La sustancia de la política es una. En el Cártago de Aníbal, en la Florencia de los Medici, en el Versalles de Luis XIV, en la Sala Oval de Lincoln o en la Bolivia de Evo Morales trata de lo mismo: conseguir, conservar y acrecentar poder político. No obstante, nadie en sus cabales creería que en todas esas circunstancias la política se hace de la misma forma. Ni Aníbal ni los Medici tuvieron a su disposición esas estructuras sociales altamente racionalizadas que reciben el nombre de “partidos políticos”. Ni Luis XIV ni Lincoln alcanzaron a conocer ese poderoso instrumento perlocucionario llamado “medios de comunicación masiva”. Cada circunstancia histórica pone a disposición del ejercicio de la política sus recursos propios y demanda la consiguiente destreza específica para usarlos de forma eficaz. Y por regla general, las destrezas de uso de unos recursos no necesariamente sirven para el uso de los otros. Un gran espadachín habría acrecentado sus posibilidades de ser un gran político en el medioevo, pero no hubiese tenido nada que hacer con la espada en, por ejemplo, el siglo XX.

El siglo XX desarrolló dos recursos políticos propios: en la primera mitad los partidos de masas que, en la segunda mitad, fueron desplazados por los medios de comunicación masiva, fundamentalmente la televisión. De hecho, tal fue la importancia de esta última que indujo a una importante desterritorialización y mediatización de la política, cara y cruz de una misma moneda. Como consecuencia, la actividad política se vio obligada a desarrollar destrezas comunicativas (la “comunicación política”) para optimizar las capacidades de competencia por y ejercicio del poder.

En el siglo XXI, sin embargo, los recursos políticos están iniciando un nuevo proceso de mutación. De a poco, las así llamadas “redes sociales”, fundamentalmente las comunidades digitales (como Facebook) o los sistemas de microbloging (como Twitter), han empezado a ganar espacios e importancia en la relación entre quienes detentan autoridad y el resto de la ciudadanía. No han introducido en la política aún nada parecido a la revolución de la televisión; de hecho, todavía no están ni en condiciones de competir con ella. Pero a medida que, según muestran las encuestas de uso del tiempo, crece significativamente la cantidad de horas promedio al día que la ciudadanía (el universo de electores/as) permanece expuesta a ellas, su importancia para el ejercicio de la política debiera sufrir una suerte parecida. En otras latitudes, ya Twitter se ha convertido en el juguete predilecto de muchos/as políticos/as profesionales.

Las destrezas necesarias para el desempeño político en la era de las redes sociales son radicalmente distintas a las que demandaba la era de la televisión. Para empezar, los medios de comunicación masiva transmiten mensajes a audiencias; en las redes sociales, por el contrario, interactúan comunidades. En el primer caso, la acción política (comunicativa) es unidireccional. El emisor transmite su mensaje a un receptor abstracto, promedio, que se subentiende pasivo y no necesariamente reflexivo, y que además no tiene la facultad de, a su vez, convertirse en emisor. Favorece, por ello, procesos de comunicación política muy afines a autoritarismos y totalitarismos. El emisor ejerce todo el poder y control sobre el proceso comunicativo, mientras que al receptor le queda la simple posibilidad pasiva de cambiar de canal, pero en ningún caso de participar activamente como par.

Las redes sociales, por el contrario, son locus virtuales de interacción bidireccional, en los que no existen emisores y receptores fijos, permanentes e inmóviles, sino, por el contrario, sujetos que interactúan activamente, que cambian de roles comunicativos de forma dinámica y que, lo que no es menor, comparten códigos y hasta una memoria común. En las redes sociales no hay autoridades ni jerarquías; hay pares con el mismo derecho a la palabra que uno/a.

Por sus características, las redes sociales generan condiciones para un ejercicio de la política muy distinto al que se hizo dominante en la era de los medios de comunicación masiva. En efecto, estos últimos, los medios, favorecen el ejercicio de la política mediocre, la que, mientras permita aparecer en la televisión o en los diarios, saca ventajas de la trampa burda, de la triquiñuela barata, de cualquier cosa que suponga una ganancia de influencia a través de la exposición. Su consigna no es sumar fuerzas, sino cámaras y portadas. Y para ello, por supuesto, sirve menos el liderazgo responsable que el escándalo de una acusación sin sustento o una declaración irresponsable. La política mediocre aprovecha la unidireccionalidad de la comunicación masiva, la del siglo XX, para imponer sin contestación sus mensajes, sus significantes, sus códigos. Y por regla general, tiene, controla o manipula a más de un medio de comunicación para facilitarse ese trabajo.

Las redes sociales, por el contrario, están desarrollando la potencialidad (que, a la larga, seguramente no se realizará) de una relación distinta entre la autoridad y la ciudadanía. Por el momento se están convirtiendo en instrumentos de vigilancia ciudadana. Cualquier cosa que afirme un/a político/a (o un personaje de la fauna del poder) es escudriñada meticulosamente y en tiempo real por los/as pares. Eso restringe sustancialmente las posibilidades de influir en la agenda a costa del escándalo, de la afirmación irresponsable, de la simple arbitrariedad del poder (decir). Si ante las cámaras o el micrófono el/la político/a puede afirmar lo que se le venga en gana sin que el/la receptor/a final del mensaje tenga el derecho al cuestionamiento o la réplica, en las redes sociales ocurre todo lo contrario. En Twitter, por ejemplo, no es posible decir la primera barrabasada escandalosa que a una autoridad se le ocurra sin que la comunidad de ciudadanos/as twitteros/as demande inmediatamente al menos una prueba o un argumento para sustentar lo dicho. Tampoco es posible “controlar” la red social en el mismo sentido que se controla un medio de comunicación. En pocas palabras, la política mediocre del escándalo, propia de la era de los medios de comunicación, tiene poca o ninguna posibilidad de éxito en la era de las redes sociales.

¿Qué tiene que ver esto con la oposición boliviana? El pasado 30 de mayo, Centa Rek, actual senadora de Convergencia Nacional por Santa Cruz (aunque, hasta hace algunos años, ferviente y apasionada defensora del actual gobierno que, sin embargo, parece no haberle ofrecido un cupo senatorial en retribución), hizo pública en su cuenta de Twitter la siguiente afirmación: “Oficialismo promueve legalizacion [sic] de autos ingresados de contrabando y lavado de narcotrafico [sic]. Donde [sic] iremos a parar?”. Acto seguido, el twittero Mario Durán Chuquimia hizo lo que cualquier ciudadano/a reflexivo/a e interesado/a en una política de calidad haría: consultar por las pruebas que servían de sustento a una tesis temeraria hasta más no poder. La respuesta inmediata de la “honorable” fue una sarta de descalificaciones del calibre de “matoncito” o “represor”.

Por si fuera poco, el 1de junio un medio digital de reciente aparición publicó una extraña nota (carente de fuentes u otros medios probatorios exigidos por el periodismo profesional) que comentaba sobre la existencia de agentes del gobierno infiltrados en las redes sociales y sobre la experiencia de Centa Rek que había sido “víctima” de ellos (!!!). Para rematarla, Rek sigue usando hasta el día de hoy su cuenta de Facebook para difundir su delirio de ser objeto de acoso político en las redes sociales porque alguien quiso subirle la calidad a la política boliviana y pidió pruebas para una acusación muy grave.

No es necesario ni decir que, por supuesto, la “honorable” hasta ahora no se ha dignado a entregar ni una sola prueba. Se ha victimizado hasta el hartazgo, sí. Pero de las pruebas no se ha sentido ni el olor. En todo manual de lógica eso se llama argumentum ad miseriam. Y en cualquier manual de retórica, “el pathos matando al logos”.

¿Qué más se puede decir? La conducta de la “honorable” Rek sería inmoral si a la vez no fuera tan hilarante. Mario Durán Chuquimia, activo y protagónico miembro de la comunidad digital boliviana, es el primer periodista ciudadano y responsable del primer medio ciudadano estrictamente digital de Bolivia. Ha tenido durante los últimos 4 años un activo papel en las actividades de alfabetización digital en el país. Y, sobre todo, es un ácido crítico de la política boliviana, sea oficialista o de oposición. Esta su posición crítica le costó hace algunos años su salida de un medio de comunicación alternativo pro oficialista. Desde entonces, día a día publica en su blog sus posiciones personales respecto a la coyuntura, en las cuales ejerce plenamente su libertad ciudadana de criticar en términos muy duros a éste o cualquier gobierno cuando lo estima conveniente.

La comunidad boliviana de twitteros/as, conformada fundamentalmente por ciudadanos/as que en las urnas se manifiestan por la oposición, le ha comunicado en todos los idiomas estos antecedentes a la “honorable” Rek. Pero ella parece haber encontrado alguna suerte de éxtasis orgiástico o alguna ganancia política en victimizarse e insistir en que la petición de pruebas para una afirmación que, como poco, es cercana al delito de calumnias con difamación, fue un acto de matonaje. Así de penosa es la situación: la “honorable” Rek pretende continuar con las prácticas de la política mediocre propia de la era de los medios de comunicación pero en el entorno radicalmente distinto de las redes sociales.

En su caso hay además un agravante: se le ha demostrado extensivamente que cometió un grave error, pero en lugar de excusarse, insiste en la mediocridad de victimizarse para sacar réditos políticos de él. ¿Con qué resultado? Simple: a estas alturas da menos pena su incomprensión del ejercicio de la política en las redes sociales que la paupérrima calidad de la oposición boliviana evidenciada por su triste e incorrecto comportamiento.

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El autor es sociólogo y cientista político. Twitter: http://twitter.com/Ego_Ipse.