En los últimos tiempos se ha generalizado en algunos medios la mención de los “chakras”, término mágico-religioso propio de la cultura hindú y otras culturas orientales, para tratar de explicar procedimientos que se desean presentar como científicos, pero que en realidad no lo son.

Según el hinduismo, los chakras o chakrás son seis o siete supuestos centros de energía invisible e inmensurable, situados en diferentes lugares del cuerpo humano. El término proviene del sánscrito, significa rueda o círculo y es conocido desde antaño en diversas culturas asiáticas. Aparece en antiguos textos yogas y brahmánicos, en el budismo tibetano, en la medicina china antigua, en el sufismo islámico y también en la cábala judía.

Sobre el tema existe una extensa literatura mística occidental mucho más reciente, de finales de los 1800, liderada por los apellidos Woodroffe y Leadbeater. Con posterioridad a esos autores, numerosos escritores vertieron sus opiniones acerca de los chakrás, adicionando gran cantidad de detalles -muchas veces inventados- tales como la razón de su apariencia y sus diversas funciones.

Cada chakrá tiene su propio nombre característico: muladhará, suadhistana, mani-pura…, y a cada uno le corresponde uno de los colores básicos del arco iris: rojo, naranja, amarillo… El naranja suadhistana se asocia al dios Vishnú y a la sexualidad; el amarillo manipura al dios Rudra y a la digestión; los restantes a otros dioses, colores y funciones.

Algunos autores describen siete chakrás en vez de seis; el séptimo flota invisible sobre la cabeza y está asociado a Shivá y al blanco o violeta. Para unos resulta ser el más importante, pues lo consideran el “enlace con la divinidad”; otros lo consideran el menos importante y para otros simplemente no existe.

Desde luego, tal clasificación nada tiene de ciencia; es puramente religiosa. Se basa en la mística oriental y tiene “retoques” occidentales que ni siquiera se originan en los conceptos religiosos. Por ejemplo, se afirma que el asignar los colores básicos del arco iris a los chakrás es una mera conjetura, que no tiene base alguna en la tradición yóguica o tántrica, ni en las representaciones pictóricas tradicionales del Oriente.

No obstante, muchos devotos de la terapia “natural” o “novedosa” prefieren dar la espalda a la ciencia de forma ostensible para explicar de forma no fundamentada diagnósticos y supuestas terapias sobre la base de estos “chakrás”.

Es de lamentar que nunca tomen en cuenta el daño que pueden causar al paciente por distraerlo con el diagnóstico ficticio o la ilusoria terapia. En ambos casos se retrasa el tratamiento efectivo capaz de aliviar o impedir el desarrollo de la enfermedad, que incluso pudiera ser fatal a largo o mediano plazo.

Para cualquier persona normal resultaría muy difícil confiar en los conocimientos de alguien que receta remedios no comprobados y que, además, trata de justificar su proceder sobre la base de antiguos conceptos religiosos, no reconocidos por la ciencia médica y prácticamente ignorados en occidente.

Quizás sea por esto que el origen místico de estos diagnósticos y terapias nunca se le informa al paciente. Envuelta en terminologías poco conocidas, la transparencia brilla por su ausencia.

La similitud occidental de todo este procedimiento “chakrístico” sería el atribuir a Zeus el control de los rayos y a Neptuno el de las tormentas -y después asegurar que se sabe controlar a Zeus y a Neptuno para prever o influir en rayos y tormentas.

Veamos algunos ejemplos. Bajo el título “Los chakras en el cuerpo humano, la otra cara del Yoga”, en la página de una revista informática dirigida a directivos en el terreno de la medicina, se reproduce un artículo publicado en la prensa que dice muy poco acerca de los chakrás, pero da por cierta su existencia.

En un dibujo aparece la ubicación de los chakrás; en otro su relación con la divinidad y finalmente, en el cuerpo del artículo, se asocian los chakrás a diversos sonidos o “mantras”, postulando su existencia real y la forma en que se pueden controlar al afirmar: “También se emplean… ‘mantras‘, consistentes en repetir unos sonidos capaces de alterar los centros de energía del organismo, denominados ‘chakras‘, y los estados de conciencia”.

En cualquier medio de prensa una afirmación como esta carece de trascendencia, pero resulta chocante cuando aparece reproducido en un sitio médico donde se espera encontrar ciencia, no religión.

Otro ejemplo es el de un artículo de 2005, publicado bajo el título “Bioenergía aplicada a ginecoobstetricia”. Además de que el significado del término bioenergía aparece tergiversado, se incluye el párrafo siguiente: “La física cuántica comprueba la existencia de los centros energéticos o chakras, los cuales absorben la energía vital durante la respiración y a través de los nadis o meridianos la transmiten como si fuera una red semejante al sistema de la linfa o arteriovenoso (sic)”.

En este párrafo, notable por la cantidad de absurdos, se introduce la inexistente “energía vital”, se inventa un “sistema circulatorio energético” adicional al sanguíneo y linfático, y finalmente se atribuye nada menos que a la física cuántica el haber demostrado la existencia de los “chakrás” del hinduismo.

Nunca antes se había visto tantos disparates agrupados en tan pocos renglones. El tinglado construido amontonando unas ilusiones sobre otras es tan enrevesado que, a la larga, tiende a desautorizar al propio misticismo hindú. En otra época y contexto cultural, tal comportamiento hubiera conducido de inmediato a una condena por herejía en el Santo Oficio.

Pero asociados a los chakrás no sólo se encuentran criterios sin fundamento, falsedades ostensibles y falta de ética; hay incluso quienes afirman que de alguna manera los chakrás se pueden medir, a pesar de que el hinduismo establece que son “inmensurables”.

* Doctor en Ciencias Físicas y colaborador de Prensa Latina.