Dos posiciones se han contrapuesto en el problema del TIPNIS, y las dos, en sus orígenes, son parte del movimiento popular. Sin embargo, hay intereses políticos y electorales que buscan postergar la conciliación o resolución de ambas posiciones en una que contenga a ambas y las supere.

A menos de un mes de las elecciones para renovar el órgano judicial, la oposición, que busca el voto nulo, parecería perseguir la prolongación del conflicto para influir en los electores. Es como si trataran de demorar la fermentación de un líquido que tiene su proceso interno en tiempos y resultados previstos. Quizá intuyen que al final se impondrá el interés general, como en toda democracia, pero entretanto buscan hacer durar el conflicto y amplificarlo hacia las ciudades. Que este sea un movimiento sincero, no interesa a la hora de medir sus resultados electorales. La oposición quiere el fracaso de las elecciones del órgano judicial y tiene entre manos un motivo digno de invertir en una campaña por el voto nulo. Elegir por sufragio general a los magistrados es un principio bueno, importante, quizá el más apropiado para luchar contra la corrupción de la justicia; pero la oposición no busca elegir sino anular. Su apuesta es dura: todo o nada.

Nunca en el pasado triunfó la opción del voto nulo o en blanco, pero hoy la oposición está concentrando su esfuerzo en esta sumatoria que marcaría el rechazo general a las próximas elecciones. Y para ello, el conflicto del TIPNIS es un motivo importante para explotarlo contra el gobierno. Lo que menos hay es un juicio sereno sobre los orígenes de esas dos tendencias del movimiento popular que se enfrentan en el TIPNIS: el desarrollo vs. la conservación.

El desarrollo de las fuerzas productivas

El movimiento popular tiene una fuerte raigambre marxista en sus concepciones. Una de las leyes básicas del marxismo es la contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción, que genera las revoluciones, los grandes cambios históricos.

La carretera Beni-Cochabamba es un anhelo viejo como la república, un sueño persistente desde Sucre y Ballivián, este último creador del Departamento del Beni. La apertura de esa carretera es un anhelo de integración territorial y no sólo un afán del Brasil para llegar al Océano Pacífico. Las veces que ha sido planteada su construcción, han aparecido “cien ingenieros de escritorio” (la expresión es del escritor beniano Rodolfo Pinto Parada) los cuales han frustrado esos intentos.

Son tres millones de cabezas de ganado que se van a volcar hacia el centro del país, y de ahí van a ser distribuidas en el mercado interno y para la exportación. Esa carretera va a desarrollar la industria cárnica en los dos departamentos, y ha de multiplicar el PIB beniano, cuya participación en el PIB boliviano es muy pequeña.

Con esa carretera, será muy fácil el acceso del conjunto del país al inmenso territorio del Beni, y aumentará el desplazamiento de la población beniana a otros centros. Todo ello significa desarrollo de las fuerzas productivas. Sin embargo, las relaciones de producción que plantean los conservacionistas no permite ese desarrollo, y entonces, en esa lógica marxista, ese desarrollo no tardará en imponerse. Beni y Cochabamba son mucho más en territorio, población y recursos naturales que el TIPNIS.

El marxismo es un pensamiento liberador; ha sido concebido para buscar una sociedad más justa y equitativa y no como instrumento de opresión.

Sin embargo, tiene limitaciones históricas debido a sus orígenes en el pensamiento occidental. El marxismo es heredero del racionalismo occidental, es su producto más importante, es un pensamiento cartesiano. Por eso mismo, tiene limitaciones históricas, porque no tiene respuestas a nuevas problemáticas surgidas en el campo popular.

El yo cartesiano es el sujeto que conoce; el resto es sólo objeto de conocimiento. Pero el yo cartesiano es un individuo varón, blanco, europeo, letrado, propietario, heterosexual, cultor de la inteligencia técnica, de la cultura occidental, de la civilización material. En cambio, para el yo cartesiano, son sólo objetos de conocimiento la comunidad, la mujer, la gente de color, los no europeos, los analfabetos, los desposeídos, los gays, lesbianas y trans, los cultores de la inteligencia social, de la diversidad cultural, de la conservación de la naturaleza.

Estas oposiciones al yo cartesiano impugnan su condición de objetos porque quieren legítimamente constituirse en sujetos del conocimiento. El mérito es de las mujeres, las iniciadoras de la lucha contra la sociedad patriarcal que oprime también a los varones que no corresponden al paradigma del individuo macho, heterosexual, etc. En suma, cartesiano.

En el movimiento femenino se han originado nuevas banderas de lucha popular para ampliar la democracia. Una de esas banderas es la que denuncia el mito de la productividad, el desarrollo indiscriminado de la civilización material, la imposición de la cultura de Occidente a la diversidad cultural, la destrucción de la naturaleza.

Para esta nueva problemática, hay que decirlo, el marxismo no tiene respuestas. En realidad, no tendría que tenerlas pues en sus orígenes es una postura filosófica occidental. Pero muchos pensadores marxistas tratan de rescatar el potencial liberador del marxismo buscando respuestas populares para esas nuevas banderas. Un marxista clásico no puede ser conservacionista porque apuesta al desarrollo económico y social, al desarrollo de las fuerzas productivas; un conservacionista no es un marxista, y a veces se ubica en las antípodas del marxismo, porque busca la conservación de la naturaleza antes que el desarrollo económico y social.

La pugna de ambas posiciones se da en el campo popular. Pero entonces ¿por qué no dejamos que se resuelva allí, en el campo popular, con sus actores populares? Ellos que se pronuncien y que, como en toda democracia, se busque el interés de la mayoría.

La situación de los tres pueblos que habitan el TIPNIS es penosa, como es dramática la marcha indígena, que debe merecer nuestro respeto y aprecio. Pero la lógica de quienes buscan el desarrollo económico y social es distinta, y ha de acabar por imponerse.

Una hipótesis que formulo con respeto, no buscando herir susceptibilidades, es la siguiente: la fuerza del proceso histórico que comanda el gobierno está no sólo en los movimientos sociales sino en una extensión horizontal del modelo de acumulación, que incluye la economía clandestina (el triángulo narcotráfico-contrabando-librecambio) y sus conexiones con la corrupción en el seno del Estado.

La diferencia es que antes de este proceso, la economía clandestina y sus conexiones con la corrupción estatal estaban en manos de quienes acaparaban el ingreso. Se podía hablar de unas cuantas cabezas y de unas cuantas mafias del narcotráfico, del contrabando, del librecambio y de la corrupción estatal. Pero ahora ese modelo de acumulación se ha extendido horizontalmente, se ha convertido en un patrimonio social, y entonces es difícil identificar familias o grupos de privilegiados.

Fuenteovejuna: todos estamos incluidos, los que sabemos y los que no lo sabemos. Antes había pocas familias que acaparaban el narcotráfico, el contrabando, el librecambio; ahora son patrimonio de todos, los que se dan cuenta y los que no se dan cuenta. Esta es la solidez y el talón de Aquiles del proceso actual: que se hable de cien mil importadores de chutos, de una cantidad ilimitada de pozas de maceración de coca, de contrabando generalizado, todo eso tiene rostro popular.

Sin embargo, es absurdo limitar el ingreso nacional a la economía clandestina, porque el PIB es mucho más que eso. Unir Cochabamba y Beni con una carretera quizá aliente la economía clandestina, pero no sólo eso: también ha de desarrollar las fuerzas productivas, ha de integrar el territorio, ha de estimular el diálogo intercultural y la búsqueda de intereses comunes; ha de ser un factor de desarrollo importante para dos departamentos y para el país en su conjunto. Por eso es un asunto indetenible, cuya lógica no se reduce a las consignas de la oposición.

Es posible que el gobierno pague electoralmente las consecuencias de imponer la lógica popular del desarrollo sobre la lógica de la conservación, pero a quienes tratamos de entender el problema del TIPNIS no nos anima defender al gobierno sino velar por el inmenso conjunto de intereses del Beni, de Cochabamba y del país. Y en ese terreno, cuatro consignas políticas no nos van a mamar.