(Prensa Latina).- La esclavitud y el colonialismo marcaron la historia en Togo, una nación del Africa Occidental. Un análisis de lo ocurrido en ese territorio tras la llegada de los conquistadores europeos para imponer el régimen esclavista y posteriormente el no menos oprobioso sistema colonial, muestra las luchas por el dominio del continente. El puerto de Freetown en Sierra Leona guarda en la memoria momentos culminantes de la época de la esclavitud.

El territorio togolés constituye una estrecha franja que penetra tan solo 500 kilómetros de tierra entre Ghana y Benin, y al sur dispone de una ribera marítima abierta al golfo de Guinea. Los primeros habitantes del país vivían en el norte y formaron parte de una comunidad lingüística muy peculiar, denominada gurvoltaica.

Entre los siglos XII y XIV, otras tribus siguieron la ruta del río Níger y penetraron en el territorio; más tarde, grupos dispersos de yorubas y otros provenientes de la vecina Ghana y Costa de Marfil se asentaron en la zona y dieron lugar a un singular mosaico étnico cultural.

A pesar de su diversidad, los habitantes vivían en plena armonía, la ocupación principal era la agricultura, sus creencias animistas, y como en casi todo el continente, la autoridad la ejercía un kani o jefe supremo cuyas decisiones eran aceptadas por todos.

Esa fue la situación económica, política y social que existía en el territorio a la llegada de los europeos, quienes implantaron un sistema que convertía a los seres humanos en mercancía, donde imperaba una excesiva crueldad y desprecio hacia los africanos y a su organización social en transformación.

Los navegantes portugueses arribaron en el siglo XV a las costas de lo que sería el estado togolés, pero no penetraron en el interior del país; en la centuria siguiente, comerciantes lusitanos recorrieron el territorio produciéndose el contacto con la población de pueblos y aldeas, tierra adentro.

Al principio existía un intercambio rudimentario aunque progresivamente la situación se fue modificando a medida que los dueños de plantaciones en las colonias europeas de América demandaban fuerza de trabajo africana para sustituir a la agotada y diezmada población india autóctona, víctima de castigos y otros abusos.

Durante los siglos XVII y XVIII, el comercio de esclavos -iniciado por Portugal dos centurias antes- se intensificó con la participación de Gran Bretaña, Francia, Holanda y España, es decir, las principales potencias europeas. El tráfico humano le proporcionó a la zona la triste denominación de Costa de los Esclavos.

En esos dos siglos, la trata continuó en toda su magnitud hasta 1834, cuando Gran Bretaña prohibió el comercio de esclavos en sus colonias de Africa y América, debido a que en la nación europea se desarrollaba la Revolución Industrial. La desaparición de ese comercio y la esclavitud no se produjo de la misma forma en las posesiones coloniales, lo que obligó a Londres a establecer bases navales en el continente africano para perseguir a los violadores de la norma.

El colonialismo

En toda Africa, la etapa colonial sucedió a la esclavitud; a fines de 1884 se inició la Conferencia de Berlín, que se extendió hasta 1885, una reunión donde las potencias europeas se repartieron el continente con el fin de encausar las pugnas por el dominio de nuevos territorios.

El canciller del imperio alemán, Otto Von Bismarck (1815-1898), decidió variar su política de que la colonización en Africa constituía una pérdida de hombres, fuerzas y recursos; a partir de esa decisión adoptada en 1884, los germanos tuvieron presencia colonial en Africa.

En realidad, Bismarck había cedido a las presiones de misioneros y marinos alemanes con el propósito de contrarrestar la influencia de Francia en la región; navegantes y comerciantes teutones se instalaron en ciudades de la zona.

Gustave Nachtigal, cónsul de Alemania en Túnez, fue encargado por el gobierno imperial de ocuparse de los intereses de ese país sobre la costa occidental africana; el funcionario fue el primero en izar la bandera germana en Togo, en 1884, después de enfrentarse a la resistencia de los reyes nativos.

Nachtigal firmó con el rey Mlapa III el primer tratado de protectorado en esa zona del Golfo, documento firmado en inglés que le dio el nombre de Togo a todo el territorio adquirido.

En el período, Francia y Alemania intercambiaron territorios, de acuerdo con sus conveniencias hegemónicas; la colonización germana se produjo lentamente, mediante el empleo de expediciones militares.

Berlín presentaba a Togo como “colonia modelo”, pero no era diferente a la situación que prevalecía en los territorios donde las metrópolis ponían de manifiesto la prepotencia de los explotadores extranjeros, quienes desconocían las aspiraciones y derechos de la población autóctona.

En ocasión de la Primera Guerra mundial (1914-1918), Togo estaba rodeado por posesiones británicas y francesas; Alemania, que mantenía una pequeña fuerza policial, no pudo ofrecer resistencia a los militares de sus rivales europeos y se rindieron el 25 de agosto de 1914.

En ese tramo de las pugnas intercoloniales, Gran Bretaña y Francia resultaron vencedoras y se apoderaron de Togo; esas dos potencias también tomarían posesión de las demás colonias del imperio alemán, que fue derrotado en la primera contienda bélica mundial.

Este no sería el último enfrentamiento entre europeos por el control de Africa.

Freetown, puerta hacia la esclavitud

Sierra Leona posee uno de los puertos mayores del mundo, Freetown, en su capital del mismo nombre. Esa rada guarda en la memoria momentos culminantes de la época de la esclavitud, que se inició en el siglo XVI con la llegada a Africa de los conquistadores europeos.

Freetown fue testigo de la salida de esclavos y también de la decisión de ponerle fin a ese comercio que enriqueció a traficantes y a dueños de plantaciones en América. Sierra Leona formaba parte de los Estados de Guinea; así se llamaba la franja costera de Africa Occidental que se extiende por una parte considerable de la región.

La historia de los Estados de Guinea a principios de nuestra era es poco conocida debido a la falta de investigaciones arqueológicas importantes, por lo que se confía en las tradiciones orales de los pueblos.

Sin embargo, trascendió que en el siglo XIII los habitantes de Guinea habían comenzado a crear pequeños Estados, los que fueron fundados por pobladores procedentes de Sudán Occidental.

Sudán se denominó la extensa sabana al sur del desierto del Sahara, desde Senegal hasta la actual República de Sudán. Esos habitantes habían llegado a este territorio después de traspasar las zonas boscosas que separan las dos regiones, y se establecieron en los actuales países de Sierra Leona y Liberia. Tales migraciones conforman hoy su población de mayoría mendes, y también temines, limbao, furankos y susu.

Las sociedades de los estados guineanos tenían un carácter marcadamente urbano, según los especialistas; la economía se basaba en la agricultura y sus habitantes vivían en colonias, alrededor de las casas de sus reyes y ancianos.

Las colonias variaban de tamaño, desde simples poblados hasta ciudades. En la mitad oeste del Africa Occidental dominaban los mercaderes mendes; antes de la aparición de los europeos existía, por tanto, una red de rutas comerciales que unía ciudades y pueblos a través de toda el Africa Occidental, entre el Sahara y la costa.

Aunque gran parte del comercio tenía carácter local, por ejemplo, el cambio de alimentos por manufacturas, las transacciones de los mercaderes mendes, yorubas y hausas eran auténticamente interregionales.

Entre los principales productos que se comerciaban estuvieron sal, ganado y caballos desde Sudán hasta los Estados de Guinea, mientras las exportaciones eran polvo de oro y nueces de cola. En los Estados guineanos existía la esclavitud doméstica, sobre todo en aquellas comunidades más desarrolladas que trabajaban como sirvientes y obreros agrícolas de los reyes y otros personajes relevantes.

La otra esclavitud

El comercio de esclavos en gran escala se desarrolló después de la llegada de los portugueses. El navegante Pedro de Cintra arribó a las costas de Sierra Leona en 1460 y la llamó así por las formas geográficas de sus elevaciones, vistas desde el litoral.

Los portugueses pioneros de la trata, en el siglo XV, establecieron allí una factoría donde se hacinaban los esclavos cazados en las distintas regiones hasta que los barcos llegaban al puerto de Freetown para transportarlos a América.

En el denominado Nuevo Mundo, Portugal poseía su colonia de Brasil, a cuyas costas de la actual ciudad de Bahía llegó Pedro Alvares Cabral en 1500; sin embargo, la colonización del territorio la organizó Martin Alonso de Souza tres décadas más tarde.

Con el desarrollo de la industria azucarera, los dueños de las plantaciones recurrieron a la importación de esclavos de Africa, pues ni los indios ni los europeos estaban aptos para este tipo de trabajo que exigía considerable esfuerzo y resistencia física. En Brasil se demandaba cada vez más esa fuerza de trabajo.

Se convirtió Freetown en un enorme fondeadero para los buques negreros que incesantemente partían repletos de africanos hacia las colonias; a los lusitanos les siguieron traficantes ingleses, franceses, holandeses, españoles y otros europeos.

El comercio de seres humanos creció enormemente en los siglos siguientes hacia las restantes colonias de América y la región del Caribe.

En 1787 Inglaterra envió a la bahía de Freetown la primera partida de africanos, esclavos libertos que habían luchado del lado inglés en la guerra de independencia de las 13 colonias norteamericanas.

La Corona británica decretó, en 1838, la abolición de la trata en sus colonias de Africa y América; la norma no fue dictada por razones humanitarias debido a los sufrimientos que causaba a los africanos, sino por razones puramente económicas.

La nación europea desarrollaba la Revolución Industrial y no era de su interés continuar con la trata; el gobierno inglés creó en Freetown una de las bases de sus patrullas navales para perseguir a los violadores de la proscripción del comercio de esclavos.

De esa forma, Freetown conoció el prólogo y el epílogo de un denigrante comercio que sumió en el dolor y la humillación a millones de hombres y mujeres africanos.

* Periodista cubano, especializado en política internacional, ha sido corresponsal en varios países africanos y es colaborador de Prensa Latina.