Desde hace tiempo tenía ganas de viajar a China; un deseo que se cumplió el 2002, en parte, gracias a la colaboración de la Embajada de Bolivia, que logró los contactos necesarios con la Facultad de Lenguas Extranjeras de la Universidad de Pekín, donde dicté una conferencia sobre mi obra y mi quehacer literario.

Cuando llegué al aeropuerto, con la idea de visitar también la gran Muralla, la Ciudad Prohibida, el Palacio de Verano y la célebre Plaza de Tian‘anmen, lo primero que sentí fue el soplo de un hálito primaveral, bajo un sol que, en el mes de febrero, contrastaba con el nevado y helado invierno sueco.

Con el paso de los días, advertí que esta megaciudad, poblada por más de 22 millones de habitantes, estaba acosada por los abundantes humos procedentes de la contaminación atmosférica y que cada mañana, al despuntar el alba y descorrer las cortinas de la habitación en el Hotel Xinqiao, había un manto parecido a la neblina que impedía ver más allá de doscientos metros, hasta que poco a poco iba disipándose para dar paso a un tímido sol que asomaba en las alturas.

Los edificios viejos de la ciudad estaban siendo reemplazados por los inmensos rascacielos. Los habitantes de los barrios antiguos se estaban reubicando en nuevos apartamentos del mismo tamaño que sus antiguas residencias. Sin embargo, todos coincidían en señalar que el sentimiento de comunidad y el estilo de vida de los “hútòng” jamás serían reemplazados.

Los “hútòng” o callejones conectan el interior de la vieja ciudad de Pekín. Generalmente son rectos y corren de este a oeste, de modo que las puertas de las viviendas pueden abrirse hacia el norte y el sur para seguir las normas del Feng Shui. Algunos son realmente estrechos y sólo permiten el paso de unos pocos peatones al mismo tiempo. El vehículo de transporte que reina en los “hútòng” es la bicicleta. Así que, estando ya en el lugar, me monté en un carrito tirado por una bicicleta, con el propósito de pasear por el casco más antiguo de la ciudad que, a pesar de la modernización acelerada, conserva todavía su encanto oriental y su arquitectura ancestral.

Con todo, tengo la sospecha de que estos barrios, que mantienen la tradición y recuerdan la China tradicional, corren el peligro de desaparecer con el paso del tiempo. Por ejemplo, la zona más antigua de la ciudad, con sus casas con techos de ladrillos y esquinas en forma de cuernos, sigue siendo demolida desde los cimientos para dar paso a los edificios levantados por los gringos al mejor estilo de Tokio y Nueva York, con bancos, negocios, supermercados y uno que otro McDonald´s; un evidente pasó de la economía de Estado del sistema comunista a la economía de mercado del sistema capitalista. No en vano el Distrito Central de Negocios de Pekín, en el área de Guomao, es reconocido como el nuevo núcleo de la vida económica y financiera de la ciudad, y en él se ubican oficinas y sedes corporativas de distintas empresas regionales, grandes almacenes y viviendas de lujo. Wangfujing y Xidan, sin ir más lejos, son calles famosas por sus tiendas de lujo y centros importantes para las industrias de electrónica e informática, así como para la investigación farmacéutica.

En Pekín, a pesar de las consecuencias negativas de la urbanización moderna, como la demolición de los “hútòng”, la contaminación del aire y el congestionamiento en las carreteras, llama la atención la gran Muralla China, cuya construcción costó el sudor y la sangre de millones de hombres de los estratos más humildes de la sociedad feudal.

La Gran Muralla

Un autobús, repleto de turistas nacionales y extranjeros, nos transportó por una carretera llena cerros áridos y escarpados, muy parecidos a los del altiplano boliviano, hasta que nos detuvimos cerca de la puerta de Badalón, desde donde se podía admirar esta obra impactante y colosal, construida y reconstruida entre el siglo V a. C. y el siglo XVI, para proteger la frontera norte del Imperio de los ataques de las hordas nómadas xiongnu de Mongolia y Manchuria, que habitaban el norte de Asia y realizaban frecuentes incursiones en los territorios vecinos con propósitos de pillaje.

En Badalón, a unos 80 kilómetros al noroeste de Pekín, la muralla tiene alrededor de ocho metros de altura como promedio, con una base de seis metros de anchura, que en algunas partes, según cuenta la tradición, permitía el galope de cinco caballos uno al lado del otro. Se afirma también que con las piedras y los ladrillos empleados en esta obra se podría levantar una pared de cinco metros de altura y uno de ancho alrededor de la Tierra. No lo sé, es posible que sea una exageración como cuando se dice que la Muralla es la única construcción que se divisa desde la luna.

Impresionan las empinadas laderas, cubiertas de vegetación, y la forma serpenteante de la Muralla que se pierde a lo lejos. El ojo alcanza a ver varias de las torres de vigilancia, que fueron construidas a lo largo de las paredes, o directamente integradas en ellas, con escaleras únicas y de acceso difícil, que servían para confundir al enemigo.

Me asombré cuando me contaron que por estas tierras deambularon también los camellos, como animales de carga y de transporte. Quizás por eso, no muy lejos del Badalón y a un lado de la Muralla, había un Camello -no embalsamado sino vivito y coleando-, en el cual los turistas podían montar a horcajadas y tomarse una fotografía para el recuerdo.

Asomarse a las atalayas de esta antigua fortaleza militar, o simplemente caminar por sus proximidades, contemplándola y recorriéndola palmo a palmo, es una experiencia inolvidable para cualquier interesado en la cultura e historia de este país milenario, donde la Muralla, que atraviesa montañas y ríos, seguirá siendo por antonomasia una de las Siete Maravillas del Mundo.

Conferencia sobre literatura boliviana

En la conferencia que se programó en la Universidad de Pekín, además de presentar mi obra, hablé sobre la temática minera en la literatura boliviana. Todo el programa, incluidas las elegantes invitaciones, fue preparado por la Embajada de Bolivia, que contó con el acesoramiento del profesor Yuan Zhonglin, quien hace años vivió como consejero y traductor de la Embajada China en la ciudad de La Paz.

En la universidad, antes y después de la conferencia, tuve el placer de conversar con los profesores y estudiantes, quienes, sin haber salido jamás del país, hablaban el español con un dejo colombiano, como si el mismísimo García Márquez les hubiese impartido lecciones de fonética.

Los profesores y estudiantes se entusiasmaron con la idea de traducir algunos de mis cuentos, bajo la responsabilidad del professor Ding Wenlin, décano de la Facultad de Español, quien, meses más tarde, me comunicó que se mutilarían algunos párrafos de los cuentos, sobre todo, aquéllos que contenían descripciones eróticas. Me explicó, asimismo, que éste era un problema de carácter técnico y que todo el mundo sabía que en la China hay una censura oficial contra toda literatura que atenta contra la “salud moral” y las “buenas costumbres conyugales“. Me quedé de piedra y le contesté de inmediato que lo mejor era parar la traducción y postergar el proyecto de edición.

Al término de la conferencia, y poco después de dedicarles mis libros a los profesores y estudiantes, me invitaron a cenar en un restaurante, donde degusté del variado y exquisito arte culinario chino que, sin ninguna exageración, es toda una fiesta para el paladar y la mirada. No obstante, debo reconocer que el aperitivo, que era un destilado de arroz y que me sirvieron con todas las reverencias del caso, me pasó por la garganta como una cascada de fuego. No dije nada, salvo que el trago era más fuerte que el Tequila y el Vodka. Después sirvieron las comidas sobre unas mesas circulares y giratorias, y yo, como es natural, me desquité del trago de arroz con una deliciosa comida de estilo mandarín. Se trataba del afamado “pato a la pekinesa” que, aparte de estar hecha a base de una receta que se remonta al siglo XIII, venía acompañado de una salsa de cereales, rodajas de puerro y unas tortitas especiales. Al final, por sugerencia de los comensales, rematé la cena con un té chino, al cual los naturistas le atribuyen poderes curativos.

En la cena estuve acompañado del Ministro de la Embajada de Bolivia -un típico funcionario de la Cansillería de la República que, por su formalismo y su excesivo “usteo”, me dejó pensando que nuestra representación en el exterior está llena de arribistas que se dan aires de “diplomáticos de carrera”-, y por el embajador Óscar “Motete” Zamora, a quien nunca le “usteé”, porque lo consideraba un hombre de izquierdas, al menos así lo conocía desde siempre, desde cuando la dictadura de Hugo Banzer lo buscaba por cielo y tierra, tras haberse proclamado como el “Comandate Rolando” de la organización de inspiración maoista Unión de Campesinos Pobres (UCAPO). Aunque fungía de embajador, no tenía por qué darle el trato de “señor” y mucho menos de “ustearle”. Es más, nuestro trato fue de compañero a compañero y respeto mutuo. Se portó muy bien conmigo, desde cuando nos comunicamos por teléfono un par de meses antes de mi viaje y luego de que nos fundimos en un abrazo cordial en la sede de la Embajada de Bolivia en Pekín. Además, aprovechamos nuestra amistad para conversar sobre las relaciones bilaterales entre ambos países y, como no podía ser de otra manera, para recordar a varios de los dirigentes mineros que convirtieron el distrimo de Siglo XX en un verdadero baluarte de las luchas sociales. Incluso tuvo la gentileza de enseñarme a comer con los palillos chinos; una destreza que él aprendió asistiendo a los congresos del Partido Comunista Chino, donde el participaba en representación del Partico Comunista de Bolivia (Marxista-Leninista).

La cena culminó entre abrazos y despedidas. Los amigos chinos me llevaron hasta el hotel, donde seguía pensando en que Napoleón Bonaparte tenía razón cuando sentenció: “Dejen dormir a China. No despierten al gigante porque cuando despierte conmoverá al mundo”.

El Palacio de Verano

Al día siguiente desperté con las mismas ganas de seguir conociendo los sitios más emblemáticos de la ciudad. Así experimenté que darse un paseo por el Palacio de Verano es, como dirían los chinos más tradicionalistas, una placentera sensación para el alma. Verla y palparla de cerca, con su exuberante vegetación y sus lagos, es como estar en un paraíso terrenal.

El Palacio, situado a unos 12 kilómetros del centro de Pekín y en medio de un extenso parque -que más que parque parece un enorme jardín de casi 300 hectáreas, fue originariamente construido en 1750 por el Emperador Qianlong, a orillas del lago Kunming y la Colina de la Longevidad Milenaria.

Otra de las obras imponentes es el Gran Corredor, un pasillo techado de más de 750 metros de largo, que la emperatriz Cixi ordenó construir para poder moverse por el Palacio, que ella misma lo reestableció en 1899 y lo utilizó como su residencia temporal a partir de 1901. El techo del corredor está decorado con más de 14.000 pinturas con escenas sobre la historia china.

Andar y desandar por las calzadas del Palacio de Verano, donde se combinan la mano del hombre y la naturaleza salvaje, es sentirse transportado a tiempos y lugares remotos, sobre todo, cuando se tiene en frente al Barco de Mármol que, praticamente, está en pleno lago, como surcando las aguas quietas y azulinas bajo un sol radiante. Esta nave, que en la actualidad puede ser abordada por los turistas, fue utilizada por la emperatriz Cixi para celebrar sus fiestas y tertulias, con todas las extravagancias que lo permitía su privilegiada condición social.

La Ciudad Prohibida

La Ciudad Prohibida, localizada en el centro exacto de la ciudad, fue el Palacio Imperial durante las dinastías Ming y Qing, así como la sede del gobierno chino hasta 1911.

Este lugar, cuyo nombre original es «Ciudad Púrpura Prohibida”, es un inmenso e imponente conjunto de edificaciones, donde no estaba permitido el acceso de la gente, salvo de los servidores, esposas y concubinas del emperador, hasta después de la Revolución Popular.

El Palacio Imperial está situado al norte de la Plaza de Tian’anmen y es una de las mayores atracciones turísticas del mundo. Con el transcurso de los años, y avivado por las leyendas que giran en torno al emperador y sus mujeres, la Ciudad Prohibida se ha envuelto en un manto de misterio y realismo mágico. No deja indiferente a nadie que pone sus pies en este territorio, que tan bien aparece retratado en la película “El último emperador” de Bernardo Bertolucci.

No es para menos. El simple hecho de atravesar sus paredes externas, que miden como 30 metros de altura, y sus enormes puertas, da la sensación de haberse metido, sin permiso alguno, en un sitio ajeno a este mundo.

El Templo del Cielo

El Templo del Cielo es, en realidad, un conjunto de edificios: al norte se sitúa el Salón de Oración por la Buena Cosecha; al sur, el Altar Circular y la Bóveda Imperial del Cielo. Fue edificado en el parque Tiantan Gongyuan, en 1420, y tanto la dinastía Ming como la Qing lo utilizaron para rogar por las cosechas en la primavera y dar las gracias al cielo por los frutos obtenidos en el otoño.

El edificio que más me impresionó, no sólo por su estructura sino también porque es uno de los más representativos de la ciudad de Pekín, fue el Altar Circular, de un diámetro de 30 metros y una altura de 38 metros. Construido sobre tres terrazas circulares de mármol blanco, el edificio se sostiene sobre 28 pilares de madera y muros de ladrillo.

El salón tiene un triple tejado construido con tejas de color azul y está rematado por una bola dorada en su cúpula. Impacta por sus decorados y colores múltiples. Cada tramo de las escaleras que conducen a lo alto del Altar están formadas por 9 peldaños, ya que los chinos consideran el número 9 como el número de la buena suerte. Quienes tuvieron la suerte de estar adentro, cuentan que la acústica especial del lugar permite que, si alguien habla desde el centro del altar, el sonido aumente y se escucha desde todos los ángulos. Éste es un privilegio que no me tocó vivir, ya que el día que visité el Templo del Cielo, y sin que nadie me lo explicara, no se podía acceder a su interior, simplemente se lo debía contemplar desde el exterior, como si se tratara de un objeto sagrado.

La Plaza de Tian’anmen

La Plaza de Tian’anmen, o Plaza de la Puerta de la Paz Celestial, no sólo es la más grande del mundo -con 880 metros de norte a sur y 500 metros de este a oeste, con un área total de 440.000 metros cuadrados-, sino también uno de los símbolos de la China republicana, ya que fue aquí donde el líder del Partido Comunista proclamó la nueva República Popular el 1 de octubre de 1949.

A cualquiera que la visite, le asalta la idea de que con su construcción se pretendió crear una gran explanada en la que se pudieran desarrollar masivos actos de adhesión al regimen de Mao Zedong, al estilo de los que se realizaban en la Plaza Roja de Moscú.

Frente a la puerta de Tian‘anmen destacan los puentes del “Río de las Aguas Doradas”, nombre dado a los fosos interiores y exteriores de la ciudad Imperial. Se sabe, por otro lado, que el puente central llamado “Yulu“, más ancho que los otros y decorado con dragones tallados en mármol, era de uso exclusivo del emperador.

La plaza está dividida en el Gran Salón de la gente hacia el lado oeste, el Museo de Historia y el Museo de la Revolución hacia el este y en el sur el Mausoleo donde yace el cuerpo embalsamado del fundador de la República Popular China. En el centro se eleva un obelisco de piedra, de 38 metros de altura, y exhibe una inscripción en la cual se lee: “Los héroes del pueblo son inmortales“. El Mausoleo de Mao Zedong, con forma cuadrangular, está precedida en sus dos frentes por grupos escultóricos en homenaje a los campesinos, soldados, obreros y estudiantes que apoyaron la causa comunista.

La Plaza de Tian’anmen, a lo largo del Siglo XX, ha sido escenario de numerosos acontecimientos históricos, desde el movimiento del 4 de mayo de 1919 hasta la llamada Revuelta en 1989, que conmocionó al mundo entero, porque las protestas liderizadas por estudiantes e intelectuales, descontentos con la burocracia y autoritarismo de la cúpula del Partido Comunista, fueron arremetidos brutalmente por las fuerzas del ejército, dejando un reguero de muertos y heridos. A mí, que seguí los sucesos a través de los medios de comunicción, me impactaron las imágenes de las personas que, decididas a ofrendar sus vidas a cambio de una mayor democracia y libertad, se enfrentaron a las tanquetas, sin más armas que el valentia y la furia contenida.