El vicepresidente Álvaro García Linera incurre en sufre miopía analítica al encubrir los errores del gobierno, invocando éxitos electorales y políticos pasados. Ese camino impide rectificar rumbos y reencauzar un proceso de cambio que tanta esperanza despertó en el pueblo boliviano. En efecto, en “La Prensa”, del 13-03-11, García Linera juzga que estamos viviendo sólo “tensiones en el seno del pueblo”, “al interior de una familia”, ya que el proyecto político del MAS es el único que existe, debido a que el de la derecha fue derrotado, entre agosto y octubre de 2008, junto con el golpe civil de los prefectos opositores.

Apenas admite que “comienzan a haber diferencias con otros sectores de la sociedad”, a las que denomina “raspaduras”. Esta visión no advierte que el retorno de las políticas neoliberales se está operando dentro del propio régimen de Evo Morales, sobre la base del respaldo que en su momento tuvieron los separatistas de la “Nación Camba” y que arrastraron a contingentes sociales de varias regiones del país.

En este sentido, ¿serán solo “tensiones en el seno del pueblo” el gasolinazo del 26-XII-10 y que recibió entusiasta apoyo de las petroleras? La abrogación de la medida ha terminado por desordenar la economía, ya que es sabido que “orden, más contraorden es igual a desorden”. ¿Cómo puede afirmarse que en el país existe capitalismo de Estado o socialismo comunitario si la principal empresa estratégica carece de estados contables confiables, oculta desde hace un año el monto de las reservas de hidrocarburos y desde hace cinco las auditorias a las compañías, destinadas a suscribir mejores contratos con las compañías? ¿No dijo Álvaro que sin el gasolinazo Bolivia entraba en quiebra? ¿Quiere decir que esto es precisamente lo que está ocurriendo? ¿Fue correcto suscribir el anexo del 10-XII-09, por el que YPFB se compromete a entregar gas natural al Brasil con mayor valor calórico del que establecían los antiguos contratos y que por esta razón la estatal petrolera sólo podrá usar una sexta parte del gas que se envía a San Pablo? ¿Estamos condenados a que nuestro energético se industrialice en el país vecino?

¿Serán sólo dificultades “al interior de una familia” el haber sufrido la infiltración del narcotráfico en el cerebro que planifica las labores de interdicción? ¿No es peor aún minimizar el hecho y afirmar que esa repartición no ocupaba un lugar esencial en el Ministerio de Gobierno? ¿No es alarmante que pueblos del agro estén siendo utilizados por los traficantes de cocaína y que según, Luís Cutipa, Director del control de la hoja milenaria”, “numerosos comunarios se han transformado en encubridores del narcotráfico? ¿Son meras “raspaduras” el haber perdido nuestra capacidad de abastecernos en gasolina, diesel y GLP e importadores de azúcar, arroz y maíz, entre otros productos? ¿Es también una superficial “lesión” el fracaso del bilateralismo en la demanda marítima con Chile y en la unilateral y gratuita utilización chilena de los manantiales del Silala, lo que ocurre desde hace más de un siglo?

¿No es preocupante que el Presidente Evo Morales saliera huyendo de la ciudad de Oruro, que hubiera sido fuertemente rechiflado en un encuentro de fútbol en el que participó hace pocos días (con asistencia de 30.000 personas) y que cada vez recurra a pretextos para no asistir a fiestas cívicas de los departamentos? ¿No preocupa a los burócratas las fracturas que sufren contingentes que apoyaban a Evo como el norte potosino, Caranavi o CONAMAQ, así como la oposición creciente en amplios sectores de las capas medias, maestros, cooperativistas mineros, amas de casa y gremiales? Tal vez lo peor de todo resida en que los actuales gobernantes estimen que sus amigos son los que alaban sus desaciertos y no los que hacen notar sus errores, sobre todo en el momento presente en el que el partido oficialista corre el riesgo de astillarse. En consecuencia, es prioritario evitar que los grupos desplazados con el gonismo retornen al poder, que es lo que está sucediendo de manera progresiva. Y ello sólo será posible con una autocrítica profunda y no con justificativos que agravan la situación presente.