El 5 de junio fue establecida por la ONU como el Día Internacional del Medio Ambiente, en 1972. Desde entonces, de manera progresiva, en esta fecha se realizan conferencias ambientales, conciertos de música, se plantan árboles, se suplantan los automóviles por bicicletas, etc. en los cinco continentes de la Madre Tierra. Para dinamizar aún más la conciencia y la cultura ecológica, anualmente la ONU establece un tema concreto. El presente año la atención está centrada en la defensa de los bosques, bajo el lema de: “La naturaleza a su servicio”.

A casi cuatro décadas de de estas iniciativas, la pregunta inevitable es, ¿fueron o son suficientes estos esfuerzos para detener el acelerado deterioro de la Madre Tierra? ¿Existe un reconocimiento real de la dignidad y los derechos de los demás seres (vivos y no vivos) que cohabitan con nosotros en la Tierra? ¿Cuidamos el medio ambiente sólo porque nos es útil para satisfacer nuestras necesidades, o porque realmente reconocemos el derecho a existir a las plantas, ríos, bosques, mares, animales, piedras, etc.?

Cada año son exterminados, por la vo­racidad del mercado, cerca de 20 millones de hectáreas de bosques naturales. Cada día se desmonta bosques del tamaño de 24 mil campos de futbol. La Amazonía está perforada por todas partes. La biodiversidad es cada vez menos diversa. El agua dulce se agota, y lo que de él quede será motivo de guerras nucleares. Y efecto invernadero se acelera sin pausa, ni clemencia.

En el tiempo que oímos o leemos este editorial, ha desaparecido para siempre una especie de animal y/o vegetal del planeta. Cada año se pierden 25 millones de toneladas de humus por causa de la erosión, salini­zación y desertización de los suelos. Cerca del 50% del planeta ya ha sido cultivado, construido o pastoreado.

En el siglo pasado la temperatura media de la Madre Tierra aumentó en 0.7º C., para el presente siglo se pronostica un aumento promedio entre 1.5º a 6º C., lo que provocará desastres des­comunales. No sabemos si sobreviviremos a estos infernales cambios.

Mientras esto ocurre, los gobiernos del mundo y los intereses multinacionales hacen de los últimos bienes de la Madre Tierra recursos capitalizables (activos) para salvar al Dios Mercado en crisis. ¡Si hubiera un comprador capaz, venderían toda la Madre Tierra al mejor postor!

Naufragamos en el tercer milenio con cerca del 40% de la humanidad sumida en la miseria, hambre y sed. Cada año mueren de hambre más de 60 mi­llones de personas (de los cuales 20 millones son niños).

El 20% de la población consume el 80% de los bienes y servicios dis­ponibles en la Madre Tierra, y el resto de la humanidad sobrevivir con las migajas que el Norte deja a su paso por el Sur. ¡Esto es el costo de la religión del libre mercado!

El origen de este terrorismo ecológico está en el instinto del frenético deseo del hombre moderno. Producir, consumir, acumular, derrochar es la lógica del “Desarrollo Infinito”. ¡Cómo podrá haber desarrollo infinito si los recursos de la Madre Tierra son limitados! Mientras más presionamos a la Madre Tierra, mayor es el cambio climático. ¡Qué conducta suicida la nuestra!

Ahora más que nunca debemos asumir nuestro rol de jardineros de la Madre Tierra. Esto ya no es una opción ética, sino una obligación moral de sobrevivencia. No estamos predestinados a ser el Satán de la Tierra. Nuestra misión es la de ser guardianes de nuestra Madre Tierra.

Las y los ciudadanos del presente siglo, te­nemos una doble responsabilidad ética: Con la comunidad cósmica, porque por nuestra autoconciencia y eticidad fuimos puestos en la Tierra para cuidarla. Y con las futuras generaciones, porque debemos dejar­les una Casa habitable, como nos la han heredado. Una tercera más para quienes creemos en un Dios Padre y Madre, origen y des­tino de todo cuanto existe: Él nos pedirá cuentas si le reconocimos o no en todos los miembros de la comunidad cósmica (incluido el ser humano), y nos dirá: “( …) lo que con ellos hicieron, a mí me lo hicieron” (Mt. 25,46). Entonces, habrá grandes sorpresas.