En la segunda mitad del Siglo XX, decenas de países se proclamaron socialistas. Al concluir la primera década del Siglo XXI, los dedos de una mano sobran para ese cometido. Es obvio que ninguno de ellos ha retrocedido a realidades previas a sus procesos de cambio. China está a abismal distancia del país que transformó Mao. Cuba no se asemeja a la que Fidel enterró. Las invasiones y ocupaciones coloniales en Vietnam son irrepetibles. La URSS y los países del Este europeo encaran nuevos desafíos.

No obstante, no faltan quienes se preguntan si realmente fueron socialistas. Claudio Katz, un estudioso del imperialismo contemporáneo, afirma que la ex URSS no recayó en el capitalismo en tiempos de Stalin “ya que no estuvo gobernada por una clase dominante, propietaria de los medios de producción y guiada por la meta de acumular capital” (“Rebelión.org” 27-05-11). Cornelius Castoriadis dice que el poder estuvo en manos de una burocracia corrompida, pero no burguesa, ya que no reinvertía utilidades en beneficio propio. 

De todas maneras, la pregunta sigue en pie: Al abandonar su proclamado socialismo, inventado o real, ¿dónde se encuentran ahora? Al parecer, la mayoría de ellos se ha atrincherado en un capitalismo de Estado, desde donde acosan con inusitada fuerza al capital financiero internacional, el que, lejos de haberse fortalecido con la debacle de los socialismos frustrados, observa impotente cómo el fortalecimiento incesante de potencias emergentes (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica), ha reintroducido contradicciones insalvables en países desarrollados de Europa Occidental y ha debilitado a entidades otrora poderosas como la OTAN, que no encuentra la forma de aplastar ni siquiera la resistencia en Libia o Afganistan. Lo anterior demuestra cómo el rasgo más importante del imperialismo, la pugna entre naciones oprimidas y naciones opresoras, remarcado por Lenin, lejos de debilitarse, ha adquirido nuevo impulso.

Ha sido el pensador católico Alberto Methol Ferré, en su libro “Las Naciones Continente y el MERCOSUR”, quien ha advertido con mayor precisión que el impulso de las naciones continente de Asia, África, América Latina y Europa Oriental romperá la hegemonía euro-estadounidense, que pretendió prolongarse en forma indefinida, a través de su Banca desregulada y sus paraísos fiscales. Desde luego que el proceso anotado está lejos de ser lineal. Los centros de poder mundial explotan cualquier debilidad tercer mundistas para hincar sus colmillos. En Chile, la empresa Monsanto está a punto de lograr que Piñera le transfiera todas las semillas de su país, las que permitirían al consorcio patentar como suya la producción de transgénicos. En Bolivia, la lamentable gestión en YPFB, después de la nacionalización de los hidrocarburos, del 01-05-06, se encamina a un entreguismo mayor al de Gonzalo Sánchez de Lozada.

Lo anterior no puede hacernos olvidar a Marx, quien decía que “el capitalismo llega al mundo chorreando sangre y lodo, por todos los poros, de los pies a la cabeza”, y que sus características fundamentales no han variado desde entonces. Sin embargo, al parecer el fortalecimiento económico de las naciones oprimidas es el único camino viable para reestructuras la sociedad sobre diferentes cimientos éticos y económicos y alcanzar un nuevo equilibrio planetario, en lo ecológico y en lo social, a fin de que conceptos centrales, como los de libertad, derechos humanos, individuales y comunitarios, y de justicia social, no continúen siendo como hasta ahora, enunciados incumplidos.

El vicepresidente Alvaro García Linera, en la inauguración del centro de Estudios Estratégicos de la Defensa (CEED), realizada en Buenos Aires, afirmó que ha llegado el momento de reposicionar estratégicamente a Sudamérica, ya que en el Siglo XXI sólo los Estados Regionales o Estados Continente incidirán en los procesos de construcción de la economía, la defensa y la legalidad planetaria. Este concepto es antagónico al que planeó en la década de los ochenta, cuando dijo que no era necesario dividir Bolivia, porque ya estaba dividida. Luego logró el reconocimiento constitucional de 36 inexistentes naciones indígenas. Más tarde, sin explicaciones coherentes, dio un salto del capitalismo andino al socialismo comunitario, cuya validez ha cuestionado ahora con la tesis de las naciones continente. Ojala no abandone esta posición ya que, por fin, ha llegado a la posesión correcta que los latinoamericanos debemos defender.