He recorrido la prensa de opinión y resulta que connotados columnistas se preguntan algo que un autor de novela negra consideraría un argumento muy débil: ¿dónde está el cadáver de Osama Bin Laden? ¿Habrá sido realmente echado al mar? ¿Está realmente muerto? ¿Quién garantiza que se respetó el rito musulmán antes de darle sepultura?

Eso nos lo ha escatimado el Departamento de Estado, pero no la declaración de Hillary Clinton sobre el regocijo que deberíamos sentir en todo el mundo por una victoria de todos sobre el terrorismo. De inmediato se nos viene una pregunta: ¿con qué derecho habla Hillary de todos? ¿Por qué nos incluye? Una reacción lúcida del resto del mundo, y quizá en el interior de los Estados Unidos, es de temor por la impunidad con que tropas norteamericanas actuaron en Pakistán sin consultar a su gobierno ni menos al pueblo pakistaní. Que lo hayan hecho sin el menor escrúpulo mueve a pensar que mañana podrán repetir su modesta hazaña en el lugar del mundo que se les antoje, ya no sólo Cuba, Venezuela, Bolivia o Irán, sino los países pretendidamente democráticos, y todo para acallar las voces disidentes que se niegan a reconocer el poder omnímodo del Imperio.

El respeto más elemental por los derechos humanos nos dice que Osama Bin Laden debió ser capturado para tramitar su extradición, juzgado con derecho a la defensa y condenado o absuelto por la justicia. Pero no: el propio Presidente Obama felicitó a quienes hicieron un operativo militar en tierra extraña y, luego de matar a Bin Laden, al parecer hicieron desaparecer no sólo su cadáver sino también a varios miembros de su familia. Los columnistas hablan de Guantánamo y entonces uno se estremece por el cerco de silencio e impunidad que rodea este campo de concentración donde el Imperio puede hacer lo que le venga en gana sin que ningún tribunal de justicia o de derechos humanos pueda determinar si los presos merecían esa condición o si se los trata sin mellar su integridad física y mental.

Ya dijimos que la invasión a Libia era un penoso antecedente de impunidad, que compromete no sólo a la Unión Europea sino también al patético fantasma de las Naciones Unidas. En ese tono sin escrúpulos, el Premio Nobel de la Paz acepta que desde hace bastante tiempo Libia fue infiltrada por agentes de la CIA, para determinar la ubicación de los objetivos militares que luego serían bombardeados en la invasión a ese país.

Frente a esas dos perspectivas, las declaraciones de Hillary Clinton no nos llenan de regocijo sino de escalofríos y de indignación por lo que pueda venir en nuestros países. Sabemos que no lo vamos a permitir y que nos van a barrer y borrar como si todos fuéramos terroristas, pero, como decía mi buen amigo Alfredo Medrano, plata y miedo nunca vamos a tener.