(CEPRID).- La teoría de las relaciones internacionales establece que una política exterior sólo está al alcance de aquellos países que tienen los medios y recursos suficientes para hacerse oír fuera de sus fronteras. Esos medios y recursos son los económicos, políticos, militares, estratégicos, ideológicos y culturales. Se podría añadir, también, los demográficos. Quien cumple todos estos requisitos es una superpotencia y tiene un papel hegemónico en las relaciones internacionales. Pero se da el caso de países que cumplen con algunos de estos requisitos y juegan un papel protagonista, nunca hegemónico, en un aspecto regional. Esas son las potencias medias.

Tras la desaparición de la Unión Soviética, sólo un país cumple todas esas condiciones: los EEUU. Se puede discutir si China entra dentro o no del calificativo de superpotencia –algo aún irrelevante para los chinos que siguen su camino hasta el 2027, año que ellos consideran habrán llegado a la paridad estratégica (política, económica y militar) con EEUU- pero lo que no se puede discutir es que en los últimos años han surgido con fuerza una serie de potencias medias que, en ocasiones, están fuera de los parámetros occidentales y que tienen un peso cada vez mayor en las relaciones internacionales. Es el caso de Brasil (en América Latina), de Alemania (en Europa), de India (en Asia), de Rusia (que habría “bajado” un puesto al perder el rango de superpotencia tras la desaparición de la URSS), o de Sudáfrica (en África). A ellos habría que sumar Irán, Turquía y Arabia Saudita, con un ámbito un poco más reducido: Oriente Próximo. Incluso se podría añadir a Israel, aunque con muchas reticencias y condiciones.

La mayoría de estos países forman parte del denominado BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) y han logrado tener cabida en los principales entes económicos del mundo, como el G-20, y logrado mayores cuotas de poder en el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Alguien ha calificado a estos países como “potencias emergentes”. Un alguien occidental que utiliza un calificativo claramente colonial porque estos países hace tiempo dejaron de “emerger” para pasar a ser una realidad incuestionable en el ámbito no sólo económico, sino geopolítico e internacional. El caso más claro es el de China.

Quien primero se dio cuenta de la realidad, como casi siempre, fue EEUU y a raíz de cómo se había posicionado el mundo tras la invasión y ocupación neocolonial de Irak en 2003. A pesar de las apariencias, los últimos años de la Administración Bush fueron un intento de amoldarse a la nueva realidad aunque, eso sí, bajo los parámetros imperialistas clásicos –seguidores de la teoría del “realismo político” que impusiese Hans Morgenthau al finalizar la segunda guerra mundial- que dicen que EEUU tiene que luchar de forma “constante y perpetua” por la hegemonía mundial.

La Estrategia de Seguridad Nacional de Obama

Con cada presidente, EEUU impulsa una Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) que es en la que se asienta el diseño imperial. Saberlo es interesante, conocerla es obligado. Bush puso en marcha dos en cada uno de sus mandatos, en 2002 (que sirvió de base para la invasión y ocupación neocolonial de Irak) y en 2006 (que se “reorientó” hacia la “lucha global contra el terrorismo”). Ambas tenían como eje central la reivindicación de las “acciones preventivas”, aunque la segunda ya más matizada hacia el “terrorismo global”.

Barak Obama siguió la tradición. En 2010 presentó su ESN (1) en la que hay más continuidades que novedades respecto a las anteriores. En su preámbulo se define como una ESN “de transición” puesto que se obliga a ocuparse de los problemas y retos contraídos con anterioridad (es decir, las presidencias de Bush) antes que a afrontar “los nuevos retos” que aparecen en el horizonte de EEUU, pero con una consideración que la hace novedosa: una apuesta por el “multilateralismo” siempre que éste sea beneficioso para los intereses de EEUU. Es decir, no es un fin de su política exterior sino un medio de la misma y un instrumento para conseguir sus fines. Por ello, se otorga un respaldo a la ONU “hasta el último momento”, dejando la puerta abierta a una intervención militar unilateral si es necesario para sus intereses; se insiste en la nueva estrategia imperialista de barniz humanitario, la denominada “responsabilidad de proteger” bien mediante acuerdos multilaterales o bilaterales, incluyendo el uso de la fuerza (ahí está Libia como ejemplo), y hace un guiño a los defensores del multilateralismo aparentando un acercamiento al Tribunal Penal Internacional aunque sin que ello signifique que tenga jurisdicción alguna sobre los ciudadanos estadounidenses.

En esta ESN de Obama se otorga más importancia a Rusia, China e Indonesia (por este orden) que a Oriente Próximo y aparece por primera vez una mención a Brasil. Esta referencia, muy importante en el devenir de este país latinoamericano, que ya se está acercando a las posiciones estadounidenses en política exterior a cambio de una vaga promesa de apoyar su candidatura como miembro permanente para un Consejo de Seguridad de la ONU renovado, será abordada en un análisis posterior. También hay una mención especial a India. Lo interesante para este artículo es cómo en la ESN de 2010 pierde importancia para EEUU el “Gran Oriente Medio” diseñado con la invasión y ocupación neocolonial de Irak en 2003. Ahora, Irak prácticamente desaparece de escena –con una sola mención a la retirada de tropas y relevo de “responsabilidades”-, Siria ya no es el malo de la zona y como único objetivo queda Irán.

En ello ha tenido mucho que ver el espejismo de la “victoria” militar en Irak y Afganistán –junto a la derrota estratégica de Israel en la guerra contra Hizbulá en 2006 y, en menor medida, la agresión de este país contra Gaza en 2008-, que son las que, en la práctica, han terminado con el orden unipolar y han impulsado la aparición de otro orden nuevo, regional, en la zona que está suponiendo un verdadero quebradero de cabeza para EEUU.

Por ejemplo, es poco cuestionable que la destrucción a gran escala y el elevado número de muertes provocadas en Líbano y Gaza reforzaron claramente a Hizbulá y Hamás hasta hacerles imprescindibles en cualquier ecuación que se plantee para solucionar la situación en Líbano y Palestina. Son dos actores no estatales que pasan a ejercer un papel protagonista casi al mismo nivel que los Estados. Y el miedo que los regímenes reaccionarios árabes tienen a Hizbulá se manifiesta en las acusaciones que se lanzan de estar detrás de casi todas las revueltas bien sea en Gaza o, como ha sucedido recientemente, en Bahrein.

También es poco cuestionable que la extensión de la guerra de Afganistán a Pakistán por medio de los ataques con aviones no tripulados ha provocado la desaparición de Pakistán como Estado soberano. Hay dos ejemplos que visibilizan esta apreciación: la reciente puesta en liberad de un agente de la CIA que mató a dos súbitos pakistaníes en una reyerta (con “dinero de sangre” por medio, el pago a las familias de una cuantiosa suma ofrecida por Arabia Saudita) y la disposición de Pakistán a enviar soldados y policías a Bahrein para “garantizar la supremacía sunní” en este país tras la invasión saudita que puso fin a las protestas democráticas contra la monarquía bahriní. En ambas decisiones, Pakistán ha seguido los dictados no ya de EEUU, sino de Arabia Saudita, convertida en potencia emergente de la zona.

Y tampoco se puede cuestionar con un mínimo de rigor intelectual que la guerra de Afganistán es desde hace mucho tiempo una guerra de liberación nacional –en menor medida la de Irak- con características cada vez más claras de inserción de fuerzas islamistas y nacionalistas en ella y que por esta razón las fuerzas de la resistencia se incrementan día a día, así como su capacidad de acción militar y política.

Pero, además, la guerra de Afganistán y el fiasco de Irak han contribuido a que la política en esa zona sea mucho más “regionalizada” de lo que le gustaría a EEUU, lo que ha llevado, inevitablemente, a una progresiva pérdida de influencia de este país. Por consiguiente, han aparecido nuevos actores que hay que tener en cuenta a la hora de analizar la política internacional de EEUU y que, como tal, está esbozada en la ESN 2010.

De una forma simple, se puede decir que en las relaciones internacionales la riqueza fortalece el poder de una nación, y el poder es un medio para incrementar la riqueza de un país. Cuando se habla de “potencias emergentes”, la simple utilización de esta denominación debería ser fundamental para entender el nuevo papel de las potencias medias y las que no lo son tanto en Oriente Próximo.

Turquía

La primera de ellas es Turquía. El error de Israel al atacar la flotilla solidaria a Gaza en mayo de 2010 y la reiterada negativa occidental al ingreso turco en la Unión Europea ha provocado un reposicionamiento internacional de Turquía hacia el mundo árabe y musulmán en detrimento de su tradicional postura prooccidental. Hoy, Turquía es uno de los principales adalides de la solidaridad con Palestina y del rechazo al bloqueo de Gaza, la alianza con Israel está prácticamente rota, ha establecido una alianza estratégica con Siria, se ha acercado a Rusia (convertido el su primer cliente comercial) y, sobre todo, a Irán en aspectos económicos (gas) y políticos (tema nuclear). Con este país, al que ha visitado recientemente el presidente turco, Abdulá Gul, el comercio bilateral ha alcanzado el valor de 8.000 millones de euros sólo en 2010, casi triplicando el volumen de negocios de años anteriores.

Esto, en términos estratégicos, significa que EEUU ha perdido capacidad de influencia en la zona al no contar con la aquiescencia de uno de sus principales valedores y “amigos”, por mucho que forme parte de la OTAN y participe en el bloqueo naval a Libia. Sin la participación de Turquía, es muy difícil un hipotético ataque a Irán por la vía tradicional, por lo que sólo quedaría la opción de utilizar el Golfo Pérsico lo que, a su vez, supondría un grave riesgo para la economía capitalista mundial por las reservas energéticas que hay en esta zona del mundo.

Turquía sólo esperaba el momento oportuno para dar este paso. Un país que es considerado la decimoquinta economía del mundo no podía quedarse quieto ante el reiterado desprecio occidental hacia sus pretensiones, más desde que triunfase en las elecciones el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) en 2002, revalidado en las de 2007 y vuelto a ratificar, de manera indirecta, con el triunfo en el referéndum constitucional de 2010. En este tiempo se había venido produciendo un proceso de islamización de la sociedad, de forma sigilosa, a sí sea calificada de “moderada” que ponía una alfombra roja al gobierno para dar este giro en su política exterior. El AKP se ha cuidado mucho de desafiar abiertamente los principios fundamentales del edificio secular instaurado en el país por Kemal Ataturk, pero sí les ha ido puliendo de forma discreta de forma que no le causase rechazo dentro de la clase media.

En contra de la manida visión occidental, circunscrita a Estambul y a los lugares de turismo y veraneo, este proceso se venía gestando desde hace tiempo en Anatolia (un territorio que cubre el 97% del total de Turquía) y, sobre todo, en una visión de “justicia social” de corte islámico que ha hecho de este país uno de los menos afectados por la crisis económica, hasta el punto de ser considerado por el Banco Mundial como uno de los países más solventes de la zona. Las cifras están ahí: en menos de una década, el AKP ha transformado a Turquía en un país económicamente potente, es miembro del G-20 y, coyunturalmente, forma parte del Consejo de Seguridad de la ONU en calidad de miembro no permanente, donde se ha destacado con fuerza: votó en contra de las sanciones a Irán y se abstuvo en la decisión de amparar la guerra contra Libia.

Esto ha sido posible por el apoyo de la clase media al AKP, que no tiene ningún reparo en combinar los valores islámicos con la creación de riqueza. Algo muy similar a lo que los comerciantes calvinistas holandeses hicieron hace 300 años y que lograron con ello convertirse en la columna vertebral de la sociedad. En Turquía está ocurriendo lo mismo. La clase media mezcla con aprecio las raíces islámicas históricas, con referencia a la Turquía otomana, con un sentimiento de orgullo nacional y prestigio internacional. Israel y sus aliados no tuvieron en cuenta este factor con el asalto a la flotilla solidaria ni con el rechazo al ingreso en la UE y ahora están cosechando los resultados.

En el éxito del AKP ha tenido mucho que ver la política de mano dura con los bancos, considerados la principal fuente de corrupción en los gobiernos laicos anteriores, y que, a la postre, ha sido determinante para que este partido “islamista moderado” logre un importante apoyo en las clases medias y no haya “chirriado” socialmente el giro en política internacional.

La política económica turca se puede calificar de keynesiana. En unos momentos en los que se manifiesta la crisis de la agenda capitalista neoliberal y su consiguiente pérdida de “legitimidad”, Turquía ha sabido adelantarse a ello diversificando sus exportaciones y mirando no ya hacia Occidente, sino a sus vecinos y a los países en desarrollo. La apuesta por unas relaciones Sur-Sur se ha convertido en el pilar fundamental del comercio exterior de Turquía y, a la postre, en el principal activo para su política internacional.

No es meramente una cuestión táctica. Allana el camino para el regreso de la antigua potencia otomana a la región y boicotea los esfuerzos occidentales y árabes (con la excepción de Siria) para aislar a Irán y desviar la atención del conflicto árabe-israelí hacia uno sunní-shií.

Nacionalismo con tintes islamistas

Turquía se ha dado cuenta que el panorama político en Oriente Próximo ha girado hacia un nacionalismo con tintes islamistas. La devastación humana, física y psíquica que para las masas árabes y musulmanas ha provocado la guerra de EEUU y sus aliados en Afganistán e Irak, así como la matanza de Gaza perpetrada por Israel, ha disminuido significativamente el poder de influencia de esos países en la zona. Si hay que hacer caso de las encuestas, Gallup viene realizando una todos los años en la que se constata la progresiva reducción de las simpatías por EEUU en Oriente Próximo. Por dar un dato, en Turquía el 67% rechaza expresamente el papel de EEUU como potencia mundial.

Con una opinión pública tan abrumadoramente en contra de EEUU no debería extrañar el giro de Turquía, en contraste directo con su tradicional apoyo incondicional a la OTAN e Israel. Para las mentes neocoloniales de siempre, Turquía está poniendo en marcha un “neo-otomanismo”, denominación de raíz imperialista con la que se quiere introducir en el subconsciente colectivo que el giro turco en política exterior puede llegar a una colisión con los intereses occidentales. Sería algo así como imperio malo (turco) contra imperio bueno (Occidente). Pero con este giro, Turquía se está convirtiendo en un poder más firme e independiente en Oriente Próximo respecto a EEUU, Israel y las antiguas potencias coloniales (Francia y Gran Bretaña, especialmente).

A parte de las razones aducidas, hay otras. En la OTAN, por ejemplo, el Ejército turco es el más grande después del de EEUU, pero por curioso que parezca no tiene acceso a los documentos relativos a las misiones militares y ni siquiera forma parte de los procesos de decisión (como ha quedado acreditado en el caso de Libia, donde aceptó participar en el bloqueo naval muy a última hora). Turquía es el único miembro de la OTAN que no ha firmado acuerdo de seguridad alguno con la UE (algo que la UE sí ha ofrecido a Israel, que no es miembro formal de la OTAN). Y eso pese a los esfuerzos que ha venido haciendo Turquía por ser aceptado, como el hecho de ser el único país musulmán en participar en las fuerzas de ocupación de la OTAN en Afganistán donde tiene 1.815 soldados, más que España (1.505), por ejemplo. Con ello se pone de manifiesto la falta de voluntad de los países de la OTAN (Europa, más EEUU y Canadá) de incluir a Turquía como uno más en igualdad de derechos, aunque aquí habría que añadir los reiterados vetos que en ese sentido ponen tanto Grecia como Chipre.

Pero, además, en Turquía hay un fuerte resquemor por la actitud europea sobre el ingreso en la UE. Desde que en 2005 comenzaron las negociaciones para la adhesión sólo se han abierto 13 de los 35 capítulos que son necesarios “armonizar” para la integración plena de un país. Un tercio en seis años, mucho tiempo para un país que ha visto cómo desde la UE se aceleraba el proceso de negociación con los países del Este de Europa mientras que con ellos se alarga hasta el infinito. Y cuando desde Alemania o Francia –a raíz de la práctica ruptura de Turquía con Israel tras el asalto a la flotilla solidaria- se ha ofrecido una “asociación privilegiada” ha sido considerado poco menos que una afrenta puesto que no se ha pasado de las palabras a los hechos. Típico de Occidente. Por lo tanto, si en 2009 había un porcentaje del 22% de turcos que consideraban que el país debería estrechar la cooperación con la UE, tras la actitud europea de apoyo a Israel en el asalto a la flotilla solidaria (2010) el porcentaje bajó significativamente hasta el 13% (2). Y eso a pesar que la UE es, con diferencia, el principal socio comercial de Turquía si se la tiene en cuenta como un todo y no país por país.

La cosecha que está recogiendo Turquía con su giro en política exterior no es pequeña. Se ha convertido en un actor influyente en los Balcanes Occidentales, en Oriente Próximo (su ministro de Asuntos Exteriores puede estar mediando en la crisis de Bahrein, el primer ministro está haciendo lo mismo con Siria) y todo ello se manifiesta en que por primera vez en la historia, su candidato ha sido elegido de forma democrática como presidente de la Organización de la Conferencia Islámica, compuesta por 57 países.

El declive

Las guerras de Irak y Afganistán, junto a la derrota estratégica de Israel en la guerra contra Hizbulá en 2006 y la matanza perpetrada en Gaza en 2008-2009, han sumido a EEUU en un inobjetable declive en Oriente Próximo. Consciente de ello, la Administración Obama no considera tan prioritaria esta zona del mundo como su predecesor George Bush, y así lo recoge en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2010 y en la que se sustenta su política durante los cuatros años de mandato. Este declive es consecuencia, además, del surgimiento de las llamadas “potencias emergentes” que hace tiempo dejaron de “emerger” para ser una realidad. Los datos oficiales de EEUU así lo ponen de manifiesto: en el año 2000 el PIB estadounidense suponía el 61% del total de lo que hoy es el G-20, pero esta cifra cayó al 42% en 2010; si en el 2000 el PIB de EEUU era ocho veces el de China, en 2010 era menor de tres veces, por mencionar sólo a uno de esos países mal llamados “emergentes”. Desde la derecha y desde la izquierda de EEUU (Mark Helprin, Michael Kinsley, Paul Krugman…) se viene recogiendo desde hace tiempo esta realidad a la que se hace poco caso en los mentideros de izquierda europeos y latinoamericanos, obsesionados con el poder absoluto del “imperio”.

Pero las cosas van por otro lado. Sin negar que EEUU sigue siendo la superpotencia, por ahora o todavía, cada vez se enfrenta a una merma mayor de su poder. En términos leninistas, eso nos llevaría a hablar de una agudización de las contradicciones interimperialistas que se resuelven generalmente con guerras y los chinos están convencidos que habrá una, y a gran escala, antes de que China alcance la paridad estratégica con EEUU. Libia no es más que el aperitivo de lo que se avecina y en un ámbito crucial: los países productores de petróleo, que adquieren una nueva importancia y dimensión tras el desastre nuclear de Fukusima y las dudas que se han instalado, con fuerza, sobre el futuro de la energía nuclear.

En el caso de Oriente Próximo, ello ha supuesto la aparición de potencias medias que, estratégicamente, ponen en duda la supremacía estadounidense en esa parte del mundo al ganar cuota de mercado y preponderancia política. Es el caso de Turquía, quien al convertirse en el principal adalid del apoyo a Palestina tras prácticamente romper con Israel tras el asalto a la flotilla solidaria a Gaza en 2010, ha emergido como un poder real en la zona, mediando en las revueltas de Bahrein, de Siria y estrechando lazos con Irán lo que le ha supuesto ser reconocido como un interlocutor a tener en cuenta por los países musulmanes. Prueba de ello es que un turco es presidente, por primera vez en la historia, de la Organización de la Conferencia Islámica de la que forman parte 57 países, y que su historia reciente está siendo seguida con mucho detenimiento por no pocos actores de la ola de cambios que se están produciendo en el mundo árabe.

Arabia Saudita

El auge de Turquía en Oriente Próximo fue visto con alarma por Arabia Saudita que, de inmediato, se dio cuenta de lo que significaba que un país no árabe asumiese un papel relevante en defensa de la causa tradicional árabe: Palestina. Desde su actitud de práctica ruptura con Israel por el asalto a la flotilla, las críticas a Turquía comenzaron a proliferar en los periódicos sauditas hasta el extremo de convertir a los turcos en uno de los enemigos a batir: “nosotros, los países árabes, somos vulnerables, tal como lo demuestran los poderes de los rivales compitiendo sobre nosotros y el esfuerzo para atraernos bajo sus auspicios o para obligarnos a someternos a su voluntad. Turquía, Irán e Israel [el orden en que se mencionan es importante, pues dice mucho de la actitud saudita] lo que tienen en común son las aspiraciones en la región y lo que los diferencia es quién obtendrá la mayor parte del pastel árabe” (3).

Como Turquía se había acercado a Siria y comenzado a moverse en la región, los saudíes se vieron obligados a hacer lo mismo: Arabia Saudita hizo las paces con Siria –ahora el rey saudita se ha posicionado rápidamente con Bashar Al Assad frente a las revueltas en Siria, aunque no es descabellado pensar que financia de manera encubierta a los grupos salafistas sirios para debilitar al gobierno de Assad en un esfuerzo por lograr un cierto distanciamiento de Irán, país con el que Siria tiene una relación estratégica-; buscase un acuerdo con este país para apoyar a Iyad Alawi como primer ministro de Irak (acuerdo que se rompió al oponerse firmemente Muqtada Al-Sadr, uno de los principales actores iraquíes); mediase con las fuerzas prooccidentales libanesas de Hariri para llegar a un acuerdo sobre la composición del gobierno en ese país y la presencia en el mismo de Hizbulá – así como presionando para aplazar la sentencia del Tribunal Internacional para el Líbano en la que se condenará a miembros de Hizbulá por el asesinato del primer ministro Rafik Hariri-, y con ello logró los apoyo suficientes para parar en la Liga Árabe un intento de normalizar las relaciones con Irán que se había producido en este organismo a mediados de 2010.

Es desde ese año que Arabia Saudita actúa de forma abierta como potencia emergente en la zona, aunque había venido moviendo sus piezas un tiempo antes. En noviembre de 2009 su Ejército había entrado en Yemen en apoyo de las fuerzas yemenitas que combatían a los rebeldes houtis. Aquí Arabia Saudita aplicó la misma estrategia que Israel contra los palestinos: operó en aguas internacionales, bombardeó bastiones rebeldes dentro del territorio yemenita (utilizando bombas de fósforo, como Israel en Gaza) y desplazó a centenares de pobladores de aldeas fronterizas para “crear una zona de seguridad” (sic) que pusiese fin “al flujo de terroristas, contrabandistas e inmigrantes ilegales”. La nula reacción internacional a esta operación indicó a la monarquía saudita que podía ir más allá cuando quisiese, lo que ha hecho ahora en Bahrein.

Si en esa ocasión contó en el visto bueno de EEUU, que considera a Yemen una base de operaciones de Al-Qaeda –y así hay que interpretar que sean los saudíes quienes han impuesto, utilizando al Consejo de Cooperación del Golfo, una “solución” a las revueltas populares en Yemen, promoviendo a su candidato, el general Ali Moshen Al Ahmar, un corrupto enriquecido por el contrabando de petróleo en el país más pobre del mundo árabe, como el sustituto del actual presidente en una etapa “de transición”-, no ha ocurrido lo mismo con la invasión de Bahrein. Aquí Arabia Saudita, al estilo de Israel, ha puesto a la Administración de Obama ante unos hechos consumados.

Un país casi inmune a la presión estadounidense

En contra de la visión de que Arabia Saudita no es más que otro peón de la estrategia imperial de EEUU en la zona, la realidad es que este país se ha convertido en casi inmune a la presión estadounidense, lo que le ha permitido emerger como potencia regional: no tiene ninguna necesidad de ayuda financiera, cuenta con un papel hegemónico dentro de la OPEP (ha aumentado su producción de petróleo en casi 700.000 barriles diarios para compensar los suministros perdidos a causa de la guerra contra Libia) y se prepara para un aumento del 28% de su producción de petróleo (4) en un futuro próximo con la finalidad de “satisfacer la demanda mundial o cubrir interrupciones en otros lugares”. Es decir, está anunciando con antelación una nueva crisis y no es precisamente en Libia, sino en Irán.

Además, no son pocos quienes en los países del Golfo Pérsico mantienen que esos países deben desaparecer e integrarse en Arabia Saudita (como ha propuesto públicamente el 1 de marzo de este año el escritor kuwaití Addulá Al-Nafisi) como forma de “hacer frente a la nueva situación regional e internacional”. Al Nafisi está llevando al extremo un sentimiento muy extendido dentro de los sunníes del Golfo ante lo que consideran un papel hegemónico de Irán y el miedo que sienten a la revuelta de los shiíes, minoritarios en todos esos países a excepción de Irak y Bahrein. Con la intervención en Bahrein, tanto Arabia Saudita como los Emiratos Árabes Unidos y Kuwait han atizado hasta extremos muy peligrosos el enfrentamiento sectario sunní-shíi.

Sin embargo, no es un conflicto religioso, sino económico. Al igual que en Irlanda del Norte, donde los católicos han sido –y siguen siendo- durante años ciudadanos de segunda clase en todos los ámbitos, lo mismo ocurre en los países del Golfo con los shíies, privados de derechos e inmersos en una situación económica totalmente diferente (por lo mala) de los sunníes.

EEUU y Arabia Saudita han tenido un buen acuerdo durante casi 80 años: los saudíes suministran el petróleo que necesite EEUU a cambio de que los beneficios lleguen directamente a la familia gobernante, en todas sus ramas, que recibe todo tipo de protección por parte de los estadounidenses pese a la represión interna, la falta de libertades y la ideología extremista en que se sustenta. Por dar unos datos, sin entrar en profundidades, Arabia Saudita no tiene Constitución, ni gobierno representativo, ni libertad de prensa, ni de reunión. Las iglesias y sinagogas están prohibidas y los shíies son tratados como apóstatas (es frecuente referirse a ellos con el término peyorativo de “rafiditas”, que se vendría a traducir como “los que rechazan” –rafad-) si hacen manifestación pública de su fe. El 23 de abril se convocaron una especie de elecciones municipales (las primeras de su historia fueron en 2005) en las que las mujeres no han podido votar… Se podría seguir, pero con estos datos basta para entender de qué país se está hablando.

Arabia Saudita se ha convertido en uno de los mayores receptores de armas de EEUU que, no obstante, no serán nunca utilizadas contra Israel, en teoría su enemigo pero con quien quiere normalizar relaciones lo antes posible. Así está recogido en el plan árabe adoptado -a iniciativa suya- en 2002 en Beirut por la Liga Árabe, recuperado tras la victoria de Hizbulá en la guerra de 2006 y vuelto a confirmar en 2009 en una cumbre en Doha celebrada poco después de la matanza de Gaza si Israel acepta retirarse de los Territorios Ocupados y establecer una solución justa para los refugiados palestinos. Este plan, de nuevo, sirve de base al que en estos momentos elabora la Administración Obama para que Israel y la ANP vuelvan a la mesa de negociaciones y se evite de esta forma que la Asamblea General de la ONU vote, en septiembre, el reconocimiento de Palestina como estado miembro, lo que pondría en un grave apuro a EEUU y sus aliados europeos que tendrían muy difícil justificar su voto negativo.

Pero tantas y sofisticadas armas estadounidenses no han servido para gran cosa a Arabia Saudita. Al contrario que Israel, que sólo ha salido derrotado de una guerra contra los árabes, la librada contra Hizbulá en el verano de 2006, la primera aventura militar saudita no salió muy bien. En Yemen tuvieron más de un centenar de muertos y medio millar de sus soldados fueron capturados por los rebeldes houtis, pero ello no es óbice para que el Ejército, reforzado muy recientemente con moderno material (5), se muestre dispuesto a utilizarlo y ponerlo a disposición de EEUU si se decide una guerra contra Irán. Los recientes movimientos sauditas van en este sentido.

La creciente autonomía de Arabia Saudita no significa una ruptura con EEUU, sino que sitúa a la monarquía wahabita en el mismo nivel que Israel en cuanto a que ambos países colocan a EEUU ante los hechos consumados. Sirven a la estrategia imperial (como cuando “recuerdan” a China la dependencia que tiene respecto al petróleo saudita para aliviar resquemores ante la adopción de sanciones contra Irán o la guerra contra Libia) pero han adquirido el suficiente poder como para hacer valer sus intereses aunque, en ocasiones, choquen con los estadounidenses.

Todo esto significa un declive de la supremacía de EEUU en Oriente Próximo. Arabia Saudita no hubiese dado este paso si no se hubiese sentido menospreciado por EEUU cuando al inicio de las revueltas en Túnez y Egipto exigió a Obama apoyar a los presidentes depuestos , especialmente a Mubarak. Fue la gota que colmó el vaso de la paciencia, ya a punto de rebosar fue cuando desde EEUU se hizo todo lo posible para desautorizar el acuerdo entre Hamás y Fatah que había sido alcanzado en 2007 por mediación saudita. Este acuerdo fue una mediación especial del rey Abdulá y fue roto por Bush y algunos hombres fuertes de Fatah. Una afrenta que la casa real saudita no perdonó.

La obsesión iraní

Como ocurrió con Turquía, también Arabia Saudita ha esperado el momento oportuno para dar este paso de emanciparse de EEUU. Y ha sido con motivo de las protestas democráticas en Bahrein. Mientras EEUU dudaba entre un matizado apoyo a los manifestantes y la represión, la monarquía wahabita dio un paso adelante, amparándose en su hegemonía en el Consejo de Cooperación del Golfo, y ya el 10 de marzo dejó clara su postura cuando se afirmó que “cualquier daño a la seguridad de un país miembro [del CCG] será considerado perjudicial a todos los países miembros y será tratado de inmediato y sin vacilación”. Cinco días más tarde, ya estaban en Bahrein las tropas sauditas y de los Emiratos. Las apelaciones estadounidenses a la “moderación” y al “diálogo” y las informaciones sobre que dio el visto bueno a la invasión no son más que fuegos de artificio ante lo que significa un claro desafío a la supremacía estadounidense en una región clave para la estabilidad del mundo. De hecho, basta con observar cómo han ido evolucionando las declaraciones de los responsables estadounidenses: al inicio de las protestas en Bahrein, el secretario de Defensa, Robert Gates, decía explícitamente que no había ninguna prueba de la implicación de Irán en las revueltas; mes y medio más tarde afirmaba enfáticamente lo contrario (6).

Si bien la relación entre Arabia Saudita y EEUU no está en un punto de ruptura, sí está en crisis y ya no es la misma que antes de las revueltas que sacuden el mundo árabe. Es evidente que en Riad hay una pérdida de confianza en EEUU como socio garante de la seguridad del régimen y ahora sólo ven posible su propia supervivencia convirtiendo a Arabia Saudita poco menos que en un Estado cuasi hegemónico en el Golfo.

Para ello, Arabia Saudita sólo tiene que convertir a Irán en una obsesión, al igual que EEUU convirtió a la URSS en su obsesión durante años. Entre estas dos superpotencias no hubo un enfrentamiento directo, pero sí “interpuestos” que se alargaron durante casi 50 años, el tiempo que duró la guerra fría. Arabia Saudita está haciendo lo mismo –ayudando a debilitar en Líbano y Siria a los aliados de Irán- e impulsando también su OTAN particular dentro del Consejo de Cooperación del Golfo, acelerando la formación de una especie de Fuerza de Intervención Rápida que pueda actuar en cualquier parte del Golfo. Bahrein ha sido su prueba de fuego con el envío de tropas. Esta evidente provocación ha obligado a Irán a entrar en el juego. Aunque nunca ha habido el menor indicio de la implicación iraní en las protestas de Bahrein, ni del Golfo, Teherán ha sentido la necesidad de responder y ponerse del lado de sus correligionarios shiíes. Es lo que buscaba Arabia Saudita para decir “¿lo veis?, Irán es el peligro”.

EEUU se ha visto obligado a dar manos libres a Arabia Saudita, con lo que ha reavivado el juego sectario que, a medio y largo plazo, dificulta el resurgimiento del panarabismo que se puede intuir en las revueltas árabes. Este es, también, un objetivo saudita, que nunca ha visto con buenos ojos el panarabismo y que en más de una ocasión ha supuesto a la monarquía wahabita un quebradero de cabeza. Atizando el juego sectario –y esto también se está viendo en Siria- aleja cualquier atisbo de resurgimiento de la gran nación árabe.

Notas:

1. www.whitehouse.gov/sites/default/files/rss_viewer/national_security_strategy.pdf

2. Transatlantic Trends 2010.

3. Al-Watan, 13 de junio de 2010.

4. Reuters, 14 de abril de 2011.

5. Alberto Cruz, “Arabia Saudita emerge como potencia regional” http://www.nodo50.org/ceprid/spip.php?article1119

6. Asia Times, 15 de abril de 2011.

* Periodista, politólogo y escritor. Su último libro es “Pueblos originarios en América. Guía introductoria sobre su situación”, editado por Aldea con la colaboración del CEPRID. albercruz@eresmas.com