En los años iniciales del nuevo milenio se presenta un nuevo movimiento en muchas partes del mundo, una resistencia masiva contra la globalización neoliberal. Nuevas formas y constelaciones dicen lo mismo que muchos de los viejos ya dejaron de decir, y se resisten a la transformación de la tierra, del agua, de la fuerza humana laboral, de toda la vida humana en mercancía. Advierten que la política tiene que ser movilización, organización y participación.

La expansión brutal del capital lleva a que casi todo intento de detenerla conduzca a un enfrentamiento directo y, además, con el capital internacional. Por eso también se ha hecho más evidente que la línea divisoria entre la izquierda revolucionaria y la reformista no tiene validez.

El reformismo tiene que ser revolucionario, y viceversa. Las reformas tienen que fortalecer al pueblo y socavar las bases del sistema capitalista para lograr la meta de construir una sociedad nueva, solidaria, igualitaria, en armonía con la naturaleza. Por lo cual, en la época de la globalización, los movimientos y los partidos de base social, más que nunca, tienen que ser internacionalistas.

El siglo XX vio el fracaso de dos proyectos anticapitalistas en Europa, el socialismo revolucionario y el socialismo reformista. Con todas las diferencias tanto de circunstancias internas como externas, prácticas como teóricas, tenían una clave común: la falta de democracia real, participativa y laboral. En el vocabulario predominante suele decirse de otra forma: que se diferenciaban justamente en que uno fue antidemocrático y el otro democrático. Y en términos de democracia liberal es correcto.

Pero sin subestimar el valor universal de los derechos y libertades ciudadanas inscritas en la democracia liberal, hay que ver sus limitaciones. Iguales derechos civiles y libertades formales para todos es la cara positiva de la democracia liberal. La falta de oportunidades reales de ejercerlos y el limitado campo de acción, excluyendo el poder sobre la producción, es la cara negativa, inherente al sistema capitalista para el cual está diseñada, definida como procedimiento, no como esencia o resultado. La democracia como poder del pueblo con participación popular e igualdad de oportunidades, abarcando toda la sociedad, es incompatible con la lógica del capitalismo.

El reformismo socialista sueco también se basó sobre este análisis de la democracia liberal y se propuso la construcción de la democracia socialista en tres pasos:

– La democracia política primero (el derecho al voto, el parlamentarismo).

– La democracia social después (el derecho a una vida decente, el empleo, la seguridad social, la educación, la salud y la cultura).

– La democracia económica al final (el poder popular sobre los medios productivos).

La sociedad de bienestar

La sociedad de bienestar y la economía keynesiana fue la política común de la mayor parte de los países de Europa occidental después de la segunda guerra mundial, independientemente de si los partidos en el gobierno fueran de derecha o de izquierda. Lo que destaca a Suecia es que con un partido socialdemócrata en el gobierno durante casi 80 años alcanzó el desarrollo más avanzado.

A pesar de esto Suecia hoy es cada día más una sociedad como cualquier otra, todavía rica pero con crecientes desigualdades, y también miembro de la Unión Europea imperialista. El apoyo al partido socialdemócrata registra los niveles más bajos desde la primera guerra mundial.

El partido obrero socialdemócrata

El partido obrero socialdemócrata sueco se fundó en 1889 creado por las organizaciones sindicales, como instrumento para cambiar la sociedad. En 1917, medio año antes de la revolución bolchevique, la mayoría reformista expulsó a la minoría más radical fundadora del partido que llegó a ser el partido comunista sueco, hoy partido de izquierda.

La socialdemocracia hasta la fecha ha tenido su respaldo fundamentalmente en la clase obrera industrial y en el personal no calificado del sector público, las mujeres.

En el programa del partido existía una concepción marxista y la meta de crear una sociedad sin clases, con el poder sobre los medios de producción en manos del pueblo. Es hace solamente un par de años, en la última revisión del programa, que se abandonó esta meta.

El partido comunista históricamente ha tenido un peso bastante limitado en el parlamento, sólo del orden del 5%, aunque algunas veces ha llegado al 10%. Hasta las elecciones en 1998, en que el partido socialdemócrata perdió alrededor del 4 ó 5% en relación con el entonces partido de izquierda, que creció 12%, fue básicamente ignorado por el partido socialdemócrata. Sólo a partir de entonces la socialdemocracia necesitaba de la izquierda para gobernar.

El modelo sueco y la democracia social

Una característica de la sociedad sueca es que la clase capitalista financiera e industrial está fuertemente centralizada y muy bien organizada. Principalmente a través de su organización patronal llamada SAF -similar a Fedecámaras en Venezuela- ha jugado un papel político más importante que el de los partidos burgueses.

En Suecia está muy bien organizado también el movimiento sindical. Sigue siendo único en nivel internacional con más de 80% de afiliación y la dirección de la Central Obrera siempre ha ocupado lugares destacados en el partido socialdemócrata. El secretario general de la Central Obrera, como norma, ha sido diputado y miembro del ejecutivo de este partido.

Fue en los años 30 que el movimiento sindical y la patronal hallaron las formas de colaboración, típicas del modelo sueco. Los acuerdos firmados en ese momento simbolizan toda una época de colaboración, determinada por la ambición compartida entre los dirigentes sindicales y los patronos, en resolver los problemas por medio de negociaciones y contratos.

Durante más de 30 años los resultados fueron favorables para las dos partes. También les favoreció que Suecia después de la segunda guerra mundial, desde una posición privilegiada, podía cabalgar sobre una larga ola de bonanza económica internacional hasta finales de los años ‘60.

Así el capital permitió la creación de la sociedad de bienestar, entendiendo las ventajas de una clase obrera bien educada y saludable, mientras que el gobierno no amenazara el derecho dictatorial de los empresarios sobre la producción. Había una hegemonía política que favorecía al mundo obrero, pero que también enriquecía a las corporaciones suecas, las que pudieron convertirse en transnacionales y participar de la explotación del tercer mundo.

Otra rasgo del modelo sueco es la política de bienestar generalizada, de todos los ciudadanos, financiada a través de impuestos de manera que todo el mundo contribuye, en cierta medida según su posibilidad, con impuestos progresivos. El Estado y los municipios organizan y administran las estructuras de la seguridad social. Lo mismo ocurre con la educación y la salud, el seguro sobre enfermedad, el sistema de pensiones, la licencia de maternidad, los círculos infantiles, etcétera.

El tercer aspecto típico son las alianzas entre el partido socialdemócrata, los movimientos sociales y el capital nacional. En los años 50 se estableció la norma de invitar a sectores importantes de la sociedad a resolver problemas a través de deliberaciones informales. Era una manera corporativista en la que participaban la patronal, los sindicatos, las organizaciones de los campesinos y el movimiento cooperativista, entre otros.

El movimiento obrero poco a poco fue dominado y convertido en instrumento leal al partido socialdemócrata. La democracia económica amenazaba al poder capitalista -y esto constituyó el inicio del desmontaje del modelo.

En la década de los 60 el modelo fue desafiado desde la izquierda a raíz de la radicalización de la juventud -despertada por la guerra contra Vietnam- y de los obreros. Educados dentro de una ideología de igualdad y solidaridad ya no aceptaban formas autoritarias y tampoco que la democracia se quedara fuera de las puertas de los centros laborales y educativos.

En términos de la democracia de las tres etapas quedaba por resolverse la democracia económica. Un hecho decisivo fue la exigencia del movimiento sindical, primero de cooptación en los centros laborales, y después de la construcción de fondos de asalariados en los que los sindicatos iban a tener participación de las ganancias y en su calidad de copropietarios ejercer cierto poder sobre las empresas. Esto significaba una ruptura con el consenso que había reinado entre sindicato y patronal desde décadas.

Los dueños del capital se dieron cuenta. Se asustaron y fueron capaces de movilizar masivamente por las calles a los pequeños empresarios. La dirección socialdemócrata se plegó y nunca más se atrevió a poner en duda la propiedad privada sobre el capital accionista. Después no hubo tampoco resistencia cuando se impuso la globalización neoliberal.

Este cambio de hegemonía ideológica expresa un cambio en el balance de poder entre capital y trabajo, y una ofensiva fuerte por parte de la patronal nacional. Esta actuó en el marco de una ofensiva internacional para poder expandir el capital en terrenos antes cerrados, como los países del este de Europa y los sectores públicos del oeste, tanto de Europa como de algunos países del tercer mundo donde aún pervivían conquistas de posguerra.

Los medios masivos y la democracia liberal

El movimiento obrero había creado sus propios periódicos y revistas; después de la segunda guerra mundial tenía un matutino y un vespertino nacional, y un diario por lo menos en todas ciudades provinciales. Pero no podían financiarse a base de venta de anuncios como la prensa liberal.

El partido socialdemócrata, o más bien la Central Obrera, que era la parte rica de la pareja, tuvo que cubrir el déficit, y lo hizo durante un tiempo, consciente de la importancia de tener una voz propia en la formación de la opinión pública, y para el fortalecimiento de la autoconfianza de la clase obrera como sujeto para sí.

Pero la competencia asimétrica con los medios con financiación basada sobre anuncios, poco a poco fue estrangulando aquellos diarios opositores a la política de los anunciantes.

Como el periódico socialdemócrata provincial o municipal casi nunca era el de mayor circulación, en nombre de la libertad de expresión el parlamento dictó una ley de subsidio al periódico de menor circulación para así liberar el movimiento obrero de ese peso financiero. A pesar de esto no pudieron resistir la avalancha del neoliberalismo y, en las décadas de los 80 y 90 se cerraron o se fusionaron casi todos los periódicos socialdemócratas. Por lo que resulta que hoy, cuando casi el 90% de la prensa es burguesa, la mayor parte de los subsidios estatales para el pluralismo de expresión terminan en los bolsillos de las familias o de las corporaciones privadas mediáticas. Un ejemplo tan válido como cualquier otro de la dificultad de “domesticar” las fuerzas comerciales.

A la dominación liberal casi total en la prensa escrita siguió la misma tendencia en los dos canales de televisión estatales, en competencia con tres nacionales comerciales y con un sin número de canales internacionales. Lo mismo pasa en la radio.

Pero a pesar de que tenemos básicamente una sola voz pública, proclamando que el único camino es el neoliberal, la mayoría de los suecos se resisten a aceptarlo. Las encuestas de opinión pública muestran que un 60 a 70% quiere mantener la seguridad social, la educación, la salud como bienes comunes financiados solidariamente.

Es por eso que la burguesía necesita tanto del coro de los medios masivos para tratar de convencer a la gente de votar contra sus propios intereses, o como dice Chomsky, “fabricar el consenso en favor de los intereses de las grandes corporaciones”.

La separación entre dirección y movimiento

Cuando llegó la ola neoliberal, el sindicato más fuerte del mundo capitalista debería haber podido pararla. Pero fue al revés, las protestas grandes se dieron en Alemania y en Francia, y no en Suecia. La lealtad con el partido socialdemócrata contribuyó a silenciar la crítica dentro tanto del sindicato como fuera.

El partido socialdemócrata con 75 años en el poder tampoco se resistió, a pesar de la obvia voluntad popular. Ya se había independizado de sus miembros. Los partidos en el parlamento se habían concedido financiamiento estatal por lo que no necesitaban ya la contribución de los miembros.

Durante la década de los 90 los partidos perdieron 30.000 miembros por año. Si esta tendencia continúa se quedarán sin miembros hacia el año 2012/2013. Más del 65% de la población considera que los partidos no cumplen con sus tareas fundamentales. Parece que hay cifras semejantes en América latina.

La cúpula de la socialdemocracia sueca se dejó captar por los cantos de sirena del New Labour, de Tony Blair, su “tercera vía” y la “renovación de la socialdemocracia” que, entre otras cosas, proclamaba que después de la caída del muro de Berlín había que aceptar el capitalismo y la democracia liberal parlamentaria y su globalización, como fin del mundo.

El subcomandante Marcos fue quien más crudamente indicó que la socialdemocracia de la tercera vía es un peligro mortal para la izquierda y que puede funcionar como una palanca para el neofascismo.

En Austria un partido de extrema derecha desplazó a la social y kristdemocracia, canalizando la frustración del pueblo ante la política de consenso neoliberal.

En Italia la alianza oliva (centro-izquierda) se vio derrocada por Berlusconi. (Este trabajo es anterior a la realización de las últimas elecciones italianas). En Dinamarca ganó la derecha liberal en alianza con un partido xenófobo. Y en Suecia el partido liberal se hizo vocero de tendencias semejantes.

La Unión Europea: un proyecto neoliberal, antidemocrático

Solamente con mucho dinero y fuertes amenazas la cúpula socialdemócrata junto con todos los partidos burgueses logró un flaco 51% en favor de la entrada de Suecia en la UE en 1994. En el referendo de 2002 sobre la entrada en la Unión Económica y Monetaria perdieron a pesar de una asimetría brutal en el financiamiento de las campañas y en el acceso a los medios masivos. Ya el resultado de la política neoliberal se estaba notando en todos los campos, con costos más altos y servicios peores.

Y ahora que se trata de aceptar o no la nueva constitución de la UE los partidos burgueses y la socialdemocracia están decididos a no permitir un referendo que muy acertadamente temen perder.

Suecia es una democracia liberal. La UE ni siquiera cumple con estos requisitos. Conducidos por una socialdemocracia que ha perdido su alma y su brújula estamos en peligro de perder lo que hasta ahora llamábamos democracia, la soberanía nacional y la constitución.

El modelo sueco se construyó como alternativa reformista frente a la URSS. Resulta que, con el desplome del modelo soviético, se aceleró también el fin de la alternativa.

El pueblo ha dicho basta y se ha echado a andar, otra vez

Más o menos al mismo tiempo, en los años iniciales del nuevo milenio, se presenta un nuevo movimiento en muchas partes del mundo, una resistencia masiva contra la globalización neoliberal.

Nuevas formas y constelaciones dicen lo mismo que muchos de los viejos ya dejaron de decir, y se resisten a la transformación de la tierra, del agua, de la fuerza humana laboral, de toda la vida humana en mercancía. Advierten que la política tiene que ser movilización, organización y participación. La expansión brutal del capital lleva a que casi todo intento de detenerla conduzca a una confrontación directa y, además, con el capital internacional. Por eso también se ha hecho más evidente que la línea divisora entre la izquierda revolucionaria y la reformista no tiene validez.

El reformismo tiene que ser revolucionario, y viceversa. Las reformas tienen que fortalecer al pueblo y socavar las bases del sistema capitalista para lograr la meta de construir una sociedad nueva, solidaria, igualitaria, en armonía con la naturaleza. Por lo cual, en la época de la globalización, los movimientos y los partidos de base social, más que nunca, tienen que ser internacionalistas.

Bibliografía

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Giddens A. (1998), La tercera vía. Sobre la renovación de la socialdemocracia.

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Lagerlöff K.E. (1999), Las amenazas contra la democracia en Suecia.

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Sassoon.D. (1997), Cien años de socialismo.

Östberg K. (1999), La democracia política y el desarrollo de la sociedad de bienestar.

* Foro Internacional de Izquierda, Suecia. Trabajo presentado en la IV Conferencia Internacional “La obra de Carlos Marx y los desafíos del siglo XXI”, La Habana, 5 al 8 de mayo de 2006. Fuente: Realidad económica 228, 16 de mayo/30 de junio de 2007. http://www.iade.org.ar/uploads/c87bbfe5-abe6-59f3.pdf