La Habana, (PL).- Las mujeres de Latinoamérica tuvieron un papel imprescindible en las luchas contra el colonialismo europeo y toda forma de dominación en el área. De muchas maneras incidieron en que la región finalmente se descolgara de las metrópolis, desde la presencia misma en el campo de batalla hasta con las más inimaginables iniciativas.

Tertulias literarias, colaboración con las guerrillas y el Ejército Libertador a quienes le servían de correo, espías o como divulgadoras de los ideales defendidos, fueron algunas maneras de participar en la gesta emancipadora desde el mismo momento en que los colonizadores se asentaron en estas tierras.

Cuando la mayoría de los países de la región celebra el bicentenario de la independencia, a la luz de la historia son pocos los nombres de esas mujeres batalladoras, y es que los prejuicios sociales apenas dejaron ver algunos como los de Juana Azurduy y Manuela Sáenz.

Fueron muchas quienes aportaron a la libertad, aún por conquistar definitivamente, de América Latina pero las figuras de Juana Azurduy y Manuela Sáenz, sin dudas, sobresalen en esta constelación de latinoamericanas brillantes.

Juana Azurduy

Nacida en las cercanías de Chuquisaca (en el entonces Virreinato del Río de La Plata) el 12 de julio de 1780, desde sus años más frescos se reveló contra la tiranía de las labores domésticas y de una vida inactiva, lo que le valió el encierro en un convento, donde estuvo poco tiempo.

A los 25 años se unió a Manuel Asencio Padilla, con quien además de formar una familia, participó en la lucha contra los realistas (defensores de la monarquía española).

Juana vivió en el monte con sus hijos en medio de balaceras, en la efervescencia de la conquista de la libertad; amó con singular pasión a la familia y a la gran patria por reconquistar, y esa sensibilidad especial la hizo diferente.

Según se cuenta, sus primeros cuatro retoños murieron como consecuencia de las penurias y enfermedades sufridas en el terreno mismo de la guerra.

Muchas anécdotas rodean su vida, inclusive algunas escapan de la historia oficial; luego de esas pérdidas irreparables, en 1814, Juana parió a Luisa Padilla, en medio de un ataque de los realistas.

Los dos hombres que la custodiaban -dicen- imaginaron que estaba débil por el parto; pensaron arrebatarle el botín de guerra de las tropas, y también entregarla a los realistas, pues por su cabeza obtendrían 10 mil pesos en plata.

Juana los oyó conspirar y, cabalgando con su hija recién nacida, atada a su cuerpo como lo hacían las mujeres indígenas, muchas de las cuales le acompañaron en sus luchas, logró decapitar al traidor Romualdo Loayza y poner al otro en fuga.

La valentía de la teniente coronela, vencedora de más de 30 batallas, la convirtió en un símbolo de la integración de la patria grande que soñó Simón Bolívar, quien la reconoció como la Libertadora de América. Sin embargo, murió a los 82 años, el 25 de mayo de 1862 en Chuquisaca, en plena miseria.

Casi 150 años después de su muerte física, fue nombrada generala por decreto, firmado por la presidenta argentina, Cristina Fernández, y la ministra de Seguridad de esa nación, Nilda Garré.

El ascenso post mortem permitiría de alguna manera “saldar la deuda histórica de agradecimiento que el Estado nacional tiene con la memoria de la teniente coronel doña Juana Azurduy de Padilla, guerrera heroica e indoblegable de la independencia, por su destacadísima actuación en las filas de nuestras fuerzas libertarias”.

Manuela Sáenz

Esta gran mujer vivió y luchó en la misma época que Juana Azurduy. Nació Manuela en Quito el 27 de diciembre de 1797, y al igual que la Libertadora de América, desde muy jovencita, con apenas 12 años, encendió sus ideas rebeldes.

También vivió los rigores de un convento donde debía ser educada como todas las señoritas de la época, en el que supuestamente se podrían apagar esas chispas de la juventud, pero tal reposo estaba muy distante de personalidad tan inquieta.

En 1819, fuera del claustro y después de contraer matrimonio con el médico inglés James Thorne, con quien se trasladó a Lima, Perú, Manuelita comenzó a asistir con mucha frecuencia a las tertulias revolucionarias.

De esa forma participó activamente en la conspiración contra el virrey del Perú, José de la Serna e Hinojosa; sus servicios a la causa de emancipación fueron reconocidos en 1822 con la condecoración Orden del Sol, en cuya inscripción se resumen los valores de esta mujer suramericana: “Al patriotismo de las más sensibles”.

Ese mismo año, en Quito, conoció a Bolívar, cuando el Libertador hizo su entrada triunfal en dicha ciudad el 16 de junio de 1822. Entre ellos surgió un estrecho vínculo afectivo, tras conversaciones y coincidencias acerca de la campaña libertadora.

El amor por Bolívar y su convicción por la conquista necesaria de la libertad de América, la hicieron seguirle y convertirse en su compañera.

Más de una vez pudo salvarle la vida al prócer independentista tras conspiraciones e intentos del enemigo para eliminarlo físicamente. Fue notoria la noche del 25 de septiembre de 1828, cuando lo ayudó a escapar de sus asesinos, a quienes enfrentó sola.

La Libertadora del Libertador, como se le conoce por esas acciones, alcanzó el grado de “coronel”. Lamentablemente, la celebridad de Manuela Sáenz se vincula sólo con la relación sentimental que tuvo con Bolívar; su figura, además de ignorada fue estigmatizada por la moral patriarcal católica, al punto de mostrarla como un “defecto” del prócer.

Sin embargo, sus méritos van más allá. Antonio José de Sucre, en una carta dirigida al Libertador desde el frente de batalla de Ayacucho, el 10 de diciembre de 1824, escribió que Manuelita, “se ha destacado particularmente […] por su valentía.”

En la epístola recuerda que se incorporó “desde el primer momento a la división de Húsares y luego a la de Vencedores, organizó y proporcionó el avituallamiento de las tropas, atendió a los soldados heridos y se batió a tiro limpio bajo los fuegos enemigos; rescatando a los heridos”. Pese a tantos merecimientos, Manuela Sáenz murió en la pobreza y el olvido oficial en Lima, en 1856.

En el 2007 fue ascendida a generala mediante el decreto firmado por el presidente ecuatoriano, Rafael Correa, quien dijo: “Eres la luz, despierta de los tiempos oscuros. Eres nuestra compatriota y nuestro destino. Eres memoria viva de la libertad. Hoy eres el espejo en el que otras mujeres se miran y agigantan”.

El 5 de julio de 2010, en conmemoración del aniversario 199 de la firma del acta de independencia de Venezuela, y como parte de la Campaña Manuela Vuelve, impulsada por los gobiernos de ese país y de Ecuador, llegó al Panteón Nacional, en Caracas, un cofre que contenía tierra de la localidad de Paita, Perú, donde fue enterrada.

En todas las guerras participaron muchas mujeres: unas integradas a los ejércitos, otras en la retaguardia, y las restantes esperaron por sus esposos, sembraron, cuidaron a los hijos y a la familia.

Mujeres como Manuela Sáenz y Juana Azurduy dejaron una estela de valores impensables para la época que vivieron, en la cual eran educadas con vistas al matrimonio, a fin de aceptar su papel de madres amorosas y sumisas esposas. Ellas sacudieron su tiempo y buena parte de los hacedores de historia ya no pueden obviarlas o escribir sus proezas a retazos.

* La autora es periodista de la Redacción Suramérica de Prensa Latina.