(CUBARTE).- La literatura sociopolítica, artística e historiográfica es prolífera en el uso de términos y conceptos relativos a las clases sociales. Sin embargo, los estudios sobre tan neurálgico asunto son escasos pese a su trascendencia en el conocimiento de una sociedad contemporánea o histórica determinada. Para el caso concreto de Cuba, las propuestas de María del Carmen Barcia, Gloria García, Ramiro Guerra, Julio Le Riverend, Raúl Cepero Bonilla, Blas Roca y Jorge Ibarra Cuesta, entre otros, deben ser profundizadas por nuevas empresas epistemológicas. Para ello existe un valioso caudal de fuentes, técnicas, métodos y teorías, aunque aún resulten insuficientes los recursos tecnológicos disponibles para el procesamiento informativo y la comunicación con el mundo académico externo.

En Cuba, desde 1959 hasta los inicios de la década del 90, debido al impulso renovador del triunfo revolucionario, predominó la literatura política en los quehaceres artísticos e historiográficos. Las luchas patrióticas, enmarcadas en sus universos de confrontación continua entre el bien –representado por el mambisado, el antiimperialismo, el nacionalismo radical, la emancipación social– y el mal –clasificado dentro de los cánones del colonialismo, el neocolonialismo, el ejercicio del poder oligárquico, la corrupción y el antiindependentismo, por solo mencionar algunas aristas–, constituyeron el centro de los quehaceres de entonces. La idea predominante, devenida eje rector o férula movilizadora de acciones y conductas artísticas y literarias, fue la de defender a ultranza al recién nacido proyecto revolucionario entendido como un Estado nación de nuevo tipo.

Para entonces –cuestión aún presente en la mayoría de los actuales discursos políticos, artísticos e historiográficos–, lo realmente patriótico procedía de las clases populares, fundamentalmente la obrera y la campesina, y de aquellos sectores estrechamente vinculados a la pobreza y la mendicidad.

El famoso y reiterado esquema de los “explotados y explotadores”, “ricos y pobres” y “desposeídos y poseedores” se instrumentaba para ocultar las ausencias de veraces denominaciones clasistas o para justificar la incuestionable justicia social enarbolada por los movimientos revolucionarios y emancipadores. Lo patriótico, como verdad inexpugnable, continúa defendiéndose bajo la exclusiva imagen de los liderazgos paradigmáticos, bien alejados de las colectividades hacedoras, también, de las grandes y loables hazañas sociales.

Hasta la mencionada década, algunas esferas vinculadas a la gobernabilidad, la administración de los medios informativos y la cotidianidad, prácticamente desconocieron el carácter cultural de la ideología y la política. Esto no deja de estar presente en algunos intelectuales defensores de la desideologización cultural, aspecto requerido de nuevos y sustanciosos debates.

Por otra parte, para no pocos, la cultura debe expresarse sin alineaciones partidistas o grupales en tanto expresa los pensamientos y conductas de una época determinada más allá de los intereses del poder político. Según unos y otros, la llamada y muy cuestionada “labor ideológica” constituye el medio para canalizar el entendimiento de las estrategias políticas, mientras que la creación cultural abarca o debe incluir las realidades del mundo en que se vive con sus grandezas y avatares. Lo cierto es que lo político como espiritualidad está requerido de enjundiosos análisis, sin que por ello se pretenda obtener consenso, aunque sí entendimiento.

Durante aquellos largos e intensos años del proceso revolucionario se criticó la difusión, “al rojo vivo”, de los problemas inherentes a la pobreza, la marginalidad, la prostitución, la corrupción, la desigualdad social, las exclusiones sexuales, religiosas y raciales. Para algunos artífices de las políticas gubernamentales divulgar dichas realidades constituía la aceptación del fracaso del proyecto revolucionario, cuya esencia debía ser profundamente reivindicadora de los grandes males generados por el pasado neocolonial y capitalista.

Semejante apreciación simplista –como si los siglos de injustas dominaciones no estuviesen en la piel de todos– responde a una incultura secular, aún presente en la actualidad. Muchas veces se escucha, no sin rubor para algunos, que el tiempo de los “silencios” ha desaparecido o que los protagonistas de semejantes políticas no constituyen la mayoría de los agentes activos del presente.

Como dice el proverbio bíblico, habría que preguntar quién, por una razón o por otra, no puede tirar la primera piedra porque calló, permitió o ejecutó lo que nunca debió existir como política o acción institucional. Pareciera que “los pecados” han sido totalmente “eliminados” de las conciencias y sentimientos de los justos críticos de un pasado sumamente cercano al presente. La forma en que se mira lo sucedido y lo que aún sucede da la impresión de que todos estuvimos en el sepulcro y hemos vuelto a nacer; que no fuimos parte del horror, sino sus eternos críticos. Si se pretende reivindicar lo reivindicable debemos comenzar por revisarnos por dentro para que se logre una transformación profunda de las ideas y no aparente o externa.

Durante aquellos largos años prácticamente se desconoció, sobre todo en los años setenta y buena parte de los ochenta, que cualquier tipo de proceso social está nutrido de espiritualidad y que lo económico no debe marchar aislado de las restantes esferas de la sociedad si se apuesta a su desarrollo ascendente para el bien de todos. Predominaron los dolorosos reduccionismos.

Las historias se contaron bajo los estrictos moldes “de tal y cual clase social”; se definieron falsos conceptos sobre cultura burguesa relacionándolos con “el buen vestir y las elegantes maneras de hablar”, la proletaria vinculada a la “humildad, la modestia y el espíritu de lucha” y la campesina recreada a través de “la pobreza reinante en los campos cubanos” durante los tiempos de la esclavitud y el capitalismo.

La cultura solo era creación artística y literaria. La ciencia, la educación, el deporte, los hábitos y costumbres, el patrimonio de las leyendas y la cotidianidad fueron segregados de cualquier valoración sobre el papel y desempeño de los cánones culturales. Aún hoy es para muchos la diversión que acontece después de la realización de la “actividad política” donde se pronunció un discurso o una conferencia sobre cualquier tema o asunto. Es el “evento de relajamiento o distracción” sin que medie reflexión o aprendizaje alguno.

Muchos textos hablan de la historia como si se tratara de procesos abstractos dotados de sucesos y figuras emblemáticas desvinculados de sus espiritualidades. Parece que el acontecer de los tiempos carece del verso, la música, la plástica, el verbo simbólico, la danza, la creencia religiosa, el simbolismo de los sueños, la formación de valores y el aprendizaje.

Después de “los derrumbes” del este europeo y de la expansión de la modernidad hacia los confines de los saberes, la intelectualidad insular comienza a replantearse la historia como cultura y lo social dentro de los intereses epistemológicos de cualquier esfera de la creación espiritual. Desde entonces se fortalece la creencia de que no hay construcción histórica sin sociedad y cultura.

Sin embargo, los retos continúan siendo inmensos. Resultaba más sencillo enmarcar los cánones de la creación en una o varias denominaciones clasistas que develar sus intimidades sociopolíticas. Las indefiniciones de los fenómenos pululan como el marabú, y a veces no se sabe de qué suceso concreto se está hablando.

Resulta poco entendible la interiorización de un conjunto de eventos artísticos si no se contextualiza como parte de los procesos internos de la sociedad y si se desconocen sus efectos en los mismos. Muchas veces se ofrecen cifras de “logros obtenidos”, tales como graduados de la enseñanza artística, talleres, peñas, conciertos, tertulias, giras, orquestas, espectáculos, publicaciones y puestas en escena con ausencia de análisis sobre sus repercusiones en el mejoramiento de la vida de las mayorías poblacionales.

La escasa conceptualización de los fenómenos, sistemas, movimientos políticos, instituciones, acciones y conductas ideológicas constituye una regularidad en la literatura contemporánea sociocultural. Se utilizan indiscriminadamente los términos de “élite gubernamental, política, cultural e intelectual”, por solo mencionar algunos ejemplos, sin sus correspondientes caracterizaciones clasistas o de cualquier otro tipo.

Tal parece que se elude el análisis de sus naturalezas y que solo resultan observables sus acciones externas, favorables o no al desenvolvimiento de la gobernabilidad de una o varias esferas de la sociedad o de la creación artística o científica. Realmente, desde los tiempos de los creadores del término “élite” –Gaetano Mosca (1896) y Wilfredo Pareto (1902)–, poco se ha aportado a su conocimiento. Puede tratarse de un grupo de sabios burgueses, gobernantes, obreros o campesinos capaces de decidir los destinos, desde el espacio del poder que ocupan, de un sector poblacional, una nación, un grupo de países o el mundo; o también, a través de sus excepcionales obras, determinar el devenir de la creación. Es posible, además, que constituya un conjunto de privilegiados cuya misión “casi divina” sea la de transformar la vida de la gente.

Esto último hace recordar los preceptos del movimiento de la Ilustración, aún vigente para muchos, cuya élite de pensadores dejaron el honroso legado de la emancipación a través de la educación. Pero los tiempos han incrementado las exigencias de los razonamientos. El desarrollo de las relaciones sociales demuestra la imposibilidad de asumir tareas unilaterales si se desea alcanzar propósitos de tal magnitud. Todos los factores imbricados en la elaboración de estrategias y en su consecuente ejercicio están igualmente comprometidos con el desempeño exitoso de semejante empresa.

Existen historias culturales, nacionales y foráneas, publicadas dentro y fuera de Cuba, desideologizadas o con “asepsias ideológicas” –al decir del historiador social valenciano José A. Piqueras (El dilema de Robinson y las tribulaciones de los historiadores sociales, 2008)–. Lo mismo sucede con los estudios sobre “sociabilidad”, “asociacionismo”, “culturalización”, entre otros, sumamente susceptibles al develamiento de sus esencias clasistas. Tal parece que las motivaciones de la gente para agruparse o asociarse estuvieron siempre y totalmente ajenas a sus problemáticas clasistas o a sus intereses ideológicos. Una cuestión es inventar la “ideologización” de todos los comportamientos humanos, desgajándolos de la necesaria y espontánea interrelación entre los diferentes sectores y clases, y otra es negar la posibilidad de la unión por razones filosóficas y políticas.

La diversidad no constituye una palabra vacía y banal. Su uso reiterado, sin contenido, puede convertirse en una consigna tan peligrosa como la del “igualitarismo”. Los antidogmas incultos fácilmente asumen el papel de antónimos. La cuestión radica en develar la multiplicidad de razones, los sentidos de pertenencia, las identidades y también los orígenes sociales de quienes se buscan para crear unidos. El fascinante mundo de las perplejidades se muestra, además, en el descubrimiento de las razones y causas de la obra cultural y no solo en los análisis de sus contenidos.

En el desmesurado tratamiento hacia el protagonismo individual de los movimientos políticos, acontecimientos socioculturales o acciones de cualquier magnitud y relevancia, también es observable el desclasamiento y omisión del papel desempeñado por las colectividades que las ejecutaron. Del silencio hacia algunas personalidades creadoras se transita hacia el olvido de los que asumieron las duras faenas o inspiraron al autor o a los que también lo acompañaron activamente en su justa aventura.

El ejemplo más elocuente se muestra al presentarse una obra escultórica o arquitectónica. También cuando se habla de los orígenes de un determinado vecindario, comunidad o barrio. El énfasis se deposita en el escultor, el arquitecto, el comprador de la hacienda original o en las familias fundacionales. No se menciona, por lo general, a los que cargaron las piedras y el cemento o labraron las tierras, si eran esclavos o asalariados, blancos o negros, hombres o mujeres, ni tampoco sus procedencias geográficas. El milagro, por llamarlo de alguna forma, lo produjo el artista, el ideólogo, el político o cualquier otro integrante de “la élite”. Así debe quedar en la memoria y no como el quehacer de muchos que, quién sabe, entregaron sus vidas sin que siquiera se conozcan sus nombres.

No es ocioso recordar la tendencia historiográfica, aún presente aunque con menos fuerza que en las tres primeras décadas del triunfo revolucionario cubano, defensora del criterio sobre la pureza del marxismo a partir de los estudios relacionados con los movimientos obrero, sindical y campesino. Tal reduccionismo de enfoque influyó en la literatura y las artes plásticas. Solo mostrando las heroicidades y magnitud de las luchas de “los de abajo” y dejando atrás la historia de la burguesía o de los “explotadores” se comulgaba con el pensamiento marxista. Lo cultural constituía un terreno a explorarse en dependencia del “desarrollo de la base económica y de las relaciones de producción”. La cita textual de los clásicos y de los líderes revolucionarios contemporáneos en cualquier libro de historia, avalaba la adecuada utilización de “la concepción científica del mundo” y, sobre todo, el “indiscutible partidismo” de las ciencias sociales y de la creación artística y literaria.

Las llamadas “parametraciones” abarcaron todas las esferas de la sociedad, tornándose en políticas indigentes de cultura y sabiduría. Baste recordar que, en materia intelectual, la interiorización de una determinada ideología no está estipulada por los tipos de asuntos abordados. Se pueden escribir todas las historias obreras y comunistas, de cuanto pobre exista en el universo, bajo una óptica filosófica reaccionaria o acéfala de conocimientos teóricos marxistas. Puede ser positivista aunque aparente estar alineada emocionalmente al marxismo; de ello hay suficientes ejemplos. Aunque tampoco pueden desdeñarse; a fin de cuentas, toda obra puede indicar nuevos caminos, incluyendo a sus contrarios.

Hay otros “renunciamientos” en la literatura actual. Las indefiniciones abarcan los conceptos de “pueblo” como una masa amorfa, imprecisa, etérea y estrechamente relacionada con las causas emancipadoras. Se habla de “nuestro pueblo” sin sentido de pertenencia, como algo ajeno a las formas cotidianas de andar. En otros casos se utilizan, en el mismo sentido, las denominaciones de “gobernados”, “ciudadanos”, “patriotas”, “hermanos”, en fin, la lista puede ser interminable. A ello pueden agregarse la lucha de clases, los antagonismos clasistas y las contradicciones sociales. El asunto radica, según los razonamientos de los años setenta, en determinar si todo lo que se construye artísticamente debe enmarcarse en esos conceptos o si deben obviarse por completo, como generalmente sucede en la actualidad. Pero el problema es más profundo y requiere de nuevas revisiones.

La ausencia de enfoques clasistas está presente, además, en algunos estudios y obras literarias sobre la pobreza, la marginalidad, la religión, el género, la racialidad, las discriminaciones homofóbicas o de cualquier otro tipo, así como la violencia, las adicciones, entre otras. Acaso pueda preguntarse si esos grupos humanos carecen de pertenencia social. ¿Es negativo, para el entendimiento de la modernidad y sus problemas, definirlos clasistamente?

Algo similar ocurre con las llamadas nuevas visiones sobre el humanismo, la justicia social, la solidaridad y la fraternidad. Actualmente es común escuchar o leer, por parte tanto de las fuerzas políticas de derecha como de izquierda, la defensa a ultranza de la convergencia social, es decir, la posibilidad del entendimiento pacífico entre todas las clases y sectores sociales para la obtención de sociedades justas y equitativas. La cultura –entendida, según los defensores de esta línea de pensamiento, como creación artística– contribuiría a viabilizar dicho objetivo en virtud de su carácter neutral. El humanismo sería, de acuerdo a dicho razonamiento, la filosofía rectora. No es novedosa tal propuesta. Se sabe que desde el surgimiento del marxismo fue enarbolada por la burguesía con el marcado propósito de enfrentar las acciones de protesta de la clase obrera en Europa.

Contra la violencia apostamos los defensores del derecho a la vida, así como por el predomino de una cultura emancipadora de la injusticia y la desigualdad sociales, capaz de expresar los verdaderos valores de la espiritualidad. El problema radica en si se debe o no, desde el punto de vista epistemológico, renunciar al conocimiento histórico y sociológico de quienes son los responsables o las víctimas de la pobreza y la explotación, y en precisar si también las fuerzas sociales interesadas en los cambios radicales deben ignorar las causas de los problemas sustanciales de las tragedias históricas y las vividas actualmente por la humanidad. Podemos preguntarnos, además, si carece de espacio, en el mundo de la creación y las ideas, la cultura de la dignidad, la que emerge del canto a las esperanzas y los sueños, la de las eternidades infinitas.

* http://www.cubarte.cult.cu/periodico/opinion/18873/18873.html