(APe).- Es minúsculo y no llega al canasto de hierro forjado. La bolsa negra se resiste al desguace desde su altura inalcanzable. En la pared, Pino Solanas mira hacia el horizonte y dice que juntos podemos transformar la Argentina. El tiene gorrito boliviano y la piel muy oscura. Sus padres allanan el árido camino: la bolsa finalmente capitula ante la mano fuerte y muestra sus vísceras de cáscaras de huevo, latas vacías y colas de salamín. Nada digno de rescate.

Entre los tres arrastran el hato de tela y nailon donde atesoran su particular selección. Cartones, papel, retazos, ropa vieja, algún resto de alimentos salvable. Un autito azul con dos ruedas, una muñeca mutilada, la memoria de un CPU y dos pilas medianas son los nuevos juguetes adquiridos en esa aventura de conquista que es como siente, todavía, las salidas diarias a explorar basura. Enfrente, Pino Solanas lo mira, esta vez casi a los ojos y le dice que juntos podemos transformar la ciudad. Algo cambió en pocas cuadras en la voluntad del hombre canoso que casi le sonríe.

En la esquina suben, entre los tres, la carga al carrito que avanza a tracción humana. El, todavía, con el privilegio de ir sentadito sobre el bulto. Su padre aporta la fuerza de arrastre. Su madre carga bolsas en la espalda y en los brazos.

En la avenida un hombre de bigotes los mira como a la nada y dice Vamos – Mejor Felipe. Ni tiempo les queda de preguntarse vamos para dónde y mejor para qué. O para quién.

Arriba -tiene que alzar los ojos, pararse sobre el carro y ponerse la mano sobre los ojos, como una viserita- hay un pibe enorme saliéndose del cartel. Asignación universal por hijo, dice. Es chiquito pero es una cara gigante. Que se parece un poco a él. Bastante se parece.

En la esquina una mujer se sienta en los escalones de una ferretería que tiene las persianas bajas. Las nenas que están con ella se pelean por tres caramelos de imposible división por dos. La más chica tiene la panza huyendo de la remera. Ya le queda muy corta. La otra tiene un pantalón de gimnasia azul, malherido en las rodillas. Cuidan una bolsa red, de ésas con manijas y todo. De ésas de comprar el pan. Obesa ahora por la recolección del día. Unas facturas de principio de la semana, dos pares de zapatillas módicamente gastadas, una botella de agua, bufandas tejidas a mano con las sobras de caridad, paquetes de fideos abiertos, harina, polenta.

Tiene tres más en la casa -unos bloques apilados cerca del río- y los cuida la mayor. A veces se le parte la cadera de tanta caminata.

Ella perdió la asignación hace tiempo. El padre se esfumó como la neblina de la mañana. Se fue hace dos años, prometiendo volver con los bolsillos llenos de buena suerte. En algún lugar del mundo consiguió trabajo en blanco. Y de inmediato comenzó a cobrar la asignación familiar por todos. Es lo que le dijeron a ella en Anses cuando fue a preguntar por qué ya no figuraba su nombre.

Hay miles de hogares con padre ausente y madre sola que sufren irreparablemente la perversidad del sistema. Que fue pensado y construido sobre la base de una familia nuclear atomizada y fragmentada por años de destrucción sistemática. La asignación por hijo -que no es universal- está destinada a los desempleados. Y si al padre de familia -aunque ya no sea padre en lo concreto ni haya familia propia y dicha- un golpe de suerte lo vuelve trabajador en blanco, privilegiado e integrado, pasará a cobrar como asignación familiar lo que la mujer sola recibía para alimentar a los niños a los que des-amparó hace tiempo.

En el paredón de enfrente un hombre rojo con fondo rojo promete Gobernar Bien. Se llama Francisco como el más chiquito que se quedó en casa. De Narváez, firma. Ella cree haberlo visto en la tele pero no está segura de que sea el mismo. En otro afiche, pegadito, irrumpe la cara de otro hombre que dice ser Distinto. Y garantiza un País Mejor. Está peinado ahora. Maquillado. Se parece a su padre –al padre del hombre, no al de ella, del que nunca supo- y le usa los trajes y el tono de voz. Ricardo dice que se llama. Alfonsín 2011, a la derecha.

Más de tres millones de criaturas como las de la mujer que descansa sus huesos en los escalones de la ferretería de Barracas quedaron fuera de la asignación a la que llaman universal. Y que ella sabe que no lo es. Porque un buen día –mal día si los hubo- sus niños no figuraban más en sus papeles. Aunque el dinero salga del sistema, a ellos no les llega. Ni en leche tibia ni en carne tierna ni en escuela ni en jarabe para la tos.

Sabemos y podemos, dice desde una gigantografía un hombre con mirada de prócer, hacia el futuro. Pero que es el pasado. Duhalde. Eduardo. Presidente.

El cachorro con gorrito boliviano salta un bache en una calle de Avellaneda. El Gobernador le promete seguridad desde afiches imponentes en una fábrica abandonada. A la vuelta de la esquina, la Gendarmería ocupa el edificio de un hospitalito zonal. La policía se detiene a mirarlos mientras averiguan una caja populosa que alguien dejó en la vereda. El patrullero arranca corcoveando. Seguridad para quiénes. El tiene la panza insegura, los pulmones aterrados y la noche a la intemperie. La gendarmería no le ahuyenta el hambre que le gatilla el porvenir a cada rato.

La mujer se levanta de los escalones de la ferretería de Barracas. Las nenas van detrás, tirando de la bolsa de pan sin pan. Un cartel amarillo le advierte vos sos bienvenida. Una muchacha sonríe y Mauricio también. Bienvenida adónde. A qué. Ella caminará hasta enllagarse los pies. La recibirán en casa con esa tos cargada de veneno del río. Sin bienvenidas ni asignaciones universales ni buen aire para respirar.

Los rostros enormes, prolijos, peinados, sonríen 2011s para un mundo que no es el suyo. No cambiarán su vida ni transformarán la vida brava que le tocó.

Cierra la puerta y se prepara un mate. Los huesos duelen en el alma.