El artículo 3, parágrafo, de la Nueva Ley Educativa, refiriéndose a las Bases, fines y objetivos de la educación boliviana, afirma, en primer término, que ella es DESCOLONIZADORA. Pero, ¿qué significa este concepto? ¿Cuál su significado en la actual coyuntura histórica? ¿Es posible ser cristiano/a y estar a favor de la descolonización? ¿Por qué todos los cristianos y cristianas deberíamos apoyar la descolonización? ¿Podemos ir más allá de la banalización en que viene entrando el uso de este concepto, quizá por una referencia a ejemplos triviales que no llegan a miradas integrales y profundas?

Descolonización

Desde la perspectiva de las ciencias sociales, la palabra descolonización hace referencia a un proceso de emancipación política, un proceso de “acceso a la independencia de los pueblos y territorios sometidos a dominación política, social y económica por parte de potencias extrañas” (Javier González Vega, “Diccionario Crítico de Ciencias Sociales”).

La historia registra tres grandes ciclos de descolonización: el primero, en América entre 1783 y 1900, de donde emergen Estados Unidos y todos los países latinoamericanos. El segundo, ocurrido entre 1920 y 1945, de donde surgen los Estados del Medio Oriente y el Magreb. Y el tercero, entre 1945 y 1970, con la emancipación de los países africanos y de importantes áreas del sudeste de Asia, el Pacífico y el Caribe.

Sin embargo, los procesos jurídicos de descolonización no implican automáticamente procesos de emancipación económica, política, cultural e ideológica. Con frecuencia, pese a la independencia jurídica, perviven formas más profundas de dominación, por estructuras económico-políticas y por factores ideológicos, culturales y religiosos.

Pese a las independencias formales de los Estados, de manera general se mantienen, en los países del Sur, las antiguas estructuras económicas. Esta persistencia de estructuras coloniales se conoce como Neocolonialismo. Asimismo, en el nivel ideológico, la colonización ha dejado profundas huellas en prejuicios y falsas ideas que dan fundamento a relaciones de dominación y subordinación.. La sociedad colonial ha construido un universo de símbolos, “valores” y representaciones de la realidad para tratar de justificar la dominación de unos pocos foráneos occidentales sobre las mayorías originarias. Aún el mestizaje biológico ha estado cargado de relaciones jerárquicas de dominación, tanto que, para referirse al mestizaje colonial, es más preciso hablar de un “mestizaje feudal” (Hans-Jürgen Prien. “Historia del cristianismo en América Latina”, Salamanca, 1985).

La colonización articulada a un sistema de dominación mundial

La experiencia histórica muestra que la colonización implica siempre unos múltiples procesos de dominación: económica, política e ideológica que se articulan para sostener y permitir el funcionamiento de un injusto sistema económico mundial.

Desde punto de vista económico: la colonización implica saqueo, aprovechamiento fácil y barato de recursos naturales de las colonias, por los imperios colonizadores. Este saqueo se pone al servicio del requerimiento de materias primas baratas por la economía capitalista mundial. Bajo esta lógica económica se introduce a los países colonizados al circuito del mercado en condiciones económicas de dependencia, pues se constituyen economías cuya función es la provisión de recursos naturales y energía en bruto, según el requerimiento del gran capital. De esta manera, colonización y capitalismo se complementan mutuamente para crear el injusto sistema económico dominante en el mundo actual.

Desde punto de vista político: la colonización se produce siempre por una intervención y posesión física de territorios ajenos, en los pueblos colonizados. Se produce una apropiación territorial que requiere luego de la constitución de una institucionalidad política-jurídica que dé sustento a esa ocupación física inicial de los territorios coloniales. Con ello se produce una apropiación legal-institucional.

Desde punto de vista ideológico: la colonización opera imponiendo una falsa idea de superioridad de lo blanco/occidental sobre pueblos originarios del Tercer Mundo. La colonización construye un falaz argumento de inferioridad esencial de los pueblos conquistados, una incapacidad y minoría de edad estructural, que haría necesaria la tutela de “los que pueden y saben”. En esta construcción ideológica concurren dinámicas culturales, religiosas y, en general, procesos de construcción de ideas, valores y símbolos de representación de la realidad.

Colonización y cristianismo histórico

Entre estos factores ideológicos, el cristianismo, en cuanto construcción sociocultural de carácter histórico, ha operado –y aún sigue operando- como un fundamental factor legitimador de la colonización.

Desde el siglo XVI, el cristianismo, en su vertiente católica, entonces cobijado por una institucionalidad eclesial prisionera del imperio español, sirvió de argumento para justificar la dominación territorial, el saqueo de riquezas, la explotación del trabajo de indígenas, negros y negras y, consiguientemente, el genocidio. Datos avalados por sólidos argumentos calculan que en los primeros 80 años de la dominación colonial, en lo que hoy se llama América Latina y el Caribe, la baja demográfica fue de unos 70 a 80 millones, debido a la desestructuración social y familiar, el saqueo, las nuevas enfermedades y la eliminación física en guerras[1].

Y en el caso de los negros y negras, la historia aún no cuenta con estadísticas precisas, puesto que el extremo de inhumanidad y tragedia que significó el tráfico negrero y la esclavitud colonial, no registró los costos de vidas humanas de negros y negras. Quizás porque no los consideraban seres humanos.

La historia también atestigua que no todos los cristianos y cristianas estaban de acuerdo con esta situación del cristianismo funcional a la dominación. Algunos misioneros (los Dominicos en El Caribe y Centroamérica), aún sin romper con la institucionalidad aliada del poder real, alzaron su voz para criticar esta dominación violenta de encomenderos y militares. Otros (las misiones jesuíticas), en medio de su dependencia de las estructuras feudales en las que existía el cristianismo en el siglo XVII, buscaron formas menos violentas y más fraternas de llevar el Evangelio, aún prisioneros de los condicionamientos culturales e institucionales de su época.

Años después, otras tradiciones cristianas herederas de la reforma protestante, fueron también penetrando en el Tercer Mundo, ellas también con fuertes vínculos con procesos de dominación económica y política. La doctrina Monroe (“América para los americanos”) y la ideología del “Destino manifiesto” tuvieron un evidente arraigo y legitimación por las tradiciones del protestantismo que se trasladó hacia América Latina durante los siglos XIX y XX.

Si el Evangelio nos trae verdad y libertad, los cristianos y cristianas no podemos dejar de mirar de frente esta horrorosa realidad de muerte de la que nuestros predecesores en la Iglesia fueron cómplices.

Descolonización y Evangelio de Jesús de Nazaret

Sin embargo, el fundamento de la fe cristiana, es decir, el Evangelio de Jesús de Nazaret, nos abre a otra perspectiva distinta a la de esta horrenda y dolorosa historia de complicidad de la Iglesia con el poder colonial.

Según atestigua la memoria fundante de la fe cristiana –es decir, la memoria subversiva de Jesús de Nazaret– en su tiempo él también vivió y murió bajo un poder colonial. Él fue hijo de un pueblo largamente colonizado, y su actuación y mensaje no fue de aceptación pasiva de esta situación ni mucho menos de justificación de la dominación. Él vivió también la experiencia histórica de la dominación colonial, pero su mensaje de amor, fraternidad y justicia fue también liberador respecto de estas estructuras de dominación. Por ello, el tema de la descolonización nos vincula histórica y existencialmente al Jesús histórico y a la Buena Nueva que es Él mismo, su mensaje, su vida, el anuncio de la inminente llegada del mundo nuevo abierto por la soberanía de Dios en la historia (Reinado de Dios). Jesús anunció su Evangelio liberador desde la densa experiencia de ser parte de un pueblo sucesivamente colonizado por los imperios de la antigüedad. Es Buena Nueva que anuncia que ese poder dominador no tiene la última palabra, sino la fuerza liberadora de Dios que se derrama sobre la gente.

La descolonización como un desafío para el cristianismo hoy en el Tercer Mundo

Para el cristianismo en América Latina y el Tercer Mundo, hoy se presenta esta disyuntiva crucial: anunciar la Buena Nueva de Jesús en verdad significa asumir una fundamental opción por la descolonización. Sumarse a la marcha emancipadora de los pueblos. Liberarse de las ataduras que vinculan a las iglesias con los poderes e imperios dominadores. Reconciliar a esa violenta historia de una Iglesia aliada del poder colonial con la frescura del Evangelio de Jesús de Nazaret, que es liberación para los oprimidos.

Y este desafío se hace más evidente ahora, cuando en la actual coyuntura estamos viviendo aún la resonancia de un nuevo ciclo de emergencia popular, con rostros de esos “otros” y “otras” que han sido sometidos y marginados por las estructuras de dominación, pero que ahora emergen con voz propia.

Las Iglesias cristianas tienen nuevamente el desafío de asumir un giro radical de su ubicación y acción en la historia de nuestros pueblos colonizados y dependientes. Ya en los años 60 y 70 del siglo pasado, con el movimiento llamado “Teología de la Liberación” se vivió un intento de revisión autocrítica del rol del cristianismo en América Latina. La Conferencia de Medellín (1968), por el lado católico, y los diversos intentos de articulación de un movimiento cristiano evangélico con rostro latinoamericano propio, por el lado protestante, abrieron la brecha de otro cristianismo posible. Luego, diversos factores actuaron contra esta corriente liberadora, restaurando el poder de sectores conservadores en la Iglesia, que aún hoy se resisten a escuchar esta voz del Espíritu en la historia emancipadora de nuestros pueblos.

En la coyuntura actual, las Iglesias deberían despojarse de miedos y prejuicios. Girar radicalmente su enfoque respecto a los procesos políticos actuales, sabiendo diferenciar lo que son los procesos institucionalizados del “cambio” (gobiernos, estructuras estatales de poder, ambiguamente autodenominadas “transformadoras”) de los procesos transformadores que son empujados por las luchas populares, las que según nuestra opinión, atesoran en la historia un germen escatológico, siempre presente, de la Buena Noticia de Jesús de Nazaret. Sólo así podría reemerger en la Iglesia un profetismo realmente relevante y no la estéril confrontación que vemos cotidianamente entre Obispos y Gobierno, donde el pueblo pobre –que quiere el cambio y a la vez valora su fe– suele quedar al margen.

Dicho sea de paso, la Descolonización, como fenómeno emancipador en todos los ámbitos y niveles, desafía también a la Iglesia para despojarse de viejas estructuras feudales y poco democráticas en su organización interna, en el ejercicio del poder, en la gestión cotidiana de su misión y acción pastoral.

Desafíos para la educación, hoy, en Bolivia

La descolonización es un desafío integral, que atañe a distintas esferas de la realidad (económica, política, sociocultural, ideológica, simbólica), que nunca deberían verse aisladas o desconectadas. Por la limitada pretensión de este texto, circunscrito sólo a la esfera educativa, aquí sólo señalamos algunos desafíos para la educación, hoy, en Bolivia, cuando se insinúan –aún de forma declarativa- posibilidades de una educación diferente, descolonizadora y liberadora.

¿Qué significa, en concreto, para las acciones educativas, el gran desafío de la Descolonización?

Ubicar y enfocar la educación, de manera clara, sistemática y en un horizonte estratégico y largo plazo, en sintonía con esta larga historia de luchas y prácticas descolonizadoras de nuestros pueblos, de sectores populares críticos, de re-emergencia de sujetos marginados que dicen su palabra. Ello supone poner “de pie”, a aquellas muchas cosas que están verdaderamente “de cabeza” en la escuela y en el sistema educativo, todavía demasiado anclado en esquemas y prácticas coloniales. Una educación descolonizadora debería enfocarse en consonancia con medidas descolonizadoras en la economía y en la política.

Sería oportuno cuestionar y transformar, en el sistema educativo, toda forma de relación vertical y jerárquica que aún es práctica corriente. Relaciones verticales se dan cuando en las relaciones educativas sólo unos son “los que saben” y otros son “los que deben aprender”. Muchos símbolos y ritos escolares, como la formación de fila; muchas prácticas cotidianas, como el culto a la rutina, los dictados y la repetición acrítica, hablan todavía de vigorosas estructuras coloniales que sostienen la práctica diaria de las escuelas.

La descolonización debería significar para la escuela, perder el miedo a la originalidad y la creatividad; para ello, se podría comenzar recogiendo y tomándose en serio, el profundo descontento que tienen los y las jóvenes, de la pesada rutina escolar, del rol amedrentador de los exámenes y las calificaciones. Escuchando más sinceramente a los niños, niñas y jóvenes, tratarlos como verdaderas personas, y no como objetos pasivos, podríamos comenzar a descolonizar nuestras vetustas prácticas escolares.

Al gobierno y a las autoridades educativas habría que recordarles que una auténtica descolonización significa asignar más presupuesto a la educación. En las cifras del presupuesto general del Estado podemos tener un claro termómetro de si se está efectivamente caminando hacia la descolonización o si ésta solamente se queda en una declaración aparatosa pero vacía de acciones, un recurso ideológico para encubrir nuevamente acciones de dominación por las autoridades de turno. No se puede caminar hacia transformaciones estructurales en la sociedad, si la educación tiene un presupuesto que apenas llega al 4%, mientras que el de las fuerzas armadas y el de la policía, juntos, sobrepasan el 50%. Peor síntoma aún, si tras la legítima lucha de los maestros y maestras por mejores salarios, el Gobierno responde penalizando el derecho a la protesta social.

A los maestros y maestras, la descolonización bien podría interpelar una añeja tendencia a la mediocridad y la repetición. Debería ser una invitación a la creatividad y a la superación de viejas prácticas de dominación sobre sus alumnos y alumnas.

A las clases de religión, obviamente, la descolonización implica una poderosa invitación a recuperar el inédito rostro liberador del Espíritu presente, de manera desconcertante, en diversas expresiones y tradiciones espirituales, no sólo aquellas que vienen normadas y controladas desde el poder eclesial cristiano. Descolonización significa, por ello, una profunda y renovada espiritualidad. La osadía de emprender un camino de escucha de los clamores del Espíritu en las diversas experiencias humanas que buscan una vida mejor, experiencias de quienes luchan y ponen en juego su vida por algo pleno y distinto, luchas emancipadoras que nunca se rinden ante el poder.

Descolonizar los sistemas simbólicos es un desafío directo para cuestionar y relativizar aquellos símbolos que endiosan el poder de las clases y grupos dominantes. En nuestras ciudades, calles y plazas aún hay demasiados símbolos de la violencia y la exclusión colonial. Todavía ahora nuestras ciudades tienen una estructuración de su espacio con marcadas señales de segregación y discriminación. Los medios productores y reproductores de esta simbología social aún permanecen anclados a la ideología colonial. Medios de comunicación, escuelas, iglesias, cuarteles, universidades, aparatos de poder estatal… siguen produciendo símbolos que refuerzan las relaciones de dominación.

Como se ha dicho ya, Descolonización implica también la Despatriarcalización. La escuela es aún un poderoso espacio de reproducción de imaginarios y prejuicios patriarcales. Desde el lenguaje sexista hasta el culto a imaginarios orientados por el poder del macho y del patriarca, en las “horas cívicas”, en las rondas infantiles, en los libros y lecciones escolares, se filtran cotidianamente poderosos mensajes que legitiman la dominación machista, la sacralización de la familia monogámica y patriarcal.

Colonización y Capitalismo son primos hermanos. En una perspectiva más política, la descolonización en la educación debería comenzar interpelando también la sacralización de principios que sostienen un sistema económico-político capitalista dominante en el mundo:

La sacralización de la propiedad privada y del capital en desmedro del trabajo y la vida de los trabajadores y trabajadoras. En la actual coyuntura, ello implica cuestionar la permanencia de una economía fundamentada en las industrias extractivas.

El encubrimiento de una realidad donde la producción de bienes y servicios es realmente social, y la apropiación de las ganancias es individual.

Mentiras socialmente aceptadas pero empíricamente no verificables, como eso de que “el rico lo es por su esfuerzo”; “este mundo es de los vencedores”, “los pobres lo son por idiotas o por flojos”…

La Colonización ha impuesto una gran cantidad de símbolos y argumentos justificativos para la exclusión en la toma de decisiones del ámbito público. Existe hasta ahora una profunda relación de dominación entre poderes estatales y sociedad civil. La Descolonización, como contrapartida, empuja a la apertura de amplios espacios y procesos de participación en la toma de decisiones. La escuela debería ser un buen semillero de prácticas realmente democráticas y participativas; un dinamizador de una sociedad civil crítica y activa.

Un nuevo currículum, por más recargado de nuevos contenidos “descolonizadores”, no creará por sí solo mejores resultados educativos. Hay que poner el énfasis también en la generación de procesos educativos verdaderamente transformadores, con renovadas actitudes y con un nuevo espíritu creativo y crítico en todos los actores involucrados en la educación.

En fin, la búsqueda de la Descolonización habla de la posibilidad de apertura de un tiempo para crear y empujar sustanciales transformaciones en la sociedad y en las relaciones sociales, económicas y políticas. Aplicada al ámbito de la educación, deberíamos enfocarla hacia la construcción de una política pública educativa que asuma el horizonte de una primera y permanente descolonización mental y espiritual, fundamental para acompañar verdaderas transformaciones en las estructuras de la sociedad. En esta tarea, los cristianos y cristianas –que, antes que nada, somos seguidores de Jesús de Nazaret– tenemos grandes desafíos que emprender. Nunca es tarde para volver a escuchar el clamor del Espíritu en la historia y ponerse en el cauce de su fuerza liberadora.

Nota:

[1] Información de H.J. Prien, op. cit. y Pablo Richard, “1492: La violencia de Dios y el futuro del cristianismo”, En Revista Internacional de Teología Concilium N° 232, Madrid, 1990, sobre datos de W. Borah y S.F. Cook, Berkeley 1963; M. Mörner y B.H. Slicher van Bath, “Boletín de Estudios Latinoamericanos y del Caribe” N°24, Amsterdam, 1978 y otros.

* Red Ecuménica Fe y Política Cochabamba, Bolivia.