Sergio de Castro Sánchez entrevistó para Diagonal a Máximo Sandín [MS], autor de Pensando la evolución, pensando la vida; y Salvador López Arnal comentó que las afirmaciones del entrevistado sobre la relación de Marx y Engels con la obra de Darwin eran “poco documentadas”. A continuación el debate sostenido por Castro Sánchez y López Arnal.

Sergio de Castro Sánchez entrevistó para Diagonal a Máximo Sandín [MS], autor de Pensando la evolución, pensando la vida. El titular periodístico que encabezaba la conversación: “La visión darwinista de la condición humana es una justificación del statu quo”. Rebelión reprodujo el texto días después [1]. En la citada entrevista pueden leerse afirmaciones y reflexiones del siguiente tenor: Pregunta [SCS]: ¿Cuál es la base científica del darwinismo? Respuesta [MS]: […] La base científica, experimental o empírica de […] la obra de Darwin es absolutamente inexistente…[2] su concepción de las relaciones entre los seres vivos, la “lucha por la vida” y la “supervivencia de más apto” provienen de Robert Thomas Malthus y Herbert Spencer, dos individuos muy desagradables, discípulos de Adam Smith, que veían la proliferación de los pobres como una amenaza para su bienestar […] En el resumen final del libro mezcla el uso y el desuso, las condiciones de vida, la selección “natural”, la “guerra de la naturaleza”… en fin, un verdadero “cacao mental” (sic). P: Pero el darwinismo actual no es el de Darwin… R: [MS] El darwinismo actual no se sabe exactamente lo que es [3]. Fundamentalmente es una visión malthusiana de la vida (la competencia permanente de todos los seres vivos y hasta de las células y las moléculas y, sobre todo, la selección “natural” que elimina a los que no son adecuados pero que también “crea” lo inexistente…), pero como teoría científica jamás estuvo claramente formulado.

P: ¿Qué vinculación existe entre darwinismo y eugenesia? R [MS] Toda. De hecho, la eugenesia, la doctrina que preconiza el impedimento de reproducirse a los “no aptos” y la reducción de la población mundial está en la esencia del darwinismo, tanto el de los libros de Darwin, como el de los “creadores” de la Síntesis “moderna” y en la ideología de sus máximos valedores, los grandes magnates mundiales (por favor, busquen en internet, por ejemplo, “eugenesia y Rockefeller”)… Creo que los jóvenes progresistas que se creen darwinistas por oposición al creacionismo deberían informarse sobre quienes crearon y quienes mantienen este “pensamiento único” biológico en contra de todas las evidencias científicas. También sería bueno que se informaran sobre la verdadera opinión sobre el darwinismo de Marx y Engels, cuando leyeron la obra de Darwin con atención…”.

Fin de la selección; algo parcial sin duda. Yo mismo intenté una respuesta de urgencia, que también fue publicada en rebelión [4], en la que, ciertamente, esta es de una de las críticas razonables formuladas por Sergio de Castro Sánchez, no hablaba de muchos de los asuntos debatidos en la conversación y me centraba más bien en afirmaciones, poco documentadas en mi opinión, del entrevistado sobre la relación de Marx y Engels con la obra de Darwin que daban pie a interpretaciones erróneas sobre la relación de los clásicos de la tradición marxista con el autor de Sobre el origen de las especies.

Sergio de Castro Sánchez [SCS] – “Una respuesta a Salvador López Arnal. Del darwinismo como ideología”- me respondió con un artículo que también fue publicado en rebelión [5]. A riesgo de colmar la paciencia del lector me gustaría comentar algunas de las afirmaciones contenidas en el artículo de SCS e, igualmente, a algunos nudos básicos de lo analizado en la entrevista de Diagonal.

SCS afirma que el tono de mi nota “no invita demasiado al debate –necesario cada vez para más biólogos [SLA: ¿sólo para biólogos?]– acerca de la relación entre el darwinismo y las bases del sistema capitalista”. Aún así, señala, trataría de dar su punto de vista sobre elementos de mi escrito. Lo haría, añade, “con la intención sincera de aportar algo a la discusión, sin caer en las descalificaciones como eje central de mis argumentaciones, como considero que sí hace López Arnal”. He repasado mi nota y no veo, una viga abisal inconsciente debe impedírmelo, que haya en él descalificación alguna. Sea como fuere, por si fuera necesario, pido disculpas si en ello caí. Lejos de mi ese cáliz y esa nefasta y perversa actitud dialógica.

Sergio de Castro Sánchez sostiene también que ignora la razón por la que “todo cuestionamiento del darwinismo es respondido de manera agresiva”. Desconoce también “la razón por la que esta reacción se da también entre aquellos habitualmente considerados de izquierda, a quienes se les presupone una actitud crítica y dialogante”. Deduzco que SCS me incluye entre las personas que responden con agresividad. Tampoco acabo de ver, a pesar de mi nuevo intento, que haya en mi texto tintes agresivos, pero, por si volviera a errar en mi juicio, pido disculpas y prometo enmendarme.

Eso sí, la razón por la que algunos reaccionaremos alterados ante ciertas aproximaciones, supuestamente críticas al darwinismo, es porque, en ocasiones, está es una de ellas en mi opinión, van juntas la crítica a un vértice del darwinismo, una tradición cultural de cien cabezas, mil tentáculos y diez mil desarrollos, y la crítica a la obra de Darwin cuya valía científica es ninguneada, cuando no menospreciada abiertamente, o atacada por salvaje, filocapitalista o fruto simple de una mente no menos simple de la alta clase inglesa victoriana (Dicho entre paréntesis: más allá de sus orígenes sociales, Darwin adoptó un enfoque igualitario en torno a las fuentes de conocimiento nada frecuente en la ciencia académica en la que, en ocasiones nada excepcionales, el “conocimiento popular empírico” no teorizado es barrido de un plumazo y sin contemplaciones. Y no sólo en las ciencias naturales). Algunos, no podemos dejar de manifestar, conmovidos, nuestro máximo acuerdo ante reflexiones como ésta que nos regalaba el nieto de Erasmus Darwin en su Autobiografía: “Durante muchos años he seguido también una regla de oro, a saber, que siempre que me topaba con un dato publicado, una nueva observación o idea que fuera opuesta a mis resultados generales, la anotaba sin falta y enseguida, pues me había dado cuenta por experiencia de que tales datos e ideas eran más propensos a escapárseme rápidamente de la memoria que los favorables”. ¿No debería ser esta la actitud metodológica esencial de alguien, de un científico en este caso, que, como han querido Platón y tantos otros, Marx o Engels no excluidos, amara al conocimiento? ¿Se entiende entonces las razones que hicieron que un vecino suyo, un revolucionario nacido en Tréveris, le enviara un ejemplar del primer libro de El Capital?

Entremos, pues, en materia. Antes de ello, unos apuntes iniciales. El primero: sobre las ediciones de Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural, o la conservación de las razas favorecidas en la lucha por la existencia [SOESN]

SOESN fue publicado en Londres por vez primera en 1859, probablemente el 24 de noviembre [6]. La edición se agotó en un solo día, unos 1.250 ejemplares. Fue la empresa editorial John Murray quien publicó la obra. Curiosamente, unos cinco meses antes, junio de 1859, Marx había publicado una de sus grandes obras, Zur Kritik der politischen Oekonomie.

Desde ese momento, el darwinismo, la tradición científico-cultural que toma pie, no siempre de modo idéntico, en la obra de Darwin, como ocurre en numerosas tradiciones, “domina la escena cultural influyendo en todos los sectores de la misma” [7].

El gran historiador de las ideas Valentino Gerratana nos ofreció hace décadas una excelente consideración de esa tradición. Para el marxista italiano, el darwinismo es ante todo “una atmósfera cultural que se difunde en todas las direcciones coloreando las tendencias más distintas e incluso opuestas”. Así, demócratas y reaccionarios, socialistas y antisocialistas, serán durante años “igualmente darwinistas y se establecerán entre ellos largas dispuestas para dilucidar quién lo es con mayor legitimidad”. No sólo la mayoría de los naturalistas, sino también filósofos, sociólogos, literatos y artistas se sentirán atraídos por aquella doctrina y sentirán sugestionados por ella directa o indirectamente, añade el editor de los Quaderni.

La primera edición de SOESN fue la leída inicialmente por Engels, una de las primeras personas que adquirió el libro de Darwin. Mucho más tarde, dos décadas después, el autor de La situación de la clase obrera en Inglaterra unía públicamente los nombres de dos de los grandes científicos del siglo XIX, de Marx y Darwin. Lo hacía con ocasión del entierro del primero, un acontecimiento familiar al que asistieron sólo los más íntimos de Marx. Entre ellos, dos científicos naturales, el químico Schorlemmer y el biólogo darwinista Ray Lankester. Las recordadas palabras de su amigo, del autor de Dialéctica de la Naturaleza: “[…] De la misma forma que Darwin ha descubierto las leyes del desarrollo de la naturaleza orgánica, Marx ha descubierto las leyes del desarrollo de la historia humana”. Era un discurso, ante la tumba de Marx, no era un sesudo artículo pensado para su edición en una revista del movimiento. No era un paper desde luego. No es nada probable que Marx descubriera las leyes de la historia humana porque seguramente no encaja esa historia en ningún conjunto finito de leyes y tampoco es seguro que Darwin descubriera, así, sin más matices, las “leyes del desarrollo de la naturaleza orgánica” y para siempre (Esta primera edición del clásico de Darwin puede actualmente encontrarse únicamente en colecciones de libros raros. Se reprodujo en edición facsimilar en varios momentos del siglo XX. Una de ellas fue la realizada por el gran Ernst Mayr, prologada por él mismo y editada en 1959 por Harvard University Press).

La segunda edición de SOESN se publicó poco después de la primera, el 7 de enero de 1860, apenas dos meses después (la primera edición, recordemos, se había agotado en un solo día). Darwin, según Janet Browne, introdujo ya entonces unas cuantas correcciones relevantes. Lo hizo también en las siguientes ediciones. Se editaron tres mil ejemplares, casi el triple que la primera edición. Fue la edición de mayor tirada de las editadas en vida del autor.

Antes del fallecimiento en 1882 del naturalista inglés, se publicaron seis ediciones más. Todas ellas con correcciones y modificaciones, lo que es indicio claro del inquieto y abierto espíritu del autor. La tercera edición, de 1861, tiene interés especial porque fue en ella cuando Darwin añadió un “Bosquejo histórico” en el que el autor describía y explicaba otras teorías de la evolución. Entre ellas, claro está, la de su propio abuelo, Erasmus Darwin.

Fue en la quinta edición, no antes (el título del libro habla de la lucha por la existencia), cuando Darwin introdujo por vez primera la expresión “supervivencia de los más aptos”. La tomó de Herbert Spencer. Hablaremos posteriormente sobre su relación. La sexta edición, que pretendía ser una edición popular, fue la última enmendada por el autor. Mucho más barata que las anteriores, fue revisada en profundidad. Contenía un capítulo nuevo en el que Darwin respondía a las críticas que hasta entonces se le habían formulado.

No hubo rectificaciones ni añadidos en las dos ediciones posteriores, las dos últimas que se publicaron en vida de Darwin. La mayoría de las ediciones actuales de SOESN se basan en esta sexta edición, “la edición popular” [8].

Charles Darwin no fue el primer evolucionista de la historia. Él no dejó nunca de reconocer la importancia que tuvieron en la irrupción de sus ideas, además de fuentes no académicas, las reflexiones de otros autores. Entre ellos, Erasmus Darwin, el autor de Zoonomía (1794-1796) que contiene un breve capítulo donde se expone una teoría del desarrollo natural muy similar a la de Lamarck.

Darwin conoció a Lamarck, al naturalista francés gracias a Robert Grant, un carismático profesor de la facultad de Medicina –Darwin estudió inicialmente Medicina por presión y consejo paternos-, al que conoció en la Plinian Society, que suscribía los puntos de vista evolucionistas. Con su supervisión, empezó a observar organismos marinos del mar del Norte y con él realizó su primer descubrimiento científico relacionado con los huevos de flustra. El naturalista inglés descubrió que esos huevos no eran tales sino que eran larvas que nadaban libremente. Grant animó a Darwin a leer el Sistema de los animales sin vértebras de Lamarck, una obra publicaba en 1801 [9]. No hay que olvidar, por lo demás, que las teorías, entonces radicales, de Erasmus Darwin y Lamarck eran muy apreciadas por los pensadores nada conservadores de los años veinte del siglo XIX: sus audaces teorías biológicas se asociaban con lo mejor de la tradición ilustrada [10]. La revolución francesa, innecesario es decirlo, ya había dejado su huella inagotable.

Antes de que se hablara de selección natural, la herencia de características adquiridas, la tesis que influiría un siglo después en Lysenko y en el desastre de la agricultura soviética, había sido el único modelo disponible para explicar el origen de las especies. Lamarck propuso su hipótesis en 1802. Guy Deutscher, en su reciente y magnífico libro sobre historia y filosofía del lenguaje [11], explica así la tesis lamarckista: las especies evolucionan porque algunos animales empiezan a ejercitarse de un modo concreto; al hacerlo mejoran el rendimiento de determinados órganos; estas mejoras sucesivas se heredan y pasan a las próximas generaciones. Al final, se consigue un mejoramiento de las especies. El ejemplo repetido una y mil veces: las jirafas acostumbraban a estirar su cuello para alcanzar las ramas más altas; resultado de esa costumbre presente en todos los individuos de la especie durante muchas y muchas generaciones: el cuello se les alargó tanto que, como escribiría Lamarck, “sujetaba su cabeza a seis metros de distancia del suelo”. La mejora se heredó.

El mecanismo alternativo, propuesto por Darwin (y, desde luego, por Alfred Russell Wallace), subraya la idea de evolución por selección natural: la combinación de variaciones accidentes y selección natural. La jirafa no llegó a tener el cuello largo por haberlo estirado para alcanzar las hojas de los árboles más altos y este nuevo item fue transmitido por herencia a sus descendientes, sino porque a algunos de sus antepasados que, accidentalmente, habían nacido con el cuello más largo de lo habitual (el azar del que han hablado Monod y tantos otros), les resultó ventajoso aparearse entre sí o bien porque sobrevivieron en tiempos difíciles con mayor facilidad que sus compañeras, las jirafas de cuello corto [12]. Ese fue el inicio de la transformación: por azar y por selección natural.

¿Cómo surgió una nueva idea como la defendida por Darwin (y por Wallace)? ¿Qué influencias recibió? ¿Qué papel jugaron Herbert Spencer y Adam Smith en la irrupción de la revolución darwiniana?

“Descubrí, aunque de manera inconsciente e insensible, que el placer de la observación y el raciocinio era muy superior al de la pericia y el deporte”. El viaje en el Beagle cambió decisivamente a Charles Darwin en muchos aspectos; en cambio, en otros hizo que se ratificara en sus posiciones y principios. Al llegar a Brasil, se incendió de indignación ante la esclavitud “que todavía era legal”, recuerda Janet Browne, en la antigua colonia portuguesa. El nieto del ilustrado Erasmus Darwin recogió en su diario algunos relatos terribles. Hechos tan repugnantes, llegó a escribir, que si hubiera tenido de conocimiento de su existencia en Inglaterra habría pensado que eran inventados para producir algún efecto periodístico. Sus escritos de aquellos años contienen referencias a las diversas comunidades humanas que encontró durante la trayectoria: a los gauchos (viajó con ellos a través de Argentina), a los indígenas de Tierra de Fuego, a los tahitianos, a los maoríes y a los aborígenes australianos. Su opinión se mantuvo inalterable: todos los seres humanos eran hermanos, no existían “discontinuidades” antropológicas; ningún maltrato era aceptable. La política antiesclavista estaba fuertemente arraigada en la opinión general de su familia. Todos apoyaron los movimientos contrarios a la esclavitud de comienzos del siglo XIX. La ley de emancipación de 1832 la abolía la en Inglaterra. Se gritaron “vivas” y el júbilo se extendió en la familia Darwin.

Janet Browne da cuenta en su historia de El origen de las especies (13) de la única vez en que Darwin, que aunque nunca fue un revolucionario en asuntos poliéticos recibió con cortesía el regalo –Das Kapital I- de su vecino londinense Karl Marx, se enfadó fuertemente, hasta el borde la ruptura, con el capitán del Beagle, FritzRoy [14]. Durante una larga estancia en Brasil, un propietario de esclavos hizo comparecer ante él a todos sus hombres y les preguntó si querían ser libres. Respondieron que no claro está. FritzRoy se dio o quiso darse por satisfecho: aquella respuesta no ofrecía discusión, la pura verdad resplandecía ante sus ojos, la esclavitud estaba en el alma de los propios esclavos. Darwin le señaló lo obvio: nadie correría el riesgo de decir una palabra en sentido contrario, nadie era tan estúpido. FritzRoy salió del camarote donde discutían vociferando, la convivencia ya no era posible. La ruptura entre ambos permaneció en el horizonte durante semanas. Darwin vio con claridad cual era la actitud atemorizaba de los esclavos brasileños. Un día, también en Brasil, así lo cuenta Janet Browne, “mientras un barquero negro le llevaba en trasbordador a través de un río, agitó los brazos distraído para dar indicaciones y quedó horrorizado al ver que el hombre se agachaba de miedo”. Pensó, aterrado, que el naturalista inglés iba a pegarle. Era el maldito, injusto e inhumano trato al que era sometido todas las jornadas. Su pan diario.

Darwin desembocó en el muelle de Falmouth en octubre de 1836. Meses después, a principios de 1837, se convenció de que las especies vivas habían surgido sin intervención divina. Por extraño que parezca, comenta Browne, “no sabemos cómo ni cuándo alcanzó esa convicción”. La génesis de toda idea original encierra algo de misterio, añade la gran historiadora de la Medicina de la Universidad de Londres. No es el único caso. ¿Cómo surgió en Aristarco de Samos la idea del heliocentrismo? ¿Cómo irrumpió en Plank la discontinuidad energética? Más allá de la manzana caída, ¿cómo dio Newton con la idea de la gravitación universal y con otras grandes conquistas teóricas? Grandes científicos y científicas se han referido al modo en que cuajó en su conciencia un cambio de perspectiva, una nueva “cosmovisión”, un cambio categorial. En su mayoría coinciden en afirmar que su mente estaba predispuesta a la irrupción de esa nueva idea, de esa nueva hipótesis, tras años de trabajo, reflexión, desasosiego e incluso de pérdida de rumbo, “y que un conjunto de factores, algunos personales, otros intelectuales, otros circunstanciales, otros imposibles de expresar y otros profundamente sociales y políticos, les llevaron a un determinado punto” [15]. Thomas S. Kuhn -y tantos otros- habló también de ello en La estructura de las revoluciones científicas.

Como ha recordado Stephen Jay Gould, Darwin adoptó un infrecuente enfoque igualitario en torno a las fuentes del conocimiento. Sabía muy bien que “los datos más fiables sobre el comportamiento y la cría de organismos domesticados y cultivados procedían de granjeros y agricultores en activo, y no de señores feudales o autores de tratados teóricos”. ¿Obvio? Tal vez. Pero no está mal, nada mal [16]. Sea como fuere, ¿qué papel jugaron autores como Herbert Spencer y Adam Smith en las nuevas ideas que irrumpieron en la mente del naturalista británico? ¿Cuál fue su papel en la larga y decisiva revolución teórica que se puso en marcha en la mente de Darwin tras la vuelta del decisivo viaje en el Beagle?

Las ideas de progreso continuado y la existencia de leyes en la historia humana estaban muy presentes en grupos liberales de la Inglaterra de aquellos años. Amigos de Darwin como Buckle o el propio H. Spencer estaban entusiasmados por los cambios en la sociedad y en la naturaleza. En los escritos de este último, señala Browne [17], estas mismas ideas adoptaban la forma de una ley de la evolución que Spencer aplicaba a animales y plantas con la misma facilidad que a la política, la economía, la tecnología y la sociedad humanas. Valían para un cosido y también para un fregado; la generalización apresurada tendía ya entonces a extender sus alas uniformes. Así, en 1852, Spencer publicó un artículo titulado “The development hipotesis” en el que defendía una teoría general de inspiración lamarckiana de la transmutación animal. No sólo eso. El mismo Spencer alimentó una ambiciosa reformulación de la metafísica cuya primera parte publicó diez años después, en 1862, tres años después de la publicación del clásico de Darwin. Creía Spencer que el progreso social y biológico constituía un continuum, que ambos estaban gobernados por las mismas leyes inmutables y estaban sometidos a las mismas fuerzas de la naturaleza.

Darwin, así lo asegura la editora de su correspondencia, nunca se tomó en serio ninguno de sus escritos. Spencer no había sido bendecido con el don de la claridad. Darwin intentó acercarse a sus obras con la mente abierta pero “por más que lo intentaba, las definiciones de Spencer le parecían sin sentido” [18]. Su estilo era demasiado duro. Nunca llegó a decirlo abiertamente, pero el naturalista estudioso de las orquídeas y los percebes pudo haber pensado que la filosofía spenceriana era, digámoslo así, un pelín extravagante. No andaba muy errado.

En su Autobiografía, ya con menos cautelas, casi al final de su vida, Darwin se expresó en los siguientes términos sobre el “metafísico evolucionista”: “[…] Me dio la impresión de que Herbert Spencer tiene una conversación muy interesante, pero no me cae especialmente bien y no he tenido la sensación de que pudiese llegar a intimar con él (…) Después de leer cualquiera de sus libros, siento por lo general una admiración entusiasta por su talento sin límites y a menudo me he preguntado si en un futuro lejano no llegaría a encontrarse a la altura de los grandes hombres como Descartes, Leibniz, etc., sobre quienes, de todas formas, sé poca cosa.

Sin embargo, no soy consciente de haber aprovechado en mi obra los escritos de Spencer. Su carácter deductivo en cada tema es completamente opuesto a mi estado de ánimo. Sus conclusiones nunca me convencen; y una y otra vez he dicho para mis adentros, tras leer una de sus discusiones. “Qué buen tema seria éste para una media docena de años de trabajo” [la cursivas son mías]. La modestia, como querían Engels y Sacristán, es la primera virtud del intelectual; el naturalista inglés no la desconocía. Él, como cualquier otro autor, no es omnisciente ni indiscutible sobre las influencias en su propia obra pero vale la pena dejar constancia de su opinión sobre este asunto controvertido, parcial o totalmente resuelto

Adam Smith es otro nombre a tener en cuenta, otro autor citado frecuentemente. El caso merece ser analizado con cierto detalle.

Muchos científicos, sostiene Stephen Jay Gould [SJG], no acaban de reconocer que “toda actividad mental debe efectuarse en un contexto social y que, en consecuencia, toda obra científica debe estar sometida a una variedad de influencias culturales” [19]. Los que sí aprecian esa conexión, sostiene el gran y malogrado evolucionista usamericano con conocimiento de causa, suelen contemplar esta impregnación cultural como un componente negativo, un nudo invariablemente negativo de la investigación libre: mera ideología versus conocimiento justificado. Las influencias culturales, en fin, son un estorbo, “un conjunto de sesgos que sólo pueden distorsionar las conclusiones científicas” y que, por ello, deben ser combatidas con tesón sin perderlas nunca de vista. Algunas interpretaciones del positivismo clásico, pisando fuerte, hacen aquí acto de presencia. Jay Gould gira temperadamente la mirada, con razones atendibles y fructíferas en mi opinión: “las influencias culturales también pueden facilitar el cambio científico, por razones incidentales, desde luego, pero aun así con resultados positivos cruciales: ¡el principio exaptativo que los evolucionistas deberían apreciar y reverenciar por encima de todo!”.

El origen del concepto darwiniano de la selección natural ofrece el ejemplo favorito de “contexto cultural promotor” de SJG. El autor de La riqueza de las naciones entra ahora en escena.

El físico e historiador de la ciencia Silvan S. Schweber, señala el autor de El pulgar del panda, ha trazado la cadena de influencia de la escuela de economistas escoceses “desde principios de 1830 hasta el estudio a fondo de estas ideas por Darwin mientras intentaba desentrañar el papel de la acción individual durante las semanas anteriores a su revelación “maltusiana” en septiembre de 1838”. SJG sostiene que, en su opinión, Schweber, quien documenta numerosas fuentes en las lecturas de Darwin, ha encontrado efectivamente la clave de la lógica de la selección natural y de su atractivo para el naturalista inglés, “en el doble papel de presentar eventos cotidianos y palpables como la materia prima de toda evolución (el polo metodológico) y subvertir el confortable mundo de Paley [el teólogo, el defensor de Dios como diseñador natural] invocando el más radical de los argumentos posibles (el polo filosófico)”.

SJG va más lejos. Su tesis ampliativa, expresada sin ropajes: la selección natural es, en esencia, la economía de Adam Smith transferida a la naturaleza.

Pero, y éste es el punto -hic Rodhus, hic salta!-, es necesario tomar nota del decisivo (y aparentemente paradójico) corolario que SJG infiere del aserto anterior: “los seres humanos somos agentes morales y no podemos permitir la hecatombe (la mortandad a través de la competencia entre casi todos los participantes) derivada de la competencia individual desatada a la manera del más puro laissez faire”. Así, pues, esta es su tesis: “[…] la economía de Adam Smith no funciona en economía; pero la naturaleza no tiene por qué atenerse a las normas de la moralidad humana”. Es decir, el equivalente natural del laissez faire puro puede funcionar y funciona de hecho, acaso con contraejemplos de interés, en la naturaleza [20], de tal modo que el mecanismo propuesto por el economista escocés encuentra “su más refinada, y quizás única, aplicación en este dominio análogo y no en el de la economía humana”.

El principio, o su trascripción o traducción natural, vale para la naturaleza, pero no, en cambio, para el ámbito humano que no es, sin más mediaciones, una simple prolongación de aquel por mucha sociobiología o afín que queramos echarle. Los organismos individuales en la Naturaleza actuarían como actúan aparentemente, porque tampoco es el caso (carteles, acuerdos bajo mano, pactos secretos, oligopolios) las grandes corporaciones en la economía capitalista: sin principios, sin humanidad, sin cooperación, en lucha despiadada por la existencia y por el “honrado penique” (¡todo por la pasta!); el éxito reproductivo natural, por así decir, sería el equivalente económico a la búsqueda y obtención del máximo beneficio corporativo. El punto esencial de la lectura darwinista que nos propone SJG: la teoría de la selección, inspirada en principios de la escuela escocesa de economía (no es posible ni concebible, more geometrico podríamos decir, un Dios-conjunto de expertos que diseñe sin hecatombes y racionalmente la economía humana, algo así como un diseñador social inteligente) vale para el mundo natural (cuando vale, que no es siempre: Frans de Waal nos ha enseñado mucho al respecto) pero no, en cambio, para el ámbito humano. Somos naturaleza, desde luego, pero somos también seres morales.

¿A qué puede llamarse entonces darwinismo? ¿Qué principios o postulados deben aceptar quien quiera llamarse a sí mismo darwinista? La propuesta de SJG: por encima, se aprecia la centralidad teórica de la conclusión de Darwin de que la selección natural se efectúa a través de la lucha entre los organismos individuales, no entre especies ni entre tipo de entidades, por el éxito reproductivo; se reconoce el papel de la adaptación como el fenómeno central que requiere una explicación causal “porque el buen diseño también había sido el problema central para la teología natural [Paley] de tradición británica”. Estos dos principios, la actuación de la selección sobre los organismos en competencia como agentes activos y la creatividad de la selección en la construcción del cambio adaptativo, prosigue SJG, “bastan para validar la teoría en su expresión observacional y microevolutiva”. La tercera proposición, el tercer postulado, la premisa extrapolacionista, pretende que la selección natural, trabajando paso a paso a nivel organísmico, puede construir la vasta y casi inabarcable panoplia del cambio evolutivo “a base de acumular incrementos pequeños a través de la plenitud del tiempo geológico”. El geólogo Charles Lyell, otra gran influencia en Darwin, asoma ahora su amplia cabeza y su importante obra. La combinación productiva de los cambios “infinitesimales” con el ámbito potencialmente infinito de su despliegue temporal daría origen a la enorme diversidad natural que nos rodea, acompaña y abona. En términos digamos “dialécticos”: de la cantidad (imperceptible) a la cualidad (manifiesta); de los pequeñísimos cambios imperceptibles acumulativos a la irrupción de nuevos atributos, diría tal vez Daniel Dennett sin apartarse en exceso de la clásica concepción hegeliano-marxista. Este sería, pues, el contexto histórico básico de la teoría de la selección: su descubrimiento y utilización por Charles Darwin como refutación de la teología natural del diseñador cósmico propuesta por Paley a través de la incorporación de la estructura causal, en el ámbito natural, de la “mano invisible” de Smith.

En contra de la opinión conservadora, que suele hacer tenaz labor de espantapájaros social, las revoluciones no arrasan con todo. No todo cambia, algo permanece. Tampoco la darwiniana alteró sin restos nuestra vieja concepción de la naturaleza y de la vida. Incluso el gran científico británico estuvo convencido de que el resultado de ejercitar determinados órganos podía transmitirse a la generación siguiente [21]. También Kuhn en La estructura nos habló de ello, de ese naufragio-creación con algunos restos viejos y muchas, arriesgadas e incomprendidas propuestas nuevas. Pero no hay duda que el cambio conceptual que abonó Darwin insistentemente, con inaudito trabajo empírico, observacional, reflexión prudente, conjetura sólida y admirable espíritu científico, pocos científicos a su altura, ha alterado profundamente nuestras coordenadas culturales más esenciales. Las más profundas. También, desde luego, cómo si no, las del pensamiento de izquierda que quiera soñar y abonar utopías, rebeldías, resistencias y oponerse al determinismo genético pero que quiera hacerlo con solidez, tocando realidad y sin embarrarse en ella [22].

La estrategia económica dominante del grupo de naciones capitalistas más desarrolladas de la segunda mitad del siglo XIX, señala Janet Browne quien evita el uso del adjetivo “capitalistas” [23], tomó forma en el período inmediatamente posterior a la publicación de Sobre el origen de las especies. Era habitual entonces (y no sólo entonces) usar directamente nociones y categorías del libro de Darwin para justificar y legitimar la competencia existente durante el denominado “capitalismo victoriano de la libre empresa”, y, de paso, sus desmanes innumerables, sus “hecatombes humanas”. La vida humana es así, dura, no es ningún paraíso; la naturaleza obra del mismo modo.

Darwin no era inconsciente de todo ello. Supo que un reseñador de Manchester, una de las mayores ciudades industriales de la Gran Bretaña, había afirmado que en su libro se defendía la idea de “la ley del más fuerte” y que había que extraer las consecuencias de ello. No le contradijo públicamente.

No fue el reseñador manchesteriano un caso aislado. Las “ideas” de Darwin, mejor, determinadas lecturas de sus ideas, conceptos e hipótesis fueron muy bien acogidos por magnates financieros y capitalistas industriales. A finales de siglo, señala Janet Browne, “los hombres de negocios, los filántropos y los capitalistas sin escrúpulos que planearon y llevaron a cabo el desarrollo de la industria norteamericana estaban aplicándolas” [24]. Especialmente dos grandes “personalidades” de aquellos años, dos grandes “emprendedores” norteamericanos: J. D. Rockefeller [25] y el propietario de ferrocarriles James J. Hill. Este último utilizó como slogan publicitario la expresión “supervivencia del más apto”, no sería el único: la empresa más fuerte y eficaz dominaría de forma natural el mercado e incentivaría el progreso económico a mayor escala. Suenan las notas: es la música mil veces repetida. No fueron los únicos. Browne recuerda también la admiración, la adoración incluso, de Andrew Carnegie por Herbert Spencer.

Se entiende, pues, la preocupación poliética de Sergio de Castro Sánchez quien inicia su respuesta con dos citas. La segunda es del magnate John D. Rockefeller. Va en el sentido indicado. La copio: “El crecimiento de un gran negocio es simplemente la supervivencia del más apto… La bella rosa estadounidense sólo puede lograr el máximo de su esplendor y perfume que nos encantan, si sacrificamos a los capullos que crecen en su alrededor. Esto no es una tendencia maligna en los negocios. Es más bien sólo la elaboración de una ley de la naturaleza y de una ley de Dios”.

¡No es ninguna maldad, no es ninguna perversión del “mundo de los negocios”! No hay pecado. ¡Natural como la vida misma! Para que cuadrase todo, Rockefeller, que probablemente no leyó nunca ni una sola línea de Darwin y tal vez quince pasos de la Biblia, incorpora no sólo a la Naturaleza sino al propio Dios en el cuadro, sin postular desde luego el Deus sive Natura spinoziano.

La otra cita, la que abre el trabajo de SCG y permite dar más luz a la afirmación del magnate usamericano, remite a un texto juvenil de los clásicos de la tradición: “En cualquier época, las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes; […] Las ideas dominantes no son otra cosa que la expresión ideológica de las condiciones materiales dominantes, que han tomado la forma de ideas; no son otra cosa que la expresión de las condiciones que justamente transforman a esta clase en dominante, por lo tanto, las ideas de su dominación. […] No queda entonces ninguna duda: las ideas dominantes son las ideas de las clases dominantes y no tienen ningún poder independiente del de esta clase” (La ideología alemana). En sus conclusiones, añade SGS que “[…] una de las más grandes aportaciones de Marx fue precisamente el concepto de ideología. A través de él, las pretensiones objetivistas y universalistas de la ciencia moderna tuvieron que dejar paso a otra interpretación de la historia de las ideas científicas: la que vincula a éstas últimas al poder de control social sobre el conocimiento del que disfrutan las clases dominantes”.

Intentaré decir algo sobre la noción de ideología, la cita de Marx que abre la respuesta de SGS y sobre La ideología alemana en mi última aportación pero me gustaría centrarme ahora en el paso sobre la ideología y la ciencia moderna, que conjeturo decisivo en la posición de SGS. La sugerencia o hipótesis de la ciencia como parte de la supraestuctura ideológica de la sociedad sin mayor precisión o comentario, siguiendo la clásica y algo gastada metáfora marxiana, no anda muy lejos de todo esto.

No descubro ningún nuevo Mediterráneo si señalo que el concepto marxiano de ideología es polisémico. La acepción de ideología como falsa conciencia no es ningún extravió hermenéutico. Hay muchas pistas de ello en la obra de Marx, plural y fluyente como todas las obras de los grandes científicos y filósofos. Marx lo fue desde luego. Los aparatos ideológicos althusserianos generaban una falsa comprensión de la situación real de los afectados si no ando errado. Ser materialista equivalía a no contar cuentos.

Sea como fuere, incluso si pensamos ideología como marco teórico, como “teoría” social hegemónica, como condiciones culturales de comprensión social, la objetividad y universalidad de la ciencia moderna, ¿es meramente una pretensión? ¿Una vana y falsaria ilusión arrojada a la cuenta de los cuentos estúpidos desmedidos por la crítica marxiana? ¿La tradición marxista dio un buen repaso (y para siempre) a esa sesgada pretensión? ¿El marxismo, otra tradición de mil tendencias, y diez mil tesis e interpretaciones, vinculó sin más las ideas científicas “al poder de control social sobre el conocimiento del que disfrutan las clases dominantes”? ¿Existe tal control social sobre las comunidades científicas, sus investigaciones y sus conquistas?

Existe. Cuanto menos en algunas disciplinas aunque es conveniente delimitar sus contornos. Gran parte de lo que se llamaba o suele llamarse “big science” depende de grandes inversiones que tienen a estados y grandes corporaciones detrás interesadas en asuntos que tienen el poder y el dinero como valores destacados. No suelen aspirar filosóficamente al conocimiento por mor del conocimiento. No sólo eso. Las grandes multinacionales, a los hechos podemos remitirnos, no financian cualquier cosa, aunque no sean tan estúpidas como para cortar la hierba de la investigación básica. Hay más desde luego. Muchos programas de investigación abonados por grandes laboratorios, por ejemplo, exigen condiciones leoninas: hay que investigar la eficacia de un fármaco nuevo; si lo es, adelante con el paper, los laureles y los premios; si no lo es o sus efectos son indeseables, que se guarde en la caja fuerte y ya se hablará de ello dentro de dos o tres años, o cuando toque si toca. Lo tomas o lo dejas; debes tomarlo: tenemos el poder (y los medios) para tu (posible) gloria.

Pero, ¿es sólo esto? ¿La ciencia, sometida al “poder del control social del conocimiento” disfrutado por las clases dominantes y hegemónicas”, es una mera y ocasionalmente eficaz sirvienta? ¿Vive con permiso? Veamos un ejemplo que puede representativo. El caso de la denominada “disfunción sexual femenina” (DSF) [26], que no es propiamente investigación científica pura sino práctica científica con fuertes implicaciones ciudadanas, iIustra poderosamente sobre la imbricación de grandes corporaciones, profesionales científicos, estudios y congresos de investigación. Pero también sobre algo más: el importante, el decisivo papel de la regulación pública y de la consciencia crítica de las propias comunidades científicas. El nudo es esencial: hay resistencia, hay honestidad científica y ciudadana. Existen, siguen existiendo, científicos concernidos. La hecatombe de Fukushima ha sido otro ejemplo reciente de ello. No todos los científicos han permanecido mudos ni dóciles ante el poder y las estrategias de Tepco.

A la reflexión heideggeriana de El amigo del Hogar volvió a referirse Sacristán veinte años después, en 1979, en una conferencia impartida en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Barcelona sobre los principios básicos que debían vertebrar una política de la ciencia de orientación y finalidades socialistas a la que hemos hecho referencia. Una de sus tesis: “[…] yo también creo que eso es verdad, pero ocurre que en este final de siglo estamos finalmente percibiendo que lo peligroso, lo inquietante, lo problemático de la ciencia es precisamente su bondad epistemológica. Dicho retorciendo la frase de Ortega: lo malo de la Física es que sea buena, en cierto sentido un poco provocador que uso ahora. Lo que hace problemático lo que hacen hoy los físicos es la calidad epistemológica de lo que hacen. Si los físicos atómicos se hubieran equivocado todos, si fueran unos ideólogos pervertidos que no supieran pensar bien, no tendríamos hoy la preocupación que tenemos con la energía nuclear. Si los genetistas hubieran estado dando palos de ciego, si hubieran estado obnubilados por prejuicios ideológicos, no estarían haciendo hoy las barbaridades de la ingeniería genética. Y así sucesivamente”.

Esto hacía que, en su opinión, el planteamiento epistemológico estricto, la consideración sobre ciencia e ideología, “sobre si los científicos son ideólogos o hacen ciencia pura o no, aún siendo, como reconozco, una cuestión filosófica eterna, por usar adjetivos fuertes kantianos”, le parecía de importancia secundaria ya en aquellos momentos frente a la importancia de los problemas implicados en lo que llamó la “metaciencia ontológica”. Este es el punto, éste sigue siendo el punto.

Me permito finalizar con una reflexión de Sacristán, también de esa conferencia de 1979, directamente relacionada con el asunto discutido: “Sin embargo, incluso cuando más afortunado puede ser poética, retóricamente, un dicho heideggeriano o, en general, de crítica romántica a la ciencia, tiene sus peligros, porque suele ser bueno de intención, por así decirlo, y malo de concepto. Por ejemplo, aunque sea una cosa desagradable de decir, vale la pena precisar que tal como se presenta en la vida real hoy el problema de las ciencias, este marco ontológico de su peligrosidad no consiste en que desprecien a la naturaleza, en que practiquen agresión a una naturaleza que sería buena en sí misma. No, la realidad es que su peligrosidad estriba en que significan una nueva agresión a la especie, potenciando la agresión que la naturaleza ha ejercido siempre contra la especie. Quiero decir que un neutrón no es un ser cultural; un neutrón es un ente natural, por ejemplo, y así en muchas otras cosas”.

Se hacía cómodo, proseguía el traductor de Marcuse y Adorno, el trabajo de los defensores de los intereses de las grandes compañías eléctricas cuando se les contraponía un pensamiento ecológico romántico-paradisíaco. Tan erróneo era el romanticismo rosa como el negro. “La naturaleza no es el paraíso. Seguramente es una madre pero una madre bastante sádica, todo hay que decirlo, como es conocimiento arcaico de la especie. Eso no quita, naturalmente, que para el hombre ella es, como es obvio, esto es perogrullada de lo más trivial, necesidad ineludible y para el hombre urbano, para el hombre civilizado, además, necesidad cultural”. Había que mirar con los dos ojos cuál era la relación erótica, de amor, que tenían a la naturaleza los que la tenían. “Yo creo que hay que mirarla con los dos ojos y darse cuenta de que es conceptualmente floja si la ves sólo como paradisíaca y rosada. La relación es mucho más profundamente religiosa, y hay que decirlo así aunque se sea ateo, porque es religiosa en el sentido de que está mezclando siempre el atractivo erótico con el terror, la atracción con lo tremendo. Eso cualquiera que sea alpinista me parece que estará de acuerdo sin mayor discusión. Los que no lo sean pueden aceptarlo como, por lo menos, experiencia de una parte de la humanidad; a saber, los alpinistas; y los marinos, probablemente, también”.

Esos dos ojos también debe ser utilizados al mirar y analizar la relación ciencia e ideología, o ciencia, ideología y sociedad como se decía algunas décadas atrás.

Para Adolfo Sánchez Vázquez. In memoriam et honorem

Una de las dos citas con la que SCG abre su respuesta: “En cualquier época, las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes; […] Las ideas dominantes no son otra cosa que la expresión ideológica de las condiciones materiales dominantes, que han tomado la forma de ideas; no son otra cosa que la expresión de las condiciones que justamente transforman a esta clase en dominante, por lo tanto, las ideas de su dominación. […] No queda entonces ninguna duda: las ideas dominantes son las ideas de las clases dominantes y no tienen ningún poder independiente del de esta clase”. Karl Marx, La ideología alemana, un texto de juventud al que los propios autores no ubicaron en un lugar muy destacado de su obra. Los roedores y su acerada crítica darían cuenta de él con el transcurso del tiempo. Eso sí, había sido muy útil para aclarar sus propias ideas.

Sea como fuere, suponiendo que el paso seleccionado -como cualquier otro texto o fragmento de autores cuyo pensamiento nunca se caracterizó por su asentamiento definitivo- no exija matices, ampliaciones, correcciones, revisiones o enmiendas a la totalidad, cabe señalar en torno a él:

1. Que las ideas dominantes sean ideas (nociones, categorías, teorías, visiones, costumbres, hipótesis, “cuentos” generadores de consenso) de la clase dominante no significa que no existan otras ideas no-dominantes que ejerzan un papel destacado socialmente aunque no sea éste dominante ni hegemónico (efectos, si se quiere, de la luchas clases en el ámbito de la teoría; también aquí hay conflicto, no rige la supuesta paz de los cementerios).

2. Que esas ideas dominantes sean las de la clase dominante tampoco implica que todas las ideas de las clases dominantes tengan mando en plaza ni incluso que algunas de esas ideas puedan ser importadas o aceptadas, son matices, cambios o nuevas interpretaciones si fuera preciso, por clases subalternas que puedan llegar a tener un papel hegemónico en otras situaciones.

3. ¿Los conceptos, hipótesis, conjeturas, procedimientos y teorías del conocimiento científico, formal, social, natural, socionatural, formarían parte, sin más cuidados, de las ideas que dominan entre las clases dominantes? Parece obvio que no siempre. Sectores de las clases dominantes no recibieron de buen agrado la teoría de Darwin en su momento o, por poner otro ejemplo conocido, la física de Galileo o incluso la teoría de la relatividad einsteiniana no siempre fueron leídas con gritos de júbilo.

4. La forma en que esas ideas dominantes son expresión ideológica “de las condiciones materiales dominantes” que han tomado “forma de ideas” no parece un tema sin necesidad de desarrollo. ¿En todos los casos?, ¿sin excepción? Si fuera el caso, asunto nada trivial, es obvio que hay aquí mucha cera que cortar y mucho trabajo de investigación que realizar. Dicho así, la comida no tiene apenas bebida. Es costosa de tragar.

5. Incluso más, si esas ideas fueron la expresión “de las condiciones que justamente transforman esa clase en dominante”, las ideas de su dominación, tal situación, la génesis social de su posibilidad, no implicaría inexorablemente que fueran ideas o nociones sin interés, o con interés tan sesgado que las hicieras asignificativas gnoseológicamente, o que generaran siempre proposiciones falsas y argumentos inválidos. “La verdad es la verdad, la diga Agamenón o la diga el porquero”, escribía don Antonio Machado en la obertura de su Juan de Mairena. El porquero, razonablemente, a eso le hemos llamado siempre “instinto o sabiduría inmediata de clase” y es asunto crucial, sospechó de la neutralidad epistémica de la aseveración pero, obviamente, el no-convencimiento no es equivalente a rechazo ni a abono de la tesis contraria.

6. La inexistencia de dudas, de las que habla el paso seleccionado, parece un desliz retórico de los clásicos o un pecadillo de juventud: el viejo Marx recordó en alguna ocasión una de sus lemas preferidos, uno que tiene su fuente en el “empirista” Bacon: es bueno, es conveniente si se prefiere, dudar de todo (que no de todos).

7. Leído literalmente, del paso final del fragmento –“las ideas dominantes son las ideas de las clases dominantes y no tienen ningún poder independiente de esa clase”-, se colegiría que el conocimiento positivo o formal, cuanto menos algunos de sus desarrollos o apartados, no formarían parte de las ideas dominantes, ejercieran o no un papel socialmente dominante. La geometría de Euclides, la “filosofía natural” de Newton, para poner dos ejemplos entre mil, sí tuvieron y siguen teniendo un valor independiente de las coordenadas clasistas y del sistema social esclavista en el que, por ejemplo, se generó la primera, una de las mayores aportaciones teóricas de la historia de la humanidad. En honor del espíritu humano, le gustaba decir al gran matemático francés Jean Alexandre Eugène Dieudonné.

SCS recuerda que la concepción de la ciencia “como superestructrua ideológica, es decir, como ámbito condicionado de manera profunda por la estructura económica de cada momento histórico, será desarrollada de manera prolija por la Escuela de Frankfurt”. Entre autores de esta escuela, SCS cita a Horkheimer y Adorno (Dialéctica de la Ilustración, 1947), Marcuse (El hombre unidimensional [EHU], 1964) o Habermas (Conocimiento e interés, Ciencia y técnica como ideología, 1968). Finaliza el apartado con una cita de Marcuse de EHU, recogida por Jürgen Habermas en el segundo de los libros citados: “[…] el método científico, que conducía a una dominación cada vez más eficiente de la naturaleza, proporcionó después también tanto los conceptos puros como los instrumentos para una dominación cada vez más efectiva del hombre sobre el hombre a través de la dominación de la naturaleza… Hoy la dominación se perpetúa y amplía no sólo por medio de la tecnología, sino como tecnología; y ésta proporciona la gran legitimación a un poder político expansivo que engulle todos los ámbitos de la cultura”.

No hay que menospreciar desde luego el papel cultural que ejerce la tecnología en las sociedades capitalistas. Parte del consenso conseguido la tiene como responsable. Así, el papel de los objetos de tener y consumir como adormideras sociales para quienes pueden tenerlos, abonando pulsiones infantiles compulsivas, social e interesadamente cultivadas, de posesión de objetos; o la vieja canción, repetidas mil veces y falsada novecientas noventa y cinco, de que la tecnología, como Deus ex machina, todo –“todo” es todo- lo puede resolver. La hecatombe nuclear de Fukushima, una vez más, nos enseña la falsedad del slogan y el carácter fáustico de la cosmovisión que le subyace (de lo que se infiere ni debe inferirse ninguna tecnofobia: la bicicleta también es un producto técnico como lo son las sillas de ruedas de nuestros mayores o nuestros ordenadores).

Ahora bien, sostener que el método científico esté ligado forzosamente a la generación de conceptos “puros”, convertidos en instrumentos de una dominación crecientemente efectiva “del hombre sobre el hombre a través de la dominación de la naturaleza”, hace un gran favor a las relaciones sociales de producción capitalistas y a sus principales beneficiados que, mirado el asunto así, se sitúan en la lejanía del escenario principal de la obra. ¿El concepto puro de “cardinalidad transfinita” acelera la dominación del hombre sobre el hombre? ¿El “concepto puro” de quark o de fotón anda por el mismo sendero? ¿La noción de “huella ecológica” toca la misma melodía dominadora? ¿El método científico proporciona, sin más, como si fuera un algoritmo práctico, conceptos puros e instrumentos para la dominación? ¿Qué instrumentos son esos que han sido generados por el método científico? Por lo demás, ¿toda tecnología proporciona “la gran legitimación a un poder político expansivo que engulle todos los ámbitos de la cultura”? La tecnología asociada al movimiento del software libre, por ejemplo, ¿encaja también en esa gran legitimación?

No es el punto pero, en mi opinión, los grandes autores de la escuela de Frankfurt, los que fueron más leídos hace años, sin pretender quitar un ápice de valor a sus desarrollos en numerosos ámbitos, no siempre anduvieron muy finos en asuntos de filosofía de la ciencia. No fue lo suyo. A veces la brocha gorda, sospechas de interés extendidas sin matices y un desconocimiento del campo de análisis fueron características de la escuela o de muchos de sus miembros.

SCS señala también con razón “El número de citas de autores de corte marxista que entienden a la ciencia como instrumento de dominación a merced de las clases dominantes sería interminable”. Si se me permite el sarcasmo: así nos ha ido. La tradición, ciertamente, ha generando –aunque no siempre desde luego- una epistemología y una sociología de la ciencia que exige y exigía a gritos matices documentados o enmiendas a la totalidad. Y lo que es peor. Con tragedias en la cuneta. Baste pensar en Lysenko y en Nikolai Vavilov, quien por cierto llegar a ser miembro del Soviet Supremo de la URSS y ganador del Premio Lenin, o en la prohibición o persecución de la lógica formal durante el estalinismo por partir de postulados o principios opuestos a las grandes leyes de la dialéctica.

Creo que por detrás de algunas consideraciones y críticas de SCS está el viejo y esencial problema de las relaciones entre ciencia y clases sociales. ¿El psicoanálisis es una ciencia o una teoría con ropajes científicos de la burguesía “decadente” vienesa de finales del XIX y principios del XX? ¿La geometría euclidiana tiene el lastre de haber surgido en una sociedad esclavista? ¿La teoría de Darwin ha sufrido el sesgo, y por tanto la condena poliética y epistémica, de haber sido formulada por un individuo de alta clase inglesa y de ser apoyada con entusiasmo por miembros reaccionarios de esa clase y magnates y capitalistas sin escrúpulos de toda ralea y condición y durante largo tiempo? ¿La teoría de la relatividad general es un conocimiento no proletario, antisocialista? ¿Lysenko defendió, con alguna inexactitud marginal, una biología proletaria-comunista consistente con las ideas que dominaban entre las nuevas clases dominantes? ¿Vavilov fue encarcelado justamente por ser un defensor de la genética, una “pseudociencia burguesa”?

No seré capaz de decir, con mis propias y únicas fuerzas, nada nuevo de interés sobre este asunto. Tomaré pie en Sacristán, en materiales inéditos, en la que, finalmente y para no agotar la paciencia del lector, será la última de mis contribuciones. (29)

Epílogo

No estoy en condiciones de decir nada nuevo de interés sobre la ciencia y sus relaciones con las clases sociales. Tomo por ello pie en trabajos de Manuel Sacristán. Básicamente, en un escrito inédito de 15 de enero de 1973 [30] que tiene como asunto básico las relaciones entre ciencia, ideología y clases sociales, y en el que se apuntan reflexiones, en mi opinión, de enorme interés sobre lo que hoy llamaríamos “la ciencia como construcción social” y/o “la construcción social de la ciencia”. Probablemente fuera el esquema de una conferencia o el guión detallado de una contribución a un seminario. Ni que decir tiene que se trata de una interpretación de un texto del autor de “Panfletos y materiales” y que los posibles errores están exclusivamente en mi debe. Los aciertos, por descontado, en el haber de ese inolvidable profesor de Metodología de Ciencias Sociales que tradujo a Adorno, Marcuse, Quine, Schumpeter, Platón, Engels y Marx

Son nueve hipótesis las apuntadas:

La primera: la ciencia en concreto (es decir, matiza Sacristán, “el fenómeno global de una determinada práctica, que es lo que realmente existe”) es, siguiendo la metáfora arquitectónica marxiana, p