El Cairo y La Habana (PL).- La televisión libia confirmó hoy que unas 48 personas murieron y otras 150 resultaron heridas durante los ataques aéreos de Estados Unidos, Francia y Reino Unido contra varias ciudades de Libia como Trípoli, Misrata, Zirte, Zuara y Bengasi. Las autoridades libias consideraron que con esa agresión quedaba sin efecto la resolución 1973 del Consejo de Seguridad de la ONU que decretó el establecimiento de una zona de exclusión aérea en la nación africana; y el gobierno de Trípoli reanudó sus ataques contra los rebeldes en Bengasi, según un informe televisivo captado en El Cairo.

El presidente Barak Obama, busca a todas luces que Estados Unidos no figure esta vez como el “agresor directo”, debido al torrente de críticas generado por las impopulares guerras de Afganistán e Iraq. Quizás las lecciones hayan obligado a repensar futuras aventuras en desafío al derecho internacional, opinó Mahdi Darius Nazemroaya, experto en Oriente Medio y Asia Central.

La OTAN analizaba desde febrero la propuesta, primero, de España, y luego de Reino Unido, de controlar el espacio de Libia, en espera de una señal a una operación relámpago por aire, con ayuda de buques de guerra de la alianza. Las dos cumbres celebradas para dirimir una respuesta terminaron signadas por las discrepancias y la incertidumbre por el derrotero de los acontecimientos en esa nación del Magreb.

Tampoco la UE pudo conciliar posiciones, más allá de las sanciones impuestas a Trípoli y de los propósitos de aislar al líder Muammar El-Gadafi. Horas después de concluido en París el encuentro de cancilleres del Grupo de los Ocho (G-8) países más industrializados, el ministro de Asuntos Exteriores de Italia, Franco Frattini, anunció que Roma no participaría en una coalición de estados agresores, en alusión directa a una intervención militar.

Frattini admitió entonces ante el Parlamento que el plan de instalar una zona de restricción de vuelo no conseguía el respaldo de la comunidad internacional. Hoy la discusión en el poder legislativo italiano es otro: el uso de instalaciones que sirvan de base a las operaciones de la OTAN.

Con matices, desde los albores de la crisis, España condicionó la medida de fuerza a un previo amparo del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, donde dos miembros permanentes de esa instancia, China y Rusia, dejaron ver finalmente con la abstención su oposición a una misión bélica.

En este proceso el forcejeo y las presiones sobre Libia se arreciaron progresivamente, ya sea mediante nuevas represalias, boicot, aislamiento y hasta el apoyo deliberado a los grupos armados opositores con recursos militares. No pocos analistas creen que Occidente ha preparado con astucia y paciencia un manto legal para legitimar sus planes de intervención en Libia.

Una de las evidencias claras fue el reconocimiento previo de Estados Unidos y algunos aliados europeos al Consejo Nacional de opositores libios, en un paso para desconocer posteriormente la autoridad de Gadafi. Al mismo tiempo la presencia extranjera estuvo justificada en los reclamos de “ayuda” por parte de los rebeldes, exteriorizada a Francia y al Reino Unido, en particular.

El primer ministro británico, David Cameron, y su canciller, William Hague, han llevado la batuta en el lenguaje duro hacia las autoridades de Trípoli, en propiciar los contactos con los rebeldes y hasta en la posibilidad de rearmarlos, inclusive.

Si bien en Roma los pronunciamientos tuvieron un tono más moderado, el gobierno de Silvio Berlusconi suspendió un tratado bilateral con Libia y dejó sin efecto la cláusula de no agresión, lo cual dio luz verde a la OTAN para disponer de sus bases en el Mediterráneo y el Adriático.

A punto de terminar una agitada semana de reuniones a puerta cerrada, la Casa Blanca replanteó la adopción de acciones más duras contra la administración libia. Estados Unidos “está preparado para respaldar una zona de exclusión aérea e incluso para aprobar medidas que irían aún más allá”, anunció Susan Rice, la embajadora de ese país ante la ONU, a escasas horas de la votación en el Consejo de Seguridad de la resolución sobre Libia, que finalmente fue aprobada por 10 votos (Francia, Estados Unidos, Gran Bretaña, Colombia, Líbano, Nigeria, Portugal, Bosnia y Herzegovina, Suráfrica y Gabón) y recibió cinco abstenciones (China, Rusia, Alemania, Brasil e India).

Fuentes militares y diplomáticas sostienen que una zona de exclusión requiere necesariamente del “uso de la fuerza”, que equivale a ataques navales y bombardeos contra objetivos gubernamentales, hasta neutralizarlos.

Antes del anuncio, el presidente Barack Obama, aprobó el envió a la región de aviones de guerra para supuestamente “proteger a la población civil”.

Operación “Libia”

Ya desde el jueves el secretario de Estado de la Cancillería británica, Alistair Buró, afirmaba antes de la votación en el Consejo de Seguridad: “Ha habido un cambio significativo en la posición de la Casa Blanca. Se dan cuenta de que algo hay que hacer algo más allá del aislamiento y las advertencias”. De trasfondo, el secretario general de la OTAN, Anders Fogh Rasmussen, había asegurado también que la alianza atlántica no se quedaría con los brazos cruzados.

Tanto es así que desde la pasada cumbre y sin adoptarse todavía acuerdo alguno, ya los aliados habían decidido embarcar hacia el Mediterráneo buques de guerra para acrecentar el patrullaje y la vigilancia en las cercanías de las costas libias.

Periódicos occidentales dieron cuenta desde inicios de marzo del emplazamiento de marines estadounidenses en la isla de Creta y del despliegue por el Mediterráneo del buque anfibio de asalto USS Ponce y el navío Kearsarge, éste último equipado para aterrizaje de aeronaves y helicópteros MH-53E Super Stallion.

Con anterioridad, tras las revueltas en esa nación del Magreb, el portaaviones USS Enterprise acopañado de los buques de su fuerza de tarea cruzaron el Canal de Suez. Tras bambalinas, Washington y Bruselas venian actuando de mutuo acuerdo, pero con la OTAN como actor visible, a semejanza del teatro de operaciones diseñado en 1999 contra la ex Yugoslavia.

El analista Michel Chossudovsky afirma que la “Operación Libia” se inscribe en el diseño belicista del Pentágono: varios teatros de guerras simultáneos, inherentes a la doctrina militar de Estados Unidos y a la amplia batalla por el petróleo.

A la sazón de las reuniones de ministros de Defensa, el portavoz del Pentágono, coronel David Lapan había declarado previamente que respecto a los planes de Estados Unidos para Libia, “se están considerando todas las opciones”.

En su artículo “Intervención e Insurrección: intento de golpe de Estado en Libia”, Chossudovsky advierte que fuerzas especiales estadounidenses y asesores de la OTAN ya estaban en suelo libio antes de los disturbios en los países árabes vecinos.

Junto a soldados británicos del Special Air Service y agentes de inteligencia disfrazados de diplomáticos, Estados Unidos infiltró en territorio libio a miembros de un comando especial con la misión de desestabilizar al país y establecer bases para futuras operaciones aéreas, según el Centro de Investigaciones Globales.

Para el politólogo Rick Rozoff, el plan seguido con Libia se parece mucho al urdido anteriormente contra la ex Yugoslavia. En aquella ocasión, después de anunciarse la zona de exclusión aérea comenzaron los bombardeos sobre Belgrado, recordó. Durante 33 meses, aviones de la OTAN efectuaron más de 100 mil incursiones y ataques, evocó Rozoff.

Otra nueva guerra puede estar en marcha, en el mismo mes del aniversario de la invasión a Iraq por Estados Unidos y sus aliados, pero esta vez con la anuencia del Consejo de Seguridad de la ONU.

* Jefa de la Redacción Europa de Prensa Latina.