¿De qué hablamos cuando usamos el término sujeto? ¿Desde qué perspectiva? Se dice que de acuerdo a la gramática se concibe que el sujeto es uno de los sintagmas nominales requeridos por los verbos finitos no impersonales en las lenguas nominativo-acusativas, por lo tanto , es uno de los dispositivos destacados de la mayoría de oraciones en esas lenguas.

Hablando nebulosamente, en términos generales, se puede decir que en filosofía, al pensar en el sujeto se hace referencia a un ser que es responsable de sus actos, en el sentido de que su comportamiento o conducta no son meramente reactivas, sino que aporta un excedente de originalidad que responde a lo que solemos entender por decisión o voluntad. A lo que se añade también la capacidad de un conocimiento inteligente, lo que quiere decir que es capaz de conocer la realidad como objeto, es decir, tal cual es, con independencia de las condiciones propias del conocimiento subjetivo. Este es el concepto de sujeto cognoscitivo . Immanuel Kant define estructuras innatas del sujeto, el espacio y el tiempo, capaces de ordenar la experiencia de la exterioridad y la experiencia de la interioridad. Interpretando, podemos decir que el núcleo fundamental, estructurante del sujeto se encuentra pues en las condiciones a priori de la estética trascendental. Siguiendo con la interpretación, podemos decir que el segundo nivel estructurante del sujeto es la imaginación, facultad que es capaz de lograr una síntesis configurativa de la experiencia mediante el procedimiento del esquematismo. Un tercer nivel estructurante del sujeto vendría dada por la lógica trascendental, que comprenden categorías trascendentales del entendimiento, las que se comportan como juicios sintéticos a priori, los que permiten la construcción de conceptos físicos, matemáticos, y los relativos a la descripción de la naturaleza. Un cuarto nivel estructurante del sujeto son las ideas, las mismas que aparecen como telos (fines) capaces de orientar concepciones y teorías. Como atravesando este cuadro se encentra el juicio estético, que adecúa los medios a los fines de la experiencia sensible-sensual, conformando el gusto, el sentido de lo bello y de lo sublime. También tenemos que hablar de otra transversal práctica, que articula razón y voluntad, que conforma la dimensión ética y moral del sujeto, empujándolo a la acción, mediante imperativos categóricos. Como podrán ver el sujeto trascendental aparece en Kant como un armazón de condiciones a priori y predisposiciones arquetípicas que lo ayudan a ordenar la experiencia, avanzar en el conocimiento, configurar las sensaciones, orientar sus finalidades, empujarlo a la acción a partir de una perspectiva moral. En cambio en Georg Wilhelm Friedrich Hegel el sujeto aparece como un espesor altamente dúctil inmanente y trascendente, empujado al despliegue del extrañamiento y al retorno del ensimismamiento; hablamos de un espesor subjetivo atravesado por el devenir de la experiencia de la consciencia. De manera distinta, opuesta, Friedrich Nietzsche critica la noción de sujeto, que la considera una creencia en la existencia de un sustrato de donde surgen las acciones . Tomando en cuenta el Breve Diccionario de Psicoanálisis, publicado por Jorge Alemán , se define a este sustrato emotivo, sensitivo, imaginativo y cognitivo de la siguiente manera: el sujeto no es ni la conciencia, ni la reflexión, ni el yo. Es una escisión incurable, una fractura originaria y estructural, que se tiene que elegir a ella misma a través de sus deseos. La conciencia, del yo, la reflexión, son distintas ficciones que intentan suturar una herida inaugural, la del sujeto del inconsciente . Michel Foucault, Gilles Deleuze y Félix Guattari van a desechar esta creencia en un sustrato de nuestras acciones y de nuestras representaciones, también van a criticar el concepto de escisión del psicoanálisis pues consideran que conserva la creencia en un sustrato aunque sea entendida como fractura, reviviendo la estructura simbólica fundante de la familia nuclear, padre-madre-hijo, la santa familia. Se desplazan mas bien a los análisis de la constitución de las subjetividades, a la construcción de los mapas de los distintos posicionamientos de los sujetos, pensando más que en una fractura, en una distribución dinámica, un juego de movimientos de resistencias y líneas de fuga. No hay sujeto sino un pluralismo de subjetividades en campos de batalla, en espesores territoriales y corporales definido por el enfrentamiento de resistencias y nomadismos con las cartografías de poder.

Como se podrá ver en este breve mapa conceptual en torno al sujeto y la subjetividad, tenemos también un campo de batalla en torno a la enunciación sobre este sustrato de las acciones, desde un conjunto de perspectivas, o desde este mapa accidentado de posicionamientos, agenciamientos y líneas de fuga, desde otras perspectivas. Es importante tener en cuenta este mapa conceptual al momento de tratar sobre el sujeto del proceso que vivimos como consecuencia de las movilizaciones sociales de 2000 al 2005.

Constitución de sujetos y subjetividades

Dejamos de lado en el mapa teórico pendientes otras figuras conceptuales en torno al sujeto, las que tienen que ver con la psicología social, pero también las que tienen que ver con las corrientes marxistas. Según la psicología social el sujeto se constituye a través de los grupos con los que se vincula incluso desde antes del nacimiento. Por eso aquella habla de un sujeto en tanto se entiende esto como sujetado pero también productor y creativo, en tanto posee la capacidad de transformar su mundo y a sí mismo . En las corrientes marxistas se puede considerar al sujeto social como clase, clase que se constituyen en la lucha de clases , clase que pasa de ser clase en sí a clase para sí, cuando pasa de la lucha económica a la lucha política. Se trata de un sujeto histórico constitutivo del proyecto anticapitalista por excelencia, el comunismo. Se entiende que se trata de un sustrato histórico que sostiene acciones de resistencia, de rebelión, de sublevación y de insurrección, de un sujeto encargado de abrir el horizonte del comunismo como alternativa al capitalismo. La enunciación de este sujeto ha sido sostenida hasta la caída de los estados socialistas de la Europa oriental (1989-1991); en Bolivia se puede decir que la enunciación de su convocatoria ha sido sostenida hasta la experiencia de la Asamblea Popular (1971), incluso extendiéndose un poco más, hasta la caída de la UDP (1984). Después de desaparecer este sujeto proletario de las formaciones enunciativas gravitantes y de las cartografías del poder en ejercicio, se abre el abanico de sujetos y subjetividades que también resisten a las formas del capitalismo, a las polimorfas estructuras de dominación, de relaciones de poder, al Estado colonial, al Estado patriarcal. Ciertamente la emergencia de estos posicionamientos subjetivos comienza mucho antes de la caída estrepitosa de los estados socialistas de la Europa oriental, antes del derrumbe de la hegemonía discursiva de la enunciación del sujeto de clase; sin embargo, se hacen plenamente visibles en el ejercicio de sus resistencias y estrategias alternativas una vez desmoronado el imaginario del proletariado.

En el continente de Abya Yala emerge un espesor de subjetividades, un campo de posicionamientos de sujetos, con capacidad de interpelación integral y de larga duración histórica; este espesor y este espacio de subjetividades puede ser nombrado como el relativo al sujeto plural indígena. La emergencia de su enunciación comenzó en la región andina con los levantamientos indígenas del siglo XVIII, después reiteradamente e intermitentemente aparece en la forma de levantamientos y sublevaciones en defensa de los territorios comunitarios, dando lugar en los momentos más intensos de la lucha a la enunciación de un proyecto político de reconstitución. Uno de esos momentos intensos se da con la masacre del valle, la ruptura del pacto militar campesino y el surgimiento de un discurso anticolonial y descolonizador, un proyecto político-cultural reconocido como katarista. La expresión efectiva y práctica de este discurso, la expresión territorial del proyecto de reconstitución, se da con el bloqueo nacional de caminos de 1979 organizado por la CSUTCB, bajo la dirección de Genaro Flores. Sin embargo, los momentos más intensos que derivan en un quiebre histórico y en un desplazamiento epistemológico se dan en el periodo de luchas insurreccionales de 2000 a 2005, después de una acumulación de resistencias y periodos constitutivos que arrancan con la marcha indígena de tierras bajas por el territorio y la dignidad (1990-1992).

El sujeto plural indígena se concibe como naciones y pueblos, como culturas y civilizaciones, como resistencias múltiples anticoloniales, no se concibe como clase, aunque las clases sociales estructuradas por el capitalismo periférico la atraviesen. Su identidad no se construye dialécticamente, en un devenir del en sí a un para sí, sino mas bien como una alteridad radical, como una diferencia absoluta con la civilización y cultura dominante, la modernidad, aunque la manifestación heterogénea de las modernidades proliferantes termine constituyendo su auto-referencia y su hetero-referencia. La identidad se construye como memoria, como lectura de la inscripción colonial en los cuerpos. La emancipación entonces tiene que ver con la recuperación de los símbolos y valores, aunque en el mundo en que vivimos se hayan transformado, hayan sufrido su transvaloración. Lo importante es construir la significación del mundo desde el imaginario de la ancestralidad, como valor supremo frente a la degradación capitalista. Se trata de la recuperación de los territorios, de los espesores culturales, como alternativas a la mercantilización. Podríamos decir que se trata de una constitución nómada debido a la circularidad de los movimientos, la dinámica de los recorridos, la transformación hermenéutica de las redes sociales. En otras palabras, se interpreta el presente desde otro lugar, desde los márgenes, desde una afuera resistente, no subsumido, que permanece como espacio de refugio, aunque también se combina el movimiento con resistencias desde adentro. Esta capacidad de movimiento y articulación le ha permitido a la subjetividad plural indígena amarrar varios escenarios de lucha, la lucha por la reconstitución con la lucha por la interculturalidad, la lucha por los derechos de las naciones y pueblos indígenas originarios con la lucha por la recuperación de los recursos naturales, la lucha cultural con la lucha anti-neoliberal, la lucha comunitaria con la lucha urbana. La mayor expresión de convocatoria y de alianzas se encuentra en el proyecto alternativo al capitalismo, a la modernidad y al desarrollo del vivir bien. Con la alternativa del vivir bien se abre una perspectiva distinta en el combate contra el capitalismo, la defensa de los derechos de los seres vivos de la madre tierra, articulándose entonces con las luchas ecologistas. Se entiende entonces que el sujeto plural indígena es el sujeto del proceso de cambio, es el sujeto del proceso constituyente y el sujeto de la fundación del Estado plurinacional comunitario y autonómico.

La irradiación del sujeto plural indígena, de las múltiples subjetividades resistentes y las líneas de fuga alterativas, no excluyen otras identidades colectivas, al contrario las integran en un juego hermenéutico intercultural abierto. No se entiende entonces por qué se acusa al movimiento indígena de excluyente, culpándolo de racismo invertido; lo que ocurre es que al quedar suspendidos los privilegios de la hegemonía mono-cultural, mono-nacional y mono-civilizatoria se abre un ámbito de relaciones nuevos, horizontales, interculturales, complementarios a los que no se está acostumbrado. El sujeto plural indígena se ha convertido en el articulador de nuevas alianzas en la lucha contra el capitalismo, en la construcción de la condición plurinacional, de la condición intercultural, de la condición comunitaria y de la condición autonómica, también en el articulador de una integración complementaria de las sociedades, naciones y pueblos con los seres vivos y los ciclos vitales.

Este es el horizonte histórico abierto por los movimientos sociales, las naciones y pueblos indígenas originarios, ahora nos toca ver las contradicciones del proceso, sobre todo las contradicciones entre este espesor de subjetividades nómadas y las estructuras de poder instituidas, las sedimentaciones institucionales acumuladas, las prácticas cristalizadas en las costumbres y las conductas, las formas gubernamentales liberales heredadas.

Subjetividades interpeladas y crisis del proceso

El estancamiento y las contradicciones del proceso han puesto en evidencia los problemas de la transición. Ya escribimos sobre los problemas que contrae la inercia estatal, la pervivencia del instrumento de separación y dominación del Estado, la persistencia y restauración del Estado-nación, la forma liberal, la forma moderna del Estado colonial. Hablamos sobre la persistencia y continuidad de la normatividad liberal, de la administración de estas normas en la gestión pública. También nos referimos a la repetición de la forma de gubernamentalidad liberal, que separa Estado de sociedad civil, gobernantes de gobernados, burócratas de gente común, especialistas de neófitos, representantes de representados, limitando los alcances de expansión y profundización democrática abiertos por el proceso constituyente, entendiendo al sistema de gobierno como democracia participativa, desatando el ejercicio plural de la democracia, directa, representativa y comunitaria. También denunciamos el proyecto ambivalente del gobierno, un proyecto nacionalista, que apunta a la restauración del Estado-nación, al capitalismo de Estado, mediante la búsqueda de un trasnochado imaginario de la revolución industrial, que, en realidad esconde la supeditación al desarrollo de una potencia emergente, necesitada de energía y conexiones transoceánicas. Todo esto se encuentra en otros textos, ahora queremos concentrarnos en las contradicciones inherentes a las subjetividades en transición.

Tomando en cuenta las subjetividades del proceso o, mas bien, el conflicto de las subjetividades, los transcursos de constitución y de-constitución de sujetos, para comenzar es conveniente distinguir entre el sujeto de las movilizaciones, el sujeto de las organizaciones y el sujeto de las dirigencias. No son el mismo sujeto, se da como en una curva de comportamientos distintos posicionamientos del sujeto o, mejor, distintos perfiles de las subjetividades. El sujeto de las movilizaciones es un sujeto heroico, es capaz de las acciones más arriesgadas, de mayor gasto emocional, corporal y material, sin esperar nada en retribución, a no ser lo que tiene que ver con los fines mismos de la movilización, que tienen que ver con el alcance del acontecimiento trastrocador. Como se puede ver, se trata en pleno sentido de la palabra, de un gasto heroico, tal como lo definía Georges Bataille. Se trata de un sujeto colectivo, constituido en la articulación misma de la revuelta, un sujeto desbordante que articula cuerpos, experiencias, emotividades, pensamientos, empujándolos a desplegar un campo de intensidades desbocado, atravesando todos los límites y limitaciones, demoliendo inhibiciones, prohibiciones y conductas supeditadas. Es también la rebelión de las pasiones, de los deseos, de las esperanzas. Pasando a otro sujeto o a otros posicionamientos del sujeto, esta vez al sujeto de las organizaciones, podemos decir que, a diferencia del sujeto heroico de los movimientos sociales, el sujeto de la organización es un sujeto más estructurado, incluso más conservador, responde a acuerdos, a reglamentos, a sesiones y reuniones, tiene presente un principio de realidad, las relaciones establecidas entre instituciones, aunque todos estos compromisos se den en el marco del conflicto. Debido a esta diferencia de campos de subjetividades, muchas veces ocurre que lo que se gana en la movilización se pierde en la mesa de negociaciones. Ciertamente las organizaciones forman parte también de las movilizaciones, empero de otra manera, no imponen su voluntad, mas bien están sometidas a la voluntad colectiva, a la voluntad de las asambleas, a la voluntad de las bases. En este sentido se puede comprender que cuando se desata la movilización las organizaciones se convierten en instrumentos de los movilizados. La relación es distinta entre movimiento y organización durante la movilización respecto a lo que ocurre antes o después de ella. En la medida que las movilizaciones se detuvieron a fines de 2005, dejando la iniciativa al ejecutivo, la voluntad de la forma organizacional fue gravitante y la voluntad del ejecutivo fue determinante. El sujeto de la dirigencia es todavía más específico, individualizado, vinculado a las historias de vida, sometido a la contingencia del diario vivir, por eso conllevando sus propios intereses y optando por sus propios cálculos, incluso de costo y beneficio. Este sujeto de la dirigencia es vulnerable a la cooptación y a la negociación, sobre todo cuando se distancia de la relación con las bases, la deliberación y reflexión colectiva de las bases, incluso puede llegar al colmo de no consultar a la propia dirigencia con la que comparte la representación de la organización.

Esta diferencial de subjetividades, acompañada por la modificación de escenarios y coyunturas, saliendo de un periodo de movilización y entrando a una etapa de gestión de gobierno, es el substrato subjetivo que condiciona las variaciones de la conducción y orientación del proceso. Pongamos en la mesa una hipótesis de interpretación: Ocurre que la pusilanimidad de la dirigencia deja que la cooptación se convierta en el modus operandi de la relación entre gobierno y organizaciones sociales, por lo tanto no impulsa el control de las organizaciones de la gestión de gobierno, menos de la conducción del proceso. Las reuniones se convierten en rutinarias, ocupadas de trámites singulares y de cosas pequeñas, alejados del análisis y de la reflexión de lo que acontece con el proceso, salvo en algunos momentos álgidos y emergentes, cuando la dirigencia se vio obligada a convocar a las bases como aconteció con la marcha de Caracollo a la Plaza Murillo para exigir al Congreso la Ley de referéndum constituyente. Sin embargo, estas excepciones confirman la regla, no hubo participación y control social de la gestión de gobierno, menos hubo movilización para profundizar el proceso, sobre todo después de la promulgación de la Constitución, para garantizar su aplicación consecuente.

Se dejó el decurso del proceso en manos del ejecutivo. En este caso, ¿de qué sujeto hablamos? Se dice que el ejecutivo tiene el sartén por el mango, esto es relativamente cierto, dependiendo de las circunstancias, también de las condicionantes y los contextos en los que se mueve, sobre todo en los juegos, estrategias, alianzas con las que se compromete. En todo caso se trata de un gobierno llamado indígena-popular, que ha recibido el mandato de las movilizaciones de 2000 al 2005, de dos elecciones nacionales, de referéndums y sobre todo de la Asamblea Constituyente y del pueblo boliviano cuando aprueba la Constitución Política del Estado. El problema es que este mandato no es cumplido, la voluntad del ejecutivo va por un lado y la voluntad del mandato va por otro lado. ¿Cómo explicar esta diferencia? No se puede explicar solamente por la falta de integración del ejecutivo con el contenido histórico del proceso, con los movimientos sociales, con las organizaciones sociales y con la compresión del espíritu constituyente; una falta de conexiones estructurales con el magma instituyente no explica del todo la diferencia de perspectivas. Hace falta saber qué pasa al interior del ejecutivo y, desde la perspectiva de este ensayo, saber que posicionamiento efectúa el sujeto de gobierno. Habría que dibujar un cuadro tentativo que sería una segunda hipótesis de interpretación: Comencemos con las “cabezas”, es indiscutible el liderato del presidente de lo que debería ser el Estado plurinacional de Bolivia, la confianza popular se ha depositado en su figura, se ha construido un imaginario colectivo de su presencia. Este liderazgo se expresa en una personalidad carismática y dominante en el ejecutivo, sobre todo en las reuniones del gabinete. En las sesiones del ejecutivo el entorno del presidente, que son los ministros, tiende a un comportamiento acrítico, avalador, incluso adulador, transmitiendo información positiva, aunque no sea sostenible ante una mínima contrastación con los hechos y acontecimientos. Hablamos entonces, en este caso, en el caso de los entornos, de un sujeto sumiso, supeditado a los humores del líder, un sujeto contemplativo, pero también obediente. El mismo escenario se repite, con sus variantes, en los ministerios, en las instituciones descentralizadas y en todas las dependencias del Estado. Se trata de la repetición del mando, la obediencia de la jerarquía, se confunde la organización con la supeditación; ya no se discute, no se permite la crítica, no se ventila entonces el raciocinio, que demandaba Jürgen Habermas en el contexto de su teoría crítica de la comunicación y de la acción comunicativa. Como se puede ver, en esta estructura piramidal de la organización estatal se repite la forma de gestión por órdenes, no por construcción colectiva, por mandatos, no por consensos operativos, no por cotejo y comparaciones sino por deducciones ideológicas. Bajo estas condiciones subjetivas, en este contexto administrativo y organizacional, se explica entonces que el Estado no solamente sea un instrumento separado sino ajeno a la vida cotidiana, a las circunstancias concretas de los problemas evidentes de la sociedad. Por eso también se explica que el gobierno termina haciendo políticas públicas a parir de su imaginario político, que es el imaginario de la soberanía, es decir de la legitimidad del poder; en el mejor de los casos termina haciendo políticas publicas desde los supuestos técnicos, que casi siempre se reducen a una heurística cuantitativa, que reproduce en las dimensiones de las magnitudes y de los indicadores las hipótesis insostenibles del progreso o, con menor pretensión, de la eficacia.

Comprendiendo el significado político e ideológico de estos términos, legitimidad, técnica y progreso, podemos ver que, efectivamente, los criterios de la legitimidad del poder, los criterios técnicos y las ideas de progreso son concomitantes, se colman y se auto complacen. Podríamos decir que al reforzarse mutuamente reproducen la separación del Estado, pero también su alejamiento de las contingencias de los acontecimientos, su separación de la lucha de clases y su alejamiento de la comprensión del momento, de la coyuntura y del proceso. Lo que ocurre con las “cabezas”, en la punta de la pirámide gubernamental, es preocupante; al asumir la carga de la representación en sus cuerpos pueden apreciar este simbolismo de manera descomunal y absoluta, por ejemplo, terminar expresando en el fondo de sus conductas y sus discursos, de sus posicionamientos subjetivos, un significado egocéntrico, terminar expresando el sentido supremo de la auto-referencia, transmitir este sentido en el discurso al enunciar la creencia de que el proceso soy yo, que repite de manera sobrecogedora la frase absolutista atribuida a Luis XIV cuando se dice que afirmaba categóricamente L‘État, c‘est moi, el Estado soy yo .

El poder es, en sí mismo, paranoico; absorbe de una manera descomunal el simbolismo y la representación del Estado y la nación. La afirmación expresa la desesperación o la exigencia del monopolio y el control del proceso. Estas afirmaciones también derivan en otras autodefiniciones egocéntricas, transmitidas también en el sentido mismo de los discursos, expresando en el fondo que la ideología del proceso soy yo. Petulancia intelectual, pero sobre todo una expresión dramática de la voluntad de verdad, de la voluntad de saber, de la voluntad de controlar la producción significativa del proceso. Estas actitudes que muestran las desmesuras subjetivas del poder, son demoledoras y destructivas en los momentos de más alta legitimidad y confianza, empero son extravagantes por su propia desmesura en los momentos de crisis, de baja legitimidad y confianza. En la coyuntura actual, caracterizada de crisis del proceso, el funcionamiento aparatoso de la maquinaria estatal, su rutinaria recurrencia de reproducción de relaciones micro-físicas y macro-físicas de poder, así como también la rimbómbate discursividad de la auto-referencia descomunal, de la convergencia desbordante del poder, de las formas de representación delegada del Estado y del proceso, replegadas al espesor paranoico del ego, aparecen en su completa dislocación grotesca respecto de las plurales y complejas manifestaciones de las vidas sociales, políticas, económicas y culturales. Desde esta perspectiva podemos decir que la crisis del proceso no solamente es política sino también de representación, no solamente se resume a la crisis política y a la crisis de representación, sino también la crisis se traslada al discurso mismo de la auto-referencial del poder.

Evaluando el contexto y la coyuntura del proceso podemos decir que, la reconducción del proceso no solamente pasa por la retoma de su dirección por parte de los actores y protagonistas del proceso, los movimientos sociales, las naciones y pueblos indígenas originarios campesinos, el proletariado nómada, las mujeres del feminismo de-colonial, las subjetividades diversas, no sólo pasa por las transformaciones institucionales y las transformaciones estructurales que exige la fundación del Estado plurinacional comunitario y autonómico, sino también por el desborde del plano de inmanencias, el desborde de las subjetividades alternativas y emancipadas. Se requiere de un trastrocamiento radical de los imaginarios y de las subjetividades. Esto es acudir a la convocatoria del sujeto plural indígena, convocatoria descolonizadora, anticapitalista y por la integralidad de los seres y los ciclos vitales de la madre tierra.