(Nueva Crónica).- La línea que hasta ahora había manejado el gobierno de Evo Morales, de basarse en las buenas intenciones y en una agenda genérica común de 13 puntos –donde mar y Silala estaban en el mismo rango que la exportación e importación de bienes, y en la que Bolivia tenía que sujetarse a la voluntad de Chile de esperar una propuesta que nunca llegaba–, ha cambiado totalmente, asegura el ex Presidente Carlos Mesa y advierte que el giro de 180 grados podría poner fin a las negociaciones con el vecino país.

“Chile por definición puede decir que se terminan las negociaciones si Bolivia insiste en la multilateralidad, porque ese país sólo reconoce la bilateralidad. En consecuencia, lo que se está planteando es una especie de puente con el pasado que el Presidente deberá encarar con mucha serenidad y con una administración racional, porque no es tan fácil plantear algo así a la comunidad internacional, sin tener una fundamentación jurídica adecuada”, explica el ex mandatario.

P. ¿Cuáles fueron los elementos centrales de la política marítima de su gobierno?

R. Primero es importante ponerse en el momento en que me tocó gobernar. En ese contexto, no se debe olvidar que tenía como bandera el no a la exportación de gas y, complementariamente, no a la exportación de gas por Chile ni a Chile, lo que condicionaba de manera muy fuerte la relación con dicho país, después de la propuesta que hiciera el presidente Lagos a los presidentes Banzer y Quiroga, sobre un puerto en Patillos, que pudiera desarrollar Bolivia con todas las facilidades para establecer una planta de transformación de gas, salvo con soberanía.

Cuando asumí la presidencia la propuesta de Lagos era seguir negociando sobre el tema; le expliqué que ello era imposible, que Bolivia estaba en un contexto, no solamente emocional respecto de la vieja reivindicación marítima, sino en la imposibilidad, siquiera, de considerar el tema.

El primer elemento que repuse fue el de la soberanía. La palabra y el concepto de ella como base de cualquier negociación con Chile, lo cual generó un distanciamiento evidente porque está claro que ni Lagos ni ningún otro Presidente chileno tiene interés en el tema de soberanía. Lo que Chile trata y creyó que lo podía hacer con el presidente Morales es conversar sobre todo, menos sobre soberanía, y ahí estamos en un punto muerto.

A partir de ese momento, de que tomé conciencia que no era posible seguir adelante con el proyecto de Lagos, porque no era viable para el interés de Bolivia, consideré la necesidad de hacer una aproximación intensa con Perú y recuperar lo que había sido la lógica del acuerdo de 1992, de Ilo, pensando que para Bolivia era una prioridad colocar el gas para la exportación transpacífica y, dado que era imposible por razones políticas colocarlo en Chile, era necesario conseguir una opción alternativa que ya era viable y hoy lo es mucho más, porque los precios internacionales del petróleo y del gas permitían hacer económicamente rentable el gasoducto Tarija-Ilo, cosa que no pasaba cuando se negoció la propuesta Lagos-Banzer-Quiroga y, eventualmente, Sánchez de Lozada.

Todo eso me llevó a la firma de un muy importante acuerdo con el presidente Toledo en agosto de 2004, que tenía dos componentes, por un lado, la integración energética y ya no un Tratado de Libre Comercio que prácticamente existía, sino un Tratado de Integración Económica en el que no sólo se hablaba de integración energética sino de un conjunto de aspectos vinculados a la relación comercial bilateral. Complementé ello con el Referéndum y la pregunta número 4 que –con mala intención y con la idea de descalificarme– se simplificó con la teoría de “gas por mar”. De ninguna forma lo que plateé fue gas por mar, lo que establecí fue que la aproximación con Perú marcaba, si nosotros llegábamos a colocar la planta de transformación en Ilo y convertir a ese puerto en un polo económico bilateral importante, una nueva lógica en la negociación con Chile; es decir, el tema del gas nos aproximaba a Chile, no porque íbamos a poner gas a cambio de mar, sino porque lo íbamos a desarrollar de otra manera.

Tuve además que enfrentar otras dificultades que hicieron inviable el proyecto de integración con Perú. La primera, fueron los intereses de las élites económicas peruanas hacia una negociación más abierta con Chile, que expresaban poco entusiasmo de facilitar el acuerdo, y creían que Camisea y Tarija eran incompatibles; por el contrario, el presidente Toledo y yo pensábamos que eran complementarias y que la demanda norteamericana era tan alta, que los dos campos eran perfectamente viables. La segunda, fue tener un Parlamento boliviano que no sólo no entendió nada, sino que no quiso entenderlo, me bloqueó la Ley de Hidrocarburos y aprobó una Ley irresponsable, de la que hoy estamos viendo sus consecuencias. Normalmente el éxito de la política exterior del país se mide en función de los resultados que se obtengan hacia un acercamiento al Pacífico

P. ¿Desde esa perspectiva cómo evalúa lo que usted hizo?

R. Creo que no es razonable para un presidente pensar que lo que se va a lograr es el mar, esa es una pretensión desmesurada, falta de realismo, que por supuesto plantea la imagen de un superhombre que va a obtener lo que ninguno de sus antecesores, en cien años. Por lo tanto, yo no tenía como objetivo de mi gobierno recuperar el mar, sino la reposición de una política de Estado. Ese es el concepto que más me interesaba, es decir, que marcáramos una línea de comportamiento que vaya más allá de quién sea presidente. En ese contexto, creo que hice lo correcto y lo volvería a hacer si es que se dieran las circunstancias; lamento que el criterio de política de Estado no fuese entendido y creo que todavía no ha sido entendido por el gobierno del presidente Morales.

P. Los bolivianos llevamos décadas de negociaciones infructuosas con Chile –acercamientos, distanciamientos– ¿qué es lo que nos impide avanzar efectivamente?

R. La primera razón de fondo es que para nuestro interlocutor: Chile, la política exterior con Bolivia es elemental, es tan simple como decir No, y es lo que ha venido diciendo desde hace mucho. En lo que está trabado ese país es en el hecho de que el tema no pasa desapercibido –eso es algo que valoro de mi política de gobierno– y que está causando mucha preocupación en Chile. Debo decir que nunca Bolivia, desde que se plateó ante la Liga de Naciones en 1919 la reivindicación marítima, se había presentado en un Foro Internacional –el más importante de América como fue la Cumbre de las Américas de Monterrey– el tema de la reivindicación marítima de manera pública. Es decir, la recuperación de la política de Estado de 1979.

El multilateralismo aceptado por la OEA, repuesto en la Cumbre de las Américas, provocó una gran molestia al presidente Lagos y obligó a Chile a dar explicaciones a la comunidad internacional. Nosotros pusimos sobre el tapete el hecho de que un país estable, democrático, moderno, progresista como Chile, no era ninguna de esas cosas y menos generoso con un país en serias dificultades como Bolivia, hecho que no era compatible con su imagen externa.

Lamentablemente, el presidente Morales bajó totalmente la temperatura porque creyó, ingenuamente, que cuatro gritos en el Estadio Nacional de Chile y la sonrisa de la Presidenta Bachelet le garantizaban la recuperación del mar.

En consecuencia, la dificultad está en no tomar las líneas maestras de nuestra política exterior y establecer la discusión bilateral, eventualmente, pero principalmente trilateral, ya que no se puede ir hacia una solución marítima creyendo que podemos pedir la reivindicación de un territorio que fue peruano. Asimismo, la discusión debe tener carácter multilateral, ya que es la presión internacional la que puede ayudar a esta doble jugada.

P. ¿De qué manera una negociación trilateral puede beneficiar a Bolivia y de qué modo perjudicarla?

R. Depende qué tipo de negociación. El escenario marítimo de Bolivia tiene que ser simultáneo en Perú y Chile. Es decir que la política comercial y la política exterior de intercambio deben darse con ambas naciones. No debemos estar anclados en la idea de que si no lo hacemos con Chile no lo haremos con nadie más.

Si nosotros tenemos en este momento tres puertos importantes para el país: Antofagasta, Iquique y Arica por qué razón no podríamos tener algo equivalente en el Perú, sin que ello perjudique para nada nuestro relacionamiento. La posibilidad de decirle a Chile que tenemos puertos de importancia equivalente en el Perú, Ilo y Matarani, no tendría por qué afectar.

P. Con su experiencia en gestión presidencial y su permanente aproximación a la historia del país ¿cuál considera debe ser el camino a seguir para lograr una solución de una vez por todas?

R. Creo que el gobierno debiera hacer un alto en el camino, recuperar los elementos positivos de la política exterior boliviana y crear un consejo permanente que integre a los cancilleres que ha tenido el país, independientemente de su filiación política, y valorando, sobre todo, su experiencia. Ese consejo consultivo debería poder diseñar una política de Estado de la que no debería salir ningún gobierno.

Hay algo, sin embargo, interesante y es el hecho de que el gobierno ha decidido que la palabra soberanía prima en el diálogo con Chile y que no es un tema en discusión, ya que no había forma de lograr un acuerdo sin tomar en cuenta la soberanía. Creo, además, que la opinión pública boliviana ha vuelto al punto de partida, tuvo un nivel de flexibilidad con Chile hasta que vio aquello que era obvio y es que dicho país no iba a avanzar en el camino que Morales pretendía. El propio gobierno se ha atrincherado en la lógica de decir que lo que el país demanda es soberanía. El tema de la soberanía hay que trabajarlo con mucho cuidado y mucha mesura, pues no se trata de la soberanía en el viejo esquema de querer plantar la bandera boliviana y recuperar el espacio perdido.

Creo que si Chile con el acuerdo con Perú nos da soberanía en una franja territorial, inmediatamente después Bolivia de manera soberana trabajará junto a los dos países. Bolivia está dispuesta a hacer un polo de desarrollo común, estableciendo un espacio que no interfiera el tránsito entre Perú y Chile, es decir, un conjunto de cosas que muestren que Bolivia no quiere la soberanía decimonónica sino una soberanía del Siglo XXI en la que se pueden compartir muchas cosas. Sin embargo, lo que ahora hay que trabajar es un diseño de reivindicación razonable.

P. ¿Cómo observa la política que lleva adelante el actual gobierno en este tema?

R. Creo que primero fue ingenua porque, al parecer, no tenían la menor idea de cómo se lleva adelante una política exterior. Creo que el Canciller Choquehuanca, después de un par de años en los que no tuvo una tarea muy destacable, es un hombre que ha entendido cómo funciona el mundo. Tengo respeto por su gestión, me parece una persona que puede llevar adelante una política exterior inteligente, pero creo que esta conciencia de que íbamos a conseguir algo porque están gobernando con la democracia de los pueblos no funciona, y es necesario sentarse a discutir qué es lo que Bolivia realmente quiere.

No me parece inteligente el planteamiento de Bolivia esperando que sea Chile quien mande una propuesta al país, ya que jamás lo hará. Sería una actitud suicida de ese país hacerlo. Tampoco me parece pertinente que el Presidente le ponga un plazo a Chile, ya que no es consistente con una política diplomática seria. En lo que hay que trabajar es en una propuesta que internamente esté clara y una vez que sepamos, exactamente, lo que vamos a pedir, entonces hablemos con el vecino país. Mi impresión es que no hay una definición concreta al respecto ni una propuesta de carácter técnico y se debe trabajar en ello.

Es importante asumir que muchos de los políticos y me incluyo –aunque hace mucho que dejé de hacerlo– hemos criticado lo que hizo Banzer en 1975, cuando creo que es el punto de referencia para cualquier discusión y para el diseño de una política de Estado sobre el tema.

P. Muchos mantienen la idea de que un gobierno de izquierda y/o uno de derecha facilitaría el diálogo ¿en que medida la tendencia ideológica de los gobiernos chilenos puede influir en una mejor negociación?

R. En ninguna, absolutamente. No hay relación entre la ideología de los gobiernos chilenos y la posibilidad de mayor o menor éxito, creo que Chile tiene una lógica que hay que entenderla tomando en cuenta sus dificultades y hay que trabajar en una negociación factible a nuestros intereses.

Siempre he pensado que Chile y el propio Perú bloquean algo que es obvio. Mi impresión es que tenemos que empezar a pensar en una primera aproximación entre presidentes, lo que siempre ha sido desestimado por ambos países, lo mismo que una mediación. No conozco ningún artículo del Tratado de 1929 más su protocolo complementario que diga que no se podrán reunir los presidentes de los tres países para discutir el tema.

No es un tema negado como aluden siempre chilenos y peruanos. Chile se ha manejado por años con la misma política, por un lado la del No y, por el otro, la de la bilateralidad, que considero como una trampa mortal que condiciona a que Bolivia consiga de Perú la aceptación para una negociación entre los tres países. Una respuesta similar se recibe de ese país, que acepta conversar siempre que Chile esté dispuesto a hacerlo. Entonces, ambos países nos tienen entrampados y así se refleja en el Tratado de 1929.

Creo, sin embargo, que se puede lograr de manera inteligente una conciencia internacional que abogue por una reunión entre los tres presidentes para tratar de resolver el tema. Al parecer, lo que sucede actualmente es que hay una lógica de no querer entender los caminos hacia los cuales vamos a apuntar. No es un trabajo para el momento, obviamente, pero es un trabajo que hay que hacerlo internacionalmente.

Hasta ahora hemos logrado la agenda de los 13 puntos que, valga la aclaración, ya se hizo en Algarve en el año 2000, y el presidente Morales nos la quiso vender como suya y como el gran avance que había logrado su gobierno. No hay una comprensión de las grandes posibilidades y de las aristas que tienen que irse cerrando y comprendiendo para lograr resultados.

P. ¿Qué le parece la propuesta gubernamental de llevar el tema a La Haya?

R. Hay dos caminos que a mi juicio no tienen sentido, uno es la denuncia del Tratado de 1904, y no porque yo crea que es un gran tratado, sino porque el concepto de la intangibilidad de los tratados es una palabra mayor, por lo que hay que hacer un recodo, entender que el mismo va a morir con una negociación que está fuera de su denuncia porque Chile inmediatamente diría que si se denuncia este Tratado no hay derecho internacional.

El otro elemento es que no creo que el grado de complejidad en el que estamos amerite la intervención de un tribunal internacional, que lo único que va a hacer es entorpecer la posibilidad de una negociación en el corto plazo. No creo que el tribunal de La Haya esté en condiciones de darnos una solución. Mi impresión es que este tema tiene que manejarse en el ámbito Latinoamericano, en el ámbito de nuestros organismos internacionales y, fundamentalmente, en el ámbito de lograr la voluntad de los tres países. Mientras el tema sea bilateral no encuentro solución posible, y no niego la bilateralidad, pero no la acepto como única forma de negociación.

* Fuente: http://institutoprisma.org/joomla/images/NC/nueva%20cronica%2081.pdf