La muerte de Omar Torrijos no resultó accidental; fue asesinado por miembros de la política estadounidense, quienes se oponían a las negociaciones entre Torrijos y un grupo de empresarios japoneses liderados por Shigeo Pagano, que proponían la construcción de un canal a nivel por Panamá. Torrijos murió poco después de que asumiera Ronald Reagan como presidente de Estados Unidos y justo tres meses después de que el presidente ecuatoriano Jaime Roldós muriera en circunstancias similares.

La Habana (PL).- Omar Efraín Torrijos Herrera nació en Santiago, provincia de Veraguas, Panamá, el 13 de febrero de 1929, siendo el sexto de 12 hijos de padres maestros, el colombiano José María Torrijos y la panameña Joaquina Herrera. Estudió en la escuela Juan Demóstenes Arosemena y ganó una beca en una academia militar en San Salvador. Se graduó con una comisión como Teniente Segundo. Se unió a la Guardia Nacional de Panamá en 1952 y fue promovido a capitán en 1956.

En 1959, siendo capitán de la Guardia Nacional, se le encomendó sofocar un alzamiento armado de jóvenes insurgentes en el cerro Tute, en la provincia de Veraguas. Ascendió a teniente coronel en 1966 y en 1968 participó junto con otros militares en un golpe de estado contra el presidente electo, Arnulfo Arias. Posteriormente hubo cambios internos en el mando que llevaron a Torrijos al liderazgo militar y se convirtió en General de Brigada; asumió la conducción política en marzo de 1969.

Torrijos consolidó su poder tomando el mando de la autoridad gubernamental y disolvió los partidos políticos existentes. En 1970, después de 30 años de ocupación, recibió de manos de los norteamericanos la Base Militar de río Hato, localizada en la provincia de Coclé.

Instaló en ella el Centro de Instrucción Militar, la Sexta Compañía de Fusileros y Blindados Expedicionaria, la Brigada Especial Macho de Monte, la Compañía de Equipos Pesados Los Rudos y en 1974 el Instituto Militar General Tomás Herrera, una dependencia de la Guardia Nacional que se dedicaría a la formación de Bachilleres Militares a nivel secundario (futura cantera de oficiales de la Guardia Nacional).

Impulsó los tratados por el Canal de Panamá con los Estados Unidos, posteriormente conocidos como Torrijos-Carter, por medio de los cuales legalizó las bases militares en el país y se estableció a perpetuidad la neutralidad del Canal de Panamá, pero se fija una fecha definitiva de la presencia norteamericana en Panamá y la devolución de su Canal.

Así, el 31 de diciembre de 1999, los Estados Unidos de Norteamérica se vieron en la obligación de devolver el Canal a manos panameñas. El Tratado fue firmado por Torrijos y Carter el 7 de septiembre de 1977. Torrijos murió a los 52 años de edad cuando misteriosamente su aeronave, una DeHavilland Twin Otter (DHC-6), explotó en pleno vuelo, en la zona del cerro Marta, en la localidad de Coclé, el 31 de julio de 1981.

La aeronave desapareció durante condiciones climáticas extremas, pero debido a la limitada cobertura del radar panameño, no fue reportada perdida por cerca de un día. El sitio de impacto fue localizado varios días después, y parte de su cuerpo fue recuperado por un comando de fuerzas especiales a inicios de agosto.

La muerte de Torrijos, según relató John Perkins en su libro Confesiones de un sicario económico, no resultó accidental; fue asesinado por miembros de la política estadounidense, quienes se oponían a las negociaciones entre Torrijos y un grupo de empresarios japoneses liderados por Shigeo Pagano, que proponían la construcción de un canal a nivel por Panamá.

Torrijos murió poco después de que asumiera Ronald Reagan como presidente de Estados Unidos y justo tres meses después de que el presidente ecuatoriano Jaime Roldós muriera en circunstancias similares. Su hijo Martín fue presidente de la República de Panamá en el período 2004-2009.

La mejor oferta

Conocí al general Omar Torrijos en 1973. Llegué a él a través de su madre y de su hermana Berta. Aún no se habían restablecido las relaciones diplomáticas entre Panamá y Cuba. Después mantuvimos un contacto bastante cercano. La mayoría de las veces en que visité el país istmeño tuve oportunidad de saludarlo. En varias ocasiones lo acompañé en sus recorridos e incluso volé con él en el avión en el cual se mató. La primera vez nos acompañó Norberto Hernández, diplomático cubano que llegó a tener estrechas relaciones con el General.

Solo le faltaban 70 días para cumplir 13 años al frente de los destinos de su pueblo cuando el general Omar Torrijos Herrera perdió -en 1981- la vida a bordo de su transporte favorito: el avión. Su desaparición constituyó un duro golpe para las aspiraciones nacionalistas del pueblo panameño. En esos momentos de dolor, fueron muchos los que se recordaron las palabras pronunciadas por Torrijos 10 años atrás -el 26 de julio de 1971-, al colocar la primera piedra del ingenio La Victoria:

“El general Torrijos sabe que va a morir violentamente, porque violenta es su vida. Yo sé, y eso está previsto y eso no me preocupa. Lo que me interesa es que el día que eso pase, recojan la bandera, le den un beso y sigan adelante”.

El 11 de octubre de 1968, cuando el entonces coronel Torrijos asumió el poder en Panamá, después de derrocar al gobierno de Arnulfo Arias, fueron pocos los percatados de que esa pequeña nación centroamericana iniciaba una nueva etapa de su historia.

Para la mayoría, el golpe militar era uno más de los que estábamos acostumbrados en nuestro hemisferio. El propio pueblo panameño no le prestó atención. Habituado a los vaivenes políticos, supuso que era un simple cambio de hombre.

Desde el primer instante, el joven militar anunció que su tarea principal era lograr el fin del enclave colonial. El pueblo no se impresionó con estas declaraciones, las consideraba simples consignas demagógicas. Anteriores gobernantes también habían agitado esa bandera. Y nada.

Bajo su dirección, Panamá logró poner fecha límite al enclave colonial. El Tratado tenía muchos puntos discutibles. El propio Torrijos lo reconoció: “Estos no son los mejores. Ni los que ha soñado el pueblo panameño, pero en este preciso instante representan la mejor oferta”.

Manera de ser

Acudí a Lupe Golgas y a Lupe Castro para que me contaran intimidades de la vida del general Omar Torrijos. Ambas fueron sus secretarias durante varios años. Vivieron juntos a él momentos de alegría y también de tristeza. Siempre se movía con una de las dos. Más que secretarias eran sus confidentes, sus amigas. Las consideraba parte de su familia. Conocieron como pocos la manera de ser del desaparecido dirigente panameño.

“Omar se despertaba diariamente a las cinco de la mañana. Lo primero que hacía al levantarse era preguntar si tenía algún mensaje. Desayunaba y leía los periódicos.

El desayuno consistía en café sin azúcar. También frutas: naranja o piña. En la época del mango, lo comía verde con sal. Se tomaba seis o siete vitaminas cada mañana. Luego bajaba y se iba en pijama para la hamaca.

Al amanecer había que abrirle las cortinas. Pues decía: “No me vas abrir el día”. Desde la cama se veía el mar. En la casa de Farallón era donde más tiempo permanecía. No tenía hora fija para el almuerzo.

Picaba mucho. Le gustaban los mariscos. Diariamente tomaba dos pastillas de potasio, de color amarillo, a regañadientes, pues no le agradaban, acompañadas de soda o naranja. Nos insultaba cada vez que se las dábamos.

Si tenía resfriado y le mandaban antibióticos, se ponía irritable. Decía que si éramos el sapo del médico. Y preguntaba: ¿Quién les paga a ustedes, el doctor o yo?

En una época se acostaba a la una de la madrugada. En los últimos tiempos lo hacía entre las nueve y las 10 de la noche. Peleaba mucho con el sueño.

Era amante de la música instrumental. También le agradaban los porros, las décimas. Él decía que había que cultivarse. A veces comentaba: “Hoy me he levantado clásico”. Escuchaba la música en la mañana o en la tarde, cuando leía. Era “zurdo” para el baile. Tomaba güisqui y champán. Champán ligado con cerveza, champán solo con hielo. También vino y coñac.

Apreciaba mucho la amistad con Gabriel García Márquez. Cuando el escritor lo visitaba, se pasaban la noche entera en Farallón conversando. A veces terminaban bañándose en la playa al amanecer.

Le gustaba la lectura. Últimamente estaba leyendo varias novelas. La mala hora, de García Márquez, fue el último libro que leyó. Lo llevaba en el avión cuando se mató.

Por esos días había terminado de leer El Quinto Jinete y la Alternativa del Diablo. Julio Iglesias le mandó su libro: Mi vida. Le dijimos: “¿Y usted está leyendo eso?”. Nos respondió: “Es mi amigo. Me lo envió y tengo que leerlo”. Igualmente se interesaba en las memorias de los estadistas”.

Para un acuerdo sobre el Canal

A lo largo de la historia panameña, jamás un jefe de gobierno se había podido sentar a discutir con el presidente de los Estados Unidos. Baste recordar que solamente tres mandatarios norteamericanos habían visitado a esta pequeña nación: Theodore Roosevelt, a la inauguración del Canal; Franklin Delano Roosevelt, a una pesquería y Dwight D. Eisenhower, a una reunión de presidentes del continente.

Torrijos dirigió personalmente todo lo relacionado con el Tratado. Sus representantes lo mantenían informado del más mínimo detalle. En los momentos finales de la negociación, se presentaron diversas trabas por la parte norteamericana. Esto lo angustió. Pensó que no se llegaría a un acuerdo final.

La cuestión del pago de Estados Unidos a Panamá por el uso del Canal puso las negociaciones al borde del abismo. Los norteamericanos solo estaban dispuestos a abonar 2,3 millones de dólares al año.

Panamá exigía mil millones de dólares anualmente como indemnización por las sumas dejadas de pagar, y 150 millones al año hasta la recuperación del Canal, el 31 de diciembre de 1999. Finalmente Estados Unidos aceptó la palabra compensación por indemnización.

Uno de los negociadores panameños planteó en no insistir en el asunto del dinero pues en su opinión era una cuestión secundaria, a lo que Torrijos le respondió: “Secundaria, para el que lo tiene. Además, el pueblo panameño me ha dado un cheque en blanco y no lo puedo defraudar”.

Costumbres

Del ámbito hogareño, contado por sus familiares más cercanos -su madre y varios de sus hermanos-, supe algunos datos de la vida de Omar. Nació, pues, en el corazón de la República, en la campiña. Su padre, infatigable lector, permitió bautizarlo no de acuerdo con las normas religiosas del santoral, sino siguiendo una de sus lecturas favoritas. De ahí el nombre de Omar, en recuerdo del gran poeta persa Omar Khayyam.

La madre, ganada por la popularidad de que gozaba en la época la novela María, del colombiano Jorge Isaac, le añadió otro patronímico, el de Efraín, uno de los protagonistas del relato romántico. Así, Omar Efraín Torrijos Herrera era el nombre completo del dirigente panameño.

De niño le gustaba cazar pájaros y jugar con los compañeros de escuela. Sus padres -José y Joaquina- eran maestros de la escuela rural. José Martí se convirtió en su personaje preferido en la historia universal y Belisario Porras en la historia panameña.

Le encantaban los libros de biografías, en especial Stefan Zweig y Emil Ludwig. De joven le gustó la pintura. Practicó el boxeo y el atletismo. Llegó a participar en las carreras de 800 metros planos. Le agradaba el baile. Apasionado a la guitarra. Fanático del tabaco cubano, que se convirtió en su compañero inseparable.

Repetía mucho la frase martiana: ” Nuestro vino es agrio, pero es nuestro vino”. Al respecto, siendo muy joven, un amigo de la niñez le comentó: “Algún día vamos a hacer que Santiago de Veraguas sea una Suiza”. Torrijos le respondió: “Para hacer eso, ¿de dónde sacamos los suizos?”.

Cuando viajamos a Washington -recuerdan sus secretarias-, a la firma de los Tratados, nos pasó algo muy simpático. El General no andaba con dinero encima. Tenía una tarjeta de crédito. Entramos en una tienda e hicimos un gasto muy elevado.

“Él dio la tarjeta pero no se la querían aceptar. Sonriente, nos comentó: “Claro que tienen derecho a dudar. Entré aquí con una ropa y salgo con otra. Vengo sin escolta alguna, nada más que con un viejo loco -Chuchú Martínez- y con dos mujeres de dudosa reputación. Tienen todo el derecho a dudar de que soy el general Torrijos.

También en Washington nos ocurrió un hecho que nos dio mucha risa. Tomamos un taxi. Omar se sentó entre nosotras dos. El chofer se le quedó mirando y le comentó: “Su cara me es muy familiar. Si no fuera porque no lleva escolta, yo diría que usted es el general Torrijos”. Daba la impresión que le faltaba cariño. Nos pedía que le sacáramos las canas. Después nos comentaba: “Aquí debían estar mis hijos y no ustedes”.

Era muy supersticioso. En Farallón había una mesa que le traía malos recuerdos. Los combatientes nicaragüenses que se habían sentado a su alrededor estaban muertos.

Sabía aquilatar muy bien a la gente. Conocía quién era quién. Le gustaba el boxeo, la pelota. Odiaba la palabra turno. Le agradaba que lo atacaran los periódicos. Incluso lo promovía. Él tenía vocación de maestro. “No olviden que fui maestro”.

Le encantaba hablar con los chiquillos. Dondequiera que iba, teníamos que acompañarlo. Le gustaba caminar. Malcriaba mucho a la gente y la gente abusaba mucho de él. En ocasiones, le gustaba cocinar. Era amante del picante. Cuando Felipe González lo visitaba en Farallón, le cocinaba. Hacía unos pargos riquísimos y después decía pescado a lo Felipe.

Regañaba mucho. Era muy cascarrabias. Para trabajar con él, había que quererlo mucho. El que no lo conocía, podía pensar que era grosero, hiriente. El disgusto se le pasaba enseguida. Entonces venía con cariñitos y decía: “Estás brava”. Le respondía: “No, estoy herida”. Y él decía: “Bueno para el caso es lo mismo”.

Era muy sentimental. Lloraba mucho. Después de las peleas quedábamos llorando los dos. No tenía idea de nada de la casa. Una de sus frases favoritas era: “No te metas en mi vida”. Le encantaba relatar la anécdota de la visita de Vernon Walters a Farallón en los momentos que era segundo jefe de la CIA. Torrijos lo invitó a subir a su habitación. Al abrir la puerta, se tropezó con un cachorro de león.

Walters tiró la puerta y bajó las escaleras rapidísimo. Había que oír después al General haciendo el cuento. Chuchú Martínez le dijo el lunes 27, cuatro días antes de que perdiera la vida: “A usted lo van a matar. Usted tiene que cuidarse”.

Él estimaba mucho a Chuchú porque este le decía las cosas en su cara. Era el único que se atrevía. Omar no le respondía. Después del asesinato de Tachito Somoza, en Paraguay, comenzó a cuidarse mucho más.

El miércoles en la noche, dos días antes de que muriera, estábamos cenando en Farallón en unión de sus hijos Carmen Alicia y Omar José. Volvió a insistir en el tema de la muerte. Todos nos pusimos bravos con él y le pedimos que cambiara de conversación.

El jueves había ido a ver al dentista en Penonomé pues le dolía una muela. Se puso a comer chicharrón y tortilla. Le hizo mal. El viernes tuvo que regresar allá. Se suponía que ese día iba a caminar. Yo no voy a morir en una cama. Yo voy a morir violentamente. Ese era un tema permanente en sus conversaciones, en los últimos tiempos”.

Naturalidad, entre sus principales virtudes

Era del criterio que el panameño es ante todo panameño, pero en su interior es más centroamericano. Cuando le preguntaban cuántos idiomas hablaba, contestaba: “Hablo bien mi español… mejor diría mi panameño”. No le gustaba asistir a banquetes ni ofrecerlos, ya que eso iba contra su naturaleza. Mucho menos, acudir a recepciones. Cuando le tocaban este tema, comentaba sonriente:

“En las elegantes recepciones, casi todos están contra su voluntad. Más que nada, es una feria de ostentaciones e hipocresías. Uno tiene que decir lo que la gente quiere escuchar”. Le gustaba recibir a los diplomáticos sentado en su hamaca. Esto provocó que, en una ocasión, un embajador europeo se sintiera ofendido. La naturalidad era una de sus principales virtudes.

En Farallón -a 150 kilómetros al oeste de la ciudad de Panamá -, Torrijos tenía una casa de descanso, donde le gustaba acudir los fines de semana.

García Márquez narró cómo un pescador que solía emborracharse los sábados se soltaba en improperios contra Torrijos, al que terminaba por mentarle la madre. Este había dado instrucciones a su guardia para que no molestaran al borracho y solo cuando se propasaba en agresividad, él mismo salía a la terraza, le contestaba con similares improperios y terminaba también por mentarle la madre.

Cuando le criticaban esas actitudes, comentaba: “No se les olvide que soy el Jefe del Gobierno de Panamá y no de un estado europeo”.

La verdadera personalidad de Torrijos se expresaba a cabalidad entre los campesinos. Le gustaba hablar con ellos, en un idioma común no muy comprensible para el resto de los mortales. Cada vez que tenía ocasión, en avión o helicóptero, iba al encuentro de los hombres de tierra adentro. Hablaba, discutía con ellos de tú por tú. A muchos los llamaba por su nombre. Le encantaba que le dijeran Omar.

Gustaba de vestir el traje militar de campaña. El sombrero alado formaba parte de su fisonomía, al igual que la cantimplora. En una ocasión le pregunté qué llevaba en la cantimplora. Me respondió: “Agua”.

“Yo visito hasta el último rincón de Panamá. En muchos villorrios no tenemos todavía agua potable, y ya me habría enfermado si no llevo mi agua. Además, me recuerda que a todo el pueblo debe llegar el agua potable”.

En uno de sus habituales recorridos por el interior, los campesinos de río Serrano le plantearon una serie de problemas que no le era factible resolverlos en esos momentos. Fui testigo cuando con su característica naturalidad les manifestó: “Yo no hago milagros. El que hacía milagros pasó por aquí hace dos mil años y dijo: “Lázaro, levántate y anda, pero no ha vuelto”.

Hechos trascendentales

No fue sino en el brumoso cerro Marta, empinado hasta hacerse casi inaccesible, que ocurrieron los hechos trascendentales para su vida de militar patriota.

En la escarpada ladera este del Cerro, en la cadena montañosa de la cordillera central, tuvieron ante sí un pedazo pequeñísimo de carne humana calcinada- de unos 20 centímetros por 10 de ancho- que se asemejaba a una parte del tórax de un hombre, prolongado en la curvatura de hombro y parte del brazo, por encima del nivel del codo.

Aquellos despojos habían pertenecido al organismo vital y saludable del general Omar Torrijos, el líder nacionalista que se había opuesto por primera vez en la historia del país a los intereses norteamericanos.

A su alrededor, 10 hombres rústicos, devenidos militares sin perder su endurecida fisonomía campesina, compartían con él los dramáticos instantes del magnicidio. Uno de ellos, que había tomado la negra bolsa de nylon para cadáveres, la abrió para depositar en ella los restos de Torrijos.

Los presentes estaban profundamente conmovidos con la escena. Los 10 “Macho‘e Monte”, acostumbrados a los rigores más inimaginables que les servían de entrenamiento, estaban llorando ante aquel amasijo de carne quemada de quien había sido el amigo y en quien reconocían a un sincero hombre de campo como ellos.

Franqueza, la mayor virtud

Torrijos era un hombre de frases cortas, a veces cortantes, otras románticas, pero siempre francas y sinceras. Extremadamente sencillo. Más práctico que intelectual. Obstinado y paciente. Exigente. Buen observador. Los amigos consideraban que su mayor virtud era la franqueza. No sabía guardar rencor y nunca olvidaba al que le hacía un favor.

Extremadamente valiente y decidido, lo demostró cuando reconquistó el poder el 16 de octubre de 1969, después que algunos elementos de la Guardia Nacional le dieron un golpe de estado aprovechando un viaje que realizó a México. En aquel entonces regresó clandestinamente al país y recuperó el control de la nación.

No había encuentro con periodistas norteamericanos en que estos insistieran que en Panamá no existía la democracia. Torrijos, con su humor característico, respondía: “Para salvar la buena apariencia ante los ojos de los Estados Unidos, uno tiene que lavarse la cara con las aguas cristalinas de la democracia y si un país no celebra convenciones políticas con payasos bailando, se piensa que es un mal país”. “Por eso los norteamericanos no me entienden ni a mí ni a mi país”.

Movimiento fuera de lo común

Los había convocado Heriberto del Cid, un mayor conocido por “Macho Viejo”, que entonces comandaba la unidad. Había un movimiento fuera de lo común para una madrugada del sábado.

En la explanada del cuartel, el teniente Juan González, el negro Juan, alistaba una patrulla de 10 hombres para salir urgente en helicóptero. El avión del general Torrijos, a pesar de que el tiempo no era malo y el piloto Azael Adames había sido escuchado cerrando el vuelo, una maniobra de procedimiento de “approach” que los comandantes de aviación hacen cuando tienen el aeropuerto a la vista.

Además, también por radio, los militares de la casa de la escolta de Torrijos habían escuchado con plena normalidad cuando el escolta principal, que acompañaba al General, el sargento Ricardo Machasek, solicitaba situaran dos autos cercanos a la pista de aterrizaje. La información monitoreada era un mal presagio. La distancia de vuelo entre Penonomé y Clocesito era de 11 minutos.

“Macho‘e Monte” formaba parte del segundo anillo de la seguridad personal de Torrijos. Los 10 patrulleros saltaron al helicóptero de las FAP, impacientes por despegar.

Por una Patria entera

Acompañé a Torrijos en varias ocasiones, en largas jornadas de trabajo. Unas veces viajando en avión, otras en helicóptero y en jeep. Visitamos numerosas localidades del interior del país. Volamos bordeando el pico del volcán Barú, la montaña más alta de Panamá, conocida como el “terror de los pilotos”.

Desde que entraba al avión, Torrijos se ponía los audífonos con micrófonos para mantener una constante comunicación con los pilotos y el exterior. Sentía una gran admiración por Sékou Touré, Boumedienne, Tito, Che Guevara. Al referirse al asesinato del dirigente africano Amílcar Cabral, me dijo:

“La bala que extinguió físicamente a Cabral, hirió profundamente los sentimientos de todos los que luchamos por una patria entera, dueña de sí misma”. El político panameño sentía una gran admiración por los escritores Gabriel García Márquez y Graham Green. Los consideraba sus amigos.

“Tenemos que encontrar ese avión”

El segundo jefe de la unidad “Macho‘e Monte” era el teniente Juan González, un hombre formado por Torrijos y un equipo de 10 hombres. Subieron al helicóptero que los llevó a la localidad de Marta, al norte de la provincia de Coclé, más exactamente al noroeste de La Pintada, en las montañas al norte de esta provincia.

La Pintada y Coclesito estaban separados por la cadena montañosa de la cordillera central. Ahí se suponía que se había perdido el avión de Torrijos.

Por las informaciones que se tenían de los campesinos desde el día anterior, Torrijos se había perdido alrededor de las cinco de la tarde del día 31. De modo que al llegar, empezaron a caminar hacia Marta. Se entrevistaron con algunos campesinos. Ya había patrullas en el área buscando el avión: eran miembros de la Guardia Nacional, destacados por la sexta zona militar.

Caminaron todo el día primero, sábado, y alrededor de las 6.30 pm, en esa montaña de la cordillera central, en el sector norte de la provincia de Coclé, encontraron a la patrulla que estaba más avanzada, en las faldas de los cerros Juan Julio y Marta, que servían de límite entre Penonomé, la capital provincial, y la localidad de Coclesito.

Coclesito era una población campesina modelo fundada por Torrijos, conforme a su plan de nuclear actividades en esa área montañosa. Se le llamaba asentamiento campesino y en él vivían montañeses, indígenas y campesinos. A este, Torrijos le profesaba un cariño especial, porque había sido uno de los primeros que él fundo y porque había logrado aglutinar a los pobladores en un área muy extensa, que abarcaba todo el norte de una provincia.

Allí Torrijos había hecho una casa de madera al estilo campesino, lo único que un poco más grande, y otra para huéspedes con las mismas características rústicas. A veces pasaba allí semanas enteras, y recibía visitas incluso históricas como Felipe González, los comandantes sandinistas o Gabriel García Márquez.

Su avión se cayó justo viajando a esa localidad. Los campesinos informaron que en esa área se había escuchado una explosión y ellos suponían que posiblemente allí había caído el avión.

La última patrulla, perteneciente a la sexta zona militar, iba al mando del teniente Teodomiro Ríos, y como estaba oscureciendo, ellos habían hecho un alto, porque la montaña era muy vertical para la ascensión de los cerros Juan Julio y Marta.

El teniente Juan González, jefe de la patrulla de los “Macho‘e Monte”, dijo entonces: “Nosotros no nos vamos a detener”. Él estaba desesperado, pues tenía sentimientos casi de hijo hacia Torrijos y expresó: “Tenemos que encontrar ese avión”.

¿Accidente o asesinato?

Rómulo Escobar Betancourt, quien fuera uno de los principales asesores de Torrijos, nos reveló cómo se produjo su acercamiento a Cuba. “Torrijos le tenía simpatías a la Revolución Cubana aún cuando no conocía a Fidel. Por la trayectoria pública lo veía como un hombre dedicado a la violencia revolucionaria. Ese es el concepto original que él tenía de Fidel.

Cuando las autoridades cubanas detuvieron los barcos Layla y Johnny Expres, él quedó muy preocupado y atrapado en dos situaciones: la de protestar por el ataque a unos buques que tenían la bandera panameña, aunque abordo no había ningún panameño, y por otro lado la preocupación de que enfrentarse a Cuba por ese hecho era situarse en una posición en contra de la Revolución. El no quería eso.

Recuerdo que él estaba muy atento a los pronunciamientos que pudiera hacer Fidel en relación con estos acontecimientos. La noche que nos enteramos que Fidel iba a hablar, nos encontrábamos los dos solos en Farallón y escuchamos el discurso por onda corta.

Torrijos se quedó muy impresionado en el momento que oye a Fidel plantear su disposición de darle explicación al gobierno panameño por estos hechos, pero nunca al de Estados Unidos. No se me olvidará que saltó y me dijo: “Este es el momento para enviar una delegación a Cuba”.

La delegación original estaba encabezada por Manuel Antonio Noriega. Le aconsejé que no lo hiciera pues este era uno de sus hombres de confianza, y el viaje a La Habana podría resultar un fracaso y quemarle a uno de los militares más ligados a él. Entonces cambió de idea y fue cuando me comunicó que irían civiles y al frente del grupo estaría yo.

Voy a Cuba. Converso con Fidel. Él me explicó todo. Me dijo que él no conocía a Omar, pero lo ha visto en películas y tenía la impresión de que es un hombre que cree profundamente en lo que está haciendo, dispuesto a morir en la lucha por la liberación de su país.

Fidel me pidió le dijera que estaba arriesgando a quedarse atrapado en una esquina sin salida y que los gringos van a masacrar al pueblo panameño como están haciendo con Vietnam. Y él como dirigente tiene una responsabilidad: manejarse en tal forma que si puede evitar la violencia, la evite.

Cuando le transmito el mensaje a Torrijos, quedó azorado. Me comenta: “Eso fue lo que te dijo”. Me hace que se lo repita. Yo estaba convencido de que ese hombre me iba a mandar una ametralladora. Le respondí que a mí también me había asombrado que él me diera ese mensaje pues tampoco lo conocía.

Quedó sorprendido de que Fidel no le mandara un mensaje violento, sino de preocupación. Ese mensaje influye mucho en Omar. En ese momento es realmente importante. Ahí nace la estimación, admiración y gran cariño que le toma a Fidel.

Desde ese instante le entraron unos deseos enormes de ir a Cuba y conocer personalmente a Fidel. Logró viajar a La Habana. Fue un viaje inolvidable. Al regresar a Panamá, me manifestó: “Yo conozco cuando un pueblo quiere de verdad a una persona, el pueblo cubano quiere a Fidel”.

Le impresionó el trabajo con los jóvenes desde el punto de vista material y espiritual. Recuerdo que me expresó: “Todo el sacrificio que está haciendo esa gente es para levantar una juventud bien nutrida, preparada. Están sacrificando el presente para asegurar el futuro”.

Omar recibió muchísimas proposiciones y presiones de parte de los norteamericanos para que rompiera las relaciones con Cuba o las enfriara. Distintas alternativas de forma constante. Nunca se prestó a eso. Siempre consideró algo muy vergonzoso la posición de muchos gobernantes de América Latina frente a Cuba.

Consideraba que eso era una vergüenza y planteaba que era preferible discutir con Cuba cualquier desavenencia o discrepancia pero nunca prestarse a ser un peón del imperialismo. No se ocultaba para decir que a él se le caería la cara de vergüenza si se prestara a eso. Siempre sacaba como ejemplo la posición de México, que nunca se alejó de Cuba. Ahí nacieron sus simpatías hacia el pueblo mexicano.

Omar y Fidel discreparon en diversos temas. En numerosas ocasiones fui el intermediario entre ambos líderes. La franqueza de esas discrepancias demostraba el gran vínculo de cariño entre los dos. Nunca se trataron con hipocresía ni con actitud de protocolo. Se hablaban, se comunicaban con mucha sinceridad.

A lo largo del proceso panameño, a uno de los hombres a quien Torrijos realmente le cogió un gran cariño es a Fidel. Torrijos estuvo dos veces en Cuba. La primera ocasión en enero de 1976, en visita oficial, y posteriormente cuando la Sexta Cumbre de Países No Alineados en 1979.

El periodista español Zoilo Martínez de la Vega, de la agencia EFE, que acompañó a Torrijos en su primer viaje a Cuba, escribió en uno de sus despachos: La de estas apoteosis de La Habana el sábado, de Santiago de Cuba ayer y la de Camagüey hoy al general Torrijos era poner a sus órdenes nueve millones y medio de gritos reclamando la soberanía panameña sobre el territorio usurpado, respaldando las del millón y medio de panameños que acompañan a Torrijos en esa aspiración histórica”.

En un aparte del recorrido, Torrijos me comentó: “Luis, lo que más me ha impresionado son los rostros de felicidad de los cubanos. La espontaneidad no se puede organizar”.

En este viaje, además de sus conversaciones con Fidel, mantuvo importantes diálogos con el entonces ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, Raúl Castro.

Tuve oportunidad de estar junto a él a su regreso a Panamá, después de un largo recorrido que hizo por Europa y pocas horas después de finalizado el plebiscito en el que el pueblo aprobó los tratados canaleros.

También estaban varios rectores de universidades centroamericanas y caribeñas, invitados por él para que presenciaran el desarrollo del plebiscito, así como el poeta nicaragüense Ernesto Cardenal.

Muchos de los criterios y juicios que formuló aquella tarde del domingo 24 de octubre de 1977 en la Isla Contadora son pocos conocidos pero tienen un gran valor histórico.

A Omar gustaba recordar: En los primeros años de mi gobierno, tuve que ser duro porque estábamos barriendo un sistema, una casta privilegiada. Es como cuando los aviones rocían los campos para acabar con los insectos y lograr que crezca una cosecha saludable.

Plebiscito: Estoy contento con el resultado, con el torneo cívico y que el 30 por ciento haya dicho que eso no es contra Torrijos, ni contra mi establecimiento. Hay muchas combinaciones que tenemos que averiguar.

Sobre su gobierno: Tenemos un gobierno triunfalista, impermeable a la crítica y ya nos estamos convirtiendo en tecnocracia y ningún pueblo soporta la tecnocracia más de un año. La tecnocracia llegó a creer que los pueblos salen a la calle gritando: “¡Arriba el producto interno bruto, carajo!”. “¡Viva el alto costo de la vida!”. “¡Viva la tasa de crecimiento!”. Mentira. Los pueblos dicen: “¡Abajo el alto costo de la vida!”

Apuntaba: Hay muchas confusiones. Yo me había vuelto un internacionalista. Estaba descuidando los problemas de la base. Ahora voy a Chiriquí y la gente me mira como si estuviera viendo a una persona que nació en Marte, un tipo que nació en la Luna.

Anunciaba: Ahora les voy a entregar los diplomas a todos los niños de secundaria, para castigarme, porque ya nada más que me gusta hablar con el Papa, con Tito y otros gobernantes. Me he descuidado pues cuando un campesino habla de un puente, ese es su principal problema y por lo tanto no se pueden descuidar estas cuestiones. Desde anoche estoy haciendo muchas meditaciones.

Confesaba: Yo no sabía. Yo creía conocer el país. Pero uno debe estar consciente que todos los días debemos aprender más. El nivel político del pueblo panameño ha madurado mucho.

Encontrado el avión

A pesar de haber caminado todo el día, no se detuvieron. De acuerdo con la información de los campesinos, estudiaron las dos variantes: escalar el cerro Juan Julio, el más alto, o el cerro Marta. Así que, por los indicios dados por los campesinos, se inclinaron por el cerro Marta.

Empezaron la ascensión alrededor de las siete de la noche. Como se dice en Panamá, escalaron en cuatro patas, es decir, a gatas, utilizando los pies y las manos durante casi cuatro horas, hasta que llegaron a la cumbre del Cerro. Llegaron a la cima alrededor de las 10 y 45 de la noche de ese día sábado.

Hacía frío. No llovía, pero los cubría una densa bruma de nubes. De día, normalmente, desde ese Cerro se veía todo el valle de Coclesito hacia donde iba Torrijos. Ya en el lugar, sacaron la radio PRC-77, de fabricación norteamericana, y se comunicaron con un puesto de mando que había en la población de Marta, más o menos a cinco horas de donde estaban.

En ese lugar aguardaba con el helicóptero un oficial de los “Macho‘e Monte”, el teniente Gilberto Aizpurua, al que le informaron de la llegada y de que la bruma no permitía reconocer el área.

Después de esta comunicación, el cabo Arístides Córdoba hizo un reconocimiento por la ladera este del Cerro, para buscar un buen sitio donde acampar. Descendió unos 40 o 50 pies, y luego de llegar empezó a gritar: “He encontrado el avión”. Serían poco más de las 11 de la noche del sábado primero de agosto.

“Me tocó un pedazo y lo cumplí”

Una advertencia: Yo discuto con los muchachos bajo la premisa de que soy el menos malo. Ellos saben que después de mí, el fascismo. Y el fascismo sí los asusta.

Una explicación: Hay que inculcarle a la juventud el positivismo. Se pueden decir grandes cosas sin insultar, sin herir.

Una confesión: Muchos de estos muchachos de extrema izquierda he tenido que sacarlos del país, no porque no pueden vivir aquí sino porque ellos querían ganar la guerra solos y se me iban a meter en la zona. Ellos no quieren negociación, sino liberación. Querían que les diera los ocho mil fusiles de la Guardia Nacional.

Derechos humanos: La política de los derechos humanos es para mí un eslogan filosófico. Como quien habla de la felicidad del ser humano. Cada uno de nosotros cogemos lo que nos toca.

Cuando vi esa política, saqué muchas explicaciones. Me puse a hablar con los mandos bajos, con los carceleros y les dije que había que humanizarse. Que no se podía golpear a nadie. Yo también cogí mi parte. Eso nos ha humanizado a todos los gobernantes. Nadie puede ir en contra de eso.

Claro, si definimos una serie de definiciones caemos en la definición de la definición y caemos en el reglamento de los derechos humanos. Es un gran paragua y al que le tocó le tocó. A mí me tocó un pedazo y lo cumplí.

He visto que Tito está muy preocupado por este problema de los derechos humanos. Le dije: A usted qué le importa, mariscal. Va a terminar en Naciones Unidas votando con regímenes que a usted no le gustan y ni a ellos le gusta usted.

A este gobierno lo humanicé y me humanicé yo. No tenemos un sólo detenido político. Si uno tiene tanto poder, para qué perseguir a la gente. Mandé a buscar a la comisión de derechos humanos. Había un solo detenido político, para que ellos tuvieran la oportunidad de soltar a alguien.

No fue difícil la identificación

Volvieron, de inmediato, a usar la radio, y comunicaron el hallazgo. Descendieron utilizando una soga. No se veía nada. Encendieron las linternas y vieron los restos del avión. Algunos cuerpos calcinados, pero no pudieron ver más nada, así que decidieron esperar hasta la mañana siguiente.

En las mochilas cargaban bolsas plásticas de color negro, de modo que acamparon y esperaron a que aclarara. Alrededor de las seis de la mañana, todavía un poco oscuro, empezaron a trabajar dentro de los restos del avión.

Como conocían la forma en que normalmente ellos se ubicaban dentro del avión FAP-205, no fue difícil la identificación. Torrijos se sentaba siempre en la parte izquierda, en el centro, viendo el avión desde la cola hacia la cabina. Sus invitados se sentaban a la derecha. La fila izquierda era de asientos individuales y la derecha de asientos dobles. De ese modo fue que buscaron.

El cabo Córdoba ubicó el sitio donde estaban los restos de Torrijos. Todo estaba calcinado, quemado, con un fuerte olor a carne quemada. No había olor a putrefacción ni nada de eso; solo un fuerte olor a calcinamiento.

Córdoba ubicó una agenda de empaste duro, que tenía un filo de metal dorado; era la que Torrijos utilizaba. También apareció la pistola Browning de nueve milímetros de manufactura belga que él portaba, y una especie de masa, de carne con huesos, completamente calcinada. Eso era todo: no se podía identificar más nada. Ni cabeza, ni nada. Algunos restos de los “borceguíes” que usaba Torrijos y ya. Todo se echó dentro de una bolsa negra.

En la cabina encontraron los restos del copiloto, el teniente Víctor Rancel, y del capitán piloto Azael Adames. Era una masa informe, que no reunían más de 10 o 15 centímetros de superficie.

A su costado, en el piso, una cadenita de oro con la estrella de David, que sabían siempre portaba Adames, porque era un regalo de su esposa, una chica de apellido Blaser, panameña de origen judío. Los pedazos de carne quemada fueron colocados en sus respectivas bolsas.

Cuando hubo un poco más de luz encontraron, a unos 20 metros del avión, los únicos restos de un cuerpo más conservado, más constituido, con sus pies, manos, cabeza, tórax y determinaron que eran los del jefe de grupo de la escolta de Torrijos en ese momento, el sargento Ricardo Machasek, un hombre de 6.2 pies de estatura.

Lo que quedaba de su cuerpo, que estaba entero con casi todos sus miembros, no llegaba a un metro: era un cuerpo totalmente reducido por el fuego.

El Canal, principal recurso natural

Fuerzas Armadas: La mentalidad en las Fuerzas Armadas no es fácil cambiarla. No fue fácil para mí cambiarla. Yo cambié mi mentalidad peleando contra los jóvenes. Yo era un tipo muy dedicado al cuartel. Muy profesional. Estamos politizando a la guardia. Cuando uno le diga: ataca, que él sepa el objetivo que está atacando, y por qué lo está haciendo. Es una guardia dentro de una nueva doctrina.

Cualquier guardia obedece a su jerarquía dentro de una nueva doctrina pero si le dicen: Ataca a la casa del “viejo” -Torrijos-, la gente no va. No hay peligro con la guardia.

Europa: Helmut Schmidt, canciller de la República Federal Alemana, es muy despierto, muy vivo, medio maleante. Me dijo: Ya no andas por los No Alineados porque entre el precio del petróleo y los No Alineados van a arruinar el mundo.

Le aclaré: He venido a hablar contigo. A que me conozcas. No he venido ni siquiera a pedirte un telegrama.

Un comentario: Ahora ustedes no quieren que nos agrupemos. Ahora ustedes, los poderosos, quieren inclusive hasta quitarnos el derecho a la sindicalización de la pobreza. Ahora ustedes las maquinarias que antes nos vendían en diez mil pesos, nos la venden en 20 mil. Ahora estamos ante los fuegos cruzados de dos ametralladoras.

Una valoración: Schmidt me preguntó qué opinaba de los países europeos. Él pensó que yo iba a pedirle plata. Entonces le respondí que tenían un alto nivel de vida, pero de baja calidad humana. Aquí, en Europa, todo el mundo está serio. Aquí uno ve una fila y un hombre empuja a una mujer.

Yo no entiendo eso. No entiendo que un hombre tenga que empujar a una mujer para poder entrar a un elevador. Mejor déjeme así como estamos: bajo nivel de vida, pero con mucho calor humano. Se quedó mirándome muy sorprendido.

Una explicación: Le expliqué a Schmidt que el agua del Canal es dulce -él creía que era salada- y que nosotros teníamos 500 puntos diferentes para dejar al Canal sin agua. Pues es un Canal que come a la carta.

Firmeza: Me pidió que fuéramos despacio, ya que ellos dependían mucho del paso del Canal. Le respondí que lo defiendo en la proporción en que todos los países puedan pasar por ahí y no se recrimine a nadie. Lo defiendo siempre y cuando nuestro pueblo ve el Canal como su principal recurso natural, capaz de pagar un sistema educativo, medicinal, etc.

Al finalizar la conversación, me comentó que yo estaba más claro de lo que él pensaba. Los alemanes son los gringos de Europa.

Conclusión unánime

Por la distancia en que estaba el cuerpo de Machasek, determinaron que había sido despedido del avión, quizás ya incendiado. El único comentario que se escuchó: este es el único que sintió la muerte; porque se notaba que había sido despedido antes de que el avión chocara.

Aquí es donde surgieron las sospechas: la cola del avión no estaba dentro de la estructura. La cola faltaba, y por lo enmarañado de la espesura en la ladera de la montaña, llegaron a la conclusión de que para que la cola no apareciera, tendría que haberse desprendido en el aire.

Con una vegetación tan espesa, una vez impactado el avión contra la ladera del cerro Marta, ninguna de las partes del avión podía desplazarse a mucha distancia del lugar. La espesura servía de contención a la dispersión de las partes del avión que pudieran haberse desprendido con el impacto.

La estructura estaba entera, pero calcinada. Las partes de las alas estaban desprendidas; muy desbaratadas, pero en el área. Sin embargo, la cola del avión no estaba cercana.

El cuerpo del escolta Machasek era el único que estaba alejado de la estructura del avión y no dentro del fuselaje. Tenía sentido, porque como jefe de grupo de la escolta, debía ir normalmente sentado cercano a la puerta, es decir, en la cola.

La cola desprendida era la única explicación de que Machasek estuviera donde estaba. Ese fue el primer análisis, el primer estudio en el terreno: la cola se desprendió en el aire por una explosión inicial, en pleno vuelo, y el cuerpo de Machasek sale desprendido.

Por eso no está como el resto de los cuerpos calcinados y desbaratados por el impacto. El de él está quemado pero entero. Es el único que está así, y además, está lejos de la estructura principal del avión.

Esa fue la conclusión unánime: una explosión hizo que el avión estallara en el aire, y al desprenderse la cola por la explosión, el aparato se precipitó a tierra e impactó contra el Cerro.

Ya en el resto de ese día domingo, cuando bajaron a la falda del cerro Marta, confirmaron el diagnóstico: a tres horas de camino encontraron los restos de la cola del avión.

Si hubiese sido un accidente de impacto contra la ladera de la montaña, la cola jamás podría haber estado tan lejos, porque la vegetación lo habría impedido.

Asimismo, la dispersión de la cola hizo llegar a la conclusión de que se desprendió en el aire debido a algún tipo de explosión o por la onda expansiva que produce una explosión que no necesita ser grande.

Una explosión pequeña basta para producir un contraste entre la presión interna del avión y la externa. Una pequeña fisura en el avión hace que estalle en el aire, que la cola -en ese caso- salga despedida por una explosión mayor, que no es la pequeña explosión inicial.

Pensaron que fue una pequeña cantidad de un explosivo -seguramente plástico- colocado en la cola, y que tenía un mecanismo de iniciación operado por un altímetro. Eso explicaría que el desastre se produzca en el momento de remontar la cordillera central para llegar a Coclesito, porque para atravesar la montaña hay que trepar a mayor altitud, a la altura en la que había estado fijado el altímetro para iniciar la explosión.

No se encontró nada más. La cola se incendió, como consecuencia de la pequeña explosión. Restos de explosivos o de aparatos no se encontraron, cosa que es lógica, porque un artefacto utilizando explosivo plástico que cause un pequeño agujero, produce todo este fenómeno. Eso lo sabe cualquiera que tenga conocimientos básicos de explosivos. Y en la patrulla había cuatro expertos en demolición.

Revelaciones

Una revelación: He venido más responsable de esta gira por el mundo ya que me he dado cuenta que el Canal no es un problema bilateral. Inglaterra está pendiente. Su primer ministro me dijo que ellos pasan 17 millones de toneladas al año. Yo no tenía una real dimensión de cómo se valoraba en Europa el problema del Canal.

Sobre la seguridad del Canal, Torrijos reveló a la revista U.S. News World Report: Es tan indefenso como un niño recién nacido. No se puede defender contra una gran potencia, ni tampoco contra un saboteador.

El Canal fue diseñado para el tránsito pacífico de las flotas mercantes del mundo, y militarmente es imposible evitar que un grupo de hombres -si están dispuestos a hacerlo- lo dañen. El general George Brown -jefe del Estado Mayor Conjunto- me dijo que 100 mil soldados no podían garantizar la seguridad del Canal. Definitivamente el Canal no puede ser defendido.

Nicaragua: Una de mis mayores satisfacciones ha sido que la generación sandinista me permitiera el honor de poder participar en el derrocamiento y la erradicación de una de las dinastías más perversas, sangrientas y canallas que ha tenido América Latina.

Lo digo con satisfacción, porque el hecho de que esa generación que tenía 50 años de estar luchando, que tenía 50 años de estar poniendo los muertos y Somoza las balas, esa generación me concedió el honor de que yo participara. Me di cuenta que tan asesino es el que mata como el que ve masacrar a un pueblo y no interviene.

Los muchachos del Frente Sandinista tienen toda mi admiración y apoyo. Son jóvenes muy valientes e inteligentes. Todas las personas honestas en el mundo apoyan su justa causa.

También trazó perfiles de algunos dirigentes políticos:

Ronald Reagan: El triunfo de Reagan es nefasto para América Latina. Las cosas en Centroamérica se van a poner feas pero al final la razón de los pueblos triunfará sobre la fuerza. Es absurdo pensar en una intervención militar yanqui en Panamá. Los Estados Unidos ya llenaron durante muchos años su cuota de vergüenza.

Carlos Andrés Pérez: Es un hombre muy dinámico. Me ha dado todo su respaldo en la lucha por el Canal. En sus conversaciones con Carter le planteó que era imprescindible que se llegara a un acuerdo con nosotros. Es un “gallito” de pelea.

José López Portillo: Hombre de extraordinaria sensibilidad humana, dotado de una cultura muy vasta. Siempre ha estado al lado de nuestra causa. Diría más: su apoyo a los pueblos que luchan por su liberación encuentran en él a un amigo fiel y solidario.

James Carter: Hombre con una gran ética. Algo que es muy difícil encontrar hoy en día en los políticos. También con condiciones morales excepcionales. Más que un político, es un religioso. Los dos políticos más cercanos a mí son James Carter y Fidel Castro.

Cuba: Desde el triunfo de la Revolución, Cuba ha estado sometida a un incesante y cruel bloqueo que es una verdadera vergüenza para todo el hemisferio. Es lógico que Cuba agudizara su proceso revolucionario en estas condiciones. Los norteamericanos deben convencerse de que los cubanos son un pueblo que nunca se dejará pisotear.

Estoy consciente de que hay Tratado porque hay Revolución Cubana. Cuba ha tenido que pagar un alto precio social por toda América Latina. Si hoy podemos sentarnos a discutir de tú por tú con el gobierno norteamericano, lo debemos en gran parte a que existe una Revolución Cubana. Después del triunfo en Cuba, todos los pueblos de este hemisferio somos un poco más libres.

Mucha gente en América Latina vio con simpatías la presencia de cubanos en Africa. Hasta ahora siempre estábamos acostumbrados a que otros vinieran. Ahora es América Latina la que acudió a Africa.

Fidel: Fidel es un gran amigo. Se ha portado muy bien conmigo. Es un hombre de firmes principios. A mí y a Fidel nos decían que éramos dos loquitos. Ahora nada más que respetan a los dos loquitos. Todos esos gobernantes europeos creían que yo era un loquito porque la imagen mía y de Fidel la han desdibujado. Decían que nosotros éramos locos. Hay que tener siempre componente de locura para ser dirigente.

Fidel y yo mantenemos excelentes relaciones. Tenemos nuestras discrepancias, pero siempre dentro de un gran respeto y cariño. Estamos en estrecha comunicación. Siempre me ha dado sabios consejos. Numerosos militares en América Latina son en la actualidad fidelistas y torrijistas.

Informe de patrulla aún engavetado

Esa misma mañana del domingo dos se rescataron los restos. Vino el capitán Romo, piloto de origen colombiano, muy querido por Torrijos, que piloteaba habitualmente el FAP-100, el helicóptero en el cual se movía el General.

Con visibilidad cero, porque el banco de nubes esa mañana era muy fuerte, Romo se posó arriba del cerro Marta, transportando al coronel Pedro C. Ayala, hoy retirado. El viento era tan fuerte que el helicóptero no pudo parar las turbinas para no ser botado por el viento y estrellarse contra la ladera. Utilizando sogas del equipo individual, amarraron los patines del helicóptero a los arbustos enanos y a las raíces que había en la cumbre del Cerro.

En unos 15 minutos, trasladaron todas las bolsas negras donde iban los restos. Los “Macho‘e Monte”, con lágrimas en los ojos, subieron la bolsa con los restos de Torrijos. El cabo Córdoba le dijo a Ayala: Mi coronel, en esta bolsa va lo que queda de mi general Torrijos.

Diez horas más tarde, la patrulla había regresado a río Hato. El informe, inequívoco al señalar el atentado y no el supuesto accidente, fue elevado con la firma del teniente Juan González.

Desde los aciagos días de agosto de 1981, el teniente Juan González se había transformado. Taciturno, tenaz, no se resignaba a dar por concluida la investigación. El negro Juan continuaba patrullando las inmediaciones del cerro Marta, yendo y viniendo, incesantemente.

Meses más tarde, justamente el día de Navidad de 1981, Juan González marchaba en su vehículo desde la base militar hacia el vecino pueblo de río Hato, para ver a sus hijos. Había regresado del cerro Marta solo tres horas antes.

Minutos después de salir de la base, accionó los frenos. La curva lo obligaba a aminorar pero extrañamente los frenos no respondieron. Juan González se estrelló contra otro auto y perdió la vida.

Juan González estaba convencido de que a Omar Torrijos lo habían asesinado. Después, hubo un gran silencio. Nunca más se volvió a hablar del asunto. El informe de la patrulla aún sigue engavetado.

* Periodista y escritor cubano, autor de cerca de una veintena de libros.