Los dos atentados terroristas sucedidos en Noruega nos dejan sin palabras, porque lo ocurrido con la bomba colocada en el centro de Oslo y luego el asesinato en masa de jóvenes socialistas en Utoya hacen que las palabras pierdan valor, que se tornen increíbles, que pierdan su peso e importancia para nombras las cosas, para ordenar el mundo.

Los jóvenes, las chicas y los chicos noruegos que acudieron a la isla de Utoya son lo mejor de la sociedad europea, escandinava y mundial, porque iban justamente a dialogar, a pensar y a asumir decisiones respecto de los complejos problemas que hoy afectan a todas las sociedades. Acudieron a la isla de Utoya movidos por el más generoso de los afanes; el de participar como ciudadanos, el asumir con responsabilidad los problemas que, por lejos que esté Noruega, nos afectan a todos.

En Europa y Escandinavia la crisis económica generada por el interés especulativo de los llamados “mercados”, que son sociedades con responsables identificables, con accionistas que tienen nombres y apellidos, que son ese uno por ciento que acapara el noventa y nueve por ciento de la riqueza mundial, ha encontrado respuestas equivocadas hasta la perversión: de una parte, los gobiernos han hecho caer el peso de la crisis en los ciudadanos, recortando prestaciones sociales y condenando al trabajo a ser algo así como una pena a perpetuidad y, de otra parte, han florecido las respuestas nacidas desde la más obtusa xenofobia, del racismo, de la simple y burda manía de culpar al otro, al diferente, de todos los problemas consecuencia de la crisis generada por los banqueros, por los ricos, por los mercados. A un problema tan complejo llamado sistema económico basado en la especulación, la ultra derecha europea ha respondido con llamados al odio, a la intolerancia, a la eliminación del diferente. De eso precisamente iban a hablar los jóvenes noruegos asesinados en Utoya. Con toda la creatividad crítica de su inmolada juventud iban a enfrentarse a eso.

El discurso de odio contra la inmigración, contra el otro, contra el diferente, se ha enriquecido con la fobia “anti islamista”, metiendo en un mismo saco amenazador a todos el que profese la fe musulmana, a todo el que pertenezca al mundo árabe –con excepción desde luego de los grandes sátrapas dueños del petróleo-, a todo el se vea diferente, se vista diferente, coma diferente, piense diferente, sea diferente. Y como la cobardía moral de los ultraderechistas les impide reconocer que han sido los aprendices de brujos responsables de todo el horror desatado en Noruega, hoy se lavan las manos argumentando que su odio es contra los de “allá” y no contra los de“acá”.

En Noruega, la líder del Partido del Progreso, una organización abiertamente nazi, intenta desligarse del hecho de que el asesino Anders Behring Breivik militó durante años en las filas de su partido. Dirigentes europeos como Sarkozy, Merkel y Cameron declaran sin ambigüedad que “el multiculturalismo ha fracasado”, porque ese discurso que sobrepasa el límite tradicional de una derecha aparentemente menos xenófoba que la ultra derecha de Le Pen, del Partido de los Verdaderos Finlandeses, de la Unión del Pueblo Alemán, o del ala dura del Partido Popular en España, hace ganar votos en la masa que, padeciendo la crisis e incapaz de explicarse los motivos y menos de identificar a los responsables de la misma, requiere de soluciones fáciles que oculten la complejidad del problema.

El asesino de los jóvenes socialistas noruegos, el autor del peor crimen masivo en la historia noruega, actuó movido por un odio intelectualmente generado en el discurso ultra derechista, madurado en la sinrazón criminal ultra derechista, y en el apoyo que un partido de claros tintes nazis como es el Partido del Progreso, que con el 23 % de los sufragios se convirtió hace menos de dos años en la segunda fuerza política del país.

Desde el dolor y el estupor ante esas maravillosas casi cien vidas segadas por el odio, se ve con mayor estupefacción aún como el discurso de las derechas europeas se tiñe cada vez más con los argumentos de la ultra derecha, del nacionalismo cerril, y del papanatismo religioso disfrazado de identidad cultural.

La actual crisis económica que ha destruido millones de puestos de trabajo y en la sociedad de la opulencia ha obligado a abrir comedores populares de emergencia, ha conseguido transformar a la mayoría de los europeos y escandinavos en una masa acrítica, conformista, y que precisa con urgencia del odio al diferente, sea nacional o extranjero, como paliativo a la miseria que de económica alcanza ya tintes de miseria moral.

Y duele pensar que de esto, precisamente de esto iba a hablar esos casi cien jóvenes socialistas asesinados en Utuya, con toda la generosidad de la juventud, con toda la inteligencia de la juventud, con toda la responsabilidad de los que se atreven a participar en los problemas de la sociedad.

* Publicado en la edición chilena de Le Monde Diplomatique. www.lemondediplomatique.cl