sus 77 años sin festejo alguno, como lo ha hecho siempre, tal vez para no comprobar cómo el tiempo avanza de modo irremediable arrastrando consigo nostalgias, victorias, anhelos. Pasó el domingo en su casa de Suiza, tal vez pensando en su próxima película. Loren andando, altiva, el camino de su otoño invulnerable.