En tanto los reyes de los narcóticos, siguiendo la lógica de la reproducción ampliada capitalista, se dedican a producir y comercializar inmensas cantidades de alucinógenos euforizantes, deprimentes o de cualquier tipo y color por el mundo, la Asamblea de las Naciones Unidas, cual representante del gobierno mundial de los poderosos, ha instituído pomposamente, desde 1987, al 26 de junio como el Día Internacional de la Lucha contra el Uso Indebido y el Tráfico Ilícito de Drogas. 

Antes y después de este desopilante pronunciamiento de los onúbicos, los magnates de los narcóticos, incluidos servicios de inteligencia, mafias policiales y parapoliciales, militares, empresarios pulcros y decentes (ellos mismos) y otros exponentes de la delincuencia abierta o desembozada internacional, han logrado inutilizar la salud y la conciencia de millones de seres a la par que obtener pingues ganancias, que oscilan, según cálculos, de 325.000 a 500.000 millones de dólares anuales.

Sus podridas esencias sirven de hecho al establishment mundial, al cual pertenecen, si se calcula que con la introducción de las “drogas” en los Estados, en las clases sociales y en las formas de vida de pueblos enteros, han logrado, por un lado, alejar a los jóvenes adictos y aquellos que giran alrededor de la “cultura del estímulo”, de las ideas políticas realmente transgresoras y revolucionarias. Y por otro, auspiciar el aumento de gastos y participaciones de militares y policías en las “guerras internas” que, con la excusa de reprimir al “narcotráfico”, recrean una vez más las perspectivas de mano dura y conculcación de libertades en sus propios pueblos.

Por otra parte y como anclaje de la extrema desopilancia, Estados Unidos de Norteamérica, país donde más narcóticos se consumen en el mundo, se arroga la facultad de “certificar” a otros en cuanto al combate al flagelo del narcotráfico y sus delitos conexos, auspiciando desde el Pentágono, el Departamento de Estado, la DEA, CIA y otras angelicales instituciones, la integración de organismos militares y policiales del continente en el marco de una verdadera internacional armada.

La hipocresía en acción

“…Existe una categoría de extranjeros malhechores que fabrican opio y lo traen a nuestro país para venderlo, incitando a los necios a destruirse a sí mismos, simplemente con el fin de sacar provecho (……) ahora el vicio se ha extendido por todas partes y el veneno va penetrando mas profundamente (……) Por este motivo, hemos decidido castigar con penas muy severas a los mercaderes y a los fumadores de opio, con el fin de poner término definitivamente a la propagación de este vicio (……) Todo opio que se descubre en China se echa en aceite hirviendo y se destruye. En lo sucesivo, todo barco extranjero que llegue con opio a bordo será incendiado”. En estos tèrminos se expresó en 1839 Lin Hse Tsu, oficial del emperador chino, a la Reina Victoria I de Gran Bretaña.

Esta respondió enviando cañoneras que iniciaron la agresión armada a China, apoyadas por las potencias de aquel entonces: Holanda, Francia y los EE.UU. La primer Guerra del Opio duró desde 1839 a 1842, la segunda de 1856 a 1860. Derrotada China, los británicos le impusieron tratados leoninos que incluyeron la apropiación de Hong Kong y la apertura de varios puertos por ellos controlados. Portugal, en el marco de extraer leña del árbol caído, amplió el puerto de Macao, también confiscado a China.

Cebados por el estallido de la primera guerra narco y el posterior triunfo de los insignes bandoleros, mercaderes norteamericanos e ingleses se allegaron a China para inundarla de opio. Muchas de las fortunas de Estados Unidos se amasaron mediante este narcotráfico, coberturizado por las compañías China Trade o Far East Trade, las cuales sostenían comercializar té o tabaco.

La hipocresía de los “malhechores” se proyectó hacia el futuro. Así fue como en 1909 se llevó a cabo en …¡Shangai!, ciudad de la agredida China, la primera “fiscalización de drogas” para neutralizar el “problema mundial” de los narcóticos. Le siguieron otros eventos a lo largo de los años que intentaron contribuir a contrarrestar el fenómeno, engendrado en el siglo XIX por comerciantes ingleses que, al no querer oblar con plata las onerosas importaciones que la Corona llevaba a cabo desde China, se dedicaron a producir opio en la India británica para usarlo, a través de los cañones, como moneda de pago -y arma de corrupción y pasividad- en el país celeste.

En la historia de los negocios y las conspiraciones, las drogas fueron utilizadas como palanca para financiar guerras encubiertas, tal cual como se hizo en los prolegómenos de la Guerra Fría. A través de la división Far East (Lejano Oriente) de la CIA, se financiaron con heroína y opio producidos por tribus laosianas, como los Hmong y Meos, y comercializados a través de empresas creadas por la propia Agencia, las guerras contrarrevolucionarias contra China Popular, que surgió a la luz el 1 de octubre de 1949, primero, y contra Vietnam del Norte, más tarde.

Luego de la Segunda Guerra mundial, la mafia corsa envió cantidades de heroína a Francia a fin de corromper y neutralizar el ascendente movimiento sindical y político marxista. Durante los años 60, los mandamases puritanos del norte de América, que se santiguaban ante cualquier violación de los sacramentos del dios dólar, incentivaron también a través de sus servicios de inteligencia a los jóvenes norteamericanos a consumir LSD y otros engendros a fin de canalizar su rebeldía anti guerra de Vietnam hacia horizontes que luego resultaron estériles y cooptables por el sistema.

Un adelantado en esas lides fue Alexander “Sasha” Shulgin, quien en 1962, y luego de un periplo científico por Dow Chemical y otras empresas, descubrió la droga de diseño MDMA, más conocida actualmente como “éxtasis”, mientras experimentaba para la CIA un “suero de la verdad” a través del estudio de la mescalina. Desde 1965 “Sasha” también fue consultor de la DEA, proporcionándole a la agencia mezclas de varios compuestos químicos y sirviendo de testigo en juicios, lo que le valió el recibimiento de varios premios de manos de la sacrosanta institución antinarcóticos. Uno de ellos fue la concesión de la licencia Planificación I de la DEA, que le permitió poseer un laboratorio de análisis, situado en los fondos de su vivienda, para sintetizar de distintas formas drogas ilícitas, que luego serían lanzadas al “mercado”.

Narcoavatares sin fronteras

Una vez producida la Revolución cubana de 1959, la mafia norteamericana que había hecho de la isla un burdel y se dedicaba al tráfico de cocaína y otras sustancias, se afincó en su país natal para seguir ejerciendo el oficio. La Medellín-La Habana connection, desarticulada en Cuba, siguió operando en Colombia a través de contrabandistas de ese país que, ante la insistencia de norteamericanos residentes en Panamá de importar cocaína, se dieron a la tarea de satisfacer sus necesidades. “Como en aquellos años (fines de los 60) la producción de cocaína no era muy grande en Colombia, los primeros envíos se hicieron con base en la cocaína adquirida en el Ministerio de Salud o en centros médicos oficiales, a través de fórmulas falsificadas o de sobornos de empleados públicos”, sostuvieron en 1984 los colombianos Mario Arango y Jorge Child en su volumen “Narcotráfico, Imperio de la Cocaína”, Editorial Percepción, Medellín, Colombia).

La cocaína, según estos autores, en su mayoría era producida por laboratorios Merck (de allí el mote de “merca”, ampliamente conocido). También Arango y Child testimoniaron que los Cuerpos de Paz norteamericanos, enviados para “civilizar” a los campesinos de toda América y el mundo durante la administración de John F. Kennedy, habían enseñado a los residentes del Cauca a producir cocaína de la hoja de coca….

En Bolivia y durante la administración de facto del dictador Hugo Banzer Suárez (1971/78), y, más tarde, del narcogeneral Luis García Meza, la cocaína de exportación, auspiciada por la CIA y la DEA floreció por doquier. García Meza, quien dio un sangriento golpe de Estado el 17 de julio de 1980 asesorado por uniformados argentinos, se alió con el “rey de la cocaína” boliviana, Roberto Suárez, para hacer del narcotráfico una actividad fundamental. Según testimonió Suárez desde la cárcel, a la que ingresó en 1988, “fue inducido a traficar cocaína no solamente por el gobierno de García Meza sino por la DEA y la CIA de Estados Unidos”.

Lo mismo declaró el ex agente de la DEA, Robert Levine, en sus libros Deep Covert (Supersecreto) y Big White Lie (La gran mentira blanca), ambos publicados en 1989. Cuando, infiltrado entre las filas de Suárez y sus compinches, Levine osó denunciar las actividades del narcotraficante y la operación golpista que se tramaba en Bolivia, se enteró que iba a ser investigado por el Departamento de Seguridad Interna de la DEA para comprobar si estaba vinculado “con alguna organización de izquierda o determinar cuanto sabía”, y que se había puesto un premio de 200.000 dólares por su cabeza.

Levine, quien también denunció que la DEA y la CIA apadrinaban a narcotraficantes a fin de financiar operaciones encubiertas con el producto de sus correrías, debió obviamente abandonar la DEA y desaparecer. Contrariamente, García Meza, extraditado desde Brasil a Bolivia durante los años 90, condenado a 30 años de prisión por crímenes cometidos durante su dictadura y alojado en la cárcel de “máxima seguridad” de Chonchocoro de La Paz desde 1995, vive en armonía con su situación de reo especial.

En marzo del año pasado, habiéndose efectuado una requisa a su “celda” por fiscales y el ministro de Gobierno Sacha Llorenti, se descubrió que el ex dictador gozaba de sauna, parrillero, teléfono privado y gimnasio en un departamento ubicado dentro del predio carcelario. Otra perla de los periplos del narcotráfico y sus vínculos VIP. Luego de creada la Drug Endowment Agency (DEA) en 1973 por el presidente Richard Nixon, ex abogado del mafioso norteamericano Meyer Lansky, el tema del combate “a las drogas” en los EE.UU. tomó una mayor dimensión y proyectiva internacional. Trece años mas tarde de creada la super agencia, el presidente norteamericano Ronald Reagan “firmó una directiva sobre la Decisión de Seguridad Nacional en la cual se declaraba que el tráfico de drogas constituía una amenaza a la seguridad nacional” de su país.

Entretanto, los “combatientes de la libertad” antisandinistas, conjuntamente con oficiales de la CIA y de la Agencia Nacional de Seguridad, intercambiaban drogas, que ingresaban a EE.UU. via Miami, por armas que iban a parar a los “contras”. Esta constante actitud supuestamente esquizofrénica de los poderes públicos norteamericanos, no lo es tanto si se piensa que grandes fortunas de magnates locales se hallan emparentadas con la venta de narcóticos y el lavado de narcodólares, que se hace hasta hoy efectivo en bancos situados en el país y paraísos financieros del exterior, como las Islas del Gran Caimán.

A partir de 1988, se impusieron en EE.UU. grandes penas a los infractores de la ley de Drogas y se les dio amplios poderes a las autoridades del área, mientras se declamaba que “es de política declarada del gobierno de Estados Unidos de América la creación de una América sin drogas para 1995””. Como era de esperar, la “guerra” fracasó. Según la ONU, EE.UU. gasta hoy de 15 a 40 mil millones de dólares anuales en esta “guerra”. Sin embargo, de 1988 al 2008 el uso de drogas en ese país aumentó en 34.5%; la cocaína en 27%; la marihuana en 8,5%. “Sólo este año, entre 20 y 25 millones de estadounidenses utilizarán alguna droga ilícita, unos 10 millones más que en 1970, y cada día suman 8 mil a la cuenta fatal”. (Guerra Antidrogas, Plan Pervers, Salvador González Briceño, Telesurtv.net, 21 de junio).

Con un 25% de todos los prisioneros del mundo, en su mayoría jóvenes afrodescendientes o latinoamericanos, los EE.UU. toman la delantera en cuanto a represión antinarcóticos de “perejiles”. En el mismo orden, los barones de la droga de Afganistán, en complicidad con la CIA, han diseminado por Europa y Asia la heroína que allí se produce. Pakistán tiene hoy 5 millones de adictos a esta droga derivada de la morfina y el opio. También Uzbekistán, Tayikistán, Turkmenistán, Kirguistán e Irán, que en los últimos años ha perdido a más de 2.500 policías y militares en combates contra narcotraficantes, sufren las consecuencias del quehacer destructor de los mercaderes de venenos.

No hay onúbicos que valgan contra la podredumbre del capitalismo y su principal droga euforizante: el imparable consumo de mercancías de cualquier tipo en pos de lograr la reproducción ampliada del capital y la máxima ganancia a cualquier costo y a cualquier precio.

Actualidades

Casi al mismo tiempo que en la Cámara de Diputados de Bolivia se aprobaba hace pocos dias una ley que determinó el retiro del país de la Convención Antidrogas de la ONU, llevada a cabo en 1961, hasta que no se deje de incluir a la hoja de coca como narcótico, se llevaba a cabo en Guatemala la Primera Conferencia Internacional de apoyo a la Estrategia de Seguridad en Centroamérica, en la cual se trató el tema del combate al narcotráfico en la región.

La Secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, prometió durante el evento un desembolso de 40 millones de dólares que, sumados a los 200 millones del año pasado, se destinarán a combatir al “crimen organizado”. Sin embargo, esquivó el bulto cuando se le habló de “responsabilidad compartida” en cuanto al combate al flagelo del narco, en relación con la eliminación del consumo en los países que encabezan las cifras, como EE.UU. El presidente del país anfitrión, Alvaro Colom, destacó que el trasiego y producción de narcóticos no es el único item a destacar, sino el consumo.

Y también se dijo que el lavado de dinero y la importación de armas desde EE.UU., que van a parar a las bandas criminales narcos mexicanas y de la región, como los Zetas y otras, que han asesinado a miles de personas, son parte fundamental del problema. Sin embargo, el silencio de la Clinton no es casual.

Hace pocos días, Fuerzas Especiales de 19 países se dieron cita en El Salvador, coordinadas por el Comando Sur del Ejército de EE.UU., para competir y realizar ejercicios bélicos en relación con el enfrentamiento al crímen organizado. La solución militar para el “problema” del narcotráfico vuelve una vez más a ser elegida por los uniformados norteamericanos, que siguen coordinando dudosas internacionales castrenses del subcontinente.