Los pánicos en las bolsas de valores de todo el mundo en las últimas semanas han sido expresión del mal estado de la economía internacional, resultado de la incapacidad de los gobiernos de Estados Unidos, Europa y Japón de reactivar la generación de empleo, la industria de la construcción, la demanda y la inversión productiva.

La crisis se inició en 2007 debido al no pago de las hipotecas impagables, es decir el fracaso del mercado para resolver el problema de la vivienda del pueblo de países como Estados Unidos, España, Estonia o Irlanda. Esto significó la caída de la industria de la construcción y de todo su poder multiplicador del empleo y la inversión. La recesión de 2008 y 2009 alcanzó proporciones catastróficas.

Para reanimar la economía, Estados Unidos y los países europeos, con la excepción de Islandia, optaron por privilegiar la salvación de los acreedores, es decir de los banqueros y de las inversiones especulativas. El gobierno de Estados Unidos llegó a garantizar las deudas hipotecarias impagables y con ello logró un alza efímera en los mercados bursátiles. Optaron también por devaluar el dólar y el euro para tratar de exportar más. Optaron además por la guerra como salida a la crisis y han impuesto los bombardeos a Libia, las amenazas contra Siria, la escalada del conflicto afgano, la eternización de la guerra en Somalia e Iraq y la multiplicación de la intervención en varios conflictos locales.

El esquema seguido por las autoridades económicas de los países con mayor poder económico permitió una reactivación superficial que benefició principalmente al sector financiero y a las empresas petroleras y energéticas. Pero el crecimiento industrial siguió siendo lento y el desempleo creciente. La venta de viviendas no se reactivó, la dedicación del presupuesto a salvar al sector financiero impidió dedicar los recursos a más obras públicas y con ello la construcción siguió deprimida en Estados unidos y Europa. Entre tanto, el monto de la deuda púbica de Estados Unidos, Gran Bretaña, Italia, España y otros países se ha hecho gigante, sin que se intente diseñar programas de intervención para aliviar el desempleo. Grecia, Irlanda y otros países ante la imposibilidad de pagar sus deudas, han claudicado ante el FMI e impuesto feroces planes de austeridad contra sus pueblos.

Estamos ante una de las crisis cíclicas que caracterizan al sistema capitalista y se trata de la crisis más grave desde la Gran Depresión, es urgente para los movimientos sociales, enfrentar la gigantesca lucha social desatada por los poderes económicos y políticos, para descargar sobre los trabajadores y los pueblos el costo de esta crisis. Quién paga por la crisis, es lo que caracteriza esta lucha y, los más poderosos gobiernos y parlamentos del mundo se están encargando de imponer que sean los trabajadores y los pueblos quienes paguemos.

Los llamados países emergentes, en la medida en que registran una mayor tasa de ganancia y consecuentemente una rentabilidad mayor de las inversiones, por ahora presentan tasas de crecimiento mayores y tasas de desempleo notoriamente menores que los países desarrollados. Los problemas económicos se presentan por los altos precios de los alimentos y de los combustibles, la inflación creciente, las altas tasas de interés provocadas por políticas monetaristas y el freno del crecimiento industrial por el alud de importaciones tras la devaluación del dólar.

Frente a este panorama la resistencia civil de los pueblos crece. Los medios, con razón, no han dejado de hablar de la revolución árabe a partir de las grandes movilizaciones en Túnez, Egipto y Yemen. Pero los hechos muestran que no se trata de un asunto árabe. En primer lugar porque las grandes movilizaciones se extendieron por todo e Mediterráneo: Grecia, Albania, Francia, Italia, Portugal, España y ahora Israel, han sido escenario de grandes manifestaciones y huelgas. Pero además, en Inglaterra se produjo la más grande manifestación sindical contra los planes de austeridad y luego una explosión de ira de los barrios pobres; en varios estados de Estados Unidos, los sindicatos con gran apoyo popular salieron a las plazas de varios estados; y, en Alemania las movilizaciones se centraron en la protesta contra las centrales nucleares.

Los altos precios del oro, refugio de la especulación durante la agudización de todas las crisis, han desatado una fiebre minera en todo el mundo, que trata de imponer minas de oro en toda forma y a toda costa, especialmente la destructiva minería a cielo abierto con riego de cianuro. Una amplia resistencia de las comunidades que no quieren ser destruidas por la minería, se construye país por país, desde Argentina y Perú hasta México y Canadá. Los pueblos defienden la naturaleza de todos los ataques voraces del capital y de los megaproyectos mineros, energéticos y viales aprobados sin siquiera consultarlos.

Las movilizaciones en todo el mundo dibujan el programa de los pueblos: no más recortes de la inversión social ni privatizaciones; no más recortes de los salarios, prestaciones laborales y pensiones ni aumentos de la edad de jubilación; no más despidos, la crisis deben pagarla quienes la causaron, es necesario elevar los impuestos a los ricos a quienes el neoliberalismo redujo la tributación. La salud y la educación deben ser públicos y garantizados a todos; el aumento del empleo es un objetivo central que puede lograrse con inversión pública social, desarrollo de transportes colectivos y condonación de deudas hipotecarias para reactivar la construcción de vivienda con programas públicos. No más guerras ni gastos de guerra ni endeudamiento para la guerra, basta de robar el petróleo y las riquezas naturales de los pueblos. No más tratados de libre comercio que institucionalizan y eternizan los privilegios de las transnacionales y agudizan las desigualdades de los países. No más política económica monetarista y neoliberal, no más destrucción de la naturaleza ni plantas nucleares u otras de alto riesgo, alto al calentamiento global.

Por otra parte, los movimientos sociales confrontan la propaganda y ataques racistas, especialmente contra los inmigrantes en Estados Unidos y Europa, que ha servido de plataforma para fortalecer grupos neofascistas o de ultraderecha, que hostigan y agreden, tanto a los extranjeros como a los gitanos u otros grupos étnicos, nacionales o religiosos. El fascismo en medio de la crisis ha sido siempre un arma del gran capital para captar tanto a las capas medias como a sectores de la población arruinada o empobrecida y convertirlos mediante el racismo en agentes violentos contra el movimiento popular. La movilización antifascista, antirracista y por la paz hace parte indisoluble de la lucha para que la crisis la paguen los grandes capitales financieros y no los pueblos.

En los llamados países emergentes es necesario combatir la inflación con el fomento de la producción de alimentos, las medidas contra la especulación con la tierra y el acaparamiento de tierras y promover el apoyo a las economías campesinas y otras formas de agricultura familiar; y el control de precios, incluido el precio de los combustibles. Es necesario garantizar el bienestar económico con la protección de la producción nacional y el control de cambios y es urgente terminar el círculo vicioso monetarista de alza de precios, alza de intereses y reducir los intereses para bajar los costos de producción. Es indispensable defender la diversidad cultural y sostener firmemente la resistencia de los pueblos indígenas a la usurpación o a la degradación de sus territorios; tiene que acabarse para siempre el economicismo colonialista que impone a los indígenas el despojo territorial y su destrucción como pueblos.

El trabajo es construir los lazos que tejan nuestras luchas por estos objetivos para que la movilización concrete realidades que comiencen a construir una economía diferente, sacando de la dominación del lucro la salud, la educación, la vivienda, los alimentos y el ambiente; estableciendo el domino de la sociedad sobre los recursos básicos, como la energía y sus fuentes y; terminando la larga cadena de guerras a que está sometido el mundo por los intereses económicos.