La relación especular izquierda/derecha (en vez de clivaje o separación) propone atender su constitución mutua, además de su distinción como partes enfrentadas de una totalidad relativa al campo político (hoy llamada sistema). El arquetipo del espejo trasladado a la escena política (no un estadio psicoanalítico individual), sirve para interrogar sobre el maquillaje de los intereses clasistas implicados.

Que izquierda y derecha no son conceptos ontológicos ni substantivos (un programa político fijo) y en consecuencia esclarecen diversos posicionamientos de la práctica política en relación a la teoría, es lo menos que debe reconocerse a su actualidad en la sociedad capitalista contemporánea; “lo menos” aún desde el punto de vista de una posición liberal progresista y visto el fracaso de la Tercera Vía como alternativa a la hegemonía global de la derecha ultraliberal.

Hace casi dos décadas, después del derrumbe del bloque sovietista en 1989, el destacado constitucionalista italiano Bobbio sugería en un breve ensayo (“Derecha e izquierda”, diario La Stampa, diciembre de 1992; antecedente de su Destra e sinistra. Ragioni e significati di una distinzione política, Roma, Donzelli, 1994), la pertinencia de distinguir políticamente derecha e izquierda, al tiempo que desplazaba la confrontación clasista a la opacidad de la pantalla electoral: “Negar que todavía tenga sentido hablar de derecha e izquierda significa creer, contra toda evidencia, que en la esfera de las relaciones políticas ya no tengan sentido las interpretaciones antagónicas de la realidad y de la acción (o) haya venido a menos la posibilidad de seleccionar una alternativa u otra”.

La actual izquierda marxista ilustrada es más concisa y prospectiva: la relativización de izquierda y derecha que niega la realidad del antagonismo político, es resultado de un temor a la politización en sí misma. (Fredric Jameson, en conferencia de la Kulturwissenschaftliches de Essen, Alemania: “Lenin y el revisionismo”, 2001). En efecto, más allá de las razones liberales que actualizan la dicotomía izquierda/derecha, cabe superar la confusa manera en que se suele representar dicha confrontación y que motiva su equívoco abandono o negación. Para una mayor claridad de los intereses clasistas comprometidos remito al espejo público, pues si bien no se puede esperar objetividad del discurso autorreferencial, es posible reconocer las determinaciones sociales que operan detrás de las polémicas entre izquierda y derecha.

De la socialdemocracia al “centro” populista

Tendencialmente, la realidad social vuelca nuestra consciencia al desmesurado abismo entre ricos y pobres (desposesión masiva de la propiedad hacia su concentración individual) y por tanto a la importancia renovada de la idea igualitaria que fuera impulso del enfrentamiento de la izquierda con la derecha en el pasado, derecha cuyo ideal “no es, como estaríamos tentados a creer –dice Bobbio– la libertad, como se suele afirmar, sino la diversidad (o desigualdad)”.

Por este motivo “pueden llamarse igualitarios quienes, aun sabiendo que los hombres son sea iguales sea diversos, le atribuyen mayor importancia a lo que los une y no a lo que los separa”, alcanzando el carácter de una opción moral. Pensando en la socialdemocracia partidaria en la que militara, Bobbio sugirió desplazar el debate del principio político irrecusablemente democrático de la igualdad, a una oposición menor y subordinada (libertad/ autoridad).

Esta redefinición del campo político en dirección al “centro”, admite que una gran diversidad de tonos de “gris” no anula la oposición entre el “negro” y el “blanco” que estructura el campo político (como bien glosa Corina Yturbe, al reseñar el libro de Bobbio en: “Izquierda y derecha: Una distinción necesaria”, IIFUNAM, 1994). Solo así creía posible Bobbio, “continuar hablando tranquilamente de la derecha y de la izquierda, sin tener que comenzar siempre desde el principio, que es una forma muy conocida y frecuente de entrar en vías tortuosas y sin ruta de escape”.

Ex comunistas en la geopolítica estadunidense

Comenzar “desde el principio” parece no sólo una necesidad lógica sino un imperativo ético, para una izquierda radical que no ha renunciado a la perspectiva histórica de su lucha y que recuerda la experiencia de la democracia cristiana chilena de los 70, que un dirigente de ese país formalizara: “Cuando se gana con la derecha, es la derecha la que gana”.

No es posible aquí describir la experiencia política de la izquierda italiana, pero resulta ilustrativo resumir su debacle frente al populismo de derecha gobernante: el pesado legado del “compromiso histórico” por el que los socialdemócratas italianos fueron asimilados a la política de la democracia cristiana, fue actualizado primero por la izquierda rosa de El Olivo (con Massimo D´Alema, que calificara al socialdemócrata peruano Alan García como “esponente storico della sinistra latinoamericana”) y después por Rifondazione Comunista (Fausto Bertinotti y otros).

Dicha apuesta por el sistema político, comprensible por la vocación burocrática de la socialdemocracia, pero inesperada en el caso de Rifondazione, se debió a concesiones sobre el origen de la violencia política por parte de los grupos de izquierda radical, que terminaron legitimando la presencia militar italiana como parte de la fuerza invasora aliada a la geopolítica estadunidense. ¿Cómo pudo ignorar Bertinotti, que la no deseada violencia desde la izquierda acontece como reacción a la violencia represiva intolerable de la derecha, que es donde se genera? O, en la continuada traducción boliviana que hace el PCB de la situación italiana, ¿cómo avalar la política de intervención “humanitarista” en Haití, para que militares del Estado Plurinacional impunes por la masacre del 2003, ejerciten su inveterada gimnasia de reprimir a la sociedad civil?

Como reconociera Mario Tronti (Rifondazione), se carece de la política adecuada cuando además de no escuchar se calla, y en este sentido pero no en el de asimilar el “socialismo” a la socialdemocracia, es obvio el reproche de oportunismo que hiciera Antonio Negri a los dirigentes de Rifondazione, sólo para “frenar aquellos movimientos que había(n) querido controlar” (cf. Goodbye Mr. Socialism. La crisis de la izquierda y los nuevos movimientos revolucionarios, Barcelona, Paidós, 2007, pp. 51 y 81). El espejo italiano, de Bobbio a los ex comunistas, es un buen reflejo de la incomprensión de la democracia por el espectro de la izquierda internacional que cede a las sirenas rosadas del populismo.

Interés corporativo de la burocracia académica

A su manera, el “proceso de cambio” boliviano, prolonga y renueva las estructuras de dominación de las viejas élites, definiendo que los problemas no se deben a los capitalistas como clase, es decir al sistema de poder de la burguesía intermediaria (una caracterización del socialismo boliviano, que la globalización capitalista dota de nuevas connotaciones), sino a algún elemento de la estructura que no desempeña correctamente su papel (los “malos empresarios”, “malos policías”, etc.). Así razonaba Slavoj Žižek (“Un gesto leninista hoy. Contra la tentación populista”, 2007), añadiendo acertadamente que “para un marxista por el contrario (como para un freudiano), lo patológico (el comportamiento desviado de determinados elementos) es síntoma de lo normal”.

Naturalmente que el populismo académico políticamente correcto, reaccionó calificando al autor de lo anterior como “políticamente irresponsable” (ver respuesta de Ernesto Laclau en su: Debates y combates, Buenos Aires, FCE, 2008) y un ejemplo de “showman que publica muchas cosas malas” (Benjamin Arditi, en FCPyS-UNAM, 12 de mayo del 2010), pero lo evidente es que el espejo latinoamericano refleja los relieves demagógicos de la pequeña burguesía académica: así la impolítica y demostrada complacencia de Žižek con el populismo evista, o su fantasiosa desinformación sobre las favelas brasileñas (Laclau, op. cit.); no hizo menos Negri en Bolivia, habiendo censurado anteriormente a Žižek por “convertirse al trotskismo”, o atribuyendo histriónicamente la violencia política argentina de factura francesa al escritor Jorge Luis Borges: “Los liberales radicales argentinos, Borges y todos los demás, ocultaron operaciones represivas dignas de Pol-Pot (…) Esos intelectuales hipócritas y traidores, encubrieron las adopciones de los niños, hijos de los militantes comunistas. Basta… Es extraña Argentina (con) esas explosiones de loca crueldad” (op. cit., pp. 42 y 134).

Entre pares académicos en México, que lo figuran peruano o argentino, el paraguayo Benjamin Arditi va más lejos por la senda del populismo utópico: estimando que “nadie en su sano juicio” protesta con riesgo de su vida, lo que habría sucedido durante las dictaduras militares en el Cono Sur de los 70 fue que quienes lo hacían, se constituían en “ciudadanos de facto en el sentido que por la lucha por su ciudadanía todos actuaban como si se sintieran plenamente ciudadanos. Y la gente era curiosamente feliz, pobre pero feliz. Era algo extraordinario”. Dejando de lado lo desafortunado de dicha especulación, cabe advertir como índice del discurso populista, el reemplazo del sujeto político por un significante vacío (“la gente”), un público (no un universal) que sirve a la indiferenciación clasista.

Dicha imagen del intelectual de izquierda en el espejo que esconde intereses burocráticos íntimos, puede ser multiplicada por el ciudadano común, expuesto a simulaciones peores en los medios de información masiva.

El fracaso socialdemócrata como pedagogía

Es un factum que la lucha por intereses de clase, tiende a abandonar el velo en el que la ultraderecha liberal y sus intelectuales populistas la confinaron con más oportunismo que realismo; que despunta de modo congruente con la exacerbada desigualdad social, quedando claro que la ideología “multicultural” (no plural) del capitalismo, en plena era del dominio global del mercado, se debilita en su censura a toda referencia a la lucha de clases.

Precisamente debido al silenciamiento público nada democrático de las críticas de la izquierda radical (a esa izquierda socialdemócrata que el zapatismo mexicano denomina “la izquierda de la derecha” y a la que hace eco la burocrática academia latinoamericana, véase por ej. la consistente crítica de Beatriz Stolowics al “posneoliberalismo” defendido por el director de CLACSO, Emir Sader), el potencial pedagógico de la izquierda radical respecto a la movilización obrera y popular, abreva en la duración del fracaso en la gestión y en la imposible reconstrucción del dependiente capitalismo de Estado en Bolivia.

Diez años atrás, Jameson había sugerido permitir la defensa del desmontado Estado de bienestar por la socialdemocracia, “no porque semejante defensa tenga alguna esperanza de triunfar, sino porque al contrario precisamente desde la perspectiva marxiana está condenada al fracaso (constituyendo) la lección básica, la pedagogía fundamental de una genuina izquierda. Y me apresuro en decir que la socialdemocracia ya ha fracasado en todo el mundo; algo que uno puede presenciar dramática y paradójicamente en los países del Este” (op. cit.).

Cabe inferir que, presumiéndose desahuciado para un tercer periodo de gobierno, el titular del evismo intensificará su invertebrado giro conservador, por lo que, desde una perspectiva de izquierda radical, cualquier “reconducción del proceso de cambio” en Bolivia significa la ampliación de un eufemismo que renuncia a llamar las cosas por su nombre, la incomprensión de la lección de diciembre del 2010 y una continuada involución respecto a la lucha insurreccional histórica de octubre del 2003, anticipando por todo lo dicho, un fracaso semejante al proyecto de “desarrollo capitalista alternativo” del MAS, por limitar sus objetivos políticos a la oportunidad electoral que abre el deteriorado populismo evista.

* Profesor universitario de Ciencia Política y Administración, reside en México (hugorodasmorales@gmail.com). Fuente: Nueva Crónica N. 87, http://www.institutoprisma.org/joomla/images/NC/nueva%20cronica%2087.pdf