Hay que leer el Diario del Tambor Vargas para saber qué era en sus inicios la Patria. La Patria podía ser una partida de veinte hombres, acosada por un ejército realista de seiscientos soldados. “La Patria logró escapar a Palca”, consigna el Tambor, para describir la agilidad con la cual los guerrilleros de la independencia se movían en una vasta geografía que comprendía los Yungas, la provincia de Sica Sica (hoy en parte Inquisivi) y la provincia Ayopaya, como un cangrejo que tuviera su caparazón en Mohosa y extendiera sus tenazas, por un lado, a Colomi y el Valle Alto, y por el otro, a Tapacarí, Arque, Quillacollo, Viloma, Sipe Sipe y Carasa.

Mohosa fue célebre durante y después de la rebelión de Katari en 1781 pues ya lo habían ejecutado pero el cacique Choquetijlla se hizo fuerte en esa región inexpugnable y sólo pudo caer a traición en manos del realista José Reseguín. Mohosa fue luego el cuartel general de la guerrilla de la independencia y allí nacieron los principales comandantes, como Eusebio Lira, Pascual García y el capitán de indios Miguel Mamani. Por último, los indios de Mohosa se levantó en 1899, cuando la revolución federal, pero actualmente, como dice la canción, “sólo tiene un sol de lata y cuatro chozas de cartón”.

Esa fue la Patria en sus inicios: una pequeña partida con el auxilio indispensable de los indios, que sostuvieron la guerrilla desde la última derrota de los ejércitos argentinos en Sipe Sipe en 1816 hasta la fundación de la República. Pero en 1825, los oficiales fueron a Chuquisaca a fundar la República junto con los doctores y la Patria se replegó a sus sayañas. Esa era la Patria.

Con todo, han pasado ya más de dos siglos pero, a pesar de las diferencias, hay un sentimiento que nos une y no nos cansamos de alimentar: es la noción de Patria. No siempre ha sido así, pues la herencia colonial estimuló un sentimiento de “furiosa autodenigración”, como decía Carlos Montenegro, para negar todo lo que fuera la Patria.

Y sin embargo se mueve. Sin embargo, persistimos porque la Patria es un árbol añoso con profundas raíces desplegadas por el subsuelo de todo el territorio nacional, con un tronco inabarcable y sólido frente a todos los embates, y sí, con un follaje que el viento puede mudar y cambiar, pero que no se atreva con el tronco ni menos con las raíces, porque es un árbol milenario.

Llamémosle república o estado plurinacional; pensemos que hemos pasado por varios modelos: el estado republicano-colonial, la oligarquía de la plata, la Rosca minero feudal, el nacionalismo revolucionario y hoy el plurinacionalismo revolucionario. Esos son vientos más o menos recios que agitan el follaje de la Patria, pero el árbol añoso está ahí, con su tronco inmenso y sólido, con sus raíces cada vez más hincadas en este inmenso solar que es patrimonio de la Patria, de todos.

Quizá la supimos defender mejor en la guerra de la independencia que en el pasado republicano; quizá la quisimos destruir con la mirada puesta en los señuelos, los visajes, los espejismos del mundo, pero aquí está, íntegra, incólume, capaz de soportar embates y vientos porque es hechura de todos.