Japón es un pueblo signado por la tragedia. Es un país de grandes hecatombes, como la Segunda Guerra Mundial, que para Japón terminó con las bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki, después de haber diezmado a su ejército en campaña; como el terremoto de Kobe, llamado también el Gran Terremoto de Hanshin, de 1995, o el tsunami de este año, que ocasionó pérdidas materiales por encima de los 150.000 millones de dólares, según informa la televisión alemana.

Sin embargo, hay algo que conmueve más que el tamaño de la tragedia; es la dignidad de samurái y el estoicismo de un pueblo que tiene conciencia de ella. Basta ver la profusa colección de comics y dibujos animados que hoy leen los jóvenes japoneses para sentir la sombra de una inminencia trágica, de un desastre que acecha a la vuelta de la esquina y de un sentimiento de desdicha que quizá está en la base de la maravillosa literatura japonesa, pues, al margen de la polémica de si el escritor debe sufrir para dejar una obra inolvidable, quizá no hay mejor fuente de la creación literaria que la desdicha.

Unos jóvenes japoneses entrevistados por la televisión española señalan que su carencia más importante es la falta de iniciativa. Los jóvenes japoneses se asombran de la chispa de la invención y el emprendimiento, que es propia de Occidente, y extrañan en ellos ese sentido individual de la existencia, menor a su sentido de pertenencia a una cultura, a una tradición, a una comunidad. Recuerdo que Manuel Monroy, el Papirri, me decía que si un joven japonés se propone tocar guitarra flamenca, lo consigue al cabo, pero será muy difícil que interprete otros ritmos. Eso admiraban en el Papirri, cuando vivió en Japón: su versatilidad, que le hacía pasar de la zamba argentina a la saya boliviana, del jazz al bossa nova, del tango al rock, cosa que para los japoneses sería imposible.

Se ha destacado estos días la disciplina y el orden con los cuales reaccionaron los japoneses frente al tsunami, pero hay otras virtudes más importantes que asoman en ese minuto de silencio en medio del desastre, para entender que los japoneses acatan la furia de la naturaleza, la aceptan sin enfrentarse a una potencia inevitable y sufren con el estoicismo que era la virtud axial de la casta militar de los samuráis, extinguida defendiendo la tradición contra el avance incontenible de la modernidad.

Ahí tenemos una consecuencia de este salto al abismo: el peligro nuclear. Un pueblo milenario que vivió en armonía con la naturaleza, ahora se enfrenta a un peligro generado por la modernidad. La planta nuclear de Fukushima tiene más de 40 años y ha puesto en estado de alerta a las grandes potencias, porque podría estallar. La televisión alemana difundió este fin de semana un debate sobre el posible fin de la era nuclear, y registró las declaraciones de la Canciller Merkel sobre la decisión de suspender el programa nuclear o ponerlo en cuarentena debido al desastre de Fukushima. Aun más, en el debate se dijo que la energía nuclear jamás fue segura, que en todo momento significó caminar al filo de la navaja o jugar con fuego y, para colmo, no es más barata que otras fuentes de energía, como la termoeléctrica o la hidroeléctrica. A ello se agrega que quizá las plantas nucleares de Alemania tengan mayor seguridad promedio, pero igual Alemania está rodeada por varias plantas nucleares obsoletas, que se ubican en Europa del Este, y que son herencia de los países socialistas. Si en ellas ocurre un desastre, no hay nada que impida la difusión de la radioactividad en Europa central. Por esas razones, hoy se discute el fin de la era nuclear aunque con escepticismo, pues lo mismo se dijo después de la explosión de Chernobyl, en 1986, y Occidente continuó en su empecinamiento.

La fisión del átomo es una nueva prueba de la agresión de Occidente contra la naturaleza. El hombre se creyó omnipotente al liberar la energía atómica, que le permitió viajar por el espacio sideral aunque también destruir a sus semejantes y poner en peligro al planeta entero. Por eso hay voces de alerta que piden el cese de un programa tan costoso, pero siempre habrán intereses que pugnen por la persistencia del peligro, sobre todo si ella significa una ganancia de millones de millones de dólares, o de euros.

Todo mi respeto y mi cariño por el noble pueblo japonés.