La Habana (PL).- Cuando el personaje de Cantinflas, creado por Mario Moreno (1911-1993), aparece en la pantalla, su manera de vestir causa sensación. Trae los pantalones caídos, una camiseta de mangas largas, pañuelo al cuello, restos de una tela que él llama gabardina colgándole de un hombro, sombrero raído que alguna vez fue nuevo y ajados zapatos de un número mayor que el suyo.

Pero lo de mayor impacto es el lenguaje que emplea, hecho de frases entrecortadas y sin sentido. De modismos y formas adverbiales. De palabras que bien entendidas no significan nada y sólo son un canto a la incoherencia, al atropello de la sintaxis, a fin de construir una inteligente y cariñosa parodia del sentencioso hablar popular.

Algunos lo comparan apresuradamente con el personaje del vagabundo ideado por Charles Chaplin y le encuentran afinidades. Cierto que existen puntos de semejanza pero no lo es menos que entre Charlot y Cantinflas hay diferencias fundamentales.

Como que el primero responde al ingenio europeo madurado en agudezas intelectuales y el segundo actúa conforme con el sentido de las razas mágicas que se expresan en vivencias e intuiciones.

Charlot, siendo pobre, aspira a ser todo un caballero. Está decidido a abandonar su vida de infortunio para convertirse en señor. Viste de vagabundo pero lleva puesta ropa de caballero. Cantinflas, por su parte, viste de “pelado” y no tiene aspiraciones de cambiar su estado social. Y si por casualidad se convierte en señor, procede siempre como “pelado”. Un “pelado” que es señor sólo por accidente.

Además, Charlot es la pantomima. Y Cantinflas es el monólogo. Uno nace en el cine mudo. El otro en el sonoro. En Charlot hay explicación y justificación. En Cantinflas sólo hay complicación que no se explica. Un quiero y no puedo. Una búsqueda de resonancias imposibles.

Mario Moreno se duerme en los laureles del éxito obtenido y olvida que su personaje no es un triunfo absoluto sino un punto de partida para construir una personalidad artística de relieve. Charles Chaplin jamás está satisfecho con lo alcanzado y lucha cada día por mejorar a su héroe.

Y lo hace apoyándose en tres factores: la expresividad plástica de su figura, la intensidad de su mirada, y el patetismo de sus manos. Es decir, con movimientos siempre encuadrados en una actitud figurativa. Con ojos tratando de expresar los más variados estados de ánimo y con manos que le den ese toque de fragilidad que tanto profundiza en sus actuaciones.

Por otra parte, el “pelado” mexicano de Mario Moreno tiene allegados en distintas latitudes. Como el “roto” chileno, el “atorrante” argentino, el “golfo” español. Seres que poseen antecedentes de noble rango. Como el estudiante de la hispana novela picaresca o el agudo criado del teatro de Moliere. Como el avispado compañero de viaje de un Pickwick inglés o el cómico andariego de la Comedia del arte.

Cantinflas nace en una carpa

Durante 43 años, el cómico mexicano participó en 49 filmes (cinco cortos y 44 largos), dirigidos en su mayoría por el realizador Miguel M. Delgado. El primero fue No te engañes corazón, de Miguel Contrera Torres, en 1936, y El barrendero, del inseparable Delgado, en 1981, el último.

El personaje de Cantinflas nace en una carpa. Moreno tiene que anunciar un número del espectáculo y, al no poder hilar frases, une palabras mal aplicadas unas, bien empleadas las menos. Suprime verbos, crea adjetivos. Y de esa plétora de vocablos surge un cúmulo de carcajadas en el público. Tal vez al notar las semejanzas entre su lenguaje y el del comediante.

Su talento, menospreciado hasta entonces, encuentra la ruta del triunfo. Y lo halla de manera fortuita producto de la angustia que le produce al mimo el hablar en público. Así descubre el valor del contrasentido. Se da cuenta que el choque de dos situaciones es la esencia de lo cómico. Y entonces comienza a armar su tipo del “pelado”. Mezcla de astucia y candor. De corazón y de inteligencia natural. Principia la búsqueda de un hablar y de una indumentaria.

Un tipo que es un ideal de supervivencia, pues hay que vencer la fuerza de los poderosos y derrotar al hambre, al desempleo, al cacique político, al diputado corrupto, al deshonesto. Un tipo con una manera de resistir y llegado el caso hasta de vencer. Pero para ello se impone una bondad congénita no exenta de esfuerzo. Un gran amor hacia los demás. Una fe profunda en las propias raíces. Por eso hay una formidable dosis de sentido común que flota siempre sobre la verborrea enrevesada de palabras inútiles y de giros extraños.

Su estrella comenzó a ascender en Ahí está el detalle, de Juan Bustillo Oro. Y llegó a su cenit en La vuelta al mundo en 80 días, de Michael Anderson, una de las superproducciones más famosas de Hollywood y primera que el actor rodara fuera de México.

Poseedor de una vis cómica indudable, entre su rico anecdotario hay una que pinta su innato sentido del humor, aun en momentos difíciles. Como cuando ocurrió un fuerte temblor de tierra que causó grandes daños en la capital mexicana y quedó completamente destruido un edificio de su propiedad y alguien le dice: “Sin duda perdió usted varios millones”. Y Mario Moreno le responde: “Pues mire que no. Sólo la mano de obra, porque todo el material allí está”.

Como suele suceder, en su filmografía hay triunfos y fracasos. Y en la opinión de la crítica especializada hay aceptación y repudio. Pero como hizo reír a multitudes, será siempre recordado. Alegró al mundo y con eso basta.

* Historiador y crítico cubano de cine. Colaborador de Prensa Latina.