El Estado burgués y su aparato represivo son minados por la política revolucionaria cuando los explotados se adueñan de las calles y se agudiza la lucha de clases. Actualmente se ven importantes rupturas al interior del oficialismo y del propio gobierno.

El gobierno, los partidos políticos, las clases sociales, los sindicatos, etc., son permeables a las presiones de las diversas manifestaciones de la lucha de clases. En momentos de estabilidad social, cuando la ideología y las expresiones políticas de la clase dominante son dueñas del escenario, las masas explotadas y sus organizaciones son atrapadas para convertirse en canales de difusión de la política de los opresores; por el contrario, cuando las convulsiones sociales se encrespan y los explotados son sus protagonistas, la ideología y la política del proletariado actúa como factor de poderosa presión que, como un imán, atrae a todos los oprimidos y termina minando al Estado burgués, a sus expresiones políticas y a los aparatos represivos como el ejército y la policía.

Actualmente, a pesar de que el proletariado tímidamente aparece como una referencia física y política, los otros sectores, apalancados por las consecuencias de la crisis (pobreza, atraso y miseria), se ven obligados a tomar el camino de la movilización y, en sus reivindicaciones, inevitablemente concluyen enarbolando banderas anti oficialistas, chocan frontalmente con la clase dominante y el imperialismo. Sin proponérselo, inconscientemente, los actores se convierten en los portavoces de la política revolucionaria del proletariado.

Un ejemplo claro en este sentido es la actual marcha de los indígenas de tierras bajas que, al oponerse a la apertura de un camino a través del TIPNIS luchado por su supervivencia, de manera instintiva, chocan contra las transnacionales imperialistas, contra las aspiraciones empresariales de fuera y de dentro del país. Sólo así se puede comprender que, desde un principio, la movilización indígena hubiera provocado un rápido agrupamiento en torno al gobierno de la empresa privada nacional, de las transnacionales encarnadas en el Banco de Desarrollo del Brasil, de la empresa constructora OAS, de los cocaleros y colonizadores pequeños propietarios que sueñan con instalarse en el territorio indígena.

El ex presidente brasilero Lula da Silva, quien oficializó el millonario financiamiento de la carretera Villa Tunari – San Ignacio de Moxos a través del corazón del TIPNIS, escandalizado por los conflictos protagonizados por los indígenas originarios de la CIDOB, se hizo presente sorpresivamente en Bolivia para recordarle a Evo Morales que no puede ceder a las presiones de nadie para la modificación del trazo original de la carretera.

Lula vino a exigirle a Morales no ceder a las presiones de los indígenas; reunió a los empresarios privados para alinearlos detrás del gobierno masista, y logró organizar una santa alianza con la participación de la burocracia sindical para potenciar la política entreguista del gobierno del MAS. Inmediatamente después de que abandonó el país, se produjeron hechos importantes que es bueno tomarlos en cuenta:

1. La gobernación de Cochabamba se reúnen el Comité Cívico de Cochabamba, los empresarios privados, los dirigentes de los cocaleros, campesinos y de la COD cochabambina. Todos ellos, convertidos en furgón de cola del gobernador masista, firman una declaración de apoyo a la apertura de la carretera cortando en dos el TIPNIS, condenan la marcha de los originarios de tierras bajas, y convocan a la “marcha del millón” para el 3 de septiembre. De manera curiosa, el Comité Cívico, que al principio declaró su apoyo a los marchistas, da un vuelco de 180 grados de la noche a la mañana para terminar sumándose a la postura oficialista. La burocracia sindical de la COD también se suma al apoyo de la carretera, y sin consultar a las bases aparece hablando a nombre de ellas, comprometiendo seriamente la independencia sindical y política de la organización de los trabajadores del Valle.

2. Evo Morales anuncia oficialmente que la exigencia de los marchistas en sentido de desviar el trazo de la carretera para evitar que parta en dos el TIPNIS es inatendible. Declara que todo se puede negociar con ellos, menos el desvío de la carretera cuyo trazo ya estaba definido al concretar los acuerdos con el gobierno de Brasil.

3. El gobierno afanosamente busca realizar movilizaciones en el interior del país, como la “marcha del millón” en Cochabamba utilizando grandes recursos del Estado y también métodos de presión, amenazando con duras sanciones a quienes se rehúsen a concurrir a la misma, todo con la finalidad de crear las condiciones favorables para terminar reprimiendo la marcha. Todos los aprestos de “diálogo” con los indígenas no pasan de ser actitudes distraccioncitas y dilatorias para cansar a los marchistas y al país.

4. Arrecia una campaña de desprestigio contra los marchistas y sus dirigentes. La última novedad que descubre Morales es que los indígenas tienen carpas para dormir, comida en abundancia y que ahora están financiados nada menos que por la ONU. Prepara a sus organizaciones afines para enfrentarlas con los marchistas cuando éstos pasen por sus comarcas. En este sentido ha organizado un famélico bloqueo de caminos en la población de Yucumo. El objetivo del gobierno es cercar la marcha indígena, desprestigiarla y terminar reprimiéndola. Debe evitar por todos los medios que arribe a la ciudad de La Paz porque –si esto ocurre– puede desencadenar una eclosión social incontrolable y de grandes dimensiones.

Fisuras en el oficialismo

La marcha indígena, desde sus inicios, aparece como un foco aglutinador que concita la atención de todos, unos para apoyarla y otros para combatirla. Sus iniciales animadores y organizadores –las ONGs y sus propios dirigentes— desesperadamente hacen esfuerzos por mantenerla en los reducidos límites de la defensa del medio ambiente y de la supervivencia de los originarios. Por todos los medios pretenden castrar al movimiento de todo planteamiento político, pero sus esfuerzos son vanos porque inconteniblemente afloran los contenidos anti oficialistas y antiimperialistas.

Contra la voluntad y los intereses de sus organizadores, la marcha por el TIPNIS se torna en un movimiento político; todo esto ocurre por la situación política reinante donde los explotados están recorriendo un proceso de emancipación rompiendo con el control del gobierno, en un momento en que están perdiendo rápidamente las ilusiones que abrigaron a un principio en el gobierno indígena que se hace cada vez más derechista, instrumento del imperialismo y de la clase dominante nativa.

Uno de los síntomas del resquebrajamiento del aparato gubernamental debido a la poderosa presión social es que senadores indígenas y conocidos dirigentes masistas se hubieran sumado a la marcha, chocando frontalmente contra su propio gobierno. Por otro lado, Félix Cárdenas, un viceministro indígena muy influyente al interior del gobierno, ha dicho que las negociaciones han fracasado y no han podido detener la marcha porque Evo Morales se equivoca al mandar “k’aras” a tratar de convencer a los indígenas. En su inconfundible postura racista, sostiene que los blancos no pueden comprender la lógica de los marchistas y por eso chocan con ellos, al punto de que toda negociación se torna estéril.

Cárdenas termina señalando la urgencia de que el gobierno debe cambiar de postura y enviar a otros indígenas como negociadores para que entre indios se entiendan mejor. Por muy absurdo que parezca el planteamiento, está expresando un profundo malestar en sectores del aparato gubernamental y del oficialismo en su conjunto con el movimiento indígena y campesino.

Félix Cárdenas ha declarado a la prensa que los indígenas de tierras bajas tienen una lógica distinta a la de los campesinos del Occidente. A los primeros sólo les interesa la supervivencia y todo lo que hacen (cazar, pescar, recolectar frutos, desarrollar agricultura y ganadería primitivas, etc.) es para éste fin; mientras la actividad principal de los campesinos del Occidente es producir para el mercado. Esta observación, nada objetiva, tiene dos limitaciones: primero, habla de los indígenas del occidente como una abstracción, como si todos ellos fueran una masa homogénea, y, segundo, como todo observador superficial, no explica las causas de esas diferencias “lógicas”.

La realidad de los habitantes del agro en el Occidente es bastante concreta y compleja a la vez. Sus diferencias se dan debido las formas de propiedad en que se encuentran asentados: una gran masa de ellos tiene como basamento material la pequeña propiedad privada parcelaria, sobre todo en aquellos sectores más productivos de las cabeceras de valle y los valles; y el otro grupo, minoritario con referencia al anterior, asentado en la propiedad comunal de la tierra (el ayllu) en las zonas donde la naturaleza es más avara, en las alturas donde el agua es muy escasa.

Ambos sectores viven rodeados por la poderosa influencia de capitalismo, que, en última instancia, determina su destino. Aquí radica la condición de ser igualmente oprimidos por el sistema de la gran propiedad privada. En este marco, estos sectores campesinos interactúan una vez chocando entre ellos (porque los pequeños parcelarios permanentemente usurpan tierras comunitarias, pugnan por monopolizar los pocos recursos hídricos, pretenden invadir campos de pastoreo, etc.), y otras veces, en momentos de grandes movilizaciones (alzamientos), suelen actuar juntos contra los poderosos que los oprimen.

El problema capital, tanto para los indígenas de tierras bajas como para los comunitarios y pequeños propietarios del Occidente, está en el excedente de la producción. Si tienen un sobrante en sus productos, después de haber satisfecho sus necesidades vitales, irremediablemente acuden a los mercados locales para comercializar ese excedente; no importa a través del trueque como una de las manifestaciones del pre capitalismo o con la intermediación de la moneda. El problema está en el volumen del excedente: en aquellos sectores que han logrado incorporar tecnología en la producción (máquinas, abonos químicos, etc.) el excedente es mayor y su relación con el mercado es más fuerte y regular. En el caso de los comunitarios de tierras bajas y altas –por no tener excedente o porque éste es miserable, hecho que está revelando un bajísimo desarrollo de sus fuerzas productivas, gran parte de ellos viven de la recolección y son nómadas– su relación con el mercado es más débil o casual.

En estas condiciones, es natural que los originarios del Occidente como del Oriente, por su diferente relación con la tierra debido a la forma de propiedad imperante y a su poquísima capacidad productiva que, en última instancia, les hace más dependientes de las leyes de la naturaleza (lluvias, sequías, heladas, etc.), desarrollen una conciencia (lógica) diferente. Pero esta conciencia, en última instancia, termina capitulando ante la poderosa presión del capitalismo. Sólo así se puede explicar cómo las luchas más radicales contra el extractivismo minero o hidrocarburífero concluyan exigiendo más regalías a las empresas, la apertura de caminos, construcción de escuelas y hospitales, dotación de servicios elementales como agua y energía eléctrica.

Por todo lo dicho, nuevamente se confirma la justeza del programa trotskista. Sólo el proletariado es capaz de llevar la lucha antiimperialista hasta sus últimas consecuencias, hasta la destrucción total del régimen de la gran propiedad privada de los medios de producción y la implantación de un nuevo orden social basado en la propiedad social de los medios de producción. Los campesinos y los indígenas están condenados a quedarse en medio camino en esta lucha si no tienen la dirección revolucionaria del proletariado.

* Profesor de Filosofía y dirigente de la Unión Revolucionaria de Maestros (URMA) del POR.