(Prensa Latina).- Hacer dieta está de moda. Reducir el peso corporal devino imperativo en el último cuarto de siglo y en consecuencia, las muertes por anorexia o bulimia aumentan cada minuto que transcurre. La obsesión por adelgazar, alentada por la presión del modelo cultural vigente y una publicidad pródiga en incitaciones a aplicar la filosofía del “como te veas, te tratarán”, acaba cada año con la vida de mil mujeres y 10 mil adolescentes de ambos sexos.

Datos de la Organización Mundial de la Salud reflejan que la mortalidad por estas enfermedades -catalogadas de patologías mentales, pese a ser trastornos relacionados con la alimentación- es de cinco a 15 por ciento.

Sólo en España, contabilizan 80 mil casos y un centenar de decesos como promedio anual, en tanto en Estados Unidos padecen por estos males cinco por ciento de las féminas y uno por ciento de los hombres, según la Sociedad Americana de Bulimia y Anorexia.

Las mujeres noruegas corren el riesgo durante toda su vida de contraer bulimia (1,6 por ciento) y anorexia (0.4 por ciento), lo que no significa que los varones estén libres de caer bajo el influjo de tales males.

Pero este fenómeno toca también a los países menos aventajados en el orden económico: instituciones seguidoras de estos temas registraron 20 mil casos en México (Fundación Ellen West), 120 en Ecuador (The Center), y uno por ciento de la población argentina, por sólo citar algunos.

“El problema de la obsesión por la flacura se ve mucho más en Estados Unidos que en Europa, y en Argentina, más que en el resto de Latinoamérica”, afirma el presidente de la Federación Latinoamericana de Sociedades de Obesidad, el doctor Jorge Braguinsky.

De 100 casos en el país más sureño del área, 90 son mujeres y 10 hombres, entre los 15 y 30 años de edad, de acuerdo con datos del centro de tratamiento y diagnóstico de adicciones Fundación Manantiales.

Varones anoréxicos

La literatura científica y los medios de difusión masiva acuñaron la idea de que las féminas son las únicas que padecen por la fiebre del éxito al estilo de la modelo británica Stella Tennant, icono del patrón “mujer alfiler”, más la epidemia contagia a muchos varones. Si apenas el cinco por ciento de los hombres eran bulímicos o anoréxicos un decenio atrás, ahora este porcentaje rebasa el 10 por ciento.

El sueño de tener un cuerpo sin grasa o un “vientre lavadero”, sinónimo de fortaleza y perfección en las formas, redundó en que decenas de ellos cayeran en las consultas de sicólogos, nutriólogos y profesionales, con el objetivo de contrarrestar las afecciones derivadas de estas conductas.

Especialistas de estas ramas concuerdan en que, dado que la incidencia de la anorexia y la bulimia es más frecuente en las mujeres, poco se sabe acerca del modo en que el fenómeno afecta a sus contrapartes masculinos. Científicos del Karolinska Institutet, en Estocolmo, Suecia, sugieren que la evolución es distinta en unas y otros.

Reducciones en los niveles de testosterona y en la densidad ósea de la columna, cadera, fémur y el resto del cuerpo, son apenas algunos de los daños provocados por estas conductas en los varones. Ellos están más preocupados por tener un “cuerpo masculino” ideal y son más propensos que las féminas a hacer ejercicios físicos, en vez de dietas que terminan en calvicies, amenorreas, infertilidad, y hasta la muerte.

Más bien, este segmento poblacional es más proclive a caer bajo las garras de la vigorexia o dismorfia muscular, trastorno síquico alimentario que afecta a los empecinados en moldear un cuerpo musculoso y atlético, que los haga sentir seductores, poderosos e indestructibles.

La concepción de masculinidad vigente en nuestras sociedades, sujetas al legado patriarcal, es la causa principal de esta deformación opuesta a la anorexia, donde el cuerpo es percibido como demasiado voluminoso y la meta es alcanzar figuras cadavéricas.

Resultan cuestionables los patrones de bellezas que guían estas conductas extremas: mientras los anoréxicos muestran espaldas huesudas, omóplatos y columnas afuera, y rostros famélicos, los vigoréxicos exhiben total desproporción entre sus miembros.

Señales en el tiempo

Las primeras señales de anorexia y bulimia estuvieron ligadas a motivaciones alejadas de la estética corporal, como la búsqueda de la santidad o de la gracia divina. La evidencia más citada es la de Catalina de Siena (1347 -1380), que a los 26 años aspiraba a dedicarle su vida a Dios y ante la intención de sus padres de casarla determinó encerrarse en una habitación y ayunar.

Historiadores concuerdan en que la joven logró ingresar en la orden de las dominicas, pero con la mitad de su peso y disímiles trastornos que provocaron su fallecimiento dos años después, a pesar de lo cual su conducta tuvo decenas de seguidoras en el ámbito religioso.

Este caso pone en claro que la anorexia sólo es explicable desde parámetros socioculturales y es preciso diferenciarla de otras patologías de la conducta alimentaria para evitar colocar todo en la misma bolsa.

Bulimia y anorexia comparten rasgos comunes, pero difieren en gravedad, rasgos de personalidad y en otros factores. Las descripciones primarias de autoinanición aparecieron en redacciones medievales y la anorexia nerviosa fue definida por primera vez como problema médico en 1873, aunque para entonces era vista como efecto de motivaciones religiosas o espirituales.

Segmund Freud (1856-1939) asoció el comer o no a los impulsos sexuales básicos y al avanzar la vigésima centuria progresó la idea de que esta era el terror a engordar, pero atada a variables socioculturales.

¿Culpa de quién?

Entre mediados del siglo pasado y los años 70‘s, la incidencia de la bulimia y la anorexia nerviosas subió en casi 300 por ciento y bajo el imperio de la televisión y el cine en este siglo, todos somos víctimas de cierto modo del desmesurado culto al cuerpo: la cuestión es bajar de peso.

Para la estadounidense Naomi Woolf, esta alucinación inconsciente por alargar la frescura juvenil y mostrar la figura más perfecta es cada vez más persuasiva debido a la manipulación conciente del mercado.

Detrás, obran emporios industriales erigidos con el capital recaudado por el manejo sutil de ansiedades involuntarias de los seres humanos y que ganan cada día en maña para explotar, reforzar y estimular la enajenación.

Entre estos destacan una industria dietética de 32 mil millones de dólares, una cosmética de 20 mil millones, una de cirugía plástica de 300 millones, farmacéuticas y otras.

Estadísticas acopiadas por Woolf dejan entrever que la cirugía plástica es la especialidad médica que evoluciona con mayor rapidez y que para 1988, dos millones de mujeres y hombres habían recurrido a sus servicios para mejorar alguna parte del cuerpo, en Estados Unidos.

Cuando las personas apelan al bisturí pocas veces piensan en los riesgos: cifra tan alarmante creció tres veces en apenas dos años, asegura la investigadora en su obra El mito de la belleza, publicada en 1991.

Esto nunca librará de culpa a cientos de revistas, periódicos, canales televisivos, diseñadores y patrocinadores de la moda, que derrochan ríos de tinta y decenas de horas en la promoción de dietas cercanas a lo imposible, talles impensables para una adulta, y otras fantasías contra natura.

La sola idea de envejecer aterra en la cultura imperante, de matriz occidental, en la cual somos viejos de manera precoz para buscar trabajo, tener hijos y enamorarnos.

Mientras, la inteligencia apela a todas sus garras para evitar quedar sin espacio ante el empuje de un imaginario social que transformó la edad en algo peligroso para el alcance de la felicidad y a la imagen corporal en apetitoso sustituto de la riqueza interior.

* La autora es periodista de la Redacción de Temas Globales, de Prensa Latina.