[2] Artículo 342 de la Constitución Política del Estado
El XXX encuentro de corregidores del TIPNIS, decidieron entre otras la ratificación de su posición sobre la carretera“EL TERRITORIO NO SE NEGOCIA”, así mismo, se confirma la marcha del 15 de agosto, hasta esa fecha no se negociará con el gobierno, ya que el Gobierno violo los derechos de los indígenas de participar en la gestión ambiental, a ser consultado e informado previamente sobre decisiones que pudieran afectar a la calidad del medio ambiente[1]. A pesar de que el Estado tiene el deber conservar, proteger y aprovechar de manera sustentable los recursos naturales y la biodiversidad, así como mantener el equilibrio del medio ambiente[2]

Nuestro Presidente dijo:

“si o si a la carretera”

y la respuesta fue

“si o si a la marcha en defensa de nuestro territorio”.

Ahora es bueno analizar con este contexto que significa revolución y reforma, a propósito de las

“fases del proceso revolucionario”

Es bueno puntualizar que todos los movimientos sociales del siglo XX, cualesquiera hayan sido sus particulares signos ideológicos y políticos, han prosperado gracias a la existencia de un fondo individual y colectivo de sensibilidad social agudizada por momentos y tendiente a la promoción humana y social, es decir, a la lucha contra la injusticia, la desigualdad y la explotación social, así como a la generación de bienes y beneficios sociales al servicio de todos, aunque luego se circunscribieran a determinados sectores sociales, como los trabajadores, o éstos y las clases medias, etc, etc. Y a pesar, incluso, de los desvíos y traiciones a los valores humanos inicialmente invocados por los conductores de muchos de esos movimientos sociales.

Lo cierto es que esas afecciones colectivistas, cuando trascienden la esfera de la individualidad, se plasman en movimientos generadores de energía social destinada en última instancia a ser puesta al servicio de la transformación social, lo cual supone, en principio, el deseo y la meta de crear una sociedad mejor que la presente.

Un espíritu revolucionario encarnado implica necesariamente un proceso de crítica y rechazo profundo al estado de cosas existente, debido a los males de diverso tipo que acarrea a una clase, a un grupo social, o étnico, a una nación o a la humanidad en su conjunto, razón por la cual aquella espiritualidad movilizará a sus portadores hacia la acción política para terminar definitivamente con lo que rechaza y para crear un nuevo y mejor sistema social.

Históricamente, de aquel espíritu de transformación del mundo surgieron dos clases de luchadores y dos metodologías: los reformistas y los revolucionarios. En el siglo XX la opción revolucionaria se tiñó de connotaciones místicas apropiadoras de la totalidad del ser de los revolucionarios, asentando en ello una supuesta superioridad moral, mientras el reformismo fue crecientemente devaluado y no únicamente por razones atribuibles a sus errores y limitaciones empíricas, sino también por causa de percepciones y creencias predominantes en ciertas épocas.

Además de las diferencias esenciales entre revolución y reforma se hallan sus

respectivas diferencias metodológicas en la acción política. Otra diferencia derivada de la anterior es la magnitud de tiempo requerido por cada una para el logro de sus respectivos fines, y por consiguiente, las magnitudes diferentes de los diversos tipos de costos generados por cada una.

Los reformistas creen en las ventajas de las reformas paulatinas por las vías parlamentarias y democráticas, lo cual insume determinada cantidad de tiempo. A veces un tiempo insoportable.

Los revolucionarios no creen en las supuestas ventajas de la metodología de los reformistas, a quienes consideran parte del problema sociopolítico a transformar, por lo cual proponen saltar los procesos de participación formal democráticos mediante el atajo tomando el gobierno para hacerse luego con el control definitivo de éste y del poder

(sugestiva interpretación de nuestro Vicepresidente cuando dijo: “tenemos el Gobierno pero no el Poder”).

Sus métodos, obviamente, se basan en una interpretación absolutista de la situación social y en la aplicación de una acción forzada e impuesta casi siempre por unos pocos; en estos casos el triunfo o el fracaso crearán o no, respectivamente, una legalidad y legitimidad nuevas a favor de los revolucionarios.

Los revolucionarios se presentan como vanguardias o avanzadas del pueblo al que dicen representar, y aunque lo invoquen constantemente como su mandante y destinatario de sus desvelos y sacrificios lo cierto es que ellos piensan, toman decisiones y actúan por sí mismos. Por otra parte, las vanguardias no emergen naturalmente del pueblo como fruto de un estado de conciencia popular en expansión, ni lo reflejan nunca con exactitud pese a lo que se proclama en toda legitimación posterior mitificada, puesto que un pueblo o una sociedad nunca tiene un estado de conciencia homogéneo, sino múltiples estados de conciencia interactuando mediante diferentes percepciones, formas y frutos del conocimiento, además de las diversas modalidades de acción desarrolladas.

El mito de la revolución comunista alimentó los imaginarios sociales contestatarios de todo el mundo, y aquel espíritu revolucionario preñado de romanticismo anidó en millones de conciencias y corazones de víctimas sociales principales: los obreros, los pobres, los explotados, quienes lanzados hacia el futuro instalaron (el plural es un decir) los sistemas socialistas concretos, aquellos que más tarde serían designados como el

socialismo real.

La historia demostró que cuando los revolucionarios llegaban al gobierno y al poder, el pueblo al que decían representar y que se suponía el soberano ya no lo era. Soberano era desde ese momento el partido revolucionario dirigido por la vanguardia, el cual controlaba las energías físicas y mentales del pueblo. El Partido (ahora con mayúscula) haría la “transformación” en sus propios términos constantemente actualizados ya que sus resultados no serían automáticos: antes surgiría la resistencia a sus planes que obligaría a modificarlos. ¿Por qué? Porque indefectiblemente sus métodos autoritarios generarán una oposición interna y otra externa ligada con la anterior.

Se han escrito cientos de libros en torno a las peripecias y transformaciones de la revolución y los revolucionarios en sus diversas etapas. Una opinión de sentido común(3)(que la experiencia histórica confirma) dice que todo lo que es impuesto y forzado es repelido por la mayoría de los seres humanos, por lo tanto, la fuerza y la violencia, pasado un tiempo ya no construyen sino que destruyen, dividen e impiden.

Sin embargo, siempre fue imposible que quienes se sumaban bienintencionadamente a las luchas revolucionarias del siglo XX sacaran esas conclusiones desde adentro de sus correspondientes organizaciones, ya que un halo romántico presentaba a aquellas como cruzadas de amor y paz de gentes buenas y sencillas, incapaces de matar una mosca. Ésta era un discurso falso: la realidad de las revoluciones siempre fue y será otra.

Por esos años la exageración y los errores de conocimiento, una visión maniquea de la vida y las estúpidas polarizaciones de siempre, los extravíos y los delirios de la razón, y el espejismo de palabras y discursos éticos y estéticos fantasmagóricos que reflejaban lo que cada cual quería ver en ellos llevaron a inventar otra realidad como en 1985 los stalinistas de aquí y de todas partes continuaban repitiendo que

“el capitalismo está agotado”

. Esa vorágine fue el resultado de la metodología revolucionaria aplicada, crecientemente violenta y destructora de todo lo que tocaba directa o indirectamente, obedeciendo (conscientemente o no) aquella recomendación de Trotzky:

“cuanto peor mejor”.

De modo que todos creyeran, en consecuencia, que no existe nada bueno en el sistema capitalista. Puesto de ese modo,

¡cuánto antes se pudra todo mejor!

Este pequeño análisis nos da pie para afirmar que: gracias a la confianza depositada de bolivianos y bolivianas (el soberano) en las urnas el MAS (partido de Gobierno) está manejando las riendas de nuestro país.

Nuestra decisión fue pensando que nunca más tendríamos que estar genuglexos ante nadie, pero al parecer ante las “tenciones creativas de la revolución” tenemos que quedar gerundiano, por la forma creativa de llevar adelante el proceso de cambio.

La prueba está en el gasolinazo, en el semillazo, en la exportación progresiva de HC a Argentina y Brasil sin insinuar industrialización, en las Megarepresas del río Madera del Brasil sin abrir la boca, en la carretera Villa Tunari – San Ignacio de Moxos con adendums inaceptables y sin diseño, lesionando el TIPNIS. Contrariando la Constitución Política del Estado la OIT los Derechos Humanos de las nacionalidades Indígena Originarias del Parque Isiboro Sécure, para abrir peligrososhorizontes a los plantadores de coca, en la legalización de chatarra (movilidades) que no se acepta en Santiago de Chile, etc., etc. finalmente, el descuido en no haber fortalecido el Partido del MAS, permitiendoinfiltrados yexpulsando a los recursos humanos críticos y de experiencia y sobre todo compromisoideológico, y el peor pecadogobernar sin“ideología revolucionaria”.

Mientras tanto, en las calles anda hoy la vida a los tumbos, entre los baches del alma y las memorias contrapuestas, con sus más y sus menos, sus excesos y sus carencias, sus defectos y sus virtudes, sobreviviendo y gastándose el día a día, sin ánimo de empeñar nada para mañana, cansada de sufrir pero inmunizada contra el dolor y la sorpresa, sin sueños de robot, ni de apóstol ni rebelde, amortizada de tanta fantasía heroica, suplicando que la dejen como está, con toda su mediocridad a flor de piel, y que no se metan con lo que queda de ella los corruptos, los mesiánicos ni los violentos que dicen defenderla, pues con semejantes amigos la vida no necesita enemigos.

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[1] Artículo 342 de la Constitución Política del Estado

[2]

Artículo 343 de la Constitución Política del Estado

[3]En otros tiempos se consideraba valioso al sentido común, atribuyéndole serel menos común de los sentidos. Actualmente, una proposición de sentido común es considerada poco rigurosa, poco seria.