Es bueno conocer lo que es de otros, para conocernos mejor a nosotros mismos. Nada ayuda tanto como mirar lejos, para verse mejor. América Latina y África han cruzado nos pocas veces sus caminos, y si bien permanecen todavía separados por procesos políticos y sociales más distantes que la propia distancia física, conviene mirarse por encima de los océanos, para establecer balances y comparaciones.

Es lo que hacen precisamente desde España dos investigadores de la comunicación, Juan Carlos Sendín y Antoni Castel -el primero profesor en la Universidad Rey Juan Carlos y el segundo en la Universidad Autónoma de Barcelona- en un pequeño libro co-editado por ambos, “Esfera pública africana, medios para las democracias” (2010).

África tiene desde la década de 1960 una historia propia de medios de difusión, antes controlados por las potencias coloniales. A medida que las naciones africanas fueron accediendo a sus independencias, se crearon mecanismos de información del Estado, lamentablemente usados durante las primeras décadas con criterios centralistas y autoritarios: los líderes de los movimientos de independencia se convirtieron pronto en gobernantes cuyo poder no debía ser contestado.

Muchos de estos dirigentes eran periodistas y fundaron diarios que reflejaban las orientaciones de sus gobiernos y del partido único. Algunos progresistas, como Tomás Sankara de Burkina Faso, se ocuparon de instalar radios locales y dejarlas en manos de la comunidad. La veleidades democráticas le costaron a Sankara no solamente el poder sino la propia vida a Sankara, asesinado y remplazado por su hermano de armas, Blaise Campaore, aferrado al poder desde 1987.

Esta perspectiva histórica es analizada por Sendín en el primer capítulo de la obra, que ofrece al lector un contexto para anclar la reflexión.La apertura democrática que se dio en una segunda etapa, y solamente en algunos países, permitió la emergencia de medios privados y medios llamados comunitarios, aunque en realidad en su mayoría no lo son, pues no existe una legislación específica que los reconozca como tales, salvo en países como Sudáfrica, y algún otro. La mayor parte de las llamadas radios comunitarias de África corresponde en realidad a un modelo de radio local privada, que puede o no servir intereses comunitarios.

Si bien en muchos casos la radio FM local contribuyó a la democratización del paisaje mediático porque impulsó la programación en lengua local y la producción de programas con pertinencia cultural, en muchos otros casos se trata más bien de emisoras que se dedican a “engordar” las licencias de transmisión para poder negociarlas a mejor precio en el futuro.

Además de aquellas aberraciones grotescas como Radio Mille Collines en Ruanda -también mencionada por Sendín- que tuvo una cuota alta de responsabilidad en el genocidio de tutsis y hutus moderados. Esta emisora era un proyecto alentado (desde la electricidad hasta los contenidos) desde el propio palacio de gobierno del general Habyarimana. La respuesta a la conocida “radio del odio” fue en su momento Radio Kwizera (Radio Paz) -sobre la que escribí un capítulo en mi libro “Haciendo olas: experiencias de comunicación participativa para el cambio social”- una emisora que promovía la paz y la reconciliación desde un campo de refugiados hutus y tutsis en el triángulo fronterizo entre Tanzania, Ruanda y Burundi.

En África todavía subsisten en paralelo sistemas mediáticos centralistas y represivos, y otros que se han abierto a espacios de pluralidad, aunque dominados estos espacios por intereses privados comerciales, a su vez ligados a intereses políticos. La prensa escrita fue la primera en acceder a la independencia, o al menos a otra dependencia, la de los intereses privados. Es un error pensar que los medios privados comerciales tienen solamente intereses económicos, también acumulan una masa crítica en función de otros proyectos políticos.

En su capítulo sobre la comunicación para el cambio social en África, Antoni Castel introduce una perspectiva diferente, menos anclada en los medios y más abierta a la comunicación para el desarrollo, a aquella que promueve la participación colectiva en la toma de decisiones y en última instancia la apropiación de los procesos de cambio social. Sin pelear por una etiqueta específica, Castel se sirve de la denominación comunicación para el cambio social en un sentido amplio y abarcador, aunque sí establece con claridad que no se trata de hablar de medios de difusión de información, como de procesos culturales, porque la comunicación no pasa necesariamente por los medios.

Castel ofrece una visión crítica del “empoderamiento” instigado desde afuera como “proyecto” e iniciativa vertical de alguna ONG o de algún donante occidental que usa esa palabra como “talismán”. Se refiere al conflicto que puede existir entre los procesos de democratización de la comunicación y el poder de las autoridades tradicionales en las comunidades africanas, algo que he visto en mi experiencia de trabajo en Nigeria, Mozambique y Burkina Faso.

El breve capítulo de Castel tiene, en otras virtudes, la de devolver al Estado su responsabilidad en el desarrollo, apartándose del pensamiento privatizador de los medios, que tanto daño hizo en América Latina. Sin mencionarlo, el informe MacBride está presente en estas reflexiones.

Castel revela una mejor comprensión de la cultura africana, posición inversamente proporcional a la arrogancia de muchos investigadores occidentales que descartan en bloque todas las tradiciones. La escuela “modernizadora” de Lerner sigue pesando a pesar de las múltiples revisiones críticas de que ha sido objeto.

Bella Mody contribuye con un texto en el que destaca acertadamente el proyecto hegemónico de Estados Unidos en África, a través de fundaciones y ONGs digitadas desde el Departamento de Estado o desde la cooperación para el desarrollo (USAID) -como la Fundación Nacional para la Democracia- para debilitar unos gobiernos o apuntalar a otros, según corresponda a los intereses de la potencia mundial.

Las sospechas sobre las “intervenciones humanitarias” de Estados Unidos son hoy tan claras como ayer, si vemos el caso de Libia, o si analizamos lo que sucede en Darfour, como hace Bella Mody. La cobertura informativa de prensa sobre el conflicto es, según Mody, un ejemplo “de refracción” de los diferentes puntos de vista de medios masivos de África, Asia, Europa y Estados Unidos, y reflejo en cada caso de los intereses políticos y económicos de esas regiones.

Mody menciona los cambios sufridos por aquel periodismo de origen angloamericano que nació como un elemento de vigilancia ciudadana y que terminó transformándose en portavoz del poder, que dicta a los ciudadanos lo que deben pensar (agenda-setting). Los diferentes puntos de vista informativos y sus diferencias notables echan por tierra cualquier resquicio que pudiera quedar de “objetividad” en el trabajo informativo.

En su análisis sobre Ghana, Sudáfrica y Kenia, Jenkeri Zakari Okwori resalta dos de los países africanos que han destacado por su medios de información plurales, porque así lo establecen sus leyes y normas, y en cambio pone en evidencia al tercero, cuya legislación abre las puertas a la censura y a la persecución de periodistas, con el argumento manido de la “seguridad nacional”. En Sudáfrica y Ghana el crecimiento cualitativo y cuantitativo de la radio, la televisión y la prensa en años recientes ofrece no solamente pluralidad, sino interculturalidad, es decir, diálogo desde las diferencias. El impulso a las radios comunitarias en Ghana y en Sudáfrica es una garantía del proceso de construcción democrática en esos dos países.

Como contraste, el testimonio del periodista David Tam-Baryoh sobre su país, Sierra Leona, es un análisis de un “estado frágil” cuya pobreza lo coloca en el puesto 180 (de 182) del Índice de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas. Aunque devastada por diez años de guerra, en esta nación prevaleció la voluntad democrática, y con bastante apoyo de países occidentales se tradujo en medios plurales orientados hacia la reconciliación y la paz. Aunque el testimonio se ocupa del contexto general y no específicamente sobre la comunicación, ofrece algunos apuntes sobre los escasos recursos humanos formados para atender las necesidades de información en el país. Eso, según el autor, se tradujo durante la guerra en medios supeditados al poder político, sujetos a la censura y a la autocensura, una situación aberrante en la que escribir en favor de la paz “no sólo era interpretado como un signo de cobardía, sino que podía hacer que un periodista fuera considerado sospechoso y tildado de saboteador”.

En Costa de Marfil, como en la mayoría de los países africanos, los medios del Estado sirvieron los intereses de los gobiernos y del partido único entronizado en el poder con pretexto de mantener “la unidad nacional”. Un nuevo marco legal desde el año 2004 vino a ratificar la evolución hacia el pluralismo, iniciada en la década de 1990. Sin embargo la legislación cubre los aspectos de la profesión de periodista y la libertad de información, no así el derecho a la comunicación de los ciudadanos. El autor considera que la falta de profesionalismo e incluso de ética en los periodistas marfileños se debe a tres factores: “la falta de medios financieros, de formación y de control”. Podríamos discrepar con esa aseveración poniendo como ejemplo las radios comunitarias en varias regiones del mundo, que no por carecer de recursos y de formación son menos profesionales y sobre todo menos apegadas a un comportamiento ético.

Se queda uno con un sabor a poco cuando termina de leer el libro, pero también con la impresión de que las contribuciones son dispersas, de que su estructura no corresponde a un plan y de que el objeto de estudio en cada capítulo no es el mismo. Con excepción del texto de Castel, que tiene la virtud de ocuparse la dimensión comunicativa y cultural, un aspecto poco explorado de la realidad africana, los demás se concentran más en los medios de difusión que en los procesos de comunicación. La perversa homologación de la comunicación a la información hace que por lo general las investigaciones se reduzcan a los medios, y pasen a un segundo plano los estudios culturales.

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Sendín, José Carlos y Antoni Castel, eds. (2010) “Esfera pública africana, medios para las democracias”. Madrid: Los Libros de la Catarata.