La imagen-tipo de las poblaciones indígenas latinoamericanas, y en especial de sus culturas, armadas por más de un siglo según el modelo subyacente en películas producidas con ignorancia, por crónicas de prensa escritas para realzar los valores dominantes (yextranjeros) y por ensayos de viajeros que se miran el ombligo se nutre también de la complacencia de las capas “cultas” locales. Todos interesados en resaltar la inadecuación de los pueblos originarios.

Los extranjeros porque su mirada les permitía hamacarse en la sensación de su propia superioridad arrogante —y no en poca medida justificar y glorificar las instancias de dominio de los Estados de los que son (o eran) ciudadanos sobre aquellos que visitan. Surge así la noción de culturas superiores y otras inferiores y condenadas a desaparecer víctimas de su propia incapacidad para comprender las bondades de la civilización.

Y los sectores dominantes de los países donde esas culturas sobrevivían —pese a todo— porque al despreciarlas eliminaban toda posibilidad de comportamiento humano, convirtiendo la explotación, el robo de tierras, las violaciones y los asesinatos en casi una actividad filantrópica que, por alguna extraña razón casi estética, los aproximaba al “modelo” que viene de afuera y para el cual en rubros estrictamente económicos actuaba y actúa como simple yanacona.

Lo cierto es que, grosso modo, no hay culturas que “sean más” que otras; la cultura no es sino, en primera instancia, otra cosa que los resultados de la adaptación de los grupos humanos a la realidad del ambiente en que viven y la percepción de esos grupos de la calidad de vida que obtienen de su entorno y relaciones sociales que establecen.

Las culturas americanas, allí donde no fueron brutalmente masacradas (por la espada y el arcabuz del conquistador, las mantas infectadas con viruela, la liquidación por el trabajo innoble, la religión, la ambición desmedida y los prejuicios) muestran una rara capacidad para sobrevivir. Después de más de 500 años conservan idioma, creencias, modos de constituir familias. Y en la mayor parte de los casos intacta su rebeldía.

El paso del tiempo los familiarizó con la forma de vida cristiana, urbana e industrial. Pero no les gusta. Ni tienen ninguna gana de romper sus profundos lazos con la naturaleza y la Madre-Tierra.

La guerra por otros medios, filme de los cineastas argentinos Cristian Jure y Emilio Cartoy Díaz cuenta cuatro experiencias: la de Francisca, en la Red Aymara de Bolivia; la de Almir, en Amazonia, incorporando tecnología virtual (internet); la de Matias, en la Radio Mapuche que emite en la Patagonia; y la de Ariel, trabajando con el vídeo en las aldeas de Brasil.

No es necesario decir para qué utilizan estas culturas los medios de comunicación, ni la fuerza que adquieren éstos en sus manos para resistir la invasión de sus territorios, el saqueo de sus recursos, la persecución legal y la discriminación cultural.

Quizá el triste corolario del documental sea una pregunta: ¿por qué en la ciudad no se conocen estos esfuerzos? La respuesta, más triste todavía, explica las matanzas contemporáneas en Colombia o Perú, la lucha de mapuches en Chile o Argentina o Ecuador. Tal vez sea hora de firmar una paz cierta y respetable (RW).

Ficha

País: Argentina

Dirección: Cristian Jure-Emilio Cartoy Diaz

Guión: Emilio Cartoy Diaz-Silvina Rossi-Cristian Jure

Fotografía: Sergio Stagnaro

Montaje: Jeronimo Carranza

Música: Victor Heredia – Arbolito

Productor: Silvina Rossi

Producción: Masato Media Srl

Año de producción: 2009

Duración: 83,41 minutos

La película se exhibió en el Festival de Cine Latino de Trieste, Italia (www.cinelatinotrieste.org)

Fuente: http://www.surysur.net/?q=node/17248