(Comité de Comunicación de la Marcha).- A cuatro días de su inicio, se duplicó la cantidad de caminantes de la VIII Marcha Indígena en defensa de los derechos indígenas y del Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro Sécure (TIPNIS), por donde el gobierno nacional pretende tender una carretera, contra el deseo de los mojeños, yuracarés y chimanes dueños de ese millón de hectáreas.

Hermanas y hermanos de todo el país, más que nada de la Amazonía, alcanzaron a la marcha luego de que dejaran sus comunidades hace varios días. El miércoles por la noche, 1.200 indígenas durmieron en Fátima de Moxos algunas horas para reanudar la travesía el jueves a las dos. Anduvieron hasta el amanecer, con la seguridad de que estarían en San Ignacio de Moxos el viernes por la mañana. Allí se anunció que estarán el ministro de la Presidencia Carlos Romero y el ministro de Obras Públicas Walter Delgadillo para dialogar con ellos. Pero en la marcha avisaron que solamente hablarán con el Presidente Evo Morales, porque él es quien toma las decisiones y no sus funcionarios.

Al atardecer del miércoles, la marcha llegó a Fátima. Todos comieron y se quedaron dormidos de inmediato. Unos 150 se reunieron en la cancha de fútbol cinco para ver noticias sobre la marcha, que una organización de derechos humanos había grabado de la televisión para proyectarlas. Luego, un técnico barajó power points para explicar los efectos adversos de una carretera a través del TIPNIS. Los indígenas largaban profundas exclamaciones cuando se informaban, por ejemplo, de que cada kilómetro del pavimento entre Villa Tunari y San Ignacio de Moxos costaría un millón trescientos mil dólares.

A las 9.30 ya todos descansaban en decenas de carpas iglú. Otros se habían envuelto en mantas y se acostaron en el pasto, en el hotel mil estrellas, o aprovecharon el cemento tibio de la cancha de fútbol, recuerdo del día pasado, de 36 grados constantes. Una luna amarillenta que empezaba a menguar ascendía para llenar la noche de nitidez. A esa hora los marchistas se durmieron, arrullados por hits románticos, cumbias y risas que venían del boliche del pueblo, del otro lado del camino.

Salir a sacrificarse

El Primer Gran Cacique de la Organización Indígena Chiquitana (OICH) José Bailaba participó de la Primera Marcha Indígena, en 1990, que llegó a La Paz por este mismo recorrido. “La marcha de 1990 era para que fueran reconocidos los pueblos indígenas de tierras bajas, porque en aquel año todavía no se quería reconocer la existencia de los pueblos indígenas diversos que vivimos. Por eso se empezó a pensar que la única forma de hacerse reconocer era saliendo a manifestarse, a pronunciarse, a sacrificarse en una marcha. Porque sin tierra y territorio no podemos vivir, ya no estuviéramos existiendo sin tierra y territorio. Pero nos siguen invadiendo, nos siguen quitando los espacios territoriales de cada uno de los pueblos indígenas”, dijo Bailaba, que en la primera marcha era presidente de la Central de Comunidades Indígenas de Concepción.

“Es verdad que la existencia nuestra esta constitucionalizada -agregó-, pero en la práctica se ve que otra vez se está revertiendo o se está quitando, invadiendo estratégicamente nuestros territorios ¿De qué nos sirve estar constitucionalizados, si la política va arrasando nuevamente? Creemos que los pueblos indígenas de tierras bajas deben hacerse notar otra vez. No es suficiente mandar una nota o solicitar una audiencia cuando todos estos compromisos se quedan en nada”.

“Existe el peligro de volver hacia atrás. Lo triste es que el presidente conoce lo que está pasando; sabe que en la Constitución dice una cosa, pero sus funcionarios y sus colaboradores aplican todo lo contrario. Creemos que si lo dejamos pasar con un pueblo, con un territorio, esto va a pasar con todos. Las desgracias que pasen en un pueblo indígena son de todos los pueblos. La vulneración de los derechos de los pueblos indígenas es de todos los pueblos indígenas. No podemos seguir callando, hacia afuera al presidente lo pintan como que es muy bueno con la Madre Tierra, y hacia adentro es desastroso. Por eso no podemos seguir callándonos, es nuestra obligación manifestarnos. Como la experiencia lo indica, siempre estas movilizaciones son pacíficas, sacrificadas, duras, son un instrumento que nos permite concentrarnos, unirnos y reclamar el cumplimiento de nuestros derechos”, reflexionó el gran cacique chiquitano.

Señaló a cientos de indígenas alrededor, de todos los pueblos de Bolivia, que descansaban las piernas doloridas. “Cuando empezamos el lunes, éramos casi la mitad que hoy tenemos. Cada día vienen más compañeros y ya va a ser difícil parar esta marcha. Esta gran cantidad demuestra el sentimiento de que peligran nuestras vidas. Esto es vida, el territorio es vida, no simplemente para los pueblos indígenas, sino para todo el mundo. Donde existen los territorios se defiende a la vida y al planeta”, declaró.

Día Cuatro

-¡Vamos a marchar! ¡Son casi la una pues!

Los relojes decían que eran las 0.49, horario que hacía más difícil despegar los ojos. Pero el ascenso de la luna casi llena había establecido su propio día. Ella se reflejaba fuerte en los vidrios de las movilidades, proyectaba las sombras que se movían lentas por el cansancio acumulado, así deshacían sus camas y se vestían para enfrentar de nuevo al camino.

A la una en punto, comenzaron a quemar tres tiros para levantar hasta al último. Dos tambores y una flauta retomaron la melodía funcional de la marcha. En la carretera se alinearon en filas de cuatro, cerca del boliche cuya fiesta era cenizas. Todavía sonaba la canción “Fuiste”, de Gilda. Arrancaron a las dos en punto.

La brisa de la noche hacía que no fuera tan ruda la caminata. Los marchistas iban haciendo chistes y riendo, los amazónicos con arcos y flechas, las señoras con bebés, otros con banderas, carteles. Cuando pasaba alguna movilidad se pegaban contra la derecha y carajeaban contra el polvo que levantaban, polvo para los cuerpos sudados y cuidado con los ojos. De todas maneras, las y los caminantes volvían a lanzar carajazos y vivas en pro de los 36 pueblos indígenas.

-¡Ahí viene el sol!

Después de cuatro horas de caminata, detenida una vez para hacer pis, la marcha entró al amanecer.

-Hay que apurarnos, sino vamos a quedar babeando como chancho atado-, opinó un camba.

Todavía faltaba hora y media para llegar al parador, a 22 kilómetros de donde había partido la marcha. Fue tiempo para que los pies dolieran más y la ropa quedara más mojada.

-Ahí estamos-, indicó uno cuando llegaban adonde descansarían.

-Ahí es?

-¡Música!

-¡Música, flojo!

Resucitaron los golpes de la tamborita, las banderas se agitaron en el aire de la mañana.

-¡Que vivan los marchistas!

En el lugar, las ollas humeaban, algunas mujeres con sus niños se habían adelantado y habían hecho el desayuno para los de su organización.

-¡Los de CIRABO vengan aquí a comer!

En el sector del Consejo Nacional de Markas y Ayllus del Qullasuyu (CONAMAQ) desayunaron engrudo (harina, agua y azúcar) con un pan por boca.

El Jiliri Apu Mallku de esta organización, tata Sergio Hinojosa, dijo que “desde 1990 hemos luchado por tierra, territorio y dignidad, por el respeto a los territorios ancestrales, pero hoy no hay. Por eso más que nunca estamos unidos con nuestros hermanos de tierras bajas. Este país no está como debe estar. Por esto no hemos luchado”.

“El señor presidente es muy consciente de por quiénes está siendo asesorado. Si no hay reacción, la marcha va a llegar a La Paz. Y se está masificando, se pone más fuerte con hermanos que todo el tiempo están llegando”, dijo el tata Sergio.

“Sabemos por qué luchamos. Está muy mal nuestro país, no hay respeto a nuestros derechos, algunas leyes han salido así nomás, sin recoger nuestras propuestas. En el movimiento de las tierras altas tenemos muy claras nuestras demandas. No nos andamos por intereses u otras cosas. Tenemos clara nuestra visión de lucha porque respondemos a las mayorías”, agregó.

El líder del CONAMAQ recordó que en el Altiplano deberían empezar a sembrar desde el 24 de agosto, pero “ahora más nos importa esta lucha, por eso aquí estamos firmemente. Posiblemente van a llegar más hermanos de tierras altas, después de pasar San Ignacio de Moxos”.

Luego de descansar una hora, a muchos marchistas les dieron ganas de seguir el viaje. Más porque en el lugar donde se habían detenido no había baños, lo que podía afectarles a la salud. Volvieron de nuevo al camino, con las banderas en alto, hasta el próximo lugar que los pudiera recibir, con el sol de las nueve de la mañana ya en las espaldas.