Durante las últimas décadas la población mundial creció a pasos agigantados, se estima que a mediados de este año llegue a 7,000 millones de habitantes. Este incremento importante impacta en la economía, ocasionando un aumento en la demanda de alimentos, empero la producción crece lentamente y, en consecuencia, se produce un desequilibrio entre la demanda y oferta.

Por otra parte hay factores que profundizan el problema, como por ejemplo, el aumento en el precio de los energéticos, el cambio climático, la cada vez mayor demanda alimentaria por parte de China e India, el desarrollo de biocombustibles que desplazan parte de la producción de alimentos hacia este sector. Todos estos eventos derivan en un aumento en el nivel de precios de los alimentos.

En Bolivia la población igualmente creció, con la particularidad que la población rural disminuyo de 65 por ciento a solo 35 por ciento convirtiendo al país en eminentemente urbano. Los datos de pobreza señalan que alrededor del 70 por ciento de la población es pobre.

Mientras más pobre es un hogar, mayor es su proporción de gasto en alimentos. Los gastos en alimentación de los hogares con menor ingreso representan el 50 por ciento de sus gastos totales, seguidos de los gastos de vivienda y servicios para el hogar. Por el contrario, los hogares con mayores ingresos destinan el mayor porcentaje de sus ingresos a gastos en vivienda y servicios para el hogar, y los gastos en alimentación sólo representan alrededor del 25 por ciento del total de sus gastos. Mostrando de esta manera que en los hogares más pobres el gasto en alimentación representa el doble respecto al de los hogares con mayores ingresos.

Seguridad Alimentaria

De acuerdo a la conocida definición de la FAO, “Existe seguridad alimentaria cuando existe la disponibilidad de alimentos inocuos y acordes a las preferencias culturales y acceso a ellos, por toda la gente, durante todo el tiempo. Sus elementos esenciales son la disponibilidad de los alimentos y la capacidad de adquirirlos”.

La seguridad alimentaria supone cinco dimensiones interrelacionadas: La disponibilidad se refiere a la existencia de cantidades adecuadas y suficientes de alimentos de calidad, suministrados a través de la producción del país o de importaciones (incluyendo la ayuda alimentaria). La estabilidad es un requisito de continuidad: los suministros deberían ser estables a lo largo del tiempo a fin de que no se presenten escaseces episódicas.

El acceso debe ser tanto físico como principalmente económico (las personas deben tener los medios necesarios para conseguir los alimentos, ya sea por producción propia o por compra en el mercado). Además, los alimentos deben ser inocuos, es decir, no presentar ningún riesgo a la salud humana por descomposición, presencia de sustancias tóxicas o agentes patógenos.

Por último, la población debe poder hacer un buen aprovechamiento o uso de los alimentos, lo cual requiere que se encuentre en estado de salud apropiado, y no debilitada por enfermedades que impiden la absorción de nutrientes de los alimentos, principalmente las relacionadas con el aparato digestivo.

Limitaciones en una o más de las anteriores cinco dimensiones pueden generar inseguridad alimentaria, por lo que se puede hablar de inseguridad por escasa disponibilidad, por escaso acceso, por inestabilidad, por no inocuidad y por incapacidad de uso.

Desde el punto de vista temporal se ha diferenciado tres tipos básicos de inseguridad alimentaria: La inseguridad crónica corresponde a una dieta inadecuada continua causada por una persistente incapacidad de obtener alimento y suele reflejarse en un estado nutricional masivo deficiente. La inseguridad temporal es un estado delimitado en el tiempo, generalmente de menor duración, dañino, pero que no causa efectos nutricionales masivos irrecuperables. Se presenta cuando existen shocks económicos, climatológicos y desastres naturales que disminuyen la disponibilidad de alimentos o el acceso a éstos. La inseguridad estacional se presenta cuando existen desajustes en la dieta por razones estacionales. La presencia de peces en ciertas épocas del año y su ausencia en otros es el mejor ejemplo al respecto.

¿Mejoramos o empeoramos?

Hay quienes plantean que la seguridad alimentaria en el país ha mejorado en los últimos años. Basan su argumento en lo siguiente: el PIB real per cápita ha crecido en los últimos años. Por consiguiente la gente tiene más dinero en sus manos para comprar una mayor cantidad de alimentos. La disponibilidad de varios alimentos –excepto el maíz- ha aumentado, como resultado de una lenta mejora en la productividad y las importaciones, impulsadas por un tipo de cambio cada vez más apreciado. Entonces, la seguridad alimentaria se ha elevado.

En el otro extremo, hay quienes plantean lo contrario: los ingresos reales –especialmente los de los más pobres- están cayendo, porque las cifras oficiales esconden la inflación verdadera; ahora hay más familias que no pueden comprar todos los alimentos que necesitan; las medidas tomadas por el gobierno para controlar el alza de precios han desincentivado a los productores, provocando una caída en la superficie cultivada (principalmente del maíz) y han desordenado los circuitos de comercialización. Entonces, la seguridad alimentaria se ha deteriorado.

Sin duda hay elementos de razón en ambos argumentos, pero es muy probable que lo siguiente sea mucho más preciso:

Si se mira al país en una trayectoria de largo plazo, por ejemplo los últimos treinta años, se constata claramente que hay un lento progreso en la situación alimentaria. Hoy Bolivia produce alimentos que antes importaba (principalmente grasas líquidas y lácteos). El único grupo del que Bolivia realmente depende son el trigo y la harina de trigo. Los indicadores de la seguridad alimentaria han mejorado. Hay más producción, más consumo y los niveles nutricionales de la población también han mejorado.

Pero el crecimiento de la población se está acelerando. El progreso tecnológico de Bolivia es muy lento en relación al de los países vecinos e insuficiente como para ponerse a la par del crecimiento de la población. El lento mejoramiento en la situación alimentaria puede ser revertido por shocks externos de precios, pues el país realiza importaciones crecientes de alimentos.

Éstas, alentadas por un tipo de cambio apreciado, introducen alimentos baratos al país (permitiendo que los sectores medios puedan comprarlos), pero debilita la capacidad productiva doméstica en el largo plazo, aspecto que no es deseable. Si bien el PIB per cápita real ha crecido es fundamentalmente debido a los precios altos de las materias primas (efecto precio); empero, una gran parte de la población es aún pobre.

Para los que están en los quintiles más bajos, los alimentos representan la parte más significativa de sus gastos. A medida que la población se urbaniza, hay menos familias que producen sus propios alimentos y más familias que tienen que comprarlos.

Para éstas, las alzas de precios de alimentos equivalen a una reducción drástica en sus ingresos, y tienen que desplazar su consumo hacia alimentos menos nutritivos y simplemente mayores en volumen. Las medidas tomadas por el gobierno estuvieron dirigidas a aumentar la disponibilidad física de alimentos y evitar más alzas de precios, incluyendo un intento inicial de fijar precios administrativos.

Las tres preguntas inmediatas que debemos hacer son si estas políticas fueron efectivas para aumentar la disponibilidad y frenar el alza de precios, si los beneficios que generaron excedieron a los costos y si las ganancias de los ganadores fueron suficientes como para compensar a los perdedores. La experiencia muestra claramente que las medidas del gobierno fueron efectivas en aumentar la disponibilidad física, que lograron moderar los incrementos de los precios, pero que implicaron un costo alto en los gastos y ocasionaron pérdidas a productores locales y vendedores de alimentos.

En este sentido, quizá deba interesar menos el volumen de alimentos internados y consumidos y su precio, que la creación de empleos e ingresos, pues son estos factores los que pueden resolver la difícil cuestión del acceso a los alimentos en el mediano y largo plazo. El costo de oportunidad de un tipo de cambio apreciado y una consecuente apertura a la importación irrestricta de alimentos es el número de empleos y los ingresos que se pierden en el país, y se crean en otros.

* Informe nacional de coyuntura N. 104.