La historia de la física y filosofía tienen un origen común. El filósofo clásico del tipo de Aristóteles o Platón dedicaba igual interés a las especulaciones acerca del pensamiento, que a desentrañar las leyes del mundo físico. Al menos en el mundo occidental esto se mantuvo invariable hasta bien entrado el siglo XVI.

Es en la segunda mitad de este siglo en el que la filosofía natural se separa de aquella especulativa de manera más o menos definitiva. Este período coincide con el surgimiento de lo que se conoce como el Método Científico. Puede decirse que Galileo Galilei (1564-1642), uno de los creadores del método empírico, fue el primer físico en el sentido moderno del término.

El Método Científico se consolidó especialmente a partir de los trabajos de Isaac Newton (1643-1727) y el desarrollo posterior de la mecánica (Euler, Lagrange, y Hamilton). A partir de este momento la mecánica newtoniana se erigió como el modelo de ciencia imperante.

Auguste Comte (1798-1857), el padre del positivismo moderno, la utilizó como modelo y se aventuró a proponer una primera clasificación de las ciencias conocidas en aquella época: física, astronomía, química, fisiología y física social (sociología). Comte se propuso, además, organizar la sociedad a partir de la aplicación de la ciencia. Así, él veía a esta última como la única vía para lograr el progreso humano.

Un tópico dividió por igual a físicos y filósofos por más de dos milenios: la estructura básica de la materia. Los orígenes del atomismo se pierden en el tiempo, pero a partir de Epicuro de Samos (342-270 a.n.e.), éste se constituye en una de las piedras angulares de la física. La obra de Epicuro nos llegó de la mano del poeta y filósofo latino Lucrecio, quien publicó sus enseñanzas en la obra De rerum natura.

Con la aparición de la mecánica de Newton, la teoría corpuscular (atomista) vuelve a enfrentarse a la visión continua (ondulatoria), que defendían físicos de la talla de C. Huygens (1629-1695). Este debate continuó en los finales del XVIII e inicios del XIX con los trabajos del británico J. Dalton (1766-1844) y del italiano A. Avogadro (1776-1856).

A partir de la séptima década del Siglo XIX reaparecen con más fuerza las críticas contra la hipótesis atomista (vinculada con la escuela de física anglosajona), centradas éstas por las corrientes energetista y empirista, de inspiración fundamentalmente germana.

Esta discusión tuvo como trasfondo el debate contra la visión “mesiánica” del positivismo y las nuevas ideas en relación con el papel de la hipótesis científica. La mayoría de los empiristas, cuyo máximo representante fue el físico austriaco E. Mach (1838-1916), concibieron al experimento como el principio y el fin de las ciencias y consideraban que las matemáticas eran solo modelos idealizados para describir las sensaciones.

¿Son los modelos matemáticos apenas una generalización y síntesis de los datos experimentales o pueden convertirse en una representación de la realidad y anticipar el comportamiento de los fenómenos y procesos naturales?

Los empiristas defendían la primera hipótesis. Otros físicos, como el austriaco Ludwig Boltzmann, planteaban, con razón, que generalización teórica debía constituirse en una herramienta metodológica del trabajo científico pero que ella reflejaba, además, el orden de las cosas en el Universo.

Se cruzan además aquí la vieja disputa sobre el atomismo. Para los empiristas este representaba un modelo matemático más, constituía solo una “método” que utilizaba el hombre para acercarse a la naturaleza.

Interpretado desde el punto de vista metodológico esto es totalmente cierto: el atomismo se convierte en un método para explicar lo “macro” a partir de infinitas partes “infinitesimales”. No obstante, y esto es lo esencial, el átomo refleja una realidad objetiva; representa la unidad elemental e indivisible de la sustancia.

El descubrimiento de la radiactividad por Becquerel (1852-1908) en 1896, los hallazgos en este campo de los esposos Curie, el descubrimiento del electrón (por Thompson (1856-1940) en 1897), entre otros avances de la última década del Siglo XIX; unido a la inconsistencia de la física clásica para explicar fenómenos como el fotoefecto y la radiación del cuerpo negro, condujeron a lo que se conoce como “Crisis de la Física”.

Esta crisis, cuya superación trajo el advenimiento de las dos ramas fundamentales de la física moderna (la mecánica cuántica y la teoría de la relatividad), fue acertadamente descrita por V. I.Lenin (1870-1922) en su obra Materialismo y Empiriocriticismo, un texto, por cierto, donde se enuncia la famosa definición leninista de materia.

Las tres primeras décadas del Siglo XX fueron testigo del más impetuoso desarrollo de la física desde la época de Newton. Científicos de la talla de Einstein (1879-1955), Planck (1858-1941), Bohr (1885-1962), de Broglie (1892-1987), Marie Curie (1967-1934) o E. Rutherford (1871-1937), dieron cuerpo a lo que sería una nueva manera de entender al mundo desde lo micro.

A ellos le siguieron los Schrödinger (1887-1961), Heisenberg (1901-1976), Dirac (1902-1984), Pauli (1900-1958)…, que completaron una visión del mundo que aún no ha sido gnoseológicamente superada.

La “nueva” física impulsó una nueva visión del mundo y otro enfoque de la filosofía de la ciencia. En torno a un grupo de físicos y matemáticos de la capital austriaca surgió un movimiento que habría de revolucionar la visión filosófica de la ciencia y de su papel en el desarrollo de la sociedad humana: el Círculo de Viena.

Liderados por Moritz Schlick (1882-1936), los neopositivistas o empiristas lógicos como fueron conocidos, reivindicaron una postura científica del mundo e integraron en un solo cuerpo el empirismo de Mach, el método de inducción y el rechazo a la metafísica. Los neopositivistas, además, intentaron unificar el lenguaje de las ciencias.

Aunque crítico con varios de los postulados del Círculo, Karl R. Popper (1902-1994) mantuvo una larga relación con los miembros del mismo. Su obra cumbre fue La lógica de la investigación científica, publicada en 1934. En este libro, Popper introduce el concepto de límite de demarcación con lo que se propuso establecer una frontera nítida entre la ciencia y la metafísica.

Más allá del asunto de la demarcación, Popper interpretaba que las proposiciones eran científicas solo si podían ser refutadas a partir del experimento.

Hay que notar que la coexistencia de los trabajos de Popper con los avances en la mecánica cuántica de las décadas del 20 y el 30, influyeron decisivamente en sus postulados, por ser él mismo físico-matemático, como es también el caso del norteamericano T. Kuhn (1922-1996).

En The Structure of Scientific Revolutions (La estructura de las revoluciones científicas), Kuhn consideró la evolución de las ciencias naturales básicas de manera diferente a cómo se había estudiado hasta entonces. Él planteaba que la evolución de estas, particularmente de la Física, no seguía un avance homogéneo a partir de un “método científico”.

Por el contrario, Kuhn defendía que el desarrollo se daba en dos partes: en una primera había un consenso de la comunidad de científicos sobre la ciencia ya establecida y su utilización. Es lo que él llamaba un paradigma.

Conforme las leyes y metodologías previas dejan de tener validez, los científicos trabajan en otras que sustituyan las previamente existentes. La superación de una teoría “vieja” por una “nueva” superior, conlleva a la instauración de un nuevo paradigma. Un ejemplo de esto sería el desarrollo de la Teoría de la Relatividad de Einstein y la Mecánica Cuántica, por sobre la mecánica newtoniana (paradigma anterior).

Así, con sus características y objeto de estudios propios, la física y la filosofía han andado de la mano por mucho tiempo y se han influido mutuamente.

Las ideas de Kunh, por ejemplo, inspiradas en su formación física, modificó radicalmente la visión sobre la evolución de las ciencias. Muchas cosas han cambiado en los últimos 40 años, pero ese será el tema de un próximo trabajo.

* Profesor de la Universidad de las Ciencias Informáticas y colaborador de Prensa Latina.