El perro manda al gato y éste al ratón. Esta relación de tamaños y poderes se está dando entre China, Brasil y Bolivia. El coloso asiático, que demanda cada vez mayores volúmenes de recursos, recursos que poseen los países de Sudamérica, está atizando el fuego del “desarrollo”, llamado por los EE.UU. en el pasado como “alianza para el progreso”. 

Este lobo disfrazado de oveja espera en el Amazonas el paso de la caperucita roja por la izquierda, que atravesando por una moderna carretera entregue su modesto cesto de alimentos, a las empresas de ojos grandes con las que escudriña sus posibilidades, orejas enormes con la que escucha a sus analistas y una boca enorme para engullirse a la pequeña, abuela originaria incluida.

La China es uno de los principales mercados para Brasil, sino el principal, casi un 60% de su producción mineral es absorbida por el gigante asiático; el desabastecimiento de madera en la región asiática, que paralizaría a la industria China por la alta depredación de este recurso, hace que el Amazonas se convierta en su objetivo de subsistencia. La Amazonía cuenta además con una serie de recursos tanto en flora como en fauna, además de minerales y energéticos, suficientes para despertar los apetitos de injerencia de la nación más superpoblada del planeta.

Las riquezas de la Amazonía están causando una serie de conflictos al interior de los países que la circundan. Los grandes proyectos de infraestructura, carreteras, hidrovías, aeropuertos, la presencia de industrias extractivas en las aéreas ricas en recursos naturales, a nombre del desarrollo, están fraccionando la región. Están haciendo del Amazonas una zona de extracción de recursos y una zona de libre tránsito comercial tanto de las potencias mundiales como de las empresas transnacionales.

Beneficiarán al pujante mercado asiático en desmedro de las naciones originarias, tendientes a desaparecer en los anillos periféricos de las grandes urbes latinoamericanas entre la miseria, la prostitución y el narcotráfico que engendra la pobreza y la desesperación. Tanto el IIRSA (Iniciativa para la Integración de Infraestructura Regional Sudamericana) como el PAC (Programa de Aceleración del Crecimiento) están siendo los instrumentos de presión y ejecución de los mega-proyectos de infraestructura en la Amazonía, donde existen recursos estratégicos como minerales, madera, agua, tierras fértiles y otros recursos naturales.

Están los proyectos de hidrovías, carreteras y demás proyectos, que a nombre del “desarrollo e integración” posibilitarán el ingreso y tránsito de las grandes empresas chinas como de otras poderosas multinacionales. Los proyectos del PAC y la IIRSA, no parecen ser proyectos fragmentados; se asemejan más bien a un sistema integrado que articulará la energía, el transporte y las comunicaciones, garantizando le competitividad y el desarrollo de los grandes consorcios extractivos y su ejercicio globalizador del comercio, además de la privatización de la madre tierra.

Brasil está en el mapa sudamericano, visto de frente, a la derecha. Ha respetado a las grandes empresas privadas que operan dentro su territorio. Esta acción ha prestigiado al ex presidente Lula, y nos enseña la extrema moderación de la actual mandataria. Las políticas brasileras están enfocadas a satisfacer la creciente demanda de energía con el uso del territorio amazónico, del que participan varios países vecinos como Bolivia, el pulmón del mundo está siendo preparado para convertirse en la fuente de energía que satisfaga la demanda acrecentada del planeta.

La integración sudamericana está siendo camuflada con la conexión de territorios para consolidación del mercado global. Los llamados ejes de integración no están promoviendo el desarrollo horizontal entre los pueblos de la región; están recrudeciendo las distancias y diferencias entre países, tanto como las pugnas internas producidas por el hambre y la miseria de las naciones de la región amazónica.

El pez grande se come al chico; las empresas brasileras imponen las reglas, ganan condiciones ventajosas, cumplen con los intereses del mercado. A cambio, los países vecinos como Bolivia, se quedan con la deuda pública, cargan con el multimillonario daño ambiental, son víctimas del drama social. Esto además está garantizado por la modernización de las fuerzas armadas brasileras y su aparato militar. Su presupuesto cuenta con nada más que 30 billones de dólares para armarse y garantizar este proceso de integración.

Es preciso alertar al presidente, nadie duda de sus buenas intenciones de llevar el progreso a las regiones más necesitadas del país, pero también sabemos de sus limitaciones analíticas. El presidente necesita asesoramiento de especialistas en medio ambiente para cuidar a la madre tierra, en economía para hacer que el cambio que representa beneficie a las mayorías empobrecidas de Bolivia, en ciencias políticas y ciencias de la comunicación para no tener que pedir disculpas después de cada discurso desafortunado e inconsecuente.

El Presidente es quién tiene que enamorarse de la madre tierra, cuidar los territorios indígenas de los cuales él se asume hijo, proteger la belleza e integridad del Isiboro Sécure, cuidar los pulmones de la Madre Naturaleza, y ratificar su creencia de que la naturaleza es un santuario, asediado por el capitalismo que impera al que él dice combatirlo.