Las relaciones entre Cuba y la Izquierda Nacional latinoamericana no carecen de contradicciones. Uno de los mayores exponentes de esta tendencia, el uruguayo Alberto Methol Ferré, quien prefiere llamarla corriente “nacional popular”, sostiene que “Fidel Castro (FC) es el nombre de mayor influencia y de mayor repercusión que jamás haya habido en la historia contemporánea de América Latina (AL)”. 

Observa, sin embargo, que, “en sus comienzos, FC era más nacional popular que marxista”, pero que “se apoyó en el bloque soviético por una necesidad geopolítica. Toma el poder, dice, reivindicando una identidad nacional popular y se vuelve marxista – comunista para mantenerlo. Si FC hubiera adoptado las directivas del Partido Comunista (PC) nunca hubiera llegado al poder en Cuba ni en ninguna otra parte de AL, retaguardia de EEUU”. Pero la incógnita continúa: ¿Sin la ex URSS, cuánto hubiera durado la revolución cubana acosada por un bloqueo implacable, diarias agresiones mediáticas y sabotajes internos? ¿En medio de la pugna EEUU-URSS, podía Cuba evitar problemas con derechos humanos, libertad de expresión y pluralismo político?

De todas maneras, no es lo mismo realidades geopolíticas que lineamientos teóricos. “Para Martha Harnecker (difusora del marxismo acuñado en la isla), la izquierda, apunta Methol, “se agota en los PC. Ella ignora (en su real dimensión) el fenómeno más importante de AL, los movimientos nacional populares que, por otra parte, incluyen al sector obrero industrial y al sindical”. Para Harnecker, existiría una relación directa entre la experiencia bolchevique y las posiciones revolucionarias en la América morena, lo que resta validez a movimientos como el aprismo peruano, el MNR boliviano o el peronismo argentino, a los que se desdeña por populistas. En forma arbitraria, se suprime la palabra nacional, que los antecede y que les otorgan sello antiimperialista. Roberto A. Ferrero, en su “Enajenación y Nacionalización del Socialismo Latinoamericano”, ha profundizado este concepto con notable solvencia.

La angustia de FC por romper su aislamiento lo llevó, junto al Ché y Debray, a impulsar el foquismo guerrillero, el que considera, erróneamente, que la experiencia de Sierra Maestra era repetible en otras latitudes, a la que secundó un sector de la Teología de la Liberación. La articulación de ambos fanatismos llevó al martirio, heroico pero estéril, a miles de jóvenes rebeldes que optaron por la lucha armada. No se tuvo en cuenta que ningún proceso revolucionario es igual a otro. Años después, FC apoyó a movimientos patrióticos, como el de Velasco Alvarado en Perú u Omar Torrijos en Panamá, así como la nacionalización del petróleo boliviano, del gobierno de Alfredo Ovando Candía.

El camino guerrillero provocó la emergencia de los sanguinarios regímenes de “seguridad nacional” y decretó la caducidad de la lucha política (Debray). En esta concepción, resultaban inútiles las demandas de derechos humanos y sociales, la actividad electoral y parlamentaria, los esclarecimientos teóricos, las protestas sindicales y el reconocimiento a culturas ancestrales. Mientras las corrientes ultra izquierdistas aterrorizaban a las capas medias con la consigna de la dictadura del proletariado, los frentes nacional populares, pese a sus inconsecuencias, buscaron aglutinar a la nación oprimida.

Este camino, en mayor o menor medida, permitió aflorar a potencias emergentes, como Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, que han mostrado los puntos vulnerables de EEUU y Europa Occidental. Las luchas obreras y populares en el viejo continente tienden a potenciarse, en tanto plantean alternativas al sistema capitalista, el que seguirá causando tragedias, debido a que la codicia irracional está en sus raíces.