La realidad no existe.
Para los burócratas, la realidad son números o leyes o la violación de esas leyes o las estadísticas que juegan con los números. O sea, no es la realidad.

Para los intelectuales, la realidad son los libros, de tapa más o menos blanda, con más o menos ilustraciones: son los libros y como éstos conforman su propia entidad y como el exterior del libro se adecua, más o menos a lo que dicen los libros. Tampoco es la realidad.

Para los camioneros, la realidad es el camino y si tiene huecos o no, si hay donde comer o no, si tardan ocho u ocho mil horas en hacer su recorrido, si lo que llevan llega a tiempo, en buen estado, completo. En todo caso, es una parte, minúscula, de la realidad.

Para los presidentes, la realidad es lo que le informan sus ministros y lo que ven cuando asisten a algún acto público y, a veces, si sucede algún desastre, lo que ven desde el avión o el helicóptero de lo que ha quedado de la realidad. Como los señores camioneros, los señores o señoras presidentes conocen también una parte de la realidad.

En verdad, no se puede conocer toda la realidad –sólo Viracocha podría-: los más, todos, casi todos, sufrimos algo que podemos denominar como “efecto de realidad”, no la realidad misma.

Un efecto de realidad: una percepción de la misma. Esta percepción, es obvio, tiene que ver con las circunstancias que nos rodean desde que nacemos.

Ese, nuestro pequeño mundo, es la realidad, es nuestra realidad, la de cada uno. Y cada uno jura que casi-casi sabe y conoce todo, lo ha leído todo o ha recorrido todos los caminos o es el mejor presidente de todos los tiempos.

Con el auge de los medios masivos de la comunicación –desde la televisión al internet- este efecto de realidad se potenció al infinito. Los medios son el terreno más fértil para la cosecha de efecto de realidad, de mentes adictas.

El filósofo de café ha muerto. Lo han reemplazado millones de zombis culturales –lo dijo alguna vez Subiela-, millones de seres funcionales al aparato ideológico que tiene en los medios la punta del iceberg y que reproducen sin clemencia el efecto de realidad que los medios crean y difunden.

Ese efecto de realidad lo recubre todo: la política, que ha sucumbido a ese argos asqueroso para volverse, tan sólo, un discurso; la religión: las sectas son la proyección del efecto de realidad hacia los cielos; el sexo que ha sido reemplazado por la pornografía; el amor que hoy tiene fechas fijas para celebrarlo; lo mismo la patria o el deporte, la agricultura o el arte.

Ese efecto de realidad nos encubre a todos: es preferible vivir bajo su paraguas bienhechor e indulgente–donde nada es verdad, sino una percepción de la verdad; donde nada es mentira, sólo una percepción de la mentira- que en la realidad.

La realidad es temible. Huele a pescado podrido, huele a sálvese quien pueda, huele a nada nuevo bajo el sol y la misma amputación de siempre. La realidad es terrible. Huele a terremoto seguido de tsunami seguido de explosión atómica, huele a mí quien me ampara, huele a que falta algo, no cierra.

El efecto de realidad es placentero: la televisión como útero, la internet como tu nueva sinapsis que te conecta sólo a lo que no te hace daño, no te subleva, todo así, todo igual diría Leo Masliah.

Ahora imaginate, sólo por un momento, un juego de roles brutal, digamos: real. En vez de ser quien sos, en vez que los gobiernos, los bancos, las universidades, los acuarios dónde vas a ver pececitos, los supermercados, los cines, las corbatas, los casinos, Big Brother, la ONU, Old Parr y Mac Donald´s te protejan, en vez de ser quien eres, no: naciste araona. Imaginate Araona.

Sobreviviste a dos genocidios, uno por demolición y virus; otro a sangre, wínchester y latigazos. Escapaste, te refugiaste en el monte. Quedaron sólo 50, cuando antes eran miles, decenas de miles que tenían un proyecto común, una vida compartida, un destino que era de ellos, de vos, y de nadie más. Un buen día, un buen día de mierda -cuando seguramente el terror y la memoria del terror no se habían acabado-, llegaron los misioneros fundamentalistas. Bien vestiditos, con el santo librito (The New Testament) bajo el sobaco, el pelo corto, anteojos. Sus ideas del diablo te las metieron por todas partes para acabar con tus propias convicciones, tus certezas, tus cosas. Otro buen día, años después, se fueron.

Te dejaron de vuelta en el medio del monte vestido, confundido, temeroso, cagado. Te habían robado el alma los gringos (los misioneros venían de allí, de Vermont digamos) y, a cambio, no te dejaron nada, ¿qué te podían dejar?, salvo el librito traducido a tu idioma.

Pero tras que te olvidaron botado en el medio del monte, empezaron circunstancias, situaciones, necesidades que desconocías, que te las impusieron.

Empezaron las divisiones entre los tuyos, el alcoholismo, la prostitución de las mujeres, la explotación entre hermanos, la violencia sin sentido, las enfermedades para las cuales no tenías cura, la mentira, la mendicidad, el asesinato, el desarraigo, el etnocidio, el abandono, el olvido.

Imaginate Araona –un pueblo originario “en vías de extinción” (como afirman los burócratas y los intelectuales) que habita un territorio entre los ríos Manupare y Manurimi, en la Amazonía boliviana.

Imaginate Araona.

Imaginate de qué te sirven las tarjetas de crédito o los bonos de desempleo. Y el MP4 o el MP40. Los celulares. Los descuentos de temporada. El aguinaldo. La navidad. Los inodoros. El estado. Los preservativos. El kétchup o la mayonesa para aderezar el sándwich. Victoria´s Secret. Los autos. Las carreteras –la ciudad más cercana queda remando a cuatro-cinco días río abajo. Los gringos iban y venían en avioneta. Vos, no.

Imaginate Araona.

Desearías que nunca te hubiera sucedido lo que en verdad sucedió, está sucediendo.

La realidad sí existe.

Río Abajo, 5 de abril de 2011