(APe).- La noche y los ojos como tizones del diablo acechan a la gente pobre en el Jujuy. A la gente buena, a la que no tiene. A la que no tiene ni un pedacito de tierra donde caerse muerta y la tienen que tomar de prepo, para caerse muertos en un espacio mínimo que durante diez minutos fue suyo hasta que llegó la locura del diablo uniformado y multiplicado por quinientos y la bala que les voló la cabeza y el pecho y allí quedó la sangre, para siempre dueña de ese centímetro que le robó al ingenio, a Blaquier y a su secuaces.

Los duendes negros de los cañaverales siempre salen en las noches cerradas. Cuando la luz se apaga o no está, no existe, no es. Libertador General San Martín, les gusta decir, es un huevo frito. La metáfora pedestre es gráfica hasta la desesperación: “la yema es el pueblo y la clara, Ledesma”. El pueblo está cercado por el crecimiento tentacular de la empresa, donde ya no hay tierras originarias ni fiscales ni de propietarios ajenos. Hacinados están. Ya sin poder levantar ni una chapa en el pueblo que abre la boca en asfixia. Quince hectáreas le piden a Ledesma desde hace tres años; quince de las 135.000 que aprieta Blaquier. Una brizna en el Sahara. Una gota de sudor en el océano. Setecientas familias se hartaron el 28 de julio. Levantaron carpas, techos de nailon, leñas para un fueguito, ollas para calentar la panza. Entre los bordes de arado y los brotes de caña que asomaban con ojo furtivo, donde los pibes se esconden de los duendes que, saben, llegan siempre de noche. Los duendes que resisten a los atrapadores de malos sueños. Y se llevan a la gente que mira más allá de la negritud y se le anima a la mañana.

Cuando llegó la policía entró por las tierras del ingenio. Dicen que vieron a vigilantes de Ledesma marcar a los insurrectos. A Ariel, de 17 años, lo mató una bala que le entró en la cabeza. Y dejó su sangre en la tierra de los Blaquier que ya para siempre será de él. La escrituró con su cráneo arrasado. A balas y a palos los corrieron. Les prendieron fuego las carpas y las frazadas. Y los desterrados corrieron resistiendo con piedras y abrazando a sus hijos con su vientre y su espalda.

Cuatro muertos por balas del poder, que gobierna más allá de la política. Y de la justicia que firma la puerta abierta a la muerte y se va. El poder subyace y subsiste en los dueños de la tierra, del azúcar, del agua y de la mesa diaria. Comercia, pacta y domina a los gobiernos y se echa a los hombros a los duendes oscuros de las cañas y al perro sin cabeza que tranquiliza su estómago con los peones rebeldes. Los niños de Libertador General San Martín escuchan por las noches los relatos de genios malignos que se beben la sangre de los jornaleros y de los patrones que se abuenan. Los nietos de Blaquier también. Por las dudas.

El gobernador Walter Barrionuevo -kirchnerista electoral- no reconoce más patrón que el ingenio. Su ministro de Gobierno y el jefe de policía, que se fueron por la presión de la circunstancia y de los muertos que les aprietan la garganta, tampoco. Por las dudas, hablaron de “cuestiones políticas” y apuntaron a la Corriente Clasista y Combativa, pero no se entendió. Es tan brutal el abismo entre las 135 mil hectáreas de Blaquier y las 15 mendigadas que cualquier excusa suena a estupidez o perversidad.

Dos mil personas sin techo frente a 135 hectáreas ocupadas por la caña, el biocombustible, el papel, el alcohol, los cítricos -un patrimonio de 1246,3 millones de pesos y ventas por 2452,7 millones de pesos, según el último balance-, sobre tierras que fueron de los pueblos del origen y del Estado y que ya no son, es la foto más sangrienta de la injusticia. De la riqueza más concentrada frente a la miseria más profunda y provocada.

La sangre de cuatro muertos se derramó en los cañaverales. Los muertos que se llevó el demonio sin cabeza de las leyendas azucareras del Jujuy. Que suele vestir traje y brindar en los aniversarios con ex dictadores y actuales y modernos gobernantes.

De noche siempre aparecen los genios oscuros y los fantasmas del in-genio. Como el 27 de julio de hace 35 años, cuando la luz se apagó en Libertador General San Martín y en Ledesma no. Y en los propios camiones del ingenio se llevaron a 400 al destino horrible de la rebeldía. Muchos no volvieron jamás. Como Luis Aredez, el médico que contrató el ingenio y que tuvo la osadía de dilapidar dinero en medicamentos caros para los niños enfermos del bagazo. El desperdicio de la caña devasta. Cuando lo eligieron intendente, intentó cobrarle a Ledesma impuestos que no pagaba. Un cuchillo en el ombligo del poder. El demonio sin cabeza se lo devoró.

Su mujer, Olga Aredez, marchó sola durante años los 27 de julio en la plaza del pueblo de extenso nombre de prócer que, para sintentizar, ya se llama Ledesma. Hasta que murió, de un cáncer pariente del bagazo. Haría falta Olga en estos días para que marchara solita y amarga, como la savia de las cañas, también los 28 de julio. En tiempos donde la tierra tiene un sabor ácido. Como el azúcar Ledesma. Como la sangre.