Han han transcurrido 41 años desde 1970, fecha en que se institucionalizara el Día de la Tierra, cuya finalidad apuntaba a generar una relación más armónica, más respetuosa y menos agresiva para con el entorno. Muchos años para la vida de un hombre, muy pocos para la de la Tierra.

Eran épocas de utopías y luchas por un mundo mejor, en que se le decía no a la guerra y las ideas libertarias florecían en el ocaso del hippismo. El ecologismo o el ambientalismo, estaban en sus albores y eran actividades reservadas para unos pocos entendidos o iniciados.

No obstante científicos, catedráticos, estudiantes y algunos sectores sociales minoritarios empezaban a intuir que algo no estaba funcionando del todo bien en esa relación controversial entre Sociedad-Naturaleza.

Ya se insinuaban algunos indicios preocupantes sobre los problemas que se avecinaban, por lo que el Club de Roma encarga un informe sobre la situación al Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), que se plasmaría en el libro “Los Límites del crecimiento” de 1972 y que anticipaban tendencias negativas sobre el futuro inmediato y que habrían graves interrogantes sobre la viabilidad del crecimiento permanente, anunciando una crisis de proporciones.

El informe referido planteaba que de seguir la política de acumulación de capital en pocas manos, el desequilibrio entre la tasa de natalidad en aumento y la de mortalidad en descenso, el consumo irracional de recursos y el despilfarro energético, el colapso total, sería una hipótesis cierta y previsible, en un tiempo no tan lejano.

Muchos de esos pronósticos y anticipaciones, lamentablemente, hoy empiezan a tener confirmación, a la luz de los descalabros sociales y ambientales que en distintas regiones del mundo se están produciendo, en la cual la desigualdad y el cambio climático aportan su cuota parte de agravamiento del problema.

Casi un tercio de la humanidad no tiene lo mínimo necesario para su subsistencia, el agua escasea o está contaminada, los catástrofes ambientales y fenómenos extremos se han hecho más pronunciados y recurrentes, no obstante un sector minoritario de la raza humana, menos de un 20 % privilegiado, que tiene todos los botes salvavidas, sigue bailando en la cubierta del Titanic, despilfarrando recursos y el patrimonio común, en una fiesta interminable, que terminaremos pagando todos.

Todas las exhortaciones y apelaciones a favor de un cambio racional de paradigma, que posibilite que sigamos siendo seres vivos, equivalen a predicar en el desierto o caen en oídos sordos y parecería que la única aspiración “trascendente” de los grupos globalizados es el consumo ilimitado y bastante irracional por cierto.

Mientras tanto, disimulado por el maquillaje verde, con la complicidad de gran cantidad de ONGs ambientalistas creadas por y para el mercado, las grandes empresas multinacionales que conducen este tsunami consumista, hablan de responsabilidad social empresaria, consumo verde, autos ecológicos, biocombustibles, desarrollo sustentable, revolución verde, etc., mientras llenan sus faltriqueras a costa del futuro común y las carencias de millones.

Diría Eduardo Galeano “no todo es verde lo que se pinta de verde” y la consigna de hoy, que se multiplica y reproduce sin solución de continuidad en los medios de acción psicológica (prensa), parecería ser: “a comprar que se acaba el mundo”.

Como agujeros negros devoradores de energía y los ahorros de muchos, las catedrales del mercado (shopping) y sus hijos bastardos, los casinos, florecen como hongos después de la lluvia, para alegría de chicos y grandes, ofreciendo, a los incautos que creen distenderse en esos lugares, hasta que les llega el resumen de cuentas de sus tarjetas de créditos, iluminación, aire y seguridad artificial, que terminan pagando con su libra de carne.

Los funcionarios municipales, por su parte celebran estos síntomas de “crecimiento” y “desarrollo”, confundiendo gordura con hinchazón, mientras la violencia y la miseria cotidiana, les estalla en la cara.

Aquellos que teníamos confianza ciega en que a través de la prédica, educación, toma de conciencia y participación social se podía revertir la tendencia suicida, que cada día más, nos pone al borde del abismo y más cerca de una catástrofe de proyecciones impredecibles e imprevisibles, hoy no estamos tan seguro de ello.

Por desgracia el paradigma consumista y el modelo comunicacional de aturdimiento social globalizado, han calado hondo y es poco probable que en lo inmediato viren hacia una relación más sana y armónica con el ambiente.

La creencia en que la ciencia es infalible y que todo lo puede remediar, alimentan el sueño del crecimiento sin límites, cuyas huellas casi imposibles de borrar están aniquilando las esperanzas de millones que luchan por un mundo mejor, mientras los tiempos se acortan inexorablemente para la salvaguarda del Planeta.

El paradigma del transporte y por qué no, del status social, su “Majestad el automotor”, cada año mata más de 1.300.000 personas y provoca más de 50.000.000 de heridos y lesionados, sin contar otras afecciones producto de la contaminación, lo que ha superado con creces a la sumatoria de víctimas de todos los conflictos bélicos que año a año se desarrollan en el mundo, impulsados por los traficantes de la muerte para la apropiación de nuevos recursos.

A su paso, cual caballo de Atila, avanza la desertificación de los suelos, se degrada la calidad del agua, los bosques y selvas nativas se convierten en celulosa, cuando no son incendiadas intencionalmente o dan paso a formaciones forestales industriales o desaparecen literalmente bajo el peso de los monocultivos.

Toda estratagema es válida para aumentar el botín de la piratería internacional, en sus correrías inveteradas contra la Tierra en su conjunto. Esos sectores de poder han transformado al planeta en su Terra Nostrum, equiparándose a los romanos en su principio del Mare Nostrum.

Millones de muertos, heridos, desplazados, exilados, enfermos, olvidados, silenciados y marginados, son mudos testigos que integran la nómina de los que no tienen cabida en la “Gran Comilona” del poder mundial.

Ellos sobran, son descartables, reciclables, están de más, no han alcanzado el mínimo indispensable para acceder a la categoría de consumidores y por tanto no son considerados ni tenidos en cuenta por los parámetros de un mundo pragmático, utilitarista y productivista.

Sin más y esperando que este 22 de Abril piense en nuestra Pachamama, lo dejo hasta la próxima aguafuertes.

* Docente e investigador universitario, Santa Fe, Argentina.