Conversar con Pedro Shimose es un verdadero regalo de la vida y hablar de su quehacer poético es siempre hablar de una de las voces más representativas y consolidadas de la poesía boliviana contemporánea. Su vasta producción literaria, rica en temáticas humanas y propuestas estéticas, lo convierten en un vivo ejemplo de lo mejor que han dado las letras hispanoamericanas. Estamos ante un escritor que brilla con luz propia en la constelación de la literatura universal y ante un hombre que supo aceptar con dignidad los retos de la vida. Aquí reproducimos una entrevista que me concedió generosamente en el marco del Primer Encuentro de Narradores y Poetas Bolivianos en Europa, realizado en Estocolmo, en septiembre de 1991.

P. Pedro, ¿en qué circunstancias llegó tu padre a Bolivia?

R. Mi padre llegó a Sudamérica por razones económicas, en la segunda ola migratoria organizada por el Japón en 1902. Llegó como peón, junto con negros y chinos, para construir la vía férrea entre Lima y El Callao. En ese entonces llegaron muchos japoneses y uno de ellos, dicho sea de paso, es el personaje Tushía de la novela “La casa verde” de Vargas Llosa. Mi padre llegó con ellos y su trabajo fue muy duro, pero una de las cosas que más admiro en mi padre es el hecho de que jamás lloró ni se quejó por su existencia. Después terminó su contrato de trabajo y se marchó hacia la región del Amazonas, porque en esa época la explotación del caucho estaba en su auge e implicaba mejores condiciones de vida. Después de un largo recorrido por el Amazonas, se afincó en Riberalta, una región que le gustó muchísimo y que era próspera a principios de siglo.

P. ¿Tú padre tuvo alguna vez su propia empresa?

R. Sí, llegó a ser rico, pero perdió su fortuna por unos sinsabores de la vida, entre otros, porque los bolivianos le quitaron sus propiedades. Sin embargo, él jamás se quejó, no habló mal de Bolivia ni de los bolivianos, y ésa es una de las cosas que más admiro en mi padre y he tratado de imitarlo, porque yo tampoco me quejo ni lloro, no me atormento; en ese sentido, no creo que mi poesía sea sentimental. Hablar de la injusticia es otra cosa.

P. ¿A qué atribuyes el hecho de que no seas bilingüe, como es el caso de otros hijos de parejas mixtas o de familias que, siendo de una nacionalidad determinada, viven en otro país diferente al suyo?

R. A hechos históricos. En mi casa se hablaba el español. Mi madre es criolla, hija de japonés y una cruceña. Ella nació en Riberalta y se casó con mi padre que era japonés. Ésa es la historia, pero el hecho de que yo no haya aprendido a hablar el japonés obedece a otras causas; primero, a que los japoneses que llegaron en esta inmigración eran campesinos pobres y tenían la clara conciencia de que no iban a regresar al Japón, eran verdaderos colonizadores, que venían decididos a quedarse y hacer su vida en América y, segundo, a que durante la Segunda Guerra Mundial murieron los parientes de mi padre; y eso, por supuesto, abatió a mi padre. Entonces desde el año 45 ó 46 nunca más se habló japonés en mi casa, pero tampoco es lamentable, porque ese acontecimiento ha evitado que yo sea un ser escindido entre dos culturas, entre dos lenguas y entre dos modos de ver las cosas.

P. ¿Cómo nació tu interés por la poesía? Sé que en alguna ocasión dijiste que fue tu padre quien estimuló tus sensaciones estéticas, además de aquel entorno geográfico en el cual transcurrió tu infancia.

R. Creo que en esto se deben considerar tres aspectos fundamentales: primero, el haber nacido en un medio tropical, donde la naturaleza era majestuosa y, al mismo tiempo, maravillosa. Despertaba y estaba ya escuchando la música de los pájaros, abría los ojos y contemplaba los colores, caminaba un poco y me encontraba con una serie de personajes maravillosos; segundo, al ámbito familiar, a mí me ayudó mucho tener unos padres como los que he tenido, ellos me enseñaron a ver la realidad, a contemplarla, admirarla, y a descifrar el asombro desde niño; y tercero, tuve la suerte de encontrarme con una hermosa biblioteca en el colegio donde estudié, una biblioteca en la cual me refugié y pasé horas y horas leyendo muchísimo, mientras otros se divertían. Creo que esas tres experiencias han sido mi futuro poético.

P. ¿A qué edad empezaste a escribir poesía?

R. Muy temprano. A los siete u ocho años estaba ya escribiendo poemitas o coplas a mi madre, al ámbito familiar, a los amigos y, posteriormente, a los primeros amores juveniles, a esos amores románticos, idealizados. Después fui tomando en serio el oficio, aunque mi primera vocación fueran las matemáticas; me gustaban las matemáticas y creo que tenía aptitudes, pero en Riberalta, como en todo el país, no se incentivaba hacia las ciencias puras. La música también me interesó desde siempre, quizás más que la poesía, pero tampoco habían conservatorios en Riberalta y no era fácil aprender a leer y escribir partituras. Además, en nuestro país, los músicos siguen teniendo mala fama. Tener un piano era imposible, porque mi familia no fue rica desde cuando tengo uso de razón. Entonces no teníamos posibilidades, incluso tener una guitarra era un lujo, pero un lujo posible. Sin embargo, a mí no se me permitió ni ese lujo, porque la fama de la guitarra era la fama de los borrachos. Por lo tanto, en casa había un temor a esa tentación de la guitarra y la cantina. Así transcurrió mi adolescencia, escribiendo muchísimo y rompiendo muchos poemas, hasta que a los dieciocho años de edad empecé a escribir en serio los primeros versos de mi primer libro.

P. La introducción de tu primer libro lleva la firma del crítico literario más connotado del país, es decir, de monseñor Juan Quirós.

R. Sí, es una introducción muy generosa.

P. ¿Crees que en los albores de un escritor, al margen del ámbito familiar, existen personas que lo descubren y estimulan en su vocación literaria? De ser así, ¿cómo se manifestó este fenómeno en tu caso?

R. Esas cosas, muchas veces, no se hablan. Sin embargo, por un lado, hay gente que te apoya y, por el otro, gente que trata de destruirte, de destruir la vocación de uno, como ese escritor boliviano que, a mis dieciocho años, me dijo que dejara de escribir poesía y me dedicara a ser zapatero, aun sabiendo que ser zapatero es un noble oficio artesanal. Yo no le hice caso y seguí escribiendo poesías, y muchas de ellas han gustado.

P. ¿Cuándo y cómo lo conociste a monseñor Juan Quirós?

R. Yo estudiaba el primer curso de Derecho y Ciencias Políticas en la UMSA (Universidad Mayor de San Andrés). Me presenté a un concurso literario y él formaba parte del jurado. Me premiaron y quiso conocerme. Me conoció y trabamos una amistad duradera, profunda, la cual pervive hasta ahora; esa es la historia de mi relación con monseñor Quirós.

P. Entonces se puede decir que, por una parte, había un escritor que te aconsejó ser zapatero y, por la otra, alguien que estaba dispuesto a abrirte espacios en el campo literario.

R. No, nadie te abre espacios, sino que tú tienes que luchar y pelear por ellos. Lo que posó es que la circunstancia fue fortuita y me permitió ganar el premio. Si no ganaba ese premio, no hubiera conocido a Quirós y me hubiera sido más difícil llegar hacia él. Recuerdo que, la primera que nos vimos, me dijo; “¿Tú eres Shimose?” “Sí”, le contesté. “¡Ah!, pensé que era un seudónimo. ¿Y de dónde viene ese apellido?”, me preguntó. “Mi padre es japonés”, le dije. Curiosamente, aquel jurado, presidido por Quirós, me premió un poema sobre Simón Bolívar. Desde entonces, yo pasaba más tiempo en la Facultad de Filosofía y Letras, que en esa época quedaba un piso más abajo de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas, aunque hice grandes amistades en ambas facultades; amistades que las conservo hasta ahora. Sin embargo, no se debe pensar que las cosas son dadas como regalos, sino que se debe luchar por ellas. Yo siempre tuve conciencia de que hay que trabajar el lenguaje hasta domarlo, domesticarlo, para hacer las cosas que uno quiere hacer con el lenguaje; en esto consiste el trabajo poético y no en las experiencias que son comunes a todos los hombres, porque todos los hombres amamos, odiamos, tenemos tristezas, temores y ansiedades. Lo que nos diferencia en el oficio es el oficio mismo de escribir, y el oficio de escribir no es otra cosa que conciencia del idioma, el saber que perteneces a una tradición y que no estás inventando nada a partir de cero. A pesar de esto, es este primer evento de escritores bolivianos en Europa, me encontré con algunos personajes pintorescos, quienes tratan de cambiar la caligrafía y ortografía del idioma, y eso me parece una falta de responsabilidad de parte de algunos escritores. Ahora bien, en el oficio de la escritura no se debe tener prisa; ésta es una de las cosas que me enseñó mi padre. El poeta debe tener claro que no escribe para ganar premios ni ser diputado, ni secretario del presidente ni director de periódicos. Se escribe porque sí, y si gusta lo que escribes, mejor, porque hace sentirte útil y porque la elaboración de la belleza es uno de los grandes objetivos del escritor y la poesía.

P. Tú remarcabas que la poesía está revestida de valores universales y, sin duda, también de aspectos sociales. Tus primeros poemarios, por ejemplo, son potencialmente revolucionarios porque denuncias las injusticias. No obstante, mi pregunta es la siguiente: ¿Cómo entraste en contacto con las injusticias sociales en ese ambiente tan armónico en el cual transcurrió tu infancia y adolescencia?

R. La injusticia se ve en las calles, en la escuela y se siente en las relaciones humanas, y no sólo en Riberalta, sino en todas partes. Las injusticias sociales forman parte de la vida cotidiana y uno escribe sobre esos temas; al menos, ésa es mi experiencia. No escribo por mandato de una iglesia o por consignas de algún grupo ideológico, sino porque hay emociones que se van acumulando y necesidades expresivas que afloran en un momento determinada. Tampoco me interesa averiguar por qué escribí eso. Lo único que puedo aseverar es que escribí con enterísima libertad. Nadie me sugirió, aunque hubieron incitativas; por ejemplo, “Poemas para un pueblo” fue escritor por invitación de un gran amigo mío, un editor español que vivía en La Paz, y quien hizo mucho por el desarrollo de las redes tipográficas en nuestro país. Se llamaba Ernesto Burillo, era un viejo republicano que había terminado por radicarse en Bolivia. Don Ernesto se dio cuenta de que yo tenía dos o tres poemas dedicados a los departamentos de Bolivia, debido a que había sido un incansable viajero. Siempre me gustó conocer cosas y gentes, y estaba muy inquieto por conocer el país, el cual, desde muy lejos, había servido de acicate para mi padre, quien recorrió largas distancias, hasta afincarse en Riberalta. Por otra parte, en mi padre había una visión algo religiosa en su contacto con la naturaleza y la gente, era un hombre muy bondadoso y agradecido con los nativos, y ellos lo querían mucho; eso hizo que yo quisiera conocer el país y andé mucho por Bolivia, ocasión en la que fui escribiendo sobre diferentes departamentos. Y don Ernesto, al darse cuenta de esto, me propuso escribir un libro sobre Bolivia. La idea despertó mucho más mi interés y empecé a viajar por las minas de Potosí, Chuquisaca, Tarija, Pando y, por supuesto, viaje más por el departamento de La Paz. Así fueron naciendo “Poemas para un pueblo”.

P. ¿Cuáles fueron las causas que motivaron tu exilio?

R. El hecho de que hubiera salido de Bolivia, en 1971, se debe a que yo trabajaba por entonces en la Universidad de La Paz, un centro cultural de mucha efervescencia ideológica, donde se discutían los temas de la nación y se promovían reformas, a las cuales me plegué; lo que no quiere decir que haya estado implicado en conspiraciones políticas o actos subversivos. Cuando cae el gobierno de Juan José Torres, nos persiguen y expulsan del país a todos quienes estuvimos en esos proyectos de reformas. Sin embargo, yo creo que ya tengo mis cuentas saldadas con las autoridades y mis perseguidores. Muchos de ellos han muerto, se han matado entre ellos y algunos se han convertido en demócratas, y creo que de muy buena fe, porque la vida cambia y nosotros también. Felizmente no somos inmortales.

P. ¿Qué fue lo positivo y lo negativo en tu exilio?

R. Mi exilio no ha sido negativo. Una de las cosas que aprendí en la vida es a rescatar las experiencias positivas. Toda experiencia es positiva, incluso la muerte. En todo caso, lo negativo del exilio prefiero no mencionarlo, porque la verdad es que no tiene mayor importancia. La parte positiva del exilio es que el distanciamiento de los problemas que te preocupaban enormemente se han convertido en algo razonable, y en cuanto al individuo, el distanciamiento obligado por el exilio, hace que seas más tolerante, más sabio. La sabiduría también te acompaña al exilio y te hace ver que tu provincia no es el ombligo del mundo y que sus problemas son pequeños si los relacionas con los problemas del mundo. En síntesis, te conviertes en un ciudadano universal, y eso es muy positivo. Además, el exilio te enseña a que no hay verdades absolutas ni ideológicas infalibles. En el caso de mi poesía, por ejemplo, creo que he logrado afirmar un poco más el lenguaje. Antes tenía un lenguaje más barroco, demasiado recargado, entre otras cosas, porque escribía para un público que estaba dispuesto a escuchar la poesía hablada. Estando en Europa, en cambio, he escrito otro tipo de poesía, para mí mismo y casi para el silencio.

P. ¿Consideras que es posible dividir tu creación poética en dos etapas, entre una que corresponde a tu juventud y otra a tu edad adulta?

R. Sí, “Caducidad del fuego” marca esa línea divisoria. Sin embargo, el hecho de que ahora escriba mucho más para mí mismo o para el silencio, no quiere decir que me haya desligado de los problemas de la humanidad; lo que pasa es que se nota en el manejo del lenguaje, en la búsqueda de la palabra exacta. Además, esto es también producto del aislamiento en el que vivo. No te olvides que el poeta, en nuestros pueblos, no puede aislarse, porque la sociedad no se lo permite; más al contrario, en nuestros países existe una tentación muy grande por convertir al poeta en un líder político, y eso es muy peligroso, nefasto, entre otras cosas, porque el poeta deja de ser poeta para convertirse en otra cosa. De modo que cuando escribe poesías, le salen discursos políticos.

P. Pedro, por qué no me cuentas cómo publicaste tu libro “Poemas”, ese volumen que reúne toda tu obra lírica. Sé que lo hiciste con el apoyo de un grupo de amigos, un fenómeno que es muy frecuente entre los escritores bolivianos, quienes no cuentan con el apoyo de una institución estatal ni los auspicios de una casa editorial. Sé también que la experiencia tuya la compartimos muchos escritores bolivianos residentes en Europa, aunque en el país se crea que el simple hecho de vivir en Europa es ya una garantía para escribir y publicar libros.

R. En este sentido, en Bolivia, sobre todo entre los jóvenes, mitifican un poco al escritor ausente, lejano, y se imaginan una fantasía de colores, olvidándose de que la vida no es una fantasía a colores, sino difícil en cualquier parte, y eso lo demuestra la publicación de mi libro. Pues hay un grupo de amigos, para los cuales yo sigo escribiendo, que se entusiasman, que unen sus esfuerzos y sus pequeñas economías; uno me regala la fotografía de la portada, que, dicho sea de paso, es magnífica, y otro me regala el prólogo, que es un gesto de un crítico español a quien quiero y admiro mucho. Todo es un regalo, pero quizás ocurren estas cosas debido a que uno también ha sido en su momento generoso con otros; no lo sé, éstas son cosas de la vida, y así es como se hizo este libro.

P. ¿Cuál es la información que manejas sobre el desarrollo de la literatura actual en Bolivia?

R. Yo vivo en España, pero he recibido información periódica de los escritores jóvenes, a través de suplementos y revistas literarias que he coleccionado. Además, realicé dos viajes a Bolivia; en esos viajes, que no han sido de placer, estudié y tomé contactos con esa realidad desconocida para mí, ya que en estos últimos veinte años, el país ha evolucionado y muchas cosas han cambiado, por supuesto, sin nosotros. Todo esto me hace suponer que tengo algún conocimiento de la literatura boliviana actual.

P. ¿Y cuál es la imagen que tienes de nuestra literatura, ante la crisis económica por la cual atraviesa el país?

R. Una imagen preocupante por el avance de la televisión y los videos. Esto hace que el interés por la literatura, aparte de la deuda externa que sigue pesando sobre nosotros como una losa y las crisis de nuestras economías, sea muy precaria; siempre lo fue en Bolivia, debido al alto índice de analfabetismo, pero ahora es más grave y preocupante. El empobrecimiento de la clase media, que no puede ya comprar libros, y la proliferación de los canales de televisión y los clubes de videos, hacen que los jóvenes acudan a estos medios, más que a los libros, como vehículos culturales o de comunicación cultural. No soy optimista respecto a esto, pero sigo escribiendo porque no tengo más remedio. Por otra parte, sé que hay muchos jóvenes que siguen publicando libros en Bolivia, y uno se pregunta para qué. Entonces me viene a la memoria una frase que dice: “Llegará el momento en que los poetas serán como los viejos mandarines chinos, nos diremos los poemas al oído como secretos”. Los escritores entregamos nuestros libros a otros escritores y nos leemos. En este sentido, no soy optimista, pero tampoco soy totalmente pesimista; por eso sigo insistiendo en que la literatura y el arte surge, se desarrolla y cobra vigor en manos de los amigos. Si no es a través de la amistad, quién te lee. Si no es por los amigos, se perdería el entusiasmo por el arte y la literatura. Por suerte, el espíritu humano es invencible y sigue resistiendo a la opresión, para que no se extienda y se haga permanente. Creo que en la literatura y el arte hay una libertad espiritual, y esto lo percibe la gente, y los primeros en percibirlo son los amigos; por eso te leen, te apoyan y te dan aliento.

P. ¿Tienes otros libros en preparación?

R. Sí, la segunda edición de mi “Diccionario de Autores Iberoamericanos” y un libro antológico titulado “América vista por los europeos”.

P. ¿Este último es de carácter histórico?

R. No, es un libro que no tiene mayores pretensiones que hacer partícipes de mis lecturas a quienes lo lean. Son mis lecturas abreviadas puestas a disposición de los lectores, a través de un manual que sea útil para su manejo, porque hay citas de autores europeos sobre América; de viajeros, cronistas, científicos, de expedicionarios del siglo XVIII y de los románticos del siglo XIX.

P. ¿Cómo nació la idea de hacer este libro?

R. Debido a que he comprobado que muchos políticos y hombres públicos, de todas partes, hablan del V Centenario del Descubrimiento de América y olvidan que éste es un tema viejísimo. Ellos hablan como si lo estuvieran descubriendo ahora, cuando en realidad este tema preocupó muchísimo a los europeos del silgo XVIII y XIX, incluso hubo discursos públicos en Francia, Holanda y Alemania, para ensayos sobre América. Muchos de esos trabajos los he leído y he extractado citas interesantes, insólitas, y esto hace que el libro llame la atención y resulte divertido. Todo el trabajo estará precedido por un ensayo mío sobre qué es América para los europeos.

P. En ese contesto, ¿qué opinión te merece la celebración del V Centenario?

R. Ésta es una celebración oficial de los gobiernos, del Estado, y nadie lo puede evitar. Ahora bien, en el caso de los escritores, yo siempre he dicho que quienes escribimos en español estamos celebrando el descubrimiento de América todos los días mientras escribimos, y quien niegue esta realidad no sabe lo que hace. Este acontecimiento debería servirnos para reflexionar sobre la presencia europea en nuestras tierras, al margen de las bataholas, los griteríos y las manifestaciones de tipo indigenista. Es importante que los latinoamericanos tomen en serio el análisis, porque es el análisis de nuestra situación actual, frente al desarrollo del capitalismo y a partir del descubrimiento de América. El fenómeno curioso en la historia de la humanidad es que este acontecimiento es un hecho innegable, aunque muchos indigenistas no tienen conciencia de que ellos no son los mismos indios que recibieron a Colón, sino otra cosa; es más, muchos de ellos viajan en avión, escriben a máquina, usan ordenadora, reloj pulsera, y no está mal, porque vivimos en otra época, que es el resultado de una sucesión de hechos históricos que se han ido acumulando y han determinando nuestra manera de ser y de pensar. Creo que tiene más eficacia, por ejemplo, un descendiente de indios como Tamayo, quien nos dio grandes lecciones de arte, que un mestizo que se disfraza con poncho y lluchu, y que sale a dar saltos por la calle exhibiendo su folklorismo. Es más importante las lecciones sobre Derecho y Política Internacional que nos enseñó Benito Juárez, quien, siendo indio, escribía a lo occidental, pues incluso una de sus famosas frases está escrita en el pórtico de las Naciones Unidas. La frase dice: “El respeto al derecho ajeno es la paz”. Es un principio del Derecho Internacional, porque mientras las naciones se respeten, y no se invadan, habrá paz.

P. Para finalizar, ¿por qué y para quién escribes?

R. Escribo porque deseo creer que soy útil en mi comunidad, y la única forma de ser útil a la comunidad es haciendo esto, que es lo mejor que sé hacer. Muchas veces se ayuda a vivir y se es útil, no sirviendo necesariamente a una causa política, sino diciéndole a la gente: hay muchas cosas bellas en el mundo y aprende a contemplarlas. Y sólo con esto tan insignificante, pequeñito, se es útil. Soy paradójico, pero eso es lo que puedo decir; por ejemplo, me gustaría que algún suicida potencial no se suicidara después de leer mi poesía o que alguna persona solitaria supiera que existe otro como él en el mundo, y que se sintiera menor solitario. Uno cuando escribe trata de proyectarse en el otro, en el lector, porque si no se tuviera esta intención, muy pobre sería la literatura. Yo no creo en la gente soberbia que dice que escribe para sí misma o para que lo quieran a uno, porque puedes ser un buen tipo y algún ingrato puede no quererte. Pero no importa, has sido útil a pesar de eso; es más, te obliga a seguir escribiendo y a seguir publicando.

P. ¿A pesar de las dificultades?

R. Claro, eso es lo grave en el caso nuestro. Los escritores no lucramos, porque no vivimos de la literatura, a no ser que fuésemos un “best seller”, que tira diez millones de ejemplares y se hace rico, pero ése es otro caso y no el mío, porque yo estoy consciente de que la poesía siempre será minoritaria, siempre…