No es casual que la gente se preocupe, y mucho, por lo que acontece con el medio ambiente. Bolivia, en los últimos informes de los estudiosos de los efectos de invernadero y el calentamiento global, es una víctima involuntaria: sus cerros nevados no son nada más que una pequeña muestra de lo que eran hace 40 años; Chacaltaya cada vez más lejana de la pista de esquí que fue hace menos de 15 años; el Illimani no está sufriendo menos, apenas su altiva copa blanca se ve relucir en la mañana y saludar todavía al coloso Tamayo.

Estos algunos ejemplos severos de lo que el calentamiento global está logrando en unas tierras que de usinas contaminantes tienen pocas, donde la agricultura no está industrializada a niveles de los países industrializados, sus fábricas compiten con prácticamente nadie. Somos un país de exportación de materias primas y eso nos hace entrar en el panorama económico internacional con una pizca de importancia.

Demasiadas lecturas se han hecho para poder desarrollar la economía del país. Desde la decisión del presidente Linares de hacer de Bolivia un exportador neto de materias primas hasta las últimas de hacer del país por lo menos autosuficiente en productos que combinen la exportación de materias primas y enriquezcan una producción agrícola combinando de esta manera la belleza de un desarrollo de sueño. Vendamos el gas, los minerales y produzcamos desde soya hasta azúcar y más para el consumo interno. Este sueño parece que se desvanece al ver que realmente la agricultura para ser rentable a niveles macroeconómicos tiene necesariamente que ampliar tierras de cultivo. Tiene que hacer una política más directa de desarrollo en contacto con los productores agrícolas, sean estos grandes o pequeños.

A todos una carreterita facilitaría, permitiría la incursión en tierras hasta ahora difícilmente asequibles. A todos nos daría un empuje de ver que realmente se está progresando. Mentira cochina. Se ha comprobado, y más y más comprueban los estudiosos, que el desarrollo sin tomar en cuenta el medio ambiente es nocivo no solo para el país que planifica tal proyecto sino que a corto y mediano plazo la misma carretera dejará un área sin árboles sin fauna autóctona y sin posibilidades de recobrar mínimamente la misma en cientos de años.

Todos los países que han desarrollado destruyendo la naturaleza, saben de sobra que injerencias en el medio ambiente, sin planificación de costos ambientales y sin tomar en cuenta a la población que habita tales zonas, en un futuro destruye en vez de construir.

El olor a diesel no es sinónimo de desarrollo sino de un descuido en la planificación y de una severa miopía económica y política. ¿Por qué nos empecinamos en proyectos que solo dejarán una estela de irresponsabilidad en la planificación y con consecuencias nefastas para todos?

La consulta con los originarios y con los expertos seguro que daría más frutos que la arrogancia de sentirse poseedores de la llave del desarrollo. El “sí o sí” es absurdamente irresponsable.