Una agazapada violencia racista, volvió a resurgir en Santa Cruz el pasado 4 de agosto, cuando unos residentes originarios del occidente intentaron enarbolar la wiphala, junto a la bandera nacional y cruceña en el frontis del edificio de la brigada parlamentaria.

En función de gobierno, estos representantes de importantes porcentajes de occidentales, fueron a la Gobernación para obsequiar a su titular con una wiphala para ser izada junto a los otros símbolos patrios. A la salida, los funcionarios les agredieron físicamente y con insultos racistas a quienes intentaron darle lustre a las fiestas patrias. La diputada Jessica Chavarría y el secretario de la gobernación, Vladimir Peña, lideraron a los xenófobos, retirando el símbolo patrio porque no representa a la región, presuntamente propiedad de descendientes españoles puros y exentos de toda mezcla de razas inferiores. Como ellos, todavía existen, no pocos, que quisieran purgar la tierra cruceña de toda excrecencia colla.

Esta es una oportunidad para aplicar la Ley contra el Racismo, con toda su fuerza y un definitivo ejemplo a quienes aún creen en la existencia de “razas inferiores y superiores”, aunque nunca explican en qué consisten tales diferencias.

Estas demostraciones, no son nuevas, estuvieron presentes a lo largo de nuestra historia desde la llegada de los ibéricos, casi todos salidos de cárceles y algunos aventureros que no sabían ni leer, como Francisco Pizarro cuya profesión era cuidar chanchos.

A fines del siglo 18 la corona española, que inventaba todo para saquear América, autorizó la venta de “Certificados de Blancura”. Los ricos cuyas pieles no eran totalmente blancas y otros que decididamente eran pardos y mulatos, pero adinerados, accedieron a comprar tales documentos por quinientas monedas de plata. La gordura de la bolsa, pudo entonces más que el tinte de la piel.

La Iglesia estuvo involucrada en el racismo, pues sólo los blancos podían oír misa y arrodillarse en cualquier iglesia. Nadie que tuviera piel morena, podía ser sacerdote o doctor. Empleos y destinos, estaban reservados a los blancos y no a los “igualados”.

Los españoles odiaban a los morenos al considerarlos orgullosos, demasiado inclinados a la libertad y poco afectos a su gobierno y nación. Nuestros “españolitos de enésima generación”, salieron el pasado jueves para hacer valer “su raza, su sangre, su superioridad” y separarla de los concejales Saúl Avalos y José Quiroz que pretendieron honrar con la wiphala a los 36 pueblos originariamente dueños de estos territorios.

Mientras la televisora estatal, recogía testimonio con deseos de paz, unidad y comprensión, en Santa Cruz, los funcionarios de la gobernación reproducían las actitudes de la Unión Juvenil, cuya ideología apunta a que en Bolivia no todos nacen, ni libres ni iguales. Esto es algo pendiente a liquidarse en los muy próximos años.

Felizmente, la piel de los bolivianos tiende a ser morena por sus múltiples cruces, en tanto que los “nalgas blancas” se ven reducidos. Esta tara por el color de la piel, tiene que desaparecer definitivamente.

Quienes tenemos la piel morena estamos orgullosos de ella. Compartimos los puntos de vista de algún autor que le cantó a América, resaltando sus virtudes: Que esta tierra huele a futuro y libertad. Que América huele a caña y café, a gaucho solitario y a sabanas, a piel morena y sal.

Cómo no estar de acuerdo en que nuestra América huele a guayaba y a cordillera helada, a puna y tierra verde, a charango y carnavalito, a praderas, lluvia tropical y eterna primavera. Quienes no sientan nuestras costumbres, ni sientan que nuestros ancestros son los suyos, son libres de volverse a España, que allá les esperan con los brazos abiertos.