La Habana, (Prensa Latina).- Hace cinco siglos, Baracoa surgió a la historia; más bien nació Nuestra Señora de la Asunción. De las múltiples regiones de interés histórico, turístico y cultural en Cuba, Baracoa, tierra de tradiciones heredadas de la ancestral cultura aborigen, resalta como destino exótico.

Baracoa ya existía; era tierra de indios, y tierra de desembarco -en primer término, por la costa oriental- de los pueblos que, procedentes de los altos Andes, como se ha demostrado, descendieron todos esos escalones de montañas hasta llegar a la costa de la actual Venezuela, y luego saltando por ese collar de islas, se aproximaron por las que fueron llamadas Antillas Menores y Mayores, conforme con la definición que el sabio Toscano, Paolo del Pozo, había dado al propio Cristóbal Colón según el concepto antiguo de que, más allá de las columnas del mundo conocido, existía una Antilia maravillosa, una Antilla que dio el nombre a las nuestras.

No menos mágica, sin dudas, que aquella primigenia, dorada y desaparecida son las islas del Caribe, tanto las islas que hoy conservan su identidad, la identidad primera, como aquellas que, como resultado del gran debate en que se transformó el Caribe como Nuevo Mediterráneo Americano, pasaron a ser imperios de otras lenguas, de otras culturas y civilizaciones. De cualquier forma, el Caribe fue el lugar de encuentro, y como aquel otro Mediterráneo, fue lugar de fusión, fue lugar de pasiones, y fue lugar de debates.

Nos queda pues, en las Antillas Mayores -con la excepción de la parte de la Isla Española, que ocupa la República de Haití, cuyo glorioso destino en América no han podido eclipsar ni el gran huracán, ni el terrible terremoto, ni los grandes avatares de su historia- toda una arquitectura maravillosa que aún allí se conserva. Recuerdo que una de mis grandes emociones al visitar la Isla (Española) fue contemplar aquella arquitectura de madera, preciosamente decorada, cuidada con esmero por sus poseedores que tenían orgullo por ella. No sé qué destino les habrá deparado el destino mismo -valga la redundancia- en aquellos grandes movimientos telúricos, pero lo cierto es que fuimos depositarios de esa historia y de esa interpretación.

Al llegar los conquistadores castellanos al oriente de Cuba, cumpliendo el mandato del Comendador de Lares, bahilio de la Orden y Gobernador y Virrey de Santo Domingo, hoy sepultado en una iglesia abandonada cerca de Cáceres y muy próximo al Puente Romano, Nicolás de Obando decidió, primero, poner fin a la leyenda que el último viaje de Colón había convertido a Cuba en parte de un continente inhóspito, y no en isla, como la imaginó primeramente.

Y el desembarco significó el nacimiento de las siete ciudades que hoy forman parte del Patrimonio Nacional y parte de la memoria de España en América, y nuestra propia memoria. Es significativo que se asentaron en los sitios donde el tainato había puesto sus plantas por vez primera. Y aún también, donde los pueblos de igual estirpe que los precedieron, habían avanzado del oriente hacia el occidente.

Y fue allí, en Baracoa, tierra india, a la vista del Yunque -que más parece obra humana, en la belleza trunca del corte de aquella montaña, que obra de la naturaleza- donde se asentó Nuestra Señora de la Asunción, y a partir de ahí el San Salvador del Bayamo, Santiago de Cuba -el segundo Santiago de América; el primero en Santo Domingo, en La Española-, y así sucesivamente hasta San Cristóbal de La Habana.

Tres ciudades, tres villas fundadas, tres campamentos conservaron su nombre, el nombre apostólico de la expedición conquistadora: Santiago Apóstol, que pesaba tanto en el peso de la batalla librada hasta el año 1492 para consolidar el poder real en tierras musulmanas de España, ocupadas por los musulmanes desde el año 711 de Nuestra Era.

El segundo: la Santísima Trinidad de Cuba, porque era una invocación demasiado poderosa para poder ser acompañada por otro nombre, y también, el Espíritu Santo. De esa manera, Sancti Spíritus, Trinidad y Santiago de Cuba fueron absolutamente nombres nuevos, pero sobre cacicazgos y tierras indias, mientras que Baracoa, el Bayamo, Camagüey -llamada Santa María del Puerto del Príncipe- y aún La Habana, sobre el nombre de su jefe comarcano, Habaguanex, conservaron ese apellido y lo unieron a aquel nombre.

Surgió entonces esa arquitectura maravillosa, que fue el refugio del conquistador, nunca imaginado. Fue el bohío, fueron los caneyes, fueron las barbacoas que ven con asombro cuando llegan a esas grandes casas abandonadas y tratan de encontrar a sus moradores, que han huido.

Es aquel puerto de mares y es aquel arribar a las costas actuales del oriente cubano, a las tierras de Holguín actual, donde Colón hace las asimilaciones culturales imaginadas.

Aquello le parece la Peña de los Enamorados, cerca de Sevilla. Aquello otro le recuerda a las margaritas y veleros que florecen en Andalucía, en verano. Y todo eso es visión, y todo eso también es poesía; y de esa poesía y de esa visión se ha perpetuado una simbiosis cultural arquitectónica que es, precisamente, lo que la Cátedra (Gonzalo de Cárdenas, adjunta a la Oficina del Historiador de La Habana) defiende, tratando de que la necesidad de modernizar, el deseo de prosperar, se compatibilice sin condenar a alguien a vivir por nuestro placer en el neolítico, pero que se conserve lo nuevo y lo nuestro como parte de lo nuevo y de lo futuro.

Baracoa, Edén cubano

De las múltiples regiones de interés histórico, turístico y cultural en Cuba, Baracoa resalta como destino exótico. La conocida Ciudad Paisaje, en el extremo nororiental de la isla, se apresta a celebrar sus 500 años de fundada (en agosto venidero) y el motivo justifica una excursión a aquel sitio de naturaleza virgen, donde el paso de los siglos ha dejado, casi intacta, la huella del antepasado aborigen y la civilización europea.

Desde La Habana, el viaje por carretera demora unas veinte horas, pero el traslado en avión acorta la distancia y facilita una rápida conexión con el mundo baracoense, solo jueves y domingos, al filo del mediodía. Nos alistamos para abordar el vuelo de AeroCaribbean -la aerolínea regional cubana- con destino a la también llamada Ciudad de las Aguas.

Instalados en un confortable ATR-72, hemos trepado a 15 mil pies de altura para serpentear toda la costa norte “del largo lagarto verde”, como la bautizara en sus versos el poeta nacional, Nicolás Guillén.

Tras un vuelo apacible, en apenas dos horas, la azafata anuncia el aterrizaje en el aeropuerto local Gustavo Rizo. No es común sobrevolar el mar en picada y divisar, por un lado, la inmensidad del Atlántico que se agita entre espumosas olas, cada vez más próximas en el lento y suave descenso; de otra parte, gigantescas montañas contrastan con la verde y exuberante vegetación que las circundan.

La pista y la pequeña terminal se ubican sobre una terraza marina de emersión, contigua a la que Colón nombró Bahía de Porto Santo, llamada hoy, sencillamente, Bahía de Baracoa.

Nuestro anfitrión, el carismático historiador Alejandro Hartmann, nos aguarda impaciente. Ha preparado una agenda en la que no pueden faltar encuentros con Carmen ,La India, el Poeta de las Polymitas y el Rey de los Cacaoteros; también visitaremos la fábrica de chocolate, el proyecto cultural Kiriba-Nengón, la desembocadura del río Yumurí, la playa de Duaba y la comunidad agrícola más intrincada del país, en Naranjal del Toa.

Hartmann -como le conocen en cada rincón baracoano- tampoco ha olvidado un necesario recorrido por el viaducto La Farola -carretera colgante que une a la ciudad de Guantánamo con la Villa Primada-, y una espectacular travesía en cayuca por el río Toa, el más caudaloso de Cuba.

Para nuestra primera noche en el Edén cubano la sugerencia es, más que atractiva, referencia obligada: la Casa de la Trova. Antes, un primer acercamiento a la ciudad nos lleva a uno de los varios miradores del Castillo, antigua fortaleza en el punto más elevado de la urbe, devenida instalación hotelera para disfrute del visitante foráneo y de los propios baracoesos, por sus impresionantes visuales.

Desde su parte frontal se pueden observar, con relativa nitidez, las elevaciones de Majana, Yara y Majayara, tres niveles de terraza marina de emersión, característicos del sistema costero en la zona.

Allí, entre las dos últimas, en el Cerro de Capiro, se ubica un importante sitio taíno con gran variedad de arte rupestre, petroglifos, pictografías y cuevas como la de San Justo, en cuya entrada se aprecian dioses en columnas protegiendo el enclave ceremonial que, según se dice, debe guardar los restos de algún cacique enterrado. Un poco más a la derecha se avistan las llamadas Tetas de Teresa, dos mogotes que deben su nombre a una española del siglo XIX, propietaria de esa finca.

Desde la parte trasera del Castillo, se impone el Yunque -la montaña trunca; y más allá en la distancia, la Mujer Dormida, formada por diversas elevaciones que semejan un cuerpo femenino acostado en la tierra.

La media noche invita a la Casa de la Trova -en pleno corazón citadino-, a un costado de la iglesia y del parque. Fundada en 1965, en ella se reúnen habitualmente los trovadores comarcanos y, en disímiles ocasiones, artistas llegados de otras provincias del país u otras latitudes de la geografía mundial.

Cuenta su director, Zenón Gámez, que en la década de 1960 surgió la iniciativa al calor de la Nueva Trova. Era imprescindible, entonces, el rescate de valores olvidados y el incentivo a talentosos músicos locales como el desaparecido Cayamba, quien se definió a sí mismo como “el trovador guerrillero de la voz más fea del mundo”, aunque la historia lo recoge como intérprete afinado y de voz grave, humilde y simpático.

Todavía angosta, la Casa ganó espacio hace unos años y espera por una nueva ampliación que beneficiará no solo a solistas y agrupaciones de pequeño formato, sino a quienes acuden en busca de melodías autóctonas salidas del tres, la guitarra, el güiro, el cencerro, las maracas y bongoes.

La bohemia baracoense es disfrutable allí, donde hace más de dos lustros el animador Jorge Romero (Jorgi) despliega toda su imaginería con popular elocuencia; o donde el joven sonero, Luis Cardosa, deleita y asombra con el verso improvisado, como este que, espontáneo, obsequió a Prensa Latina:

Amigo esto no es un juego, esto no es una broma

Que yo puedo improvisar, en la Casa de la Trova.

Para Prensa Latina, lo digo muy elegante

Con mi grupo musical, yo quiero tirar pa´lante.

No soy Cándido Fabré, pero sé lo que me pasa,

Tampoco yo imito a nadie, todo el que imita fracasa.

Yo tengo mi forma propia, Baracoa me tiene afecto,

Yo me llamo Luis Cardosa, a mí me dicen El Tuerto.

Porque tengo mi defecto, cosa de naturaleza

No me importa ser bonito, no me importa la belleza

Tengo un pueblo que me quiere, tengo un pueblo que me ama.

Pero yo soy popular, yo no vivo de la fama.

Yo no vivo de la fama, y yo puedo improvisar

Oye como dice el coro: ¡que yo soy original!

Y el coro, integrado por cada uno de los presentes en aquel recinto cultural, respondió delirante en contagiosa pachanga, al compás de la música: “¡Original, soy yo, y no me parezco a nadie!”

Baracoa baila kiribá y nengón

Baracoa es tierra de tradiciones, muchas de ellas heredadas de la ancestral cultura aborigen. Desde que el visitante pisa la Villa Primada de Cuba, lo primero que encuentra en sus calles, con anuncios de pregoneros y comerciantes, es el típico cucurucho: un cono de yagua de palma real, relleno con dulce de coco en almíbar espesa, muchas veces mezclado con piña, naranja, guayaba o papaya.

Aseguran los más viejos de la región, que allá por el siglo XVIII, cuando la flota española o navíos de otras nacionalidades hacían parada de tránsito en la playa de Miel, sus viajeros y tripulantes se deleitaban con el popular dulce, totalmente ecológico y artesanal, cuyo origen guarda estrecho vínculo con el desarrollo cocotero, por ser Baracoa la primera productora de ese fruto en la Isla.

Lo mismo sucede con la suculenta bola de cacao, elaborada solo en casas particulares -también de modo artesanal- con el aromático grano y una pizca de harina de trigo, para obtener la adecuada consistencia y dureza. Esta supone el ingrediente ideal para el gustado chocolate con leche o el exclusivo chorote baracoano.

Pero no es solo en la culinaria donde se aprecia el arraigo de los “primados” en sus costumbres y tradiciones. A propósito del gentilicio, el historiador Alejandro Hartmann nos señala que es un privilegio único para quienes nacen y viven en Baracoa; así reza en su escudo de armas: “Aunque soy la más pequeña, seré la primera en el tiempo”.

Con sobradas razones, los primados se ufanan de cantar y de bailar al compás del kiribá y el nengón, considerados por el finado musicólogo cubano, Argeliers León, como la célula primaria del son tradicional.

De la mano del amigo Hartmann, nos encaminamos a la comunidad de El Güirito, cercana al poblado de Jamal y distante de la urbe baracoense a unos 18 kilómetros al este, en la carretera que enlaza con Maisí, el punto más oriental del país.

Allí, en la espesura de un bosque colmado de cacao, palmas y un sinfín de árboles maderables, convive la familia Palmero-Romero, dos apellidos de probada ascendencia aborígen que perpetúan una auténtica manifestación artística, rescatada en el proyecto cultural comunitario Kiribá-Nengón.

Cuenta Ana Teresa Rochet, instructora de arte y directora del proyecto, que en marzo último celebraron las tres décadas de existencia de la singular agrupación, conformada por una veintena de personas que, en sus ratos de ocio, protagonizan una fiesta que puede durar entre tres y cuatro días, pasando de una casa a otra, según entiendan sus organizadores.

El kiribá y el nengón son, más que ritmos musicales y bailes peculiares, pretextos para un convite que incluye numerosos platos de la cocina tradicional baracoana, entre los que sobresalen el macho (cerdo) asado en púa, la yuca con mojo, el congrí y el autóctono palmito (elaborado con el cogollo de la palma y diversas especias), el calalú de hojas de mostaza o malanga, la ensalada de frijol caballero y guandul, la fritura de guapén y el arroz con cangrejo. Apenas una muestra ínfima del ingenio culinario popular en aquella región, donde el aceite y la leche de coco constituyen base esencial de la alimentación.

Todos, de exquisito sabor y textura, pueden engrosar la selecta lista de platos gourmet. La demostración de la fiesta tiene por sede a un amplio y ventilado ranchón de madera y guano. Para convocar al vecindario se coloca en el frente del inmueble un sombrero de paja, señal para que todo el que acuda, pase y se integre.

Con los primeros acordes del cadencioso y lento nengón, las parejas se alistan para el baile, pero escuchan, solo escuchan el sonido del tres, la marímbula, las maracas, el güiro y los bongoes. Sus intérpretes son músicos autodidactas que, por lo general, dominan la ejecución de dos o más instrumentos.

La segunda pieza es una franca invitación a la danza. Durante la fiesta, se toma ron y aguardiente, y se degusta la comida servida en güira seca. Al cabo de las horas, el kiribá -más rítmico y movido- anuncia la despedida, aunque no precisamente para concluir sino para trasladar el jolgorio a otro sitio y continuar hasta que el cansancio venza los ánimos.

Bien lo sabe la anciana Domitila Palmero quien, a sus 85 años, rememora sus tiempos de juventud y el legado transmitido de una generación a otra; ella, fundadora y única sobreviviente del proyecto creado en 1987, todavía conserva en su memoria el viaje a México en 1992, con motivo del I Encuentro Indigenista, o su participación en la Fiesta del Fuego (Santiago de Cuba), la Fiesta de la Cubanía (Bayamo), y en diversos eventos en la habanera Casa de las Américas.

Han transcurrido tres horas, desde que arribamos al Güirito, y aún nos queda otro tramo del recorrido por la zona este baracoesa. No hay espacio a la duda: hemos presenciado y disfrutado una parte relevante del acervo cultural inmaterial de los primados cubanos.

La baracoesa de Sindo Garay

Sindo Garay (1897-1968), el gran maestro de los trovadores cubanos, dedicó una canción a la mujer de nuestro terruño, en una de las visitas que hizo a la Ciudad Primada. El desaparecido cantante de la localidad, Pedro Zamora, lo confirma: “el autor de La baracoesa era Sindo Garay, quien estuvo aquí muchísimas veces. Se pasaba meses cantando con nosotros”. Siempre hubo dudas sobre la fecha en la que el trovador mayor de nuestra isla compuso La baracoesa y nos había visitado.

La Casa de la Trova Victorino Rodríguez Verias publicó, el 30 de marzo de 1984, un folleto con el texto y lo ubicó en el 1918. A partir de esa información, periodistas, investigadores y otros interesados en la obra, continuaron difundiendo tal imprecisión.

El propio Sindo aclara el equívoco cuando le relata a su biógrafa, Carmela de León: en l926 “seguimos en La Habana por un tiempo más, hasta que un buen día le dije a Hatuey (uno de sus hijos) que tenía ganas de volver a Oriente, a ver qué pasaba por allá. Hacía algún tiempo que venía maquinando hacer el viaje, así que recogimos todo y de nuevo para las provincias orientales.

“En Baracoa tenía un amigo, un gran amigo, que era también buen trovador, el barbero Muguercia, y hacía rato que me estaba mandando cartas para invitarme a Baracoa, donde yo sabía de sobra la cantidad de admiradores que me esperaban con los brazos abiertos. Hatuey se fue para Santiago y Guarionex (otro de sus hijos) vino a reunirse conmigo a esperar que hiciera los preparativos para el viaje.

“Nos fuimos en un vapor que tenía por nombre Glenda. Llegamos a la hora del crepúsculo. Por aquel tiempo, uno de los mayores alicientes para la gente de Baracoa era ir al muelle a esperar los barcos que tocaban puerto los domingos. Las muchachas se vestían con sus mejores vestidos, y los hombres lo mismo.”

Estelvina Pineda Luperón narró que conoció a Sindo en una ocasión en que este ingresado a su hijo Guarionex en el antiguo Hospital Civil ubicado frente a su casa, en la calle Martí número.14. Con la hospitalidad que caracteriza a la mujer de nuestra tierra, le ofreció su casa y cualquier ayuda que le hiciera falta.

Su esposo Manuel Estévez apoyó ese gesto de generosidad. En los días en que estuvo hospitalizado el primogénito de Garay, Estelvina les preparó caldos, sopas, café, almuerzos y comidas. Durante una de las visitas, Sindo le pidió prestado el serrucho a Manuel -carpintero de profesión- para tocar. El, Guarionex y Hatuey tenían habilidades para sacarle a esa herramienta las mejores notas. Pero en ningún momento compuso la afamada canción con esa serrucho, como se ha señalado. En prenda de gratitud por el gesto de amor y ternura de Pineda Luperón, le dedicó la composición que era también una ofrenda a la mujer baracoesa.

La octogenaria Rafaela Serrano Domínguez, conocida como Fela, la cantaba con su hermano Emilio Serrano, Sinesio Suárez Plumier,Osvaldo Suárez Paumier, Gervasio Serrano y Goyita Serrano Calvo.

La tocaban en la casa de Nena Suárez, donde se deleitaban con las canciones conocidas de la trova y otras compuestas por sus coterráneos. Se entonaba en los cumpleaños, en las serenatas, en el Dia de las Madres, en los días de verbenas y fiestas patrióticas.

Orgullosa de haber cantando muchas veces La baracoesa, Fela me refirió que esa fue la primera canción dedicada a las mujeres de Baracoa. Por eso era una gran felicidad cuando la cantábamos en cualquier lugar, subrayó. Nos sentíamos muy felices porque resaltaba nuestras virtudes y reflejaba cómo somos nosotras y lo hermoso de nuestro Toa y nuestras montañas.”

La baracoesa

Ella guarda en su alma

un inmenso tesoro,

ni más dulce que ella

es el agua del Toa.

La cacique más pura

que le queda a mi Cuba,

la de las verdes montañas

de Baracoa.

Tiene su sangre

De eterna pureza,

que yo ligaría,

que yo ligaría

con toda mi vida.

Si Dios me mandara

buscar con certeza,

yo sólo quisiera

la mujer baracoesa,

la baracoesa.

Afirmaba Sindo Garay: Esa canción “la dediqué a Estelvina Pineda Luperón. La música vino allí mismo, y al otro día ya la estaba cantando con Muguercia y otros trovadores, y claro está, con las baracoesas…” Según Carmela de León, su biógrafa, no está registrada. En el Museo Nacional de la Música se conserva la partitura con arreglo para dos voces, editada por la Editora Musical de Cuba.

Amado Lobaina Colón, un conocidísimo cantante de la Villa Primada, quien se ha relacionado con la pléyade de trovadores de las distintas generaciones que lo precedieron y las actuales, narra distintas anécdotas sobre la significación de esta famosa pieza musical para los bardos baracoanos y no solo para estos, sino para la población que la ha convertido en un cántico popular:

“Paco Matos me la enseñó y la canté por primera vez con el Trío Yunqueño, con Matos y Diosdi Marín, para un aniversario de la ciudad. Manolito Mulet le hizo un arreglo, rememora.

“Recuerdo que también la entoné muchas veces con Oscar Montero González (Cayamba) y Jonás Castañeda en las descargas que se hacían en la casa de Manolito Mulet y de Cayamba. Allí también la cantaban Guicho Sarracén, Agilio García, el dúo de Paco Matos y Amelio Ortiz y otros que se unían para tocar Perla Marina, Santa Cecilia, Madrigal y un sin número más del repertorio trovadoresco cubano.

“Para mi, La baracoesa es un himno que expresa el sentimiento de admiración para una muchacha de la manera más pura y desinteresada. No es un canto de conquista amorosa, sino un reconocimiento a la mujer de esta región en nombre de Estelvina Pineda

“Se genera una comunicación entre la canción y quien la escucha. Hay un mensaje en su música que llega de manera elocuente, aunque no se conozca el idioma. Estas son mis experiencias tocándola a grupos de extranjeros. Se impresionan con esa obra.

“Sindo era un filósofo; tenía una profundidad por encima de la trova tradicional. Yo lo admiro por su filosofía del canto. Pienso que lo más representativo de la trova de nuestro patio, sin desdeñar las tantas composiciones de nuestros treseros y compositores, es La baracoesa por su contenido, belleza poética y músical y exaltación a la naturaleza. Es un himno entrañable para mi y para los músicos.”

Desde el mismo instante en que Sindo Garay, el trovador mayor de Cuba, la compusiera., pasó a ser parte del sentimiento popular de la Ciudad Primada y canción ineludible en cualquier actividad. Moris Pérez Gamboa, director del Conjunto Cacique Guamá, subraya:” Para todos los músicos de Baracoa y para el pueblo es el Himno de nuestra trova”.

* Eusebio Leal Spengler es historiador de la Ciudad de La Habana; Alejandro Hartmann Matos es historiador de Baracoa y director del Museo Matachin y Pedro Quiroga Jiménez es colaborador de Prensa Latina.